La maison deiu

Agradecimiento especial a Flor, Alfonso y Gaby, que por cierto completa una vuelta al sol el día de hoy. Gracias por estar y creer, siempre.

¿Quién me lo iba a decir? ¿Quién entonces, iba a decirles a todos ustedes que aparecerían juntos frente a mí, en esta foto? ¿Después de tantas fotos, tantas muertes, tantos viajes? Fue mi primer viaje sola. Menos sola, que ahora. Entonces los tenía a ustedes. Esta es la prueba. Los recuerdo más que a mí misma. De mí ni me acuerdo.

Isaac Chocrón

Justo al lado de mi empleo se encuentra un negocio de chinos, es una casa que hace impresiones fotográficas y vende uno que otro aparato de sonido, además de ponerle baterías a los relojes. Ellos son pequeños de estatura con jorobas en sus espaldas, a veces los escucho por la ventana del baño, a través de ese vacío que nos conecta. He impreso algunas fotografías en su local, también hemos intercambiado sonrisas, trato de ser observadora y empaparme de lo que sucede a mi alrededor. Pienso que para la mayoría de los espectadores ellos son sólo otra pareja de chinos trabajadores como tantas otras parejas de chinos que hay en el mundo, así como yo sólo seré una joven más, otra venezolana que se fue de su tierra víctima de una situación política y social. Para los ojos del mundo sólo representamos un número, una cifra pero para mi ellos controlan de alguna manera el tiempo.

La chica del kiosco veinticinco tenía grandes ojeras y cara de cansancio mientras hacía el inventario y me atendía, debe ser de los andes, lo digo por su acento. Le compré tres alfajores de arroz y dos de chocolate con maní a ver si la tarde transcurría más de prisa. En las horas en las que monto guardia en la puerta y espero a que entren nuevos clientes, me percato de escenas que escribo en mi cabeza para no olvidar, como la del chico y la chica que aguardan a que aparezca el bondi y se paran el uno cerquita del otro mientras él le acaricia los cabellos cortos que ella lleva atados en una coleta improvisada. Los observo con frecuencia a través de la vidriera, utilizan uniforme gris. La otra tarde, dos chinos más jóvenes fueron a buscar a mis vecinos y mientras esperaban afuera se reían, se hacían cosquillas y cuándo se descuidaba, él le agarraba las nalgas a ella. Nunca vi asiáticos jugando de esa forma, tampoco les había visto besarse en plena calle, parecían felices y yo me sentí algo voyerista por meter el ojo en donde no me llaman, algo prejuiciosa también. 

Y es que no puedo evitar mirar y preguntarme cosas. Todos los días algo me sorprende, cada hora tiene sus porqué y nada de lo que sucede me parece irrelevante, nada. He recordado sus ojos cuándo con ambas manos se tomaba la cabeza y parte de la cara sólo para decir que estaba harto de que aquello no parara, y aquello no era otra cosa que su cerebro. «Es como si no pudiese apagarlo, me agota» Siempre tuvo problemas para conciliar el sueño pero por esos días a mi aquello no me pasaba, no como ahora. Siento como si antes de conocer el abismo jamás hubiese estado sobria, como si mi vida hubiese transcurrido estando yo dormida. Ahora todo va deprisa y la carrera de atajar ideas es abrumadora.

No puedo decirle esto a todo el mundo, no lo entenderían. La otra noche fui a cenar con una de mis hermanas y su esposo y terminé por sentirme un personaje de Sex and the city. Hablamos de la vida, de las relaciones, de su matrimonio y por supuesto debatimos aquella creencia del complemento, de que estamos destinados a un amor y a una relación monógama, que los amigos no nos complementan como una pareja. Yo me reí, tomé vino, les recordé que los amo y fui bien explícita en dejar claro que respeto pero no comparto ninguna de esas ideas. Y así es como por otro mes consecutivo sigo ferviente en la causa de que si esperas que alguien venga a salvarte de ti mismo todo irá absolutamente mal. No tengo urgencia de una relación, cuento con mucho puro y sincero amor de quienes rodean mi vida.

«Sé de sobra que tú no eres mi otra mitad y que yo tampoco soy ni seré la tuya. Es algo más profundo que eso, eres mi pedacito. Mi vida ya funcionaba y estaba andando sin ti pero llegaste y la completaste, sino estás siento que algo me falta.» 

Quizá todavía crea en eso, todas las personas que me importan tienen un pedacito de lo que soy, me edifican como ser humano. Es por ello que sigo apostando a la magia tropezandome con seres extraordinarios que siempre tienen algo nuevo para enseñarme. Así fue cómo Gaby se decidió a leerme el tarot porque es algo que ella ama y que desde su sabiduría adquirida con los años le ha funcionado como herramienta para sanar, comprender y seguir adelante. Conectamos de inmediato al conocernos y nos bastaron pocos días para amigarnos, es un rayito de sol con cabellos colorados. 

Esa noche compartimos una pizza y un par de cervezas, luego vino a casa y comenzó a platicarme de su vida  esperando que yo hablara un poco de la mía. «Gaby yo, yo amaba demasiado mi trabajo», mientras le narraba mi labor, mis aciertos y tropiezos cayó espontáneamente una carta sobre su mantita.

«Te tiraron desde muy alto ¿No es cierto amiga?»

La miré antes de mirar el dibujo. No dije nada. Ella removió todo y despejó las cartas del mazo que yo escogí. De nuevo esa imagen, de nuevo la ascensión y la caída

«Amiga, esta carta es la torre. Es la carta más fuerte y oscura del tarot»

Y yo que no entendía nada lo sentí todo. Fue cómo verme caer al vacío desde mi oficina en piso seis, como perder el norte trazado por mi Ávila, fue volver a sentirme cobijada e inutilizada por la penumbra, fue observarme nuevamente derrotada por la oscuridad. Ella fue versando carta por carta cómo sobreviví estos años a mi peor enemigo: yo.

Book – Ura Urdaneta

«Haz hecho todo para alzarte, lo puedo ver, cómo lo das todo cada día por sanar pero es momento de enfocarte en el suspiro de alivio que necesita tu corazón, el descanso que anhela tu cuerpo y el bálsamo de amor que necesita tu alma. Te caíste pero después de todo lo que has vivido ¿creés que te fuiste de cabeza? No, tú caíste de pie»

Y ahí estábamos, con ella pidiéndome que asumiera que sigo guardando un grado de autoexigencia peligroso incluso para mi bienestar. Mi miedo, el temor de comenzar a subir porque caer desde tan alto ha sido lo peor y más violento que me ha tocado transitar en la vida. Basta del autocastigo, ya había estado, ya me había dejado vulnerar, ya había apagado el brillo demasiado rato, tenía que soltar ese qué dirán, dejar de luchar con el tiempo y comenzar a aceptar mis emociones y mis ritmos, por mí y para mí. 

«Ura no puedes tapar el sol con un dedo. Estás aquí para iluminar, no temas eso»

Nada es aislado. Esa noche hablamos mucho y revelamos más cosas pero lo principal fue retomar mi camino a sabiendas de que lo peor ya pasó y que las cosas que me aguardan ahora requieren de mi corazón resiliente que sabe que estuve en esa torre pero que ya no habito en ella. Cuando Gaby se fue yo quedé tirada sobre mi cama sin saber cómo dormir luego de tanta información. 

Fue también por esas fechas que mi hermosa Flor participó en un concurso de teatro allá en Tierra del Fuego, donde vive ahora, con un monólogo que título «El exilio de Nora» . Hablando de irse lejos de casa, de extrañar el origen, de cómo nos llevamos lo que fuimos a cada nuevo lugar en el que residimos, de cómo podemos sentirnos absolutamente fuera de contexto aunque llevemos años compartiendo una cultura distinta. Ella hablaba del desarraigo mucho antes de partir, se asemejaba a una vidente cuando envolvía el escenario. Su trabajo es una demostración de cómo convertimos el dolor en algo sublime cuando lo aceptamos con amor. 

Verla, sentirla y escucharla me transportó a esa habitación en Villa Crespo cuándo creía que había salido de casa por el motivo incorrecto, cuando soñaba con la fantasía de volver a hallar la montaña frente a mí porque sus laderas eran el único rumbo que realmente conocía. Mis noches de llanto, de autocrítica, de odio acumulado contra mí; a todo el daño que me hice a través de los demás.

¿Sabes cuál es el mayor exilio? No es dejar un país o un paisaje, no es dejar un himno o una bandera, no es abandonar un acento o una cultura; es dejar a alguien sosteniendo un saludo como si te reclamara un por qué que nunca vas a poder responder.

Aristides Vargas

Esa fue mi verdadera torre. No sabía cómo abordar el vacío que se acrecentaba en mi interior, amaba con todas mis partes y quería lograr generar algo en las personas que les permitiera hacerse cargo de su dolor aunque yo tuviese años evadiendo el mío. Mi torre la hice yo, fue construida ladrillo por ladrillo bajo la expectativa de tener mi vida bajo absoluto control: me estaba convirtiendo en una profesional, en una figura de respeto, en una mujercita hermosa. Me puse arriba para vigilar ampliamente quiénes podían acercarse y quiénes no, pero no fui atacada desde fuera sino que fue el cemento el que claudicó, así cómo la estúpida idea de dominar todo a mi alrededor. Llegué al suelo e incluso muy por debajo de él, se fue el astro y también el satélite, estuve en un lugar en el que no deseo que nadie nunca esté y al que puedo acceder esporádicamente cuando las cosas se me van de las manos.

Para mí el exilio es un problema de abrazos. Cuando niña abrazaba a mi perro, entonces mis padres se enfadaban y me exiliaban en mi cuarto; en mi adolescencia abracé a un chico y él me exilió en la soledad; luego, de grande, abracé ideas y me exiliaron de ese país, sin contar las veces que fui castigada cuando intenté abrazar la religión, ahora por las dudas yo no abrazo a nadie.

Aristides Vargas

Me cuesta abrazar, esto es real. Paso bastante tiempo a solas y en silencio, lo disfruto y me gusta pero tengo que luchar para no aislarme. Hay abrazos que extraño, a veces imagino que hablo con esos afectos perdidos e invento lo que contestarían, hasta les escucho reír. Fui exiliada de la vida de algunas personas luego de las llamas y el derrumbamiento pero suelen venir a mí tal y como lo hace mi país, como un recuerdo que huele a hierba, de calles empinadas y reuniones espontáneas. Me cuesta abrazar pero ahora en cambio lo hago más intenso, abrazo porque no sé si será esa la última oportunidad de que sepan que me importan, que los amo, que soy afortunada de tenerles en mi vida. 

Porque ya la torre cayó y lo que sobrevivió de mí es lo que tengo el día de hoy. Estoy despierta y siento todo, el frío, la noche, la ira y también la bondad de quienes me habitan ahora. Muchos vinieron a quitar esas piedras que tenía encima, perdonaron mi tiranía y confiaron en volver a verme de pie. Pienso en eso por las tardes, cuándo vacío el bidón del aire acondicionado al borde de la acera y veo caminar a los vendedores de comida venezolana o al señor de la florería con sus nardos y claveles, a cada comerciante de la avenida que ve pasar tantas vidas a veces sin realmente detenerse a mirar. Quizás seamos números pero somos cifras valiosas, somos parte de un todo.

El viento lo llevamos por dentro

 

«Las nubes no entran en juicio

contra su efímera y cambiante naturaleza. 

La aceptan. 

El viento las lleva.» 

Hace unos años, cuando estaba entrando en la fase final de la licenciatura, decidí inscribir una clase de guitarra como materia optativa para completar algunos créditos. El primer día nos enseñaron los acordes de Wonderwall y como ejercicio nos pidieron practicar. La semana siguiente, un lunes temprano, mi maestro me halló tirada en los pasillos de la escuela marcando algunas notas. Ese mismo día a la tarde se me plantó de frente, había estado evitando avanzar en mi proceso de taller por puro y franco temor, no quería tomar atajos pero tampoco ahondar en las cosas que se me estaban mostrando «A usted le gusta tanto esto que hasta la guitarra toca. Deje de negarse, si no empieza a comprometerse y a creerse lo que es, nadie lo hará por usted.»

