No abras la puerta

Sigue caminando hacia el futuro sin mirar hacia atrás, pero sin olvidar todos aquellos pasos que has dado hasta este momento, ya que gracias a ese largo camino has logrado convertirte en el increíblemente hermoso ser humano que eres.

Te amo y Creo en ti.

Estas palabras estaban escritas en la primera página de su libro favorito el día que me lo entregó como si de una extensión suya se tratase, pocas horas antes de marchar. 

Tengo un recuerdo infantil: yo bailando Aerosmith en la habitación de mi hermano, yo viendo a mi hermano jugar vídeojuegos, yo yendo de vacaciones con mi familia y sostenida en el mar y la piscina por mi hermano, yo viendo películas acostada en la habitación junto a mi hermano, yo contándole mis historias inventadas con mis personajes y escenarios a mi hermano, yo yendo a terapia con mi hermano, yo cocinando desayunos elaborados para mi hermano y yo, yo asustada por una pesadilla y acostandome junto a mi hermano para poder dormir, yo yendo con mi hermano a la oficina mientras sus compañeros halagan mi creatividad. Yo, yo tratando de que mi mamá y mi papá vieran que hacía lo que podía para ser mejor, para ser diferente pero su ensimismamiento disminuía cualquier intento por ser reconocida como parte de un todo. Yo era rara pero para mi hermano siempre fui suficiente. 

Cuando logré comprender que mis padres jamás me protegerían del afuera como lo esperaba, inevitablemente caí en una postura pesimista que sólo el arte logró disipar. Me entendía mejor con mi padre que con mi madre porque, muy a pesar de sus desvaríos, su necedad le había llevado a devorar tantos libros que comprendía plenamente el valor de la palabra, la cultura y la educación. Mi padre trazó la primera línea en mi camino, me dijo que yo sería una gran artista en las letras o en lo visual y yo no pude evitar creer lo mismo. Si su ausencia en mi vida hubiese sido menor, quizás podríamos haber llegado a entendernos con la madurez que otorgan las experiencias. En cambio mi madre le tenía tanto miedo a lo que no comprendía que sus juicios crearon en mí una inseguridad y un terror a lo desconocido que terminó por perjudicar mi relación con el entorno, con los demás. Por supuesto todas estas falsas ideas venían de un aprendizaje arraigado en la religión, retrógradas y limitantes que no había logrado sobrepasar.

No abras la puerta

Esto he logrado comprenderlo producto de los análisis y reconstrucciones elaboradas junto a mi terapeuta: Quien vive desde la culpa no es capaz de asumir ninguna responsabilidad, ni siquiera consigo mismo. 

Depresión infantil. Los primeros quince años de mi vida se resumen en esas dos palabras que lamentablemente no se quedaron en el ayer, me persiguieron sin descanso hasta que pude mirarles de frente, entender su origen y resignificar su contexto. 

Luego de que mi hermano contrajo nupcias se dedicó tan expresamente a invisibilizar el caos que terminó por desaparecerme a mí también. Entraba y salía de casa con una programación cuasi robótica: habitación, cocina, baño, habitación. Yo ya no tenía acceso a su pieza, ya no me sentaba a charlar en la cama, ya no me preguntaba cómo me sentía, ya su tiempo de calidad no me incluía. Quizás mis método para hacerle comprender que me afectaba eran insuficientes pero mi entorno siempre subestimó el alcance de mi tristeza, precisamente porque me consideraban tan regia que asumían que tarde o temprano las cosas «se me iban a pasar».

Cuando comencé a trabajar con los objetos no tenía la menor idea de lo que quería decir. En un primer momento entrando en los veinte años, la palabra abandono apareció. Realicé unas ilustraciones relacionadas con esta idea ejecutando representaciones antropomorfas de objetos de uso cotidiano que facilitaban el descanso y el confort: «Urania es una cómoda silla». Cuando se me empezó a esclarecer el panorama, huí de esta propuesta y abandoné mis trabajos de tal forma que nunca más les volví a ver. Tuvieron que pasar dos años antes de que me animará nuevamente a tomar un objeto y ensamblarlo. Había ejecutado un trabajo previo con pétalos de flores y composiciones que aludían a lo temporal y el encierro pero jamás trate de teorizar lo que hacía. 