«Pastorean montañas

y se llenan de gozo. 

Continua transfiguración. 

Se entregan invisibles 

a la extensión del azul.» 

La semana pasada me tomé dos días para desconectar del mundo y disfrutar de la compañía del amigo con el que no pude compartir tantas cosas en el pasado. Inicia la guerra interna, el sonar de voces que me repiten una y otra y otra vez que aproveche el tiempo en algo útil. De nuevo la culpa, de nuevo la ansiedad, de nuevo la lucha, de nuevo esforzarme por sacar el momento, el espacio y redactar. Entonces luego de un par de horas de dedicación intensa aún cuando mi cuerpo y mi cabeza se hallaban cansados, por un error de tecleo, el texto se perdió así sin más, como si alguien me hubiese echado agua fría para despertar. Debí enfrentarme entonces con esa sensación profunda de frustración y autorreproche, al hueco de hallarme estúpida y lenta así que lloré, lloré muchísimo, tanto que sólo me tiré en la cama a dormir y no quise hablar con nadie hasta pasado el mediodía del día siguiente. 

Es como si estas pequeñas cosas fuesen recordatorios de todo: no podemos controlar nada. Me costó, me tomó unas cuantas horas asumir que quizás lo que puse en palabras esa noche era sólo para mí, para poder comprender el porqué y el para qué de algunas situaciones. Me examino, evalúo la casi obsesión que tengo con ser productiva en todos los ámbitos de mi vida. Quizás es porque esos tres meses que estuve aislada en el hospital me hicieron sentir que el tiempo moría sin yo poder evitarlo, quizá sea porque en el pasado no tenía la lucidez de la que gozo ahora, tal vez se relacione con la sensación de que se me acaba el tiempo pero no se me está terminando la vida, mi parte sensata sabe que a penas está comenzando. 

He estado viendo a una Urania de veinte años asomarse a la ventana. Va con los cabellos rojos y un piercing en los labios, ya no tiene tanto miedo como en la adolescencia, se ha blindado de confianza para continuar. Extraño la forma que tenía de ir para adelante sin pensar en nada ni nadie más pero también recuerdo que no encontraba formas sanas de sentirse plena. He estado viéndola con una sonrisa y un abrazo atrasado, he dejado de odiar su turbulenta predisposición para sufrir. 

Todos los lenguajes humanos y también los espirituales me resuenan como ecos dentro de mi propio esternón. La que soy, la que puedo ser es mucho más que memorias dolorosas. He convivido tanto tiempo con el miedo de volver a ser algo cercano a lo que fui que he acabado suponiendo que mi intensidad e intuición recaían en la disfuncionalidad de mi vivir, del entorno y mis vinculaciones afectivas. 

A veces coso, miento, siempre estoy cosiendo. Me toca coser etiquetas en mi empleo actual y el tiempo que invierto con la aguja y el hilo se vuelven periodos largos de reflexión e ideas «hiladas» gracias al movimiento que realizan mis manos. Tengo mi libreta cerca, escribo todo y al mismo tiempo canto, también bailo cuando la situación amerita. Anoto cada palabra que me parezca relevante por si alguna vez mi memoria decide abandonarme, una vez más pueda yo encontrar el camino de vuelta. No me dejo derrotar por la cantidad de horas ridículas que hay que permanecer de pie, tampoco me entrego a la idea de asumirme sin tiempo para lo que me importa. He aprendido a respetarme, tanto que no me permito pasar de largo por mis objetivos sin contemplarlos cada día. 

Luego está esa punzada detrás de la nuca que me tira hacia abajo, las palabras que trago y se me convierten en tensión muscular. Tengo que decir cosas en voz alta, me toca gritar que tengo miedo pero que si sigo aquí debe ser por una razón. Invierto dinero en el diclofenac y mejoro a los pocos días, luego me molesto porque ahorrar es cada vez más difícil y después de transitar la negación y la rabia, suelto, confío y vuelve a importarme un carajo todo con tal de poder aprovechar los huequitos de mi agenda para ser feliz. 

Me voy al museo a recorrer la exposición de Remedios Varo y a dar una clase de apreciación artística a ese amigo que sabe de casi todo pero de eso nada, mientras me comenta su fascinación por el diseño de esa maquinaria estelar. Nos reímos, nos abrazamos, comemos porquerías y lo derroto en la XBox. Estoy siendo feliz y vuelvo a cuestionarme si me lo merezco. 

La respuesta es sí. Contra todo pronóstico: merezco sentir paz y merezco acallar ese coro insoportable que retumba dentro de mi cráneo. 

Me ha llegado una carta de papá, una carta en la que contesta a algunas inquietudes y vuelve a disculparse por su ausencia. Una carta que se asoma sin vergüenza hacia la aceptación de su cobardía y al mismo tiempo se alza con la convicción de que yo no voy a desperdiciar mi vida porque él sabe que vine a este mundo a transformar mi realidad. Son sus letras y esa forma tan especial que tiene de manifestar sus sentimientos, es todo él amandome como siempre ha hecho a pesar de no comprender del todo cómo proceder. Entonces me abrazo a mi misma como si fuese él quien lo hace y ya no me siento tan desprotegida, abandonada como me sentí los pasados años. 

Han venido a sacarme de una cajita, una versión que pensaba que era edición limitada y he ido descubriendo que tal vez es en realidad lo que quiero ahora. Este juego de caminar al medio es mi reto el resto de la vida: mantenerme disciplinada sin bordear la autoexigencia, no establecer comparación con el afuera porque cada persona y cada proceso es diferente. Recordarme que mi talento no tenía su origen en mi dolor y en mis heridas, simplemente el crear era una forma de poner afuera lo que me estaba matando desde dentro. 

Nunca me sentí como parte de un todo hasta que comencé la universidad. 

Parte del dejarme fluir ha sido aceptar que no todo lo que haga podrá ser trascendente, a veces simplemente me servirá como ejercicio para mantenerme despierta y recordarme los motivos por los que continúo avanzando. También he dejado lugar junto a mi almohada para soñar nuevamente la posibilidad de reencontrarme con mi familia, desde el perdón, desde la aceptación. 

Víctor tuvo la paciencia para discutir conmigo tres años consecutivos, para verme de frente y decir las verdades más crudas, para confrontarme con los temores más grandes. De no haber sido por eso, quizás no hubiese caído y no habría tenido que arrastrarme y luego levantarme para volver a la vida, esta vez desde mis propios términos. Esos ensamblajes que se armaron desde la locura son el legado de mi momento más hostil, de mi cara más violenta, de mi lado más enfermo; son el legado de esa Urania que murió a los veinticinco años cuando no pudo ganar la batalla contra la enfermedad.

Ataduras – Ura Urdaneta

Ahora quedo yo, con la única certeza de que ahora mi miedo es mucho menor al de antes. 

«Aunque entremos

en contradicción con Viento, 

lo llevamos por dentro. 

Deambulamos

y bordeamos filosas cumbres

hechas de ruidos. 

¿aceptamos el cambio?» 

La carrera contra mi cabeza, el compromiso de adaptarme a la contemporaneidad de las redes sociales y de mostrar el trabajo hecho. Siento que algunos collages son una mierda, luego me reprocho porque sé que son excusas para no publicar. Tengo una crisis y recurro a mi fiel círculo de contención que repiten desde diferentes ubicaciones de espacio y tiempo:

«Tienes que dejar de ser tan dura contigo misma» 

Me detengo y respiro, me miro al espejo y cuestiono que obra acompañará este texto. No puede ser otra que Ataduras, y junto a ella las palabras que me regaló el artista Samuel Baroni luego de contemplarla : «No dejes nunca de soñar», porque por muy anclada que me encuentro al piso ya lo que me une al aquí y el ahora no es el sufrimiento, pude romper las cadenas después de tantos años. Lo que me mantuvo con vida, por el contrario, fue el amor. 

Eso no evita que siga con mis crisis existenciales de la mediana Urania, ni que este texto pueda ser el menos serio y pulido de todos mis textos. Estoy aprendiendo a darme el permiso de fracasar, quizás en otra vida mi talento no sea este por eso pretendo tratar de disfrutar aún cuando tenga tantos momentos para pelear con el espejo. Demasiadas formas ha tenido el universo de regañarme para que continúe hacia delante, ahora quiero darle una innumerable cantidad de razones para que me diga: lo hiciste bien piba, tené, una cabecita más sana para una vida más estable. Soñar no cuesta nada. 

«Cuando los rayos luminosos

desintegren la pétrea blancura

hablará un Silencio

que hará temblar

las ruines paredes del búnker

donde se oculta el gran ruidoso.

Gocemos contemplando a las nubes.»

Rommel Hervez

Fuera de foco

Jhura y yo nos hemos estado riendo de comedias terribles y thrillers de contenido cuestionable, del romanticismo tóxico. Antes de eso, hablabamos del día de la cornisa del edificio, me dijo que la llamé y le dije que iba a saltar, incluso que me mandó a aventarme mientras trataba de remediar por otro lado. Me narró aquello como me ha rememorado tantas otras cosas antes, cosas que han sido borradas de mi memoria y que no he podido recuperar. Y así también me recordó el día que medio histérica y medio decepcionada me llamó para contarme de «aquel incidente». Ella sabía que no lo recordaría después pues mis ojos se iban y mi cara estaba torcida: «Él estaba ahí contigo, también escuchó mi show». 

Tengo un par de cicatrices en la mano izquierda, en los dedos. Son pequeñas pero significan mucho: una me la hice cuando previo a su viaje, decidí fabricarle un par de libretas artesanales en las que pudiese anotar pensamientos, cuadernos que evitasen que me olvidara. Esa está sobre uno de los huesitos del dedo pulgar, fue la cuchilla quien me rasgó y al derramar sangre sobre las hojas y sintiéndome torpe hasta más no poder, decidí dejar un mensaje con una carita sonriente como si aquello no me hubiese producido dolor. La otra reposa sobre la segunda falange de mi índice consecuencia de haber dejado el dedo entre la puerta y el marco un día que cerrábamos el negocio en San Telmo, mi primer empleo como inmigrante. Me ayudó a curar la herida y a medida que fue evolucionando sólo quedó esa huella blancuzca casi imperceptible. 

Quiero dejarlo por escrito, quiero hacer una declaración libertaria el día de hoy. Quiero revocarle el poder de pensar o de creerse con la potestad de asegurar que me volví loca por su causa, por su amor, por su rechazo. Nunca me sentí con tanta necesidad de aclararlo frente al mundo como ahora: yo no me perdí por él, no fue el motivo que me internó en un psiquiátrico ni tampoco el que me hizo querer saltar del edificio. Se equivoca, no fue él. No, no y no, era el infierno que llevaba por dentro y en el que permanecí sumida durante tantos años hecha trizas y pedazos lo que me arrastró hasta el fondo. Basta de regodearse sobre la falsa idea de ser el centro de mi vida. Fue todo y le quise como a nadie, pero ni siquiera eso fue suficiente para darme ganas de vivir y esa es la prueba de que no le debo mi locura, ella siempre estuvo dentro de mi. 

Te revoco ese poder asumido y el valor agregado. No fue por ti, yo siempre fui y sigo siendo intensa y puedo llegar a ser verdaderamente insensata cuando me pondera la reactividad.

Ejercicio para un abrazo – Ura Urdaneta

Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo

Y eso en verdad no es nada extraordinario

Vos lo sabés tan objetivamente como yo

Sin embargo hay algo que quisiera aclararte

He cruzado varias ideas flotantes dentro de las diez horas de laburo diario y las he dejado reposar sobre hojas de papel imaginario, o quizás sean hojitas de aquel verde opaco, de la cantidad de eucalipto plantado en la montaña que puede visualizarse a plenitud desde Galipán, desde cualquier lugar del Ávila. No, no hay un koala trepando con ganas de comérlo pero suena como una buena imagen onírica, algo que podría haber dibujado cuando cursaba la universidad. 

El pasado ha irrumpido sin permiso cual visita familiar, ha estado tocando a mi puerta con demasiada insistencia. Siete años, como el salto de la nueva temporada de Riverdale. He tomado mi cápsula para aventurarme en el tiempo y visualizar a la carajita de aquel entonces: reaprendiendo a mover las piernas para desplazarse, gritando por Alemania en el mundial de fútbol en Sudáfrica, sentada con su madre a mitad del living de una clínica Caraqueña mientras escucha a un pianista dibujando acordes en el viento que convirtieron el aire en materia colorida. Lo he recordado: aunque fueron días de mucha amargura, estar tan cerca de mamá me hizo sentir una niña dichosa. Pienso que quizá fue la primera vez que la sentí tan parte de mi vida, que aunque tuve que cuidarle, fue su misma vulnerabilidad la que le permitió conocerme realmente con amor y menos juicio, desde otro lugar, desde otro entendimiento. Por vez primera me sentí parte de algo dentro de mi pequeña familia. 

Y así como me sumerjo en esa historia ancestral tan complicada, me encuentro cantando para no divagar, evitando la escuela de arte por temor a fallar, negada a trasmitir a mi círculo cercano el temor de que mi juventud me fuese arrebatada de las manos y la vida conocida terminara para siempre. Tuve que aprender a ser responsable de otra forma, a ser una adulta con seriedad. Fue como crecer de un jalón y congelar una parte de mi corazón resguardado lejos de los afectos. Y así como eso vuelve, también lo hacen algunas personas que quise, que amé y que mis acciones distanciaron.

Cuando digo todas las parcelas

No me refiero solo a esto de ahora

A esto de esperarte y aleluya encontrarte

Y carajo perderte

Y volverte a encontrar

Y ojalá nada más

Un koala trepando cerca de las ramas del eucalipto me había mirado fijamente y yo continuaba pensando que mi corazón no podría amar a nadie más. Siete años después viendo las cosas desde otra perspectiva, me río de esa nena infantil que creía entender demasiadas cosas dentro de aquella cabecita multicolor. Estaba ahí sentada en un teatro coqueteando queriendo y sin querer, comiendo pizza en Altamira o hablando mientras entraba al cine a ver volar un dragón, compartiendo las frases de un libro y sonriendo plenamente por las calles de Las Mercedes. Era feliz y estaba amando sin saberlo porque le tomó muchos años comprender que el amor no se tinta de un sólo pigmento, por ello fue egoísta y terminó tomando decisiones definitivas que lastimaron, que hirieron. Y esas memorias estaban archivadas en uno de esos recovecos lastimados de mi mente. No quería traerlo hasta aquí, pero hacerlo me devolvió una paz que ignoraba necesitar. Lastimé grandes amores por perseguir la creencia de que mi orgullo me protegería del afuera, afortunadamente la vida se encargó de demostrarme que no. 

He pasado bastante tiempo frente al espejo estos días, como buscando alguna similitud entre la muchacha de entonces y la mujer de ahora. Me burlo de mi misma, les digo que llevo el cabello largo y natural porque me rehabilité, que no me hace falta tanta chachara para adornar. Me veo en fotos y pienso lo mal que aproveché esa época en la que me veía tan bonita simplemente por no sentirlo, para entonces la imagen reflejada era bastante ambigua. Y hoy que ya es febrero del año dos mil veintiuno y que mis contemporáneos están formando familias y tomando decisiones trascendentales, me observo y pienso en todas las marcas que me surcan, en el sobrepeso, las varices y las arrugas, en los anteojos fijos porque no distingo a la distancia; y realmente siento que me quiero aunque ya no sea tan joven y potencialmente linda, me respeto porque la mayor parte del tiempo creo saber quien soy y la dirección en la que voy, lo que quiero y lo que no.

Ejercicio para un abrazo – Ura Urdaneta

Como ves es más grave

Muchísimo más grave

Porque con estas y con otras palabras

Quiero decir que no sos tan solo

La querida muchacha que sos

Sino también las espléndidas o cautelosas mujeres

Que quise o quiero

Y he terminado por comprender algo sumamente valioso. Estos chicos, ahora hombres, que he amado de tantas formas distintas en los últimos diez años y que han permanecido o retornado a mi vida de una u otra forma me han dado la oportunidad de poder bajar la cabeza y con humildad aceptar que, puedo dañar a otros cuando huyo en lugar de asumir la responsabilidad afectiva y lo valioso que es poder disculparse tanto para el que hiere como para el que es herido sin importar el tiempo; que aunque esas versiones de mí misma me causen jaqueca y lleguen a producirme cierto desdén, ellos desde su valoración transformaron mi ser en una mejor versión. Y si, se atrevieron a querer mi desastre y sostenerlo entre sus brazos desde la hermandad, la amistad o el romance, me enseñaron que si podía aspirar a ser esa persona especial en el corazón de otra. Me amaron y algunos todavía me aman, no sé porque hasta ahora no me había dado cuenta de ello. 

Ahora sí que el koala se ha sentado a morfar sus delicias, quizás es ahí a donde pertenecen mis textos, al estómago de un marsupial que trepado en las alturas de un árbol consigue tener una visión más amplia y panorámica del ancho mundo. Quizá pueda ver mejor de lejos y comprenderlo todo o tal vez está mirándome a mí hace un par de años admirando el mar desde la montaña y sosteniendo mi vida entre mis manos. 

Porque gracias a vos he descubierto

(Dirás que ya era hora y con razón)

Que el amor es una bahía linda y generosa

Que se ilumina y se oscurece

Según venga la vida

Una bahía donde los barcos llegan y se van

Llegan con pájaros y augurios

Y se van con sirenas y nubarrones

Una bahía linda y generosa

Donde los barcos llegan y se van

Y es que el amor es un ejercicio que nunca me arrepentiré de practicar. Aún cuando hoy mis creencias se hayan modificado y esté bastante negada a la idea del romance, el amor es la fuerza que transforma el espíritu y fortalece el alma. He amado, mucho y muy profundamente, seguiré amando y agradeciendo estos sentimientos lejanos que vienen hasta mi ventana para recordarme que soy mucho más que las fallas que pude tener, también soy esa versión de mí que te abraza, te besa y te obsequia un libro, te cocina un pastel, te sonríe de madrugada, te canta bajito, te hace libretas, te regala dibujos, te dice que te ama y a mitad de su torpeza toma tú mano con cariño. Soy esa que procura cumplir sus promesas y que está aprendiendo a ser flexible frente a su autoexigencia. Soy una mujer con el corazón de una niña que ama enteramente, que ama amarillo. Así soy yo.

Pero vos
Por favor
No te vayas

Mucho más grave – Mario Benedetti

Deshabitar(me): lo que hace un artista

La vida es desierto y oasis,

Nos derriba, nos lastima,

Nos enseña,

Nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

No te detengas – Autor anónimo

Empezando el año, luego de más de un mes sin publicar y no puedo evitar batirme a duelo con la culpa por haber deshabitado el espacio tanto tiempo. Sé de sobra que no fue por irresponsable o por evadir mis proyectos sino porque diciembre con su consumismo y masas acapararon mi tiempo con la excusa de hacer de la navidad un evento más feliz. Aún no comprendo el derroche, todavía no me hallo dentro del protocolo elitista. 

Antes de éste, comencé la redacción de tres textos; no he podido culminar ninguno. Cuando mi compañera de cuarto se fue de viaje, ingenuamente consideré que al tener la habitación sólo para mi podría escribir y producir más ideas; pero fallé. Ahora acá, luego de que han transcurrido veintiséis días del mes de enero, puedo admitir sin que me quede nada por dentro que he podido identificar en mí misma un patrón de años: enero siempre y absolutamente siempre me ha costado horrores porque suele ser una verdadera mierda, a eso sumenle el calor sofocante del verano. 

Vamos por parte, éste texto soy yo tirada en mi cama luego de tomarme dos horas para cocinar el menú de lo que me queda de semana, limpiar el baño, la pieza, tomar una ducha y acostarme después de encender el aire a veintitrés grados y plantearme que algo tengo que empezar a hacer con mi tiempo. Y es que, hace semanas que me va bien si como o no como, si me ejercito o no me ejercito, si leo o veo la televisión, aunque esto me genere un cargo de consciencia insoportable. Sólo soy yo frente a mí misma preguntándome ¿Qué carajos estoy haciendo con mi vida? 

Arranqué bien el año, los primeros días estaba cansada pero feliz y luego tomé una decisión estúpida. Quizás no fue solo una sino varias que repercutieron en un malestar crónico de vacío y ansiedad. Esto me llevó a replantearme una meta con severidad: si alguien va a hablar mal de mí espero y quiero ser yo misma. Es duro porque cuando me nublo puedo ser bastante idiota, la mayoría de mis allegados entiende que no lo hago de pesimista ni mucho menos de maldita, sino porque tengo una comprensión emocional bastante torpe. Las cosas se me fueron tontamente de las manos y una situación particular me hirió de manera tal que terminé llorando en el baño de mi trabajo sin poder respirar, acudiendo al agua en el rostro y a conversaciones a distancia. La pasé bastante mal pero asumo que la realidad necesitaba darme una lección: no importa lo mucho que escriba o trate de plasmar el camino que recorro con la idea de fomentar la empatia, el juicio más doloroso suele venir de las personas que más amamos. 

Ese día un amigo querido se quedó conmigo y el domingo mi actriz incondicional me acompañó en la distancia a tomar un helado en el parque: pistacho y brownie para el corazón. Y lloré, y trate de escribir pero volví a llorar por sentirme una inútil, un fiasco y una mentira. Esa que te dice que te tomes el momento para respirar y mantenerte en el ahora pero que no consigue recordar como respirar con el diafragma y se ahoga en el proceso. Así que la ansiedad me ha estado matando: no me deja dormir, me genera jaqueca, me ha contracturado la cervical, me produce dolor en el pecho, me provoca culpa, me tira sobre la cama y me lleva a encender el televisor solo para no pensar y a veces dentro de mi cabeza hablan tantas voces al mismo tiempo que siento que en un descuido podría cortarla. Esto no es algo nuevo pero en esta ocasión tengo la capacidad de construir la idea a través de las palabras.

No se asusten, en realidad si he estado bastante ocupada siendo irresponsable conmigo pero no me he aislado del afuera, aunque las ganas no han faltado he continuado poniendo en práctica la bien adquirida habilidad de pedir ayuda y es aquí es donde viene la parte divertida de esta historia. 

Si algo me ha llevado a escribir este texto cuya longitud desconozco (y estoy procurando no enloquecer porque estoy dándome permiso para romper mis patrones al escribir) es la idea de lo que debe o puede ser un artista. Es algo que me tortura con frecuencia pero por estos días ha sido más intenso. Me pienso poca cosa al lado del tremendo talento de mis colegas (a quienes admiro y aprecio profundamente) pero, mientras escuchaba a Chris Cornell con el agua resbalando por mi cabeza me di cuenta de que ninguno es igual. Y si, hay quienes han tenido aciertos en lo que desean y exponen, trabajan de lo que les gusta y ganan bien por ello, y hay quienes ejecutan labores titánicas para transformar su mundo desde la enseñanza o el perfeccionamiento de su técnica simplemente para cambiar su universo. Están haciendo su parte y saben que es  lo más hermoso de todo esto, que son felices mientras lo hacen. Entonces ¿Qué te hace artista?

Valora la belleza de las cosas simples.

Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,

Pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.

Eso transforma la vida en un infierno

No te detengas – Autor anónimo

En mi vida hay una mujer muy bella quien en este momento libra una lucha interna para superar su abismo. Hablamos constantemente y me comparte su proceso mediante palabras y textos. Me ha conmovido de una forma que no puedo explicar y en sus dilemas internos siempre me recuerda que debo mantenerme siendo luz porque yo le ayudo a alumbrar su oscuridad. Entonces quizás ser artista sea eso, tener la capacidad de tocar el espíritu de otra persona con amor y respeto para sacudirlo desde dentro o quizás, ser artista sea sólo una palabra inventada para justificar una profesión tan ambigua en este mundo tan desacoplado y extraño que necesita ponerle etiquetas a todo lo que ve. 