Era inevitable que los últimos años de la carrera se presentaran como el reto más grande a enfrentar, sobretodo teniendo la guía pedagógica que tenía. Mi maestro, como todo buen artista, pecaba de inclemencia rayando incluso en la crueldad pero nunca dejaba espacios vacíos dentro de tú cabeza, sus enseñanzas te llevaban a cuestionar hasta el último motivo en tú hacer. Quise darle lugar a mi lesión en la columna dentro de mi propuesta pero cada que pintaba o componía, algo más salía. La presión y el miedo que tenía de fallar, de la lástima o el juicio llegaban a aterrorizarme de tal forma que en ocasiones no asistía a las clases o prefería evadir e  invertir el tiempo en el trabajo en la oficina en lugar de explorar nuevas propuestas estéticas. 

No abras la puerta

Así llegó el año dos mil diecisiete, tiempo altamente turbulento en suelo caraqueño dado que las protestas estudiantiles en contra del gobierno dejaban muchísimos muertos a su paso, el gas asfixiaba y las calles eran cada vez más violentas. Ese año mi departamento se quedó sin coordinador y durante algunos meses me tocó asumir el rol de dar dirección y soporte a todos los que trabajábamos en ella. Era mucho estrés y tiempo a invertir dado que además me tocaba cursar las últimas materias de la licenciatura. Mi consuelo entonces era mi reciente afición a la radio caraqueña que me mantenía despierta durante el viaje matutino, LA MEGA específicamente, en donde comencé a disfrutar de artistas que no conocía como Calvin Harrys, Los Mesoneros, Harry Styles, Shawn Mendez, The Weeknd, Mariana Vega, Laura Guevara, La Vida Boheme, entre otros. 

A raíz de tantos cambios inesperados y la creciente obligación de poner en palabras mis ideas, me permití ser más arriesgada y mediante el ejercicio de contemplación y reflexión escrita comencé a entender que era lo que realmente trataba de decir con mis piezas. Ensayaba pequeñas propuestas que trascendían el plano bidimensional e incluían pistas de sonido o videos, pensaba en obras de mayor magnitud e incluso cursé una materia especializada en curaduría. Quería tener el potencial necesario para que mi maestro aceptara tutorear mi trabajo, quería ser reconocida como buena. No ansiaba un título en papel sino que los espectadores se movilizarán con mis imágenes y conectarán con la profundidad de su interior. 

Cuando mi mundo se derrumbaba siempre existía una persona que me invitaba a formar parte del suyo, quizás el verdadero problema era que el mío se desmoronaba constantemente. Muchos no entendían cómo siendo tan opuestos podíamos compartir el tiempo juntos cuando era esa realmente la clave de nuestro balance: él me daba paz, me veía sin veladuras, sin adornos, sin toda la cháchara conveniente para quienes asomaban tareas que no me correspondían. A su lado podía ser todo aquello que me había sido negado: una mujercita pequeña, malcriada y vulnerable que sólo quería ser mimada y abrazada con cariño, entendida, escuchada. Creo que a mi lado él también podía ser y que nuestro entendimiento era mutuo, que no existían juicios de ningún lado, que habíamos aprendido a leer los silencios y hasta las muecas. 

Hablábamos todos los días y constantemente solía pedirle que leyera mi trabajo, que viese las propuestas, que me apoyara a construir obras con medios que yo no dominaba por completo porque siempre amé la forma natural que tenía de interpretar mis imágenes. Incluso en esos días en donde creía que no podría con nada, sus ojos me recordaban que confiaba en mí, que no había nada más grande que la oportunidad de ser mejor cada día. Era mi motivo, era mi sostén, era todo lo que quería entonces. Por eso, de todas las cosas que me ha tocado vivir espero jamás tener que repetir en vida lo que se sintió observar aquel avión cereza despegar y perderse en el infinito cielo, aquel terreno incierto, aquel vacío que no pude rellenar jamás. Aunque no fue así, aunque sabía de antemano que ese día llegaría, aunque deseaba profundamente que él hallara aquello que tanto buscaba, sentí que nuevamente me había quedado sola, que me habían abandonado frente a un mundo que esperaba el mínimo descuido para caerme a palos.

No abras la puerta

Y frente a mis piezas llenas de polvo, mugre, historia, antigüedad y desdén, la palabra trauma apareció en mi lista. Entonces fui capaz de decírmelo: mi papá me ha dejado sola frente a este inconmensurable mundo, mi madre vive tan ensimismada en sus cosas que no es capaz de conectar conmigo, mi hermano tampoco me ve.. Ahora donde yo estoy, soy un tesoro que ha sido dejado de lado, que han olvidado. Inevitablemente asumí que él también lo haría y nada pudo hacerme cambiar de parecer: me reemplazaría y quizá mis esfuerzos no alcanzarían para volver a mirarle nuevamente a los ojos .