Lo que si puedo asegurar es que, a mitad de mis dilemas y de mi imbancable depresión, he reencontrado a un pedacito de mi vida que extrañaba incluso más de lo que podía recordar. Hace diez años, yo conocí a un muchacho del que me prendí de forma infantil e inmadura. Las cosas con él no funcionaron pero en cambio me dio el pie para conocer a todo su grupo de amigos de entonces, jóvenes, músicos y desastrosos, fue allí donde construí una de las relaciones de amistad más bonitas de mi vida. Esa persona, me confesó a los pocos meses de haberme visto por primera vez que no podía pensar en que alguien como yo estudiase otra cosa que no fuesen artes. 

Todo esto se debe a que esa tarde yo salía de una reunión en el auditorio de la universidad en donde habían convocado a estudiantes que quisieran participar de actividades para apoyar a las personas afectadas por los deslaves provocados por las lluvias de ese diciembre del año dos mil diez. Yo era una nena tonta de diecisiete años que no podía entablar siquiera una conversación casual con otras personas pero pensaba que quizás mi colaboración podría ser de ayuda para la situación. Esa tarde en los pasillos de la universidad pude expresar mi sentir y mis ganas de «cambiar el mundo para mejor» y él lo escuchó. Hace pocos días nos hemos reencontrado y reído al unísono, luego de tanto tiempo sigo siendo la misma muchachita idealista sólo que con más experiencia y más claridad al actuar. 

Me ha abrazado y dicho muchas veces lo orgulloso que está de ver lo que he crecido y superado mis propios límites. Es irónico, hacía casi seis años que no cruzábamos palabra y desde que nos conectamos no hemos dejado de hablar un solo día. Pienso entonces en cómo el universo y la vida nos hacen entender de la forma que menos esperamos que las cosas no las podemos controlar, la vida fluye y las decisiones pesan pero cuando tenemos contratos con otras personas y es ésta la vida que nos consigue para transformar algo en nosotros, nada ni nadie lo pueden evitar. 

Se lo decía por estos días, le compartí la fea sensación de sentir siempre que se me va a acabar el tiempo. Y es repetirme una y otra vez que no existe una edad para aprender a convivir contigo mismo ni tampoco una fecha en la que caduque la felicidad. Hace un par de semanas me tatúe y mientras conversaba con la mujer mágica que me inyectó su tinta, le comenté que mi sueño era ser financieramente independiente antes de cumplir treinta y más allá de eso: mi sueño es que alguien quiera pagarme por escribir. Entonces me recordó que quizás no suceda tan rápido, capaz tome más tiempo del esperado pero si cumplo treinta años y eso aún no ha pasado no significará el final del mundo conocido sino que más bien me faltará menos camino que cuando comencé.

LastTime – Ura Urdaneta

Así que aunque sigo luchando con el monstruo y me cuesta horrores levantarme de la cama al despertar, saber que tengo esta segunda oportunidad de vida para hacer las cosas distintas me impulsa a dejar de justificar el miedo y a andar un poquito más. Podría haber muerto hace dos años pero eso no pasó y si estoy aquí debe de ser porque me falta completar algo y estoy empeñada en comprender de qué se trata. Procuraré dejar de taladrar mi cabeza con la pregunta de si soy o no soy realmente una artista, o una persona con talento, o una mujer bonita, o una buena persona; me basta con saber que la vida no tendría sentido si el arte no formara parte de ella. 

No siempre estaré tan abajo como hoy pero sé que siempre tendré personas que me escriban poesías, que me regalen atardeceres, que me abracen cuando me duela la cabeza, que me compartan canciones, que me lleven a su casa porque saben que no quiero estar sola ese día, que me preparen arepas con nata y café o que me lleven el almuerzo cuando no he tenido voluntad para cocinar. Creo que me tocaba vivir un trecho más para experimentar con consciencia estos niveles de amor y de ternura, para aprender que la vida no siempre duele ni sangra sino más bien te abraza y anima, tal y como hace la luna o la luz del sol al mediodía.

Disfruta el pánico que te provoca

Tener la vida por delante.

Vívela intensamente,

Sin mediocridad.

Piensa que en ti está el futuro

Y encara la tarea con orgullo y sin miedo.

Aprende de quienes puedan enseñarte.

No te detengas – Autor anónimo

Especial: Ningún número más

Hace unos cuantos años, poco después de iniciar mi carrera universitaria, fui invitada por mi hermano a ver en el cine una película acerca del maestro de luz Armando Reverón. Recuerdo su impacto intenso y temible respecto a mis reflexiones en relación con el mundo, también es imposible olvidar como le confesé a Oliver el temor que sentía ante la posibilidad de que la sensibilidad pudiese enloquecerme. 

No quedó ahí, mientras más estudié y más me adentré en el inmenso universo creativo, la locura pareció arraigarse cada vez con más fuerza a mis huesos, lo supe la primera temporada por allá en el dos mil catorce cuando los ataques de pánico y el desvelo destrozaban mi percepción de la realidad; era propensa a todo aquello, mi historia familiar me delataba. 

Aún con todo esto, honestamente nunca quise adentrarme a la imparable capacidad destructiva y autodestructiva que guardaba mi oscuridad. Sólo lo supe cuando tuve que convivir fríamente con la soledad desgarradora, cuando los que decían amarme afirmaban que mis monstruos eran manipulaciones, cuando destrozada por la locura me hallé sin la capacidad de distinguir lo real de lo imaginario, cuando quedé completamente sola y aislada de lo familiar. Eso creó un vacío cargado de mucho rencor y odio, odio proyectado contra todo lo que pudiese generarme una emoción intensa, independientemente de que la misma fuese positiva o no. 

Es de ese profundo dolor y de la herida abandónica que tanto trabajo he puesto en sanar que nace este relato, intenso e increíblemente importante para mí. Tuve esta idea inmediatamente después de escribirlo pero el temor a quedar expuesta frenó las ganas y la posibilidad de la colaboración de otros. Este año todo es distinto y la persona sumida en la oscuridad de entonces es sólo un recuerdo que abrazo asumiendolo como parte de lo que fui y que me hace tener presente lo que no quiero volver a ser. 

Por ello agradezco a cada artista, amigo y hermano colaborador de este proyecto. Aunque mi búsqueda fue medio azarosa, la realidad es que cada una de las personas que aquí traducen mi lenguaje desde su interpretación propia como casi una danza gradual y sentida, han dado y siguen dando palabras que fortalecen ideales y acarician mi corazón desde su ejemplo y encuentro. Muchos de ellos han descubierto su sombra demostrando como la constancia, el amor y el reconocimiento son herramientas primordiales al momento de querer sanar y construir una vida más sana. 

Allá afuera, en esta ciudad, en este país, en este continente y en este planeta hay cientos de miles de personas confinadas a un encierro no siempre bajo condiciones dignas. La psiquiatría es una de las especialidades médicas que parece avanzar más lento en su desarrollo dentro del campo de la medicina, una de las razones es que no se le dedican ni tiempo ni recursos suficientes para su estudio y evolución en métodos. Las enfermedades «invisibles» son pensadas, generalmente por la comunidad, como las menos primordiales. En pleno siglo veintiuno hay personas que afirman que la depresión es un invento para justificar la pereza o los excesos o que las personas que residen dentro de las paredes de un hospital psiquiátrico son locos que no piensan, con ojos torcidos y reacciones desordenadas. 

No, no más cifras, no más números: esos seres humanos son personas reales con sentimientos reales que tratan de aprender a lidiar con una patología que amenaza con limitarlos mental y emocionalmente. El encierro afecta la capacidad motriz, las habilidades sociales y el desenvolvimiento dentro de este mundo veloz que cambia constantemente cada vez más. Ninguna persona tendría que residir en espacios que deterioren su capacidad cognitiva y su relación con la realidad, tolerar maltratos y vejaciones, sucumbir ante el abandono de parientes y amigos. 

Lo viví, lo sentí en carne propia y fue justamente eso lo que me llevó a escribir. Cuidemos nuestra salud mental, tengamos conciencia y disposición frente a aquellas personas que necesiten nuestro apoyo, una palabra de aliento o un espacio en cual tengan la seguridad de que no serán juzgados, señalados, ni sus sentimientos serán disminuidos. Les invito a disfrutar el resultado de este trabajo en conjunto. 

Recordemos: podemos hacer la diferencia, podemos salvar una vida. 

Modo hibernación

Me gusta sentir

Que cuando te necesito

Le hacemos trampa

Al tiempo

Y nos cruzamos

De vereda

Por un rato

Nina Ferrari

Despierto en domingo, la mayoría de las veces me doy el permiso de dormir hasta pasadas las doce. Me gusta dormir. Suelo levantarme y comer algo del día anterior, o algo ligero, a veces pido empanadas para almorzar y otras meriendo directamente con mis amigos. Los domingos son mis días libres así que procuro aprovecharlos para pensar menos. 

Es sólo una intención, nunca pasa. 

Particularmente estas semanas me ha costado mucho conciliar el sueño antes de las tres de la mañana, lo que representa un problema dado que mi horario de trabajo consta de diez horas que pueden parecer interminables. Es como si no pudiese apagarlo, digo, mi cerebro; quiero que entre en modo hibernación. 

No me ha gustado nunca excusarme bajo la consecuencias de la etiqueta que ser inmigrante aplica, pero es real. No sólo se trata de independencia financiera y emocional, es la suma de todo y que casi nadie que no haya pasado por lo mismo consigue comprender. Te cuidas, te mimas, te obligas y también te recuerdas que eres tu primera razón para continuar sabiendo que directamente no hay nada ni nadie que te respalde. Extraño tener a quien pedirle que me prepare una taza de té, o arepas, o café con chocolate. Extraño la buena compañía durante una película los fines de semana. Extraño tener un gato o un perro a quien abrazar antes de dormir. 

Te ha tocado caminar solo en un sendero con pandemia. 

Tengo mis manías y me toca lidiar con ellas sola, ya no tengo quien me las recuerde. Soy estricta conmigo, planifico cosas con rigor y en el camino me vuelvo más flexible porque sé que de nada sirve hacerse mala sangre por algo que no puedes controlar. Tengo una libreta para escribir en donde solo puedo usar una lapicera especial porque es la lapicera de esa libreta. Tengo monedas que no quiero gastar y dinero que administrar que no quiero tocar por más tentada que me encuentre. Consumo en promedio más de tres litros de agua al día y no puedo salir del cuarto si no hago primero la cama. Necesito escribir cada idea que surge al momento porque temo olvidarlo, no quiero perder nada más.

Tengo un serio problema de adicción al azúcar, me gustan las galletas, lavo mi cabello una vez a la semana y no siempre me tomo el tiempo de untarme crema después de bañarme. Evito saber de personas cuyo bienestar puede repercutir violentamente en mi estado de ánimo, sé que es egoísta pero también un mecanismo de autodefensa. Sino consigo adelantar alguna cosa, entrenar, escribir o dibujar antes de dormir siento que he fracasado ese día. 

Exceso de productividad, le dicen: autoexigencia. 

Con todo y eso, esta semana no he podido regir mi disciplina. Me dormí sin leer, sin pintar, sin cantar o hacer alguna cosa que considere de utilidad. Mi cuerpo me mantuvo en reposo físico con un cansancio abismal al tiempo que mi cabeza parecía no poder detenerse. Si lo pienso, puedo dibujarlo con muchos colores azules y puntos blancos de mayor a menor grado de intensidad y tamaño. Danzando mientras se entrecruzan como si fuesen galaxias clandestinas que sólo yo puedo mirar.

Me gusta el silencio pero no siempre puedo practicarlo. 