Mírame – Ura Urdaneta

La adrenalina es magia en las venas cuando te sientes motivado a alcanzar un objetivo y una parte de mi sabía que si me detenía no podría emerger nuevamente. Mi meta era graduarme y culminar el tránsito por la universidad porque sólo así tendría la fortaleza para establecer un plan que me permitiera tomar un avión y salir al fin de esa casa que no paraba de mermar mi voluntad y en donde me sentía cada vez más incomprendida y sola. Eran mis primos y mis gatos quienes me mantenían en pie, era su amor y apoyo los que me obligaban a creer que sí podría. Mi madre, que no dejó de apoyar como pudo mi camino, me surtía entonces de galletas y dulces que me cargaban de energías para no dejar de escribir en horas laborales y fuera de ellas dentro de la oficina pues en casa no contaba ni con internet ni computador. No puedo dejar de lado a mis amigos quienes no pararon de impulsarme e incluso de leer algunos conceptos y dar el visto bueno al proceso, que hacían chistes, me visitaban y me hacían reír para que olvidara aunque fuese por instantes el abismo en el que me estaba sumergiendo.

Ahí, en esas páginas yo construía un concepto de memoria y aún con más ahinco el de olvido. Tenía presente que mi investigación estaba construida sobre la afirmación de que cada artista ejerce su creación a partir de la reinterpretación de su experiencia de vida significativa. Este concepto me llevó a descubrir el arte confesional, idea acuñada por la artista Louise Bourgeois cuyas obras eran ideadas como una especie de exorcismos desde sus propios traumas, ideas tridimensionales que fundían al espectador directamente con la obra. Así también llegué a comprender a Boltanski y a su propuesta de que el arte y la vida componen una unidad, ninguno se encuentra desligado del otro.

Los objetos adquirieron cargas simbólicas, utilidades distintas de las pensadas en su fabricación, la huella del tiempo y el uso. Mis objetos no eran solo muñecas o ropa, contaban historias y juntos permitían imaginar escenarios casi teatrales, eran mi manera de decir que aquello que reflejaban aún dolía, dolía insoportablemente pero entonces no sabía que mi trabajo no solo representaba las memorias de mi infancia y los traumas de mi adolescencia: eran una oda hacia mi propia depresión.

No abras la puerta

Así fue como al finalizar octubre pude dar por culminada la primera fase de mi investigación: El objeto como testimonio de experiencia de vida. Elaboré un montaje museográfico que permitía conocer el proceso de creación desde el primer ensamblaje hasta los últimos cuatro ideados justamente para la defensa de mi trabajo especial de grado, estos fueron defendidos a través de una exposición oral frente a un jurado calificado y una cantidad de espectadores que ciertamente no esperaba. 

Cuando comencé a decir aquellas palabras en voz alta no pude evitar llorar y preguntarme ¿Cómo es que frente a tantas personas puedo sentirme tan abismalmente sola? Y quizás esta fue la vuelta de perilla que permitió que el monstruo saliera de su lugar y colocara su cabeza junto a mis hombros. No bastaba con poner la herida afuera, tenía años negando mi sentir, mi oscuridad, mi vacío, evadiendo la responsabilidad de hacerme cargo de mi propio dolor y eso solo había acrecentado aquel espectro que ahora me abrazaba desde atrás y no paraba de susurrar: no es suficiente. Al final todos se irán igual.

Nostalgia – Ura Urdaneta

No bastaba una mención especial, o la felicitación, la gratificante sensación de construir un universo con mi propio lenguaje. El vacío se había hecho tan grande que mi propio peso físico comenzó a desaparecer, antes lo atribuía a la situación país pero con el tiempo comprendí que era la enfermedad que comenzaba a succionarme desde dentro. Ahora vivía con mi sombra, ponderante sobre cualquier virtud, ahora sólo podía soñar y esperar que mis esfuerzos valieran lo que tanto deseaba alcanzar y que creía bastaría para devolverme las ganas de vivir porque poco y nada quedaba de mi celeste brillante, había comenzado a nublarme, había dejado de creer que el arte podría salvarme de mi propia historia que parecía que nunca dejaría de asfixiarme. Le había abierto una puerta al monstruo que no tenía la menor idea de como cerrar. 

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

Un comentario en “No abras la puerta

  1. Siento mucho tu historia Ucrania. Se parece en partes a la mía. Ojala pueda tener la entereza y la fuerza que vos tuviste a pesar de todo para defender tu tesis de licenciatura. Te mando un abrazo grande junto con las compañeras de Viva Estampa. Eres Brillante y hermosa. Y sonríe! NO ESTAS SOLA…

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