Comparto el apartamento con tres personas más y la habitación con una de ellas. A veces solo quisiera llegar y no hablar durante horas pero en este momento no es compatible con mi realidad. Me he vuelto bastante callada los últimos años. No me gusta la música urbana, no me gustan las letras que no dicen nada pero he aprendido a escucharlas y a tolerarlas para considerarme un ser más abierto socialmente hablando. No sé si es ansiedad social pero ya no me gusta permanecer en reuniones en las que por descarte soy la excepción: la distinta. Prefiero mi paz. 

Me mantuve en regla durante muchos meses publicando cada noche los sábados, puliendo los textos entre semana y escribiendo primero a mano y luego en papel. Ya no se me day tan fácil, el instinto de supervivencia me alcanzó y lo cierto es que no llego a hacer todo lo que me gustaría por priorizar otras actividades. Caigo entonces en la culpa cuando prefiero reunirme con amigos que extrañaba y compartir una tarde en lugar de quedarme escribiendo en casa; pero no quiero dejar de vivir experiencias gratas por solo dedicarme al oficio. El resto de los días puedo llegar a sentirme realmente sola. 

Volvemos a la convivencia individual: no es sencillo vivir sola en otro país. Sabemos que la soledad es relativa porque existen los amigos y personas dispuestas a apoyar pero se acrecienta en parte la comprensión de que aunque puedas mimetizarte lo cierto es que no perteneces del todo a un lugar. Aún te chocan los cambios de estación y sigues sin comprender la diferencia entre los colores de invierno y los colores primaverales, no entiendes como una sociedad puede vanagloriar tanto a un deportista cuyo mayor logro fue un gol tramposo, pero estas ahí en medio del duelo expresando una opinión frontal que te vuelve a recordar: vos no sos de acá. 

Aún así me las arreglo y en realidad me gusta, allá tampoco me sentía pertenecer a nada por lo que supongo que el problema lo tengo yo. Quizás lo tenemos muchos otros. 

No planeaba escribir algo así esta semana pero salió, se me dio luego de que la fiebre me subió anoche y tendida en cama pensaba en qué pasaría si no amanecía mejor. He logrado sobrevivir sola a mis propias limitaciones, he conseguido administrar mis vicios y temores de la misma forma en que lo hago con mis ingresos, he conseguido sentirme cómoda con la mujer que soy. Aún me falta.

Autorretrato – Ura Urdaneta 2020

He pensado en mí, en mis palabras, en mi fuerte linaje de vocación pedagoga cuestionando si quizás yo pueda enseñar algo que los otros quieran aprender. Esta cabeza que no se apaga y absorbe tanta información que hasta satura sus funciones. ¿Podré exteriorizar tantas ideas? Me da miedo no ser buena, me da temor encontrarme con que en realidad nada sepa de lo que creo saber. 

Y los que no arriesgan no ganan.

Hoy soy breve, concisa y directa: me ha dolido tanto la cabeza que quiero vomitar. Caminando por la avenida Santa Fe con esta noche fría y la radio sonando en los auriculares, escucho cómo hablan de las fiestas y vuelvo a sentir que nada de eso importa desde que dejé mi país, quizás desde antes. Quisiera comprar un vestido para recibir el año y regalarme un libro que hace mucho no he vuelto a leer. Despacio, no me adelanto a nada. Ura, es aquí y es ahora, el futuro vendrá solo. 

Un cuartito a la mañana, uno al medio día, uno a la tarde y a la noche un cuartito y una entera. Aún con esto ya no estoy obesa y eso me gusta, sentirme linda aunque sea solo para hablarle al espejo. Terminé la clase de yoga, una ducha y el jabón vegano que huele a avellana y casis, empanadas al horno con queso venezolano y morrón ahumado. Ahora escribo y antes de dormir iré a meditar. Un día tras otro en esta vida que se siente tan real que asusta, en esta ciudad en la que puedes perderte si no tienes cuidado. 

Nadie me dijo que emigraría, nadie me enseñó cómo soltar lo que duele. Como tantas otras cosas: todo eso lo elegí yo y estoy feliz de haberlo hecho. 

El aire de la costa te despeina engañando a tu cerebro para que creas que caminas junto al mar. Me gusta, se parece un poco a la vida y a sus espejismos: no se necesita ser inmenso para ser inolvidable. Me quedo con esa frase que se me atravesó en la tarde en que una mariquita besó con ternura mi anular.

Un umbral llamado depresión [Parte I]

Si muero joven

Sin poder publicar libro alguno,

Sin ver la cara que tienen mis versos en letra impresa,

Pido que, si alguien se quiere preocupar por mi causa,

Que no se preocupe.

Si así sucedió es que así tenía que suceder.

Si muero joven – Fernando Pessoa

Fue un fin de semana, mientras atendía a un comensal en una de las mesas de aquel bar ubicado frente a Plaza Serrano, cuando un desconocido me llamó por mi nombre. 

Yo te conozco, tú eres Urania. Eras jefa en el CELARG [1], un día me entrevistaste y no me llamaste para el trabajo. 

Lo miré, bien vestido y perfumado. Me pareció una ironía agridulce estarle sirviendo yo la mesa mientras me comentaba lo mucho que había logrado desde su llegada a Buenos Aires. Por supuesto me preguntó qué hacía sirviendo cervezas y a grandes rasgos le asomé que las cosas se habían desviado un poco del objetivo y que la «tristeza» había logrado estacionarme un poco. 

Ah pues ahí está el problema. No chama, aquí el que se deprime pierde. No hay tiempo pa andar con esa, puro pa lante y a olvidarse de esas cosas que lo achantan a uno. 

Esa noche quise encerrarme en la cocina a llorar. Me sentí débil, me sentí estúpida, me sentí minúscula, me sentí menospreciada, me sentí derrotada, me sentí señalada, me sentí ignorada. Él en ningún momento tuvo intención de lastimarme pero su conserva cultural le llevó a emitir un postulado convincente para las masas que logró avasallar a mi ego y a mi percepción.

La depresión está en tu cabeza

La depresión es una elección 

La depresión es cuestión de actitud 

La depresión… 

Lamentablemente esta misma idea me había llegado desde muchas direcciones distintas mucho antes de que él hablara. Mi propia familia me lo había señalado así, que yo lloraba por gusto y por no querer estar bien, que era patético pensar en ello, que no existía tal cosa, que eran todas ideas patinando en mi cabeza, que me gustaba regocijarme en mi dolor, que yo no era el ombligo del mundo, que me inventaba una enfermedad para justificar mi pereza, que sólo quería atención, que «pasara la página». Hoy creo que fue justamente eso lo que me llevó a invisibilizar mi vacío durante tantos años, aquello de que ningún dolor o trauma parecía ser suficiente motivo como para pensar: «Está bien no poder con todo, está bien que busquemos ayuda. No tienes que ser fuerte todo el tiempo». Está bien fallar, está bien equivocarse, está bien no ser la mejor: NO tienes que ser la mejor, no tienes que exigirte tanto. 

Así fue como el año pasado por estas fechas sufrí de un gran colapso que me llevó a eliminar mi cuenta de whatsapp, mi facebook y a encerrarme en la casa de Gustavo con el celular apagado. Me metí bajo las sábanas y me negué a levantarme durante un par de días, me entregué a Morfeo, sólo dormir. Quería desaparecer más que nada en el universo, quería ser tragada y arrastrada de una vez, quería que eso que aseguraban no era real terminara de consumirme, deseaba morir, estaba desesperada por fundirme con ese hueco interminable. Una tarde él me obligó a levantarme para ir a trabajar, o al hospital a buscar ayuda, o para irme a casa pero ya no tenía ni la paciencia ni las herramientas para apoyarme desde el cariño, ya estaba demasiado alterada su paz mental. Recuerdo haberle tirado mi celular en el pecho y salir corriendo por la calle sola y asustada. 

Hasta esta fecha, el sonido de las ambulancias continuaba generandome grima y estupor pero a mitad de camino de a donde sea que huía, caí al piso hiperventilando desesperada. Alguien que pasaba me ayudó, me dio agua e hizo venir una unidad que me trasladó hasta aquel resguardo conocido pero esta vez yo iba sentada y plenamente consciente de todo a mi alrededor, pude confirmar que querían ayudarme de verdad. Al llegar y ser atendida por el médico de guardia empecé a contar cómo me sentía, el miedo que guardaba, lo molesta que estaba por tener que pasar por aquella mierda yo sola, el no saber como decirle a los que me rodeaban lo que sucedía, que estaba harta de no comprender los picos de la enfermedad, que a nadie le importaba, que me quería morir. Y no se como, diciendo aquello todo pareció menos mal. Un calmante y luego me preguntaron si alguien podía ir por mi, si podía llamarle y la respuesta fue: nadie porque yo no sabía el número de Gus y le había dejado el celular. Ahí fue cuando terminé de entender que mientras me tuviese a mi  con pies y manos para llegar a solicitar auxilio, todo iría bien. Eso era lo correcto, sólo yo podía salvarme de mí misma. 

Salí caminando entera, tomé una bicicleta y pedaleando él me encontró a mitad del camino. Al volver al cyber espacio mis amigos me arrinconaron para interrogarme, para decirme que era demasiado egoísta, que ellos habían estado angustiados, que habían llamado a mi casa y no me habían encontrado, que yo no estaba sola en este país, que yo tenía una familia y esa familia eran ellos. Volví a mirar mis rasguños, mi cansancio y mi tristeza antes de poder confesarles que tenía una enfermedad y estaba aprendiendo a lidiar con ella, que no me iba a rendir, les prometí que les pediría ayuda si la necesitaba. Así todo retomó su cause. 

La depresión fue la vía por la cual lograron diagnosticarme. Siendo honesta, hace apenas un año que he empezado a sentirme «normal», con esto me refiero a que mis reacciones son menos violentas y ya la ansiedad no me trastoca. Me he preguntado cómo hubiese sido la universidad con la nitidez emocional que me otorga el estabilizador del ánimo, sin todo ese drama interno y pasiones emocionales con las que tuve que lidiar, sin saberlo, durante tantos años.

Autorretrato con manos – Ura Urdaneta

El arte y la evasión 

Es curioso esto porque yo pensaba que evadía mi sufrimiento al dibujar. Tenía unos diez años cuando comencé a inventarme historias con personajes propios que vivían aventuras o sobrevivían universos distópicos, realidades que combatían en soledad pero esta fue la forma que encontré para vincularme con el mundo. 

He sido torpe socialmente toda mi vida y aunque tuve la bondad de hacer buenos amigos nunca me interesaron las cosas que llamaban la atención a las mayorías. El arte llegó a mi primero a través de los dibujos animados, luego desde la literatura y al final se instauró a través del teatro y la música, en mi proceso de crecimiento el arte fue la ventana de un mundo posible, una realidad en donde la vida dolía menos. 

La universidad fue entender que existían espacios donde tus particularidades no eran defectos sino rasgos de carácter. Y eso fue lo que le inyecte a mi obra cuando me comprometí con su hacer creyendo que me alejaba de mis demonios cuando lo que hacía en realidad era darme la oportunidad de conocerlos. Lo que ocurrió en mi fue que me enamoré sin remedio y desde entonces he asumido con compromiso entero que es a ese lugar al que pertenezco y al que espero pertenecer el resto de mis días porque es el motivo que me mantiene con vida hasta el día de hoy.   

Aunque me siento bastante fructífera a nivel reflexivo, plásticamente reconozco mi pausa. Una de las últimas veces que charlé con mi terapeuta, le comenté que me estaba atrasando y lloré, a lo que contestó que debo dejar de presionarme tanto y permitir que lo que sea que esté gestando en mi universo vaya evolucionando a la velocidad que corresponda porque el hacer, al menos para mi es justamente eso, el canal que encontré para conectar con el afuera que tantas veces se me ha hecho confuso y eso no se debe forzar. 

Ese vínculo inalterable con la historia de vida personal, ese espejo en el que se mueve cada fibra de nuestro ser, la oportunidad de encontrar belleza en la fealdad: el arte es todo eso y mucho más. Por ello considero que el arte no nos invita evadir sino a comprender desde otra perspectiva lo que llevamos por dentro desde un entendimiento tan libre que tiene el poder de alejarnos del sufrimiento, del dolor, del victimismo y permitirnos un espacio para ensamblar todos nuestros pedazos, inclusive los que nos fueron arrebatados. Es aceptar que tenemos matices y recordar que son todos ellos los que componen una obra, dan carácter a una sinfonía o construyen un personaje sobre un escenario. 

Hacer para conocer, para entender, para transformar, hacer para comunicar, para amar, para conectar. Hacer para sanar. 

Aunque mis versos nunca se publiquen

Ellos allá tendrán su belleza, si son bellos,

Pero ellos no pueden ser bellos y quedar sin imprimir,

Porque las raíces pueden estar debajo de la tierra

Pero las flores florecen al aire libre y a la vista.

Tiene que ser así por fuerza. Nada lo puede impedir

Si muero joven – Fernando Pessoa

[1] Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, ubicado en Caracas, Venezuela. 

La libertad no se negocia

Don’t be that way

Fall apart twice a day

I just wish you could feel what you say

Show, never tell

But I know you too well

Kind of mood that you wish you could sell

Idontwannabeyouanymore – Billie Eilish

La parte más difícil del proceso de curación fue aprender a lidiar con las lagunas de amnesia,nadie sabía darme razón del porqué no podía rememorar épocas pasadas con la nitidez deseada. Estuve atrapada mucho tiempo en las memorias de los últimos dos años y, al solo poder recordar la peor parte de mi accionar y sus consecuencias, distorsioné de múltiples formas el concepto que tenía de mí, de mis relaciones con algunas personas y el porqué de mi enfermedad. 

Recordar fue aún más difícil. Una figura diáfana con una voz que se perdía como un sonido rebotando dentro de una húmeda caverna, sin rostro, sin forma. Sabía que había dejado un agujero dentro de mí y aún con todo lo vivido no podía visualizar su rostro o sus palabras, lo que quedaba era dolor, el sufrimiento por no entender lo que pasaba con mi cuerpo y mi cabeza. Yo pensaba en un inicio que si aquello era amarillo en definitiva Gus debía de ser azul, como la bondad e inmensidad del cielo. Más tarde comprendí que en realidad era más semejante al mar, perfecto y cálido en calma y terriblemente irascible cuando los vientos soplan con mucha fuerza y las corrientes se agilizan con los cambios de estación. 

Una vez uno de mis amados amigos me murmuró con absoluta seguridad que sólo podíamos ser felices cuando no nos estábamos preguntando si lo eramos en realidad. El año pasado este pensamiento cruzó trotando en mi cabeza muchas pero muchas veces. 

Creo que nuestra memoria se manifiesta de diversa forma en función de la persona o el momento que buscamos reconstruir. Cuando pienso en Gustavo inmediatamente mi vehículo para rememorar sus formas es el olfato. Puedo sentir el olor de su perfume dulce y envolvente semejante a la madera, de aquella casa, el aroma de sus sábanas, de su ropa y del humo de los cigarrillos con sabor a uva. Siento sus brazos y su pecho refugiándome para dormir, el calor de su piel bronceada. Esas imágenes tienen mucha más fuerza que su rostro, sus pensamientos o su voz. 

Soy perfectamente consciente de que, al menos en un primer momento, no fui una buena pareja. No estaba dentro de mí la capacidad de poder formar equipo con nadie, de ser empática puesto que no comprendía ni siquiera mis propios sentimientos por lo que actúe en muchas oportunidades desde el egoísmo y la deslealtad aspirando al fracaso, a la pérdida de cualquier realidad ensamblada. No me interesaba sostener nada ni  siquiera utilizando la fuerza de un solo brazo. Era un saco de huesos y grasa, desbordada y al mismo tiempo vacía, cuyo actuar devenía casi siempre en puro caos. 

Basada en esto, asumo la responsabilidad completa de haber normalizado y aceptado ciertas acciones y tratos que no debían ser, ni siquiera bajo la premisa de «resguardar mi integridad protegiéndome de mí misma». Por un buen tiempo sólo tuve privacidad en los pensamientos que guardaba dentro de mi cabeza pues el acceso a mi teléfono y cuentas de redes sociales lo había otorgado sin objeción. Era la revisión deliberada de mis conversaciones con amigos, la lectura de mis reflexiones personales escritas en mis libretas, la eliminación de imágenes de mis carpetas, el hurto de mis cartas remitidas desde el correo electrónico. Tuve muchos episodios maníacos a raíz de esta situación pues siempre hallaba algún elemento que le perjudicase y que me motivara a pedir perdón, a prometer que aquello no volvería a suceder. Mi inseguridad me había convencido de no merecer amor de ninguna dirección y por lo tanto, creía que debía de cultivar aquella nueva oportunidad de florecer aún a costa de mi propia autoestima.

Recién ahora puedo admitir en voz alta, aún con mucha vergüenza, que evité hablar con allegados o escribir algunas ideas por temor a que fuesen leídas y que las mismas generaran discordia. La decisión fue mía, yo quise quedarme ahí y asumo enteramente sus consecuencias. Él bien sabía que la culpa era un eje a través del cual podía hacerse dueño de la razón y yo entendía que le había fallado al principio tantas veces, de muchas formas y que quizás bajando la cabeza podría enmendar mis fracasos. Era un juego de manipulación, eran las olimpiadas de la toxicidad. 

Eso no significa que no existía el cariño y cierto grado de respeto en nuestra convivencia. Conocía a toda mi familia y entablaba conversaciones completamente coherentes con mi hermano y mi madre quienes le quisieron mucho desde el principio pues me había cuidado con toda la atención cuando más lo necesité. Me había alimentado, vestido, amado en las tardes más largas de invierno, curado mis autolesiones y apoyado en cada decisión que la enfermedad no me permitía tomar. Era un guardián y a veces también un carcelario, era su bebota hermosa que no sabía cómo andar si no tomaba su mano en el trayecto. 

En la mitad traté muchas veces de romper la relación basada en viejos fantasmas y miedos enclaustrados, entonces él tomó la decisión de hacer algo significativo, muy significativo de lo que espero poder escribir alguna vez, que alimentó mi odio y mi rencor hacia mi propio pasado y hacia las personas que ya no eran parte de mi presente. Esto me mantuvo a su lado largo tiempo más con la idea de que yo sola no iba a poder ni con el mundo ni con el castigo de mi propia enfermedad. 

Con el paso de los meses y mi progresiva aunque lenta recuperación algo empezó a hacerse notar: No deseábamos lo mismo pero yo ya había comenzado a quererle mucho, realmente mucho. Solía cuestionarme si mi afecto era auténtico o solo representaba una conveniencia para mi estadía en la ciudad y aunque quizás fui excesivamente franca, cosa que me reprocharon luego mi psicóloga y mi doctora, opté por aclarar que no volvería a perder la razón en el amor por nadie que no fuese yo misma, ergo, le amaba pero aquello de darlo todo sin esperar nada ya no formaba parte de mi construcción mental. El reproche de que mi amor no era ciego se transformó en una constante y mis demandas para que su actitud fuese más sociable no dejaron de aparecer. 

Me acostumbre a tratar de encontrar el equilibrio entre nuestros pensamientos que siempre parecían contra puestos, yo volando y soñando de aquí hasta allá mientras él no despegaba los pies de la tierra. «Es mejor no perder el tiempo en soñar, así evitas la posibilidad de desilucionarte.» Tanto le escuché decir aquello que llegado el momento justo comencé a creer que quizá podía tener razón. Gané independencia gracias a mi mejoría pero aunque eran muchas las personas que me repetían que no era ese mi lugar, una parte de mi no quería aceptar que tal vez me había equivocado de nuevo. 

Luego de casi un año caminando de su mano evalúe la posibilidad de una vida tranquila en un barrio porteño, de refaccionar la casa y ponerla en alquiler para irnos a vivir juntos a un departamento más moderno y así poder casarnos con más tranquilidad. Yo haría algún curso de arte terapia sencillo para trabajar a domicilio con algunos pacientes, tendríamos hijos que su madre nos ayudaría a criar, iríamos de vacaciones a Mar del Plata a visitar a nuestros sobrinos, mis pinturas y dibujos quedarían como pasatiempo porque el tiempo de calidad lo viviría con la familia que construiríamos. Mi egocentrismo se terminaría cuando naciera nuestro primer bebé, al menos eso era lo él que solía decir. 

Llegué a comprar un par de anillos de acero que intercambiamos la noche de año nuevo y por al menos un mes contemplé aquel plan como una vaga posibilidad de ser feliz en mi adultez temprana pero para mí fortuna, la inseguridad hizo estragos en los pocos cimientos que nos mantenían unidos.

La última vez que experimenté un ataque de pánico fue durante este año a raíz de una discusión telefónica producto de sus celos que tanto daño hicieron siempre. Esa noche doblé la dosis de mi medicación, no dormí y al salir el sol tomé un autobús hasta su casa para tocar su puerta y pedirle perdón. Aquí está la cuestión, fui a trabajar esa tarde agotada física y emocionalmente, era la culpa: la culpa de haber estado enferma, de no ser más cariñosa, de haber dicho cosas incorrectas, de haber preferido ver una película a hablar por teléfono, de haber besado a otra persona en un momento de debilidad, de haberle dicho a una amiga que sus celos me tenían podrida. Entonces pensé en voz alta y al decirlo, con rencor profundo hacia mi misma tuve que admitir lo enfermizo que se había vuelto aquel vínculo entre los dos.

«Debo dejar de arrancarme los dedos» Libro de artista – Ura Urdaneta

Tuvo que pasar lo peor, tuvo que romperse mi corazón de una forma en la que nunca antes se había quebrado para asimilar que no era ahí donde debía estar. Aquello me dolió de una forma distinta, era como discutir en dos idiomas desconocidos sin un traductor de por medio y aunque sentía un horrendo temor a quedarme sola tuve que, por primera vez, anteponer mi bienestar emocional frente a una compañía que estaba haciendo estragos en la forma como me vinculaba con el mundo. Era desesperante pues, aunque ya clinicamente se había dado por sentada mi recuperación casi completa, para él parecía que jamás dejaría de ser la chica enferma que había visto salir de un hospital psiquiátrico, y me lo recordaba cada que podía. 

No dudo que me quisiera pero él tampoco estaba bien consigo mismo y tristemente, el compromiso de mejorar no era bidireccional. Le solté, rompí el lazo y enterré ese anillo como símbolo de mí fortaleza interna: mi libertad no iba a ser negociada y tampoco lo serían mis vínculos, el arte y la capacidad para soñar plenamente dentro de este mundo tan banal. Me di cuenta entonces que no le había amado menos de lo que yo pensaba sino que le había amado de forma diferente, nuestro amor era un amor adulto que dentro de todas las cosas duras que me había enseñado, también me había demostrado que si existía un después. 

Aún hoy, después de siete meses sin verle tengo momentos en los que me reprocho mi propia «estupidez», luego recuerdo que esa persona que me tocó ser el año pasado distaba mucho de lo que realmente me compone. Un querido amigo me dijo una vez que teníamos que aprender a dejar ir a las personas que quizás habían sido buenas en un momento determinante de nuestra vida pero que habían cumplido su ciclo en nuestra construcción individual. Y él realmente fue el mar, fue Azul. Fue todas las cosas buenas y feas que tenía que aprender para ser lo que soy hoy. 

Sus consecuencias en mí me hicieron tener el valor de comenzar este espacio con menos temor, con certeza en las acciones que estaba llevando a cabo. Sin él, me pregunto si hubiese podido sobrevivir al afuera y al mundo inclemente que me aguardaba. Tiene un lugar muy importante en mi historia cómo el primer argentino que amé después de mi gran tempestad y como el beso de verano brillante junto a un mate en Agronomía.

And I suppose you never doubted That we were altogether fine Sometimes I’m a stranger to you Sometimes you’re a stranger to me sometimes, maybe all the time You never really knew my mind I never really knew your mind

You never knew my mind – Johnny Cash

Aquí manda la luz

Bienvenidas abuelitas piedras compañeras de mi corazón (Bis) Entran con el corazón rojito, danzan con esta canción de amor 

Debo haber tenido once o doce años el día que mi mamá quiso llevarme a conocer una capilla ubicada a las afueras de Caracas. Ni siquiera soy capaz de recordar su estructura, lo que sí tengo presente es lo terriblemente asustada que me sentí. Fue una sensación que experimenté en muchos momentos de mi vida, como si algo que no fuese evidente flotara entre nosotros. Mi abuelo solía contarme siempre que de joven había visto fantasmas y que en nuestra casa habitaba un antiguo capitán español que bajaba la escalera y se sacaba el sombrero. No olvidé nunca sus historias y sensaciones, como charlaba con la virgen cada que asistía a misa. 

Nunca hablo de mi abuelo, no porque no lo ame o lo recuerde sino porque he entendido que lo extraño siempre y demasiado, quizás he estado evadiendo su espacio en mi vida como quien trata de tapar una ausencia con el silencio. Sus enseñanzas viven en mí , sus cuentos y apreciaciones, sus respuestas para todas mis preguntas y bailes, sus caricias en mi cabello cuando lloraba. Quisiera haber tenido más tiempo para conocerle mejor y decirle tantas cosas que ahora sé pero acepto que su acompañamiento lo hace desde otro plano. 

Mi madre siempre tuvo ganas de volar pero su capricornio de alguna forma le jugaba en contra aterrizando sus pies sobre el piso. Algo logró en mí igual, la primera vez que practiqué yoga tenía no más de cinco años porque ella me llevaba consigo a clase, lloré la injusticia de ver comprar una gallina para ser asesinada con menos de diez años y a los doce ya no quería comer carne luego de que me llevase a la «sociedad protectora de animales» para realizar la investigación pertinente para una exposición en el colegio. Ese día me regalaron un texto bastante poético acerca de los sentimientos previos y momentáneos de un toro al ser llevado a una corrida para su ejecución, como si su sufrimiento fuese motivo de fiesta y diversión. Al leerlo me derrumbé llorando cuestionando las bases éticas y morales que guardaba mi padre al respecto, cosa que fomento una discusión que culminó en empate, no me dio la razón pero evitó desmeritar mis argumentos. Mi madre siempre decía que teniendo frutos y granos no veía la necesidad de consumir animales y por un tiempo se alimentó con una exquisita variedad de comida árabe que le compraba a una amiga libanesa sin carne de ningún tipo. Le faltó disciplina y límites para con lo que la sociedad establecía pero cuando, unos diez años después, fui yo quien tomó las riendas de mi alimentación y nutrición, ella me apoyó sin discutir y aprendió lo que pudo de todas mis recetas ovo lacto vegetarianas. Siempre encendía inciensos, usaba esencias de plantas aromáticas en el cuerpo y el ambiente, le gustaban las campanas, la ropa holgada, el sonido de los árboles, el fluir de las olas del mar, la música en vivo y el cantar de los pájaros. Mi madre siempre ha sido un ser aspirando ser más de lo que su realidad le ha permitido, sabiéndose bruja pero limitando sus propios alcances. 

Hace unos cuatro años, una mujer muy hermosa entró en mi vida como un torbellino imparable. Ella tenía el firme propósito y la convicción de programar una serie de encuentros en donde se hablara de temas relacionados con la salud mental y física, donde se pudiese intercambiar tips para el bienestar personal y el autoestima, un espacio gratuito para fortalecer desde la empatía la paz interior. Fue ella una de las primeras en instaurar en mi la conexión con la gratitud, el hablar con el universo, el comprender que somos parte de un todo que nos trasciende y que si tenemos la oportunidad debemos tratar de ser la mejor versión de nosotros: hacer el bien sin mirar a quien. A su lado me di el permiso de aprender todo lo que pude abriéndole mi corazón sin miedo. 

Pocos meses antes de emigrar, tuve la fortuna de reencontrarme con un viejo conocido y compartir con él unos segundos de charla relacionados con mi partida. Me regaló entonces una frase que ni los fármacos y el tiempo han logrado alterar en mi memoria «No huyas, no te vayas pensando que estás escapando de este país porque quien huye siempre tiene un perseguidor y sin importar a donde vaya esperará a un perpetrador tras suyo». Lo tuve presente cada día hasta que partí y muchos otros ya estando en suelo ajeno. 

El juego de la víctima y el victimario, el rol que todos hemos desempeñado en algún momento de nuestra vida y al que solo trascendemos una vez que nos hacemos cargo. Fue en este hueco en el que caí a raíz de la depresión producto de un compendio de tantas cosas que terminaron por alejarme de mis procesos y rituales personales: no hablé más con el universo, dejé de agradecer la vida y la abundancia, me refugie en la queja, abandoné mi conexión con mi cuerpo físico hiriendolo con excesos y maltratos, me dedique a vivir en cualquier tiempo menos en el instante que estaba transcurriendo entonces. Que difícil es hacerse cargo de lo que no queremos asumir, de lo que nos duele pero…

El dolor es un sentimiento, el sufrimiento es una opción 

El padre de aquella persona que tanto amé y de la que me tocó separarme a raíz de todo el proceso autodestructivo que me tocó transitar, siempre me trató desde el más absoluto cariño como si tuviese una mágica capacidad de ver más allá de toda mi tristeza. Estando ya bastante enferma y alejada de mí, solía escribirme «Mi chiquita, recuerda repetir: Lo siento, perdóname, te amo, gracias.» Aquello no tenía sentido alguno para mi a pesar de conocer de antemano el poder sanador del ho’oponopono. Fueron los meses y el autoconocimiento los que me hicieron ver que el pensar que debemos perdonar a otras personas no es más que un reflejo de nuestro propio ego. Es duro, verse sin veladuras pero también sin juicios, asumirnos humanos y capaces de equivocarnos, abrazar nuestra víctima para poder soltarla, aceptar los errores y las veces que ese mismo ego ha tomado las riendas haciéndonos creer que «tenemos el control» cuando no existe tal cosa: El control es una ilusión.

Del psicodrama, que ya de por si me había cambiado bastante la vida, llegué a las constelaciones familiares y fue ahí cuando, desde un intenso trabajo de mirar todo lo que tenía años cargando encima asumido desde el papel de salvadora, era la repetición de un patrón de negación, evasión y desconocimiento de mi historia personal y la de mis antepasados. Yo creía que no podía perdonar a mis padres por sus errores, o a mi hermano por su egoísmo, o a quienes habían sido importantes para mi y aún así me había bastado fallar un momento para que me dejaran a mi buena suerte en un país extraño. Me dejé someter demasiado tiempo por la culpa en lugar de ser responsable de mi, agarrando todas las situaciones ajenas y queriendo reparar daños que no me involucraban. Sentía mucho dolor y tenía mucho odio, sobretodo por mí misma. 

Suelta y confía 

Mi resultado era un cuerpo de ochenta kilos con varices, cicatrices en los brazos, piel y cabello áspero, la respiración entrecortada por el cigarrillo y la dispersión por no ocupar mi cabeza en cosas productivas para mi corazón. Era como si tuviese miedo de ser nuevamente yo, como si no quisiera darme el espacio para una nueva oportunidad, para renacer. Me estaba refugiando en un confort terrenal que me mantenía en un lugar tranquilo en donde no había que hacerse demasiadas preguntas pero todos sabemos que yo no soy así.

Dibujo – Ura Urdaneta

Nuestra esencia, esa fuerza interna que compone nuestra mirada al universo es, probablemente, lo más valioso que tenemos en la vida. Aunque el trabajo era cada vez más arduo, difícil, colmado de llanto y episodios de ira o sufrimiento sostenido, cada que liberaba y asumía una de mis heridas me iba sintiendo más y más liviana. Ya no quise maquillar mi vida, ni mi rostro, ni mis gustos, ni mis pecados. Comencé a abrazar mi enfermedad en lugar de luchar contra ella y fue comprendiendo que pude ir más allá. 

Justo el domingo pasado pude experimentar por primera vez en carne propia el ritual conocido como Temazcal. El mismo consiste en un baño de vapor que se realiza dentro de un pequeño domo de muy poca altura al cual se introducen piedras que han estado al rojo vivo las cuales generan temperaturas de más de cuarenta grados centígrados. Aquel lugar representa el vientre de nuestra madre y el estar dentro implica un renacer en conciencia, conectando con la tierra a medida que se experimenta el intercambio con los cuatro elementos en conjunto con otros hermanos mientras se entonan cantos y se dejan atrás viejas creencias limitantes, rencores, odios y excusas; representa un renacer físico y espiritual. 

Al principio creí morir, luego me explicaron que la idea era justamente esa, morir. Estar en un espacio tan pequeño junto a veinticinco personas más a tan alta temperatura y en oscuridad absoluta, humanamente te reta a enfrentar la sensación de claustrofobia y asfixia pues el aire es prácticamente solo vapor, te obliga a conectar inmediatamente con tu ser interno más que nunca, a sentir tu corazón y respiración para poder modularla sin entrar en pánico. Creí que el miedo me derrotaría, que no podría completar el ritual pero dejé mi frente al suelo por segundos que parecieron horas y le pedí a mi cuerpo que me escuchara, que no temiera, que lo haríamos juntos, en paz y amor absoluto, así esas tres horas se pasaron volando y a lo último cantaba tan alto que ya no me importaba si respiraba o no. Aquello que sentí al principio, tan similar como los primeros ataques cuando inició la enfermedad simplemente se fue. 

Ya esto no me controla, no se lo permito, soy mucho pero mucho más que ese miedo y todo ese dolor. 

Aquí manda la luz

Ya se cumple un año desde que tomé la hermosa decisión de mirar hacia dentro: «Como es adentro es afuera» y casual o causalmente el facebook me ha regalado este increíble recuerdo: «El mundo es redondo y tú eres el centro de él. La verdad está en usted y aquí cabemos todos. El ego solo sirve para hacer bulto.» Esta frase me la obsequió pocos días después de mi defensa del trabajo especial de grado el maestro Javier Levell, escultor venezolano de amplia trayectoria pero también de una humanidad y pedagogía increíble. Creía que cuando me la dijo la había entendido y esta semana he comprendido que en realidad tenía que experimentar todos esos caminos para poder decir con total y absoluta certeza: Gracias, gracias, gracias. 

Mi karma es parte de lo que soy y mis errores ya no se sienten arder, su presencia en mi vida me ha traído hasta aquí, hasta la habitación hermosa desde la que escribo y al país en el que ahora resido. Seguiré convirtiéndome en la mejor versión que puedo ser de mí, sin quedarme en lugares que no me fortalezcan, que no alimenten la conciencia de conexión con aquello que nos eleva, nos supera y nos ayuda a superarnos, en donde no exista esa condición tan inmensa y hermosa como lo es el amar y ser amado. Gracias a la vida por esta segunda oportunidad. 

Hecho está y así es. 

No abras la puerta

Sigue caminando hacia el futuro sin mirar hacia atrás, pero sin olvidar todos aquellos pasos que has dado hasta este momento, ya que gracias a ese largo camino has logrado convertirte en el increíblemente hermoso ser humano que eres.

Te amo y Creo en ti.

Estas palabras estaban escritas en la primera página de su libro favorito el día que me lo entregó como si de una extensión suya se tratase, pocas horas antes de marchar. 

Tengo un recuerdo infantil: yo bailando Aerosmith en la habitación de mi hermano, yo viendo a mi hermano jugar vídeojuegos, yo yendo de vacaciones con mi familia y sostenida en el mar y la piscina por mi hermano, yo viendo películas acostada en la habitación junto a mi hermano, yo contándole mis historias inventadas con mis personajes y escenarios a mi hermano, yo yendo a terapia con mi hermano, yo cocinando desayunos elaborados para mi hermano y yo, yo asustada por una pesadilla y acostandome junto a mi hermano para poder dormir, yo yendo con mi hermano a la oficina mientras sus compañeros halagan mi creatividad. Yo, yo tratando de que mi mamá y mi papá vieran que hacía lo que podía para ser mejor, para ser diferente pero su ensimismamiento disminuía cualquier intento por ser reconocida como parte de un todo. Yo era rara pero para mi hermano siempre fui suficiente. 

Cuando logré comprender que mis padres jamás me protegerían del afuera como lo esperaba, inevitablemente caí en una postura pesimista que sólo el arte logró disipar. Me entendía mejor con mi padre que con mi madre porque, muy a pesar de sus desvaríos, su necedad le había llevado a devorar tantos libros que comprendía plenamente el valor de la palabra, la cultura y la educación. Mi padre trazó la primera línea en mi camino, me dijo que yo sería una gran artista en las letras o en lo visual y yo no pude evitar creer lo mismo. Si su ausencia en mi vida hubiese sido menor, quizás podríamos haber llegado a entendernos con la madurez que otorgan las experiencias. En cambio mi madre le tenía tanto miedo a lo que no comprendía que sus juicios crearon en mí una inseguridad y un terror a lo desconocido que terminó por perjudicar mi relación con el entorno, con los demás. Por supuesto todas estas falsas ideas venían de un aprendizaje arraigado en la religión, retrógradas y limitantes que no había logrado sobrepasar.

No abras la puerta

Esto he logrado comprenderlo producto de los análisis y reconstrucciones elaboradas junto a mi terapeuta: Quien vive desde la culpa no es capaz de asumir ninguna responsabilidad, ni siquiera consigo mismo. 

Depresión infantil. Los primeros quince años de mi vida se resumen en esas dos palabras que lamentablemente no se quedaron en el ayer, me persiguieron sin descanso hasta que pude mirarles de frente, entender su origen y resignificar su contexto. 

Luego de que mi hermano contrajo nupcias se dedicó tan expresamente a invisibilizar el caos que terminó por desaparecerme a mí también. Entraba y salía de casa con una programación cuasi robótica: habitación, cocina, baño, habitación. Yo ya no tenía acceso a su pieza, ya no me sentaba a charlar en la cama, ya no me preguntaba cómo me sentía, ya su tiempo de calidad no me incluía. Quizás mis método para hacerle comprender que me afectaba eran insuficientes pero mi entorno siempre subestimó el alcance de mi tristeza, precisamente porque me consideraban tan regia que asumían que tarde o temprano las cosas «se me iban a pasar».

Cuando comencé a trabajar con los objetos no tenía la menor idea de lo que quería decir. En un primer momento entrando en los veinte años, la palabra abandono apareció. Realicé unas ilustraciones relacionadas con esta idea ejecutando representaciones antropomorfas de objetos de uso cotidiano que facilitaban el descanso y el confort: «Urania es una cómoda silla». Cuando se me empezó a esclarecer el panorama, huí de esta propuesta y abandoné mis trabajos de tal forma que nunca más les volví a ver. Tuvieron que pasar dos años antes de que me animará nuevamente a tomar un objeto y ensamblarlo. Había ejecutado un trabajo previo con pétalos de flores y composiciones que aludían a lo temporal y el encierro pero jamás trate de teorizar lo que hacía. 

Era inevitable que los últimos años de la carrera se presentaran como el reto más grande a enfrentar, sobretodo teniendo la guía pedagógica que tenía. Mi maestro, como todo buen artista, pecaba de inclemencia rayando incluso en la crueldad pero nunca dejaba espacios vacíos dentro de tú cabeza, sus enseñanzas te llevaban a cuestionar hasta el último motivo en tú hacer. Quise darle lugar a mi lesión en la columna dentro de mi propuesta pero cada que pintaba o componía, algo más salía. La presión y el miedo que tenía de fallar, de la lástima o el juicio llegaban a aterrorizarme de tal forma que en ocasiones no asistía a las clases o prefería evadir e  invertir el tiempo en el trabajo en la oficina en lugar de explorar nuevas propuestas estéticas. 

No abras la puerta

Así llegó el año dos mil diecisiete, tiempo altamente turbulento en suelo caraqueño dado que las protestas estudiantiles en contra del gobierno dejaban muchísimos muertos a su paso, el gas asfixiaba y las calles eran cada vez más violentas. Ese año mi departamento se quedó sin coordinador y durante algunos meses me tocó asumir el rol de dar dirección y soporte a todos los que trabajábamos en ella. Era mucho estrés y tiempo a invertir dado que además me tocaba cursar las últimas materias de la licenciatura. Mi consuelo entonces era mi reciente afición a la radio caraqueña que me mantenía despierta durante el viaje matutino, LA MEGA específicamente, en donde comencé a disfrutar de artistas que no conocía como Calvin Harrys, Los Mesoneros, Harry Styles, Shawn Mendez, The Weeknd, Mariana Vega, Laura Guevara, La Vida Boheme, entre otros. 

A raíz de tantos cambios inesperados y la creciente obligación de poner en palabras mis ideas, me permití ser más arriesgada y mediante el ejercicio de contemplación y reflexión escrita comencé a entender que era lo que realmente trataba de decir con mis piezas. Ensayaba pequeñas propuestas que trascendían el plano bidimensional e incluían pistas de sonido o videos, pensaba en obras de mayor magnitud e incluso cursé una materia especializada en curaduría. Quería tener el potencial necesario para que mi maestro aceptara tutorear mi trabajo, quería ser reconocida como buena. No ansiaba un título en papel sino que los espectadores se movilizarán con mis imágenes y conectarán con la profundidad de su interior. 

Cuando mi mundo se derrumbaba siempre existía una persona que me invitaba a formar parte del suyo, quizás el verdadero problema era que el mío se desmoronaba constantemente. Muchos no entendían cómo siendo tan opuestos podíamos compartir el tiempo juntos cuando era esa realmente la clave de nuestro balance: él me daba paz, me veía sin veladuras, sin adornos, sin toda la cháchara conveniente para quienes asomaban tareas que no me correspondían. A su lado podía ser todo aquello que me había sido negado: una mujercita pequeña, malcriada y vulnerable que sólo quería ser mimada y abrazada con cariño, entendida, escuchada. Creo que a mi lado él también podía ser y que nuestro entendimiento era mutuo, que no existían juicios de ningún lado, que habíamos aprendido a leer los silencios y hasta las muecas. 

Hablábamos todos los días y constantemente solía pedirle que leyera mi trabajo, que viese las propuestas, que me apoyara a construir obras con medios que yo no dominaba por completo porque siempre amé la forma natural que tenía de interpretar mis imágenes. Incluso en esos días en donde creía que no podría con nada, sus ojos me recordaban que confiaba en mí, que no había nada más grande que la oportunidad de ser mejor cada día. Era mi motivo, era mi sostén, era todo lo que quería entonces. Por eso, de todas las cosas que me ha tocado vivir espero jamás tener que repetir en vida lo que se sintió observar aquel avión cereza despegar y perderse en el infinito cielo, aquel terreno incierto, aquel vacío que no pude rellenar jamás. Aunque no fue así, aunque sabía de antemano que ese día llegaría, aunque deseaba profundamente que él hallara aquello que tanto buscaba, sentí que nuevamente me había quedado sola, que me habían abandonado frente a un mundo que esperaba el mínimo descuido para caerme a palos.

No abras la puerta

Y frente a mis piezas llenas de polvo, mugre, historia, antigüedad y desdén, la palabra trauma apareció en mi lista. Entonces fui capaz de decírmelo: mi papá me ha dejado sola frente a este inconmensurable mundo, mi madre vive tan ensimismada en sus cosas que no es capaz de conectar conmigo, mi hermano tampoco me ve.. Ahora donde yo estoy, soy un tesoro que ha sido dejado de lado, que han olvidado. Inevitablemente asumí que él también lo haría y nada pudo hacerme cambiar de parecer: me reemplazaría y quizá mis esfuerzos no alcanzarían para volver a mirarle nuevamente a los ojos .

Mírame – Ura Urdaneta

La adrenalina es magia en las venas cuando te sientes motivado a alcanzar un objetivo y una parte de mi sabía que si me detenía no podría emerger nuevamente. Mi meta era graduarme y culminar el tránsito por la universidad porque sólo así tendría la fortaleza para establecer un plan que me permitiera tomar un avión y salir al fin de esa casa que no paraba de mermar mi voluntad y en donde me sentía cada vez más incomprendida y sola. Eran mis primos y mis gatos quienes me mantenían en pie, era su amor y apoyo los que me obligaban a creer que sí podría. Mi madre, que no dejó de apoyar como pudo mi camino, me surtía entonces de galletas y dulces que me cargaban de energías para no dejar de escribir en horas laborales y fuera de ellas dentro de la oficina pues en casa no contaba ni con internet ni computador. No puedo dejar de lado a mis amigos quienes no pararon de impulsarme e incluso de leer algunos conceptos y dar el visto bueno al proceso, que hacían chistes, me visitaban y me hacían reír para que olvidara aunque fuese por instantes el abismo en el que me estaba sumergiendo.

Ahí, en esas páginas yo construía un concepto de memoria y aún con más ahinco el de olvido. Tenía presente que mi investigación estaba construida sobre la afirmación de que cada artista ejerce su creación a partir de la reinterpretación de su experiencia de vida significativa. Este concepto me llevó a descubrir el arte confesional, idea acuñada por la artista Louise Bourgeois cuyas obras eran ideadas como una especie de exorcismos desde sus propios traumas, ideas tridimensionales que fundían al espectador directamente con la obra. Así también llegué a comprender a Boltanski y a su propuesta de que el arte y la vida componen una unidad, ninguno se encuentra desligado del otro.

Los objetos adquirieron cargas simbólicas, utilidades distintas de las pensadas en su fabricación, la huella del tiempo y el uso. Mis objetos no eran solo muñecas o ropa, contaban historias y juntos permitían imaginar escenarios casi teatrales, eran mi manera de decir que aquello que reflejaban aún dolía, dolía insoportablemente pero entonces no sabía que mi trabajo no solo representaba las memorias de mi infancia y los traumas de mi adolescencia: eran una oda hacia mi propia depresión.

No abras la puerta

Así fue como al finalizar octubre pude dar por culminada la primera fase de mi investigación: El objeto como testimonio de experiencia de vida. Elaboré un montaje museográfico que permitía conocer el proceso de creación desde el primer ensamblaje hasta los últimos cuatro ideados justamente para la defensa de mi trabajo especial de grado, estos fueron defendidos a través de una exposición oral frente a un jurado calificado y una cantidad de espectadores que ciertamente no esperaba. 

Cuando comencé a decir aquellas palabras en voz alta no pude evitar llorar y preguntarme ¿Cómo es que frente a tantas personas puedo sentirme tan abismalmente sola? Y quizás esta fue la vuelta de perilla que permitió que el monstruo saliera de su lugar y colocara su cabeza junto a mis hombros. No bastaba con poner la herida afuera, tenía años negando mi sentir, mi oscuridad, mi vacío, evadiendo la responsabilidad de hacerme cargo de mi propio dolor y eso solo había acrecentado aquel espectro que ahora me abrazaba desde atrás y no paraba de susurrar: no es suficiente. Al final todos se irán igual.

Nostalgia – Ura Urdaneta

No bastaba una mención especial, o la felicitación, la gratificante sensación de construir un universo con mi propio lenguaje. El vacío se había hecho tan grande que mi propio peso físico comenzó a desaparecer, antes lo atribuía a la situación país pero con el tiempo comprendí que era la enfermedad que comenzaba a succionarme desde dentro. Ahora vivía con mi sombra, ponderante sobre cualquier virtud, ahora sólo podía soñar y esperar que mis esfuerzos valieran lo que tanto deseaba alcanzar y que creía bastaría para devolverme las ganas de vivir porque poco y nada quedaba de mi celeste brillante, había comenzado a nublarme, había dejado de creer que el arte podría salvarme de mi propia historia que parecía que nunca dejaría de asfixiarme. Le había abierto una puerta al monstruo que no tenía la menor idea de como cerrar. 

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar