Instrucciones para caer: romper

«Usted no es como los demás. He visto a unos cuantos. Lo sé. Cuando hablo, usted me mira. Anoche, cuando dije algo sobre la luna, usted la miró. Los otros nunca harían eso. Los otros se alejarían, dejándome con la palabra en la boca. O me amenazarían. Nadie tiene ya tiempo para nadie. Usted es uno de pocos que congenian conmigo.»

Farenheit 451 – Ray Bradbury

 
Emigrar jamás fue una decisión aislada, la tomé en el momento exacto en el que comprendí que quería permanecer a su lado. Entonces cada uno tenía sus sueños, aspiraciones y metas personales que no representaban impedimento alguno para continuar de la mano. Para esta época yo me encontraba estable y proyectada, había aprendido a colocar límites concretos y a confiar mucho más en mi potencial. Aunque le amaba desbocadamente, no lo necesitaba y viceversa, eramos pareja pero más importante que eso: eramos amigos que se comunicaban con total, completa y absoluta franquesa.


No puedo encontrar el momento exacto en el que el amor se transformo en dependencia emocional. Quizá no era otra cosa que el reflejo de la evasión que tenía respecto a mi misma y a la sensación de incapacidad para enfrentar mis demonios y traumas. Así fue como la depresión tocó a mi puerta y no se fue: revestida de culpa por una situación en la que cuando pienso en la actualidad, me parece completamente absurda. Estaba en un loop desgastante e inagotable de volver al mismo lugar y error una, una y otra vez. Ya no importaba cuando habíamos esclarecido el tema, llorado, hecho cosas el uno por el otro, reído… Yo continuaba sintiéndome una piltrafa junto al fantasma de un falso odio sin fundamento alguno.


Para estas fechas, hace dos años atrás, ya me había vuelto loca pero no lo sabía. Aún no aparecía esa voz en mi cabeza pero ya las noches de fines de semana se encontraban destinadas para el alcohol hasta que lo que pensaba no me dolía además de que iniciaron los problemas para dormir por lo que me autorecetaba pastillas de melatonina y té de lavanda para descansar. Necesitaba su aprobación, sentir que él me miraba, que me escuchaba y tomaba en cuenta de una manera ridiculamente absorvente y tóxica. Ya no sabía leer sus silencios, el brillo de sus ojos ni sus frases concisas y directas. Yo quería que, como si se tratase de mágia, su voz dijera que todo iba a estar bien y que así lo fuera. Irrisoriamente aspiraba un salvador cuando no era su responsabilidad ni la de nadie el borde autodestructivo al que había llegado. 


Esta no es una forma de justificarnos a ninguno de los dos pero él tenía una cualidad que espero conserve y que en ese momento no supe valorar: la capacidad de mantenerse en el tiempo presente sin importar lo feo y complicado que fuese. 


«El pasado ya pasó»


Así nuestros errores se comprendían, se perdonaban y continuabamos sin olvidarlos pero tampoco utilizandolos como excusa. Y esos meses fueron intensos, no sólo por reencontrarnos luego de una discusión en la que dijimos cosas crueles sino porque estabamos desempleados, sin dinero, estabilidad y a la deriva. Aún así, permanecimos cerca obsequiandonos gestos de afecto y detalles cotidianos que nos rectificaban el hecho de saber que no estabamos solos porque nos teníamos el uno al otro. 


Hace alrededor de dos meses caí en cuenta de que he estado hablandoles acerca del hecho de morir y de la muerte pero, no abordé la desición de no vivir, el suicidio como escape y recurso ante la desesperación. Revisando lo transcurrido los días previos a éste acontecimiento aterricé hechos que consideraba aislados y ahora que puedo conectar cada uno, entiendo mejor los episodios de violencia e impulsividad ligados a lapsos de disociación, accionando con arrebatos de egoísmo o tristeza para luego no entender lo que había hecho. 

«Yo no necesito que me cuiden o que me protejan pero quiero, quiero con todo el corazón y con todo mi espíritu que alguien quiera hacerlo, que alguien me defienda del mundo y de mí misma cuando me encuentro más vulnerable. No me destruyas. Si tú me quiebras no creo poder unir mis partes otra vez»

Cartas Marzo 2018 – Ura Urdaneta


El veinte de julio se celebra en Argentina el día del amigo. Para mis compañeros de habitación y para mi, era una novedad divertida que festejamos cenando comida mexicana con una cerveza, un trago y un par de dulces de confiteria. Basada en esto, creo que no le compré un obsequio no por falta de dinero sino porque siempre me gustó darle regalos hechos por mi. En este caso fue un retrato algo tosco y sin detalle en el que escribí una frase que había leído en internet poco antes de emigrar y que me acompaña hasta el día de hoy

«Eres luz, nadie puede hacerte sombra»


Se encontraba en período de prueba en un nuevo laburo y eran bastante frecuentes sus momentos de ansiedad derrotista en los que se convencía de que no sería capaz de hacerlo bien. Pensé que leer eso le daría fuerza, le recordaría lo valioso que era y sumaría confianza, le incluí una persiana de manzana, un dulce rico sin nada extraordinario pero atractivo a la vista.

Retrato (editado) – Ura Urdaneta 2018


Agosto arrancó con la novedad de que le habían contratado y su felicidad de manera inmediata compuso la mía. Fue un lunes cuando me invitó, con su primer pago, a comer pizza. Recuerdo haberlo visto risueño y eso me motivó a vestir mi falda floreada de colores primaverales, ahí sentados a la mesa compartiendo mientras observaba los morrones ahumados sobre el queso con orégano porque ya entonces no era buena conversando y no llevaba un hilo más allá de mis propios pesares. Al culminar fuimos a curiosear un automercado y en el camino, una anciana minúscula de cabello pálido nos pidió ayuda para cruzar la calle. En realidad creo que él la ayudó sólo con percatarse de su existencia pero no puedo dar fe de ello ya que yo solo veía mis pies y flotaba, nada más.


Al volver al lugar en el que residíamos, compramos un par de golosinas y nos quedamos en su cuarto, no recuerdo si con intención de conversar o de ver televisión. De un momento a otro yo quise propasarme y él educadamente me detuvo, entonces algo pasó en mi que jamás había sentido, una especie de vacío seguido de una ola de impulsividad iracunda. Debo haber dicho algo pero no lo alcanzo en mi cabeza, tomé el dibujo que reposaba boca abajo sobre su mesa de luz y consecutivamente lo destroce…

completamente…

en pedazos muy pequeños…

él alzó la voz

me miró

lloró


«Ese era MI dibujo»


Y yo volví en mi.


No entendí que pasó. Me pidió que me fuese de su pieza pero yo me negué. Reuní cada pedacito, busqué cinta y como pude los uní pero ya el daño estaba hecho. En ese momento, ambos llorabamos angustiados por la misma razón: no podíamos reconocer a la persona en la que me estaba convirtiendo y no entendiamos que estaba pasando conmigo. Me tiré a su lado junto a la cama y quise abrazarlo pero no lo hice. Después de esa noche, comencé a hacerle retratos y a dejarlos en el cajón que le correspondía en la mesada de la cocina para que los encontrara al volver de laburar. Aunque él trato de continuar adelante disfrutando de las cosas buenas que comenzaban a pasarle, yo no pude vivir con el hecho de, literalmente, haberlo hecho pedazos. 


En menos tiempo del que alcancé a calcular, me hice mejor destruyendo que construyendo. No puedo constatarlo pero creo que fue este uno de los episodios que impulsó la aparición de la voz desesperante que no paraba de ordenarme que desapareciera, que él y todos los demás me destestaban, que estarían mejor sin mi. Ya tenía rato manifestando que no me hallaba en el espejo y darme cuenta que estaba mutando en una criatura capaz de destruir su propia obra, sólo me orilló más a la idea de que no volvería a ser la misma jamás.


No supe apoyar a quienes me necesitaron entonces, estaba absolutamente fuera de mi persona, avasallada por la frontera y hundida en una depresión que me robaba el aire. ¿Para que seguir existiendo si solo generaba dolor y rechazo? Pensaba que me había obsesionado por amor pero viéndolo de lejos creo que sólo trataba de aferrarme a un motivo para vivir, para creer que podría levantarme de la desgracia y poco me importaba destrozar a quien fuera en el proceso con tal de vislumbrar un rayito de luz.


Una vez, en medio de una discusión escribió

«Estar roto es más fácil»

Creo que entonces comprendí esta frase como la descripción simbólica de lo que había pasado con nosotros pero al leerla dos años después me ha surgido la inquietud de cuestionarme ¿No estaría diciéndome a través de ésta imagen que me estaba excusando detrás de mi propia herida? Como si ser cruel e incomprensiva pudiesen justificar el hecho de no hacerme cargo de de repararme yo, como si el conocer la miseria me otorgase autoridad frente al desconocimiento de los sentimientos ajenos, como si mi falta de empatía tuviese alguna valía. 

Ensayo para un retrato – Ura Urdaneta 2020


No hay límite temporal para comprender ideas, la vida corre y fluye de manera orgánica acorde a nuestro proceso evolutivo. Quizá no llegue a saber a plenitud que quisieron decir algunas palabras pero permanecen en mi, me hicieron mejor de lo que era porque aún después de tanto continúan transmitiendo sentimientos que ahora soy capaz de entender. Este fue sólo uno de mis escalones en falso, solo el inicio del descenso que me convirtió en la persona que es capaz de contarles esto. 

«No me interesa el éxito y el reconocimiento si todo duele tanto como ahora. Debe existir la felicidad sin tanto peso, sin responsabilidades ajenas, sin distancias. En alguna parte supongo que eso es posible.» 

Cartas. Marzo 2018 – Ura Urdaneta


Más allá del límite

Entrada en la veintena, me propuse a mi misma vivir la vida conscientemente tratando de hacer las cosas lo mejor posible. Me enfoqué en mantener mi desempeño por encima de la excelencia en el trabajo y los estudios, incluso en los momentos en los que me encontraba más hundida en la angustia. Mi madre debe recordarlo con más claridad que yo: las noches en las que lloraba a causa de alguna discusión o desencuentro con alguna persona amada mientras le preguntaba «¿Por qué tengo que sentir las cosas así? ¿Por qué los demás no se destrozan o se derrumban como yo?» Ella solo me miraba con ternura y me respondía: «No lo sé. Quizás eres diferente». No imaginan el alivio que significó saber que no era una exagerada dramática, mis emociones siempre fueron así, tan profundas y desbocadas que al sumergirme en cada una no podía recordar cómo se sentía nada más.

Tenía veinticinco años y medio cuando me diagnosticaron trastorno límite, trastorno fronterizo de la personalidad o borderline. Como la mayoría de las personas que lo padecemos, al principio no entendía de que diablos me hablaban e incluso llegué a pensar no era más que un absurdo porque era imposible que yo tuviese algo más allá que la depresión.

Cuando hablamos de esta enfermedad, nos referimos a un cuadro clínico complejo que ha pasado por múltiples etapas dentro del campo de la psiquiatría hasta llegar a establecer parámetros de diagnóstico con un criterio claro que abarcase toda su sintomatologia. Estos se basan en rasgos de carácter emocional, de comportamiento, identidad y relacionales, presentándose de forma caótica interfiriendo en cómo el sujeto establece vínculos con el afuera. Aunque pueden presentarse como personas graciosas, brillantes e ingeniosas, en realidad suelen ser inconstantes y tienen poca tolerancia a la soledad. Una de sus características centrales es la incapacidad de quien lo padece para calibrar y modular sus sentimientos, ademas de que el DSM IV [1] ha establecido un total de nueve criterios de diagnóstico de los cuales, si el sujeto presenta un mínimo de cinco puede catalogarse como borderline.

Cuadro extraído del texto del Dr. Daniel Serrani Luces y sombras del trastorno borderline de la personalidad de 2011.

Winona Ryder interpreta a Susanna Kaysen en la película Inocencia interrumpida, una mujer diagnósticada con este trastorno en los años sesenta. En medio de todo lo que le toca vivir durante su internación psiquiátrica ella, en un momento donde se encuentra agobiada reclama: «¿Como voy a curarme si ni siquiera entiendo que me pasa?». No estoy aquí para parafrasear toda la bibliografía que pueden adquirir por internet desde la comodidad de su hogar, estoy aquí para contarles lo que ha sido para mi vivir con esto aunque solo le hayamos puesto nombre hasta hace poco.

Voy a empezar por el final. Fui diagnosticada gracias a que, producto de abandonar mi país y de un largo arrastre de problemas personales sin resolver, desarrollé una depresión mayor que casi acabó con mi vida. El desbalance químico que presentaron mis neurotransmisores por ese entonces me causo largos episodios disociativos, suicidas y psicóticos, que sólo lograron superarse mediante la ayuda psicológica y psiquiátrica dentro de la internación.

Lamentablemente, es raro que alcances la recuperación total dentro de un hospital. El aislamiento tiene la bondad de devolver a la mente un sentido coherente del mundo, de la percepción que manejas de ti mismo frente a la vida, de reeducar los comportamientos y retomar la capacidad individual para sobrevivir solo pero al salir me advirtieron que el camino para sanarme sería largo y que era mi voluntad la que me otorgaría las herramientas necesarias para plantarme de frente y confrontar la oscuridad. Porque la terapia y las pastillas continuaron y continúan hasta hoy.

Cuando inicié el tratamiento ambulatorio era reacia a hablar de temas lejanos pero conforme mi confianza se transformó, hicimos una revisión detallada de mi vida desde la infancia, mi facilidad para los estudios, las actividades recreativas y las dificultades para ejecutar tareas relacionadas con la interacción social. La ansiedad con la que conviví desde niña y que se manifestaba, por ejemplo, a través del bruxismo. A veces hasta llamar a un familiar, pedir una pizza por teléfono o preguntar una dirección era causante de episodios de estrés cortos pero perturbadores. Mi adolescencia se caracterizó por el silencio con la fortuna de que entonces contaba con una terapeuta que me ayudaba a sobrellevar mis interrogantes, cosa que no evitó que somatizara toda la frustración que me generaba el entorno familiar y escolar. Vivía en cama y evitaba a toda costa tener que hablar con otras personas. No me hallaba, no entendía entonces si me gustaba saberme mujer o su sinceramente quería comportarme como un varón, también presentaba un interés nulo por temas que implicaran sexo o sexualidad.

A decir verdad, aún con todas las dificultades que me generó esta condición, me fue bastante bien creando vínculos sólidos con otras personas incluso cuando me sentía mas abstraída. Después de los quince años, la comunicación con los demás mejoró considerablemente cuando me hallé dentro de una escuela en la que no me sentía segregada ni señalada.

Si tuviese que marcar un antes y un después de la depresión como un estado constante en mi vida, sería el intento de suicidio de mi padre y todas las circunstancias en torno a éste hecho. A los dieciséis abandoné la esperanza porque comprendí que después de casi tres años de terapia, nada de lo aprendido me había preparado para eso. Sentía vergüenza y le huía a la lástima, me mantuve en una postura de fuerza sin permitir que los sentimientos me derrumbaran.

Cuando a los 45 años me informaron que iba a ser madre por segunda vez, mi corazón se lleno se asombro y gozo y no lo podía creer, resultado de esa noticia fue una niña larga y hermosa que creció pronto y asumió el desarrollo de una personalidad propia y llena de independencia , hoy sé que padece de una condición psicológica que se fue manifestando a lo largo de su vida, solo que yo no lo sabia y lo atribuía a que era diferente por ser hija de un par de viejos con un hermano diez años mayor, ahora me doy cuenta que mucha de sus actitudes en el colegio eran realmente situaciones de ansiedad y pánico que se traducían en no querer ir, trancarse de la respiración o querer dormir todo el dia. 

De niña le gusto ser siempre independiente y responsable, le gustaba que le leyera en las noches «Memorias de Mama Blanca», en una versión especial para niños, era poco aficionada a la televisión salvo las series japonesas que captaban toda su atención y al juego con sus primos contemporáneos, nunca fue niña de berrinches o lloradera, le gustaba ayudarme en las labores de la casa. Cuando llegó a sexto grado le hacia ilusión estar con una maestra que ella consideraba ideal y después no la podía soportar. En la adolescencia se aficionó al color negro y a las imágenes de calaveras y representaciones de muerte, no me agradaba pero lo acepté pensando que era lo moda de la época, pienso ahora que no era otra cosa que la sublimación de hacerse daño físicamente, cosa que nunca hizo. Cuando comenzó a trabajar y asistir a la universidad veía con preocupación que cuando bebía no paraba hasta volverse «mierda» como ella misma lo decía, hoy me doy cuenta que era parte de su condición de auto destrucción, algunas veces se ponía muy agresiva para enfrentar situaciones de injusticia social, también participaba de las manifestaciones en contra del gobierno y se vio afectada por los gases lacrimógenos. Eso me mortificaba mucho pero ella haciendo uso de su adultez e independencia participó en esos eventos cada vez que quiso, pienso que estaba presente una conviccion además de hacerlo para alcanzar a consolidar su propia imagen»

Mi madre

Entre los dieciocho y los veintidós años, sentía la impulsividad arrastrarme a cambiar mi cabello cada que podía, como si se tratase de una fórmula mágica con la cual encontrarme. En ésta época comprendí que lo que me atraía de otras personas era su esencia y no su sexo, siempre fui particularmente sensible a las críticas y cuando culminaba alguna relación independientemente de su naturaleza, mis sentimientos no podían mantenerse neutrales sino completamente polarizados. Mi forma favorita de autodestruirme siempre fue beber: sin límite, sin control, sin medir consecuencias. No era alcohólica pero bebía como una y aunque jamás manifesté algún trastorno alimenticio, tengo una relación complicada con la comida: a veces la ansiedad me impulsa a atragantarme como si con ello pudiese acabar con un vacío, luego subo de peso y caigo en la culpa. Y así sucesivamente.

Sketch / Autorretrato (Pensar – sentir) – Ura Urdaneta 2012

Quizá por ello el arte mermó tanto mis inseguridades. Trabajar en un teatro me soltó la lengua y me obligo a desarrollar habilidades sociales que por fortuna mantengo hasta hoy, tener que defender mi trabajo plástico, también. Probablemente la tormenta de emociones me inundó después de saberme enamorada y pasar justamente por esa característica alternancia entre el amor y el odio. Además de mis arranques de ira injustificada y extensos periodos de melancolía y tristeza. Tener una relación me ayudó a manejar estos síntomas porque me obligo a incorporar en mí los matices, ese complejo ejercicio de caminar por el centro dejando los extremos a parte. Ciertamente mis compañeros y amigos han sido fundamentales para esto.

Esta dicotomia del bien y el mal se manifestaba en tonterías como el amar u odiar a un famoso. No me daba permiso de disfrutar una canción si consideraba que su género era mediocre y por lo mismo no bailaba o me abstraía de divertirme. Limitaba mis gustos a un reducido número de películas, bandas, series. Le temía a la novedad, a lo desconocido, a lo diferente. Creo que me daba terror perder la imagen que había logrado hacerme de mi y a la idea de que por vez primera tenía el control de mi vida, aunque fuese desde el lugar incorrecto. 

Vivir con Ura siempre fue una experiencia hermosa. En ella hay un pozo creativo, de razonamiento y de ingenio fenomenal. Nos complementábamos en muchas cosas pero en algún punto de nuestro crecimiento algo en la comunicación nos falló, no sé si es normal, pero duele que ese click haya cambiado por tanto tiempo.

En medio de refuerzos negativos y tensiones de vida, pude ver como emergió un mal humor constante, ausencias, lejanías y era incomprensible para mí cuando notaba una desmesurada forma de tratar de complacer algunas amistades pero yo no intervine porque pensaba que en mi forma de ser tan solitario, era yo el que estaba mal pero lo asumía como mi forma de ser. 

Creo que si algo me extrañaba demasiado fue, ya en los años previos al viaje, reacciones de rabia y molestia exacerbadas que no se correspondían al contexto. Una vez más, lo atribuí a factores como la toxicidad del entorno pero con el conocimiento que tengo ahora creo que es importante identificar que ese ambiente negativo sólo sirvió para detonar una condición que se había manifestado en pequeños oleajes. 

El TLP estaba y muchas veces nos tocó el timbre. En ese pensamiento constante de abandono o de no protección, en esa tristeza y mal humor que, a pesar de tener su razón de ser, se acentuaron de una forma mucho más dura con el paso del tiempo. 

Lo más difícil para mí fue tratar de conectar a veces con ella, sentía un puente levadizo cerrado y podía percibir esas ganas de alejarse del entorno que le hacía daño a ese reactor interno que ya estaba en alerta amarilla pero que seguía en efervescencia. 

Una de las cosas que más disfruté de nuestra convivencia es el arte, porque en sus silencios, la conocía en el arte, disfrutaba cada uno de sus dibujitos (de los cuales aún guardo varios) y siempre me extrañó que no se daba crédito a tanto talento maravilloso para poder plasmar el entorno. Sus manos dibujaban amistades, personajes que me encantaban como “Blackie” y también sus terrores que ahora entiendo, estaban en tinta azul y roja. 

El TLP puede pasar a cualquiera, a veces creo que ese veneno que nos rodeó también me infectó, pero gracias a Ura puedo estar más alerta. 

Si leen esto y ven que alguien querido tiene cambios de humor extremos, sensación de soledad, abandono, impulsividad y tendencias destructivas apoyen,  presten atención con serenidad, cabeza fría y lo más importante, con comunicación, con un abrazo y con la disposición a escuchar.»

Mi hermano

Como han podido leer, he pedido a mi mamá y a mi hermano que participen de esta entrada contándome desde su perspectiva y con la información que manejan ahora, que se sintió crecer conmigo. Es un poco irónico, mis primos no han escrito nada pero hemos participado de una tertulia hace unos días concluyendo que fuimos potencialmente maltratados al punto de que pudiésemos ser terribles personas, pero hemos decidido trabajar en pro de transformar la generación sucesora de manera de que no padezcan lo mismo que nos tocó. Ellos también han asistido a terapia, también estuvieron a punto de perder personas por no afrontar sus demonios y creo que por ser más contemporáneos conmigo y haberme sostenido cuando más lo necesité, comprenden mejor lo que me pasa.

Con veinticuatro años era licenciada, especialista en eventos dentro de una institución cultural reconocida en latinoamerica, artista emergente y psicodramatista en formación. Tenía algo parecido a un hogar, una persona que me amaba, amigos incondicionales y yo, estaba vacía. Se me terminó la perspectiva, no me veía siquiera en un futuro cercano porque cuando algo muy pequeño se me salió de control, creí que lo que imaginaba se había caído a pedazos sólo porque no era tal cual lo había querido. Y traté de levantarme del vacío y el hoyo que cada día me consumía más física y mentalmente. Ahora pienso que cortar mi cabello fue el equivalente a repetir la historia de Sanson.

No supe limitar a las personas que me utilizaron como maleta de carga para sus responsabilidades así que somatice la rabia y la impotencia en bronquitis, gripe, dolor de estómago. Aunque tengo dos hernias lumbares éstas no han causado ni la cuarta parte del dolor que si me ha generado el traspaso de las preocupaciones ajenas. Yo super poderosa, yo haciendome cargo de todos menos de mí misma, yo desarrollando un trastorno por precisamente no haber aprendido a poner límites. 

De los nueve criterios de diagnóstico, puedo reconocer cinco claramente presentes a lo largo de mi vida pero cuando la depresión ganó, los otro cuatro se manifestaron como los jinetes del apocalipsis, destruyendo todo a mi alrededor y alejándome de mi verdadera esencia. En uno de los textos estudiados recientemente, específicamente el del Dr. Daniel Serrani de dos mil uno, se lee que cerca de la mitad de los pacientes diagnosticados dejan de presentar estas características después de transcurridos dos años de tratamiento. El mismo generalmente consiste principalmente en reeducar los patrones de comportamiento de manera que los sujetos aprendan a regular las emociones, desarrollen empatia, practiquen la atención plena y la tolerancia al estrés, de forma que puedan recobrar su bienestar y las riendas de su vida mediante la inteligencia emocional.

La parte bonita de todo esto es que funciona. Requiere tiempo, disposición, constancia, disciplina y mucho pero mucho amor propio. Aceptar quien eres para poder avanzar sin buscar culpables. 

Es la primera vez que me pasa de estar escribiendo y terminar tan triste frente a un texto. Me lo temía cuando quise hablar de esto, que retomaría memorias que aún lastiman porque la realidad es que aunque extraño mi país y mi casa, estar fuera de ella y lejos de mi núcleo ha sido la única manera de crecer, de sanar. ¿Se han sentido invisibles? ¿Ignorados? ¿Poco importantes? Durante años de convivencia quise que mi hermano y mi mamá me ayudaran a construir un hogar como el que veía en mis amigos, en mi novio pero no hubo forma. Cuando un tercer agente se involucró y arribó a mi casa y demandó un hogar, ellos cambiaron. Los meses previos al viaje permanecía junto a mis primos, y antes de ello aguardaba lo más tarde que me permitía la oficina para no tener que llegar. Mi malhumor brotó a raíz de que comprendí que hablar desde mis anhelos era una completa estupidez, no entendían sino ejercía violencia. Hubo en mi tantas señales de alerta, tantos pedidos de auxilio pero quienes lo vieron fueron justo las personas que no vivían conmigo.

Quizá el dolor más grande es comprender que hay quienes no son capaces de transformar sus palabras en acciones, acciones que modifiquen su entorno, su vida, la miseria con la que les tocó crecer, acciones que tú harías por ellos. Y no estoy diciendo esto como un paciente de salud mental sino como una mujer humana y completa, que rememora a la persona que más quizo diciéndole «No quiero que emigres por mi, quiero que lo hagas para que salgas de ese lugar que tanto daño te hace». Y eso hice, lo más difícil que me ha tocado transitar, una decisión que me costó literalmente la vida y que me permitió entender que siempre me he tenido a mi: En Caracas, Ciudad de México y Buenos Aires, siempre fui yo y seguiré siendo yo con mi luz y mi oscuridad.

Empatia es dejar de ver sólo tú dolor y ponerte en el lugar de los demás. Es accionar, asumir que quizá ese movimiento chiquitito va a transformar la vida de otra persona, familiar o no. Aún así creo que si es alguien a quien amas, no tendrías ni que pensarlo. Es muy amargo repasar la negligencia emocional pero aceptar esto y poner límites en lo que acepto y lo que no es exactamente lo que me ha permitido continuar.

Tu vida es tuya, no eres lo que te pasó sino lo que decides hacer con ello. Mi nombre es Urania, soy una paciente borderline y sigo aquí, entera y amada. Me acepto, me respeto y escojo continuar lejos del juicio, dolor u odio. Soy la artista de mi propio destino, la que cambia soy yo. 

[1] Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales

Desarraigo: Donde todo converge

Me visita un recuerdo

De otra yo

Tan remota


Y me pregunto 

Cuántas vidas 

Caben

En una vida

Nina Ferrari

En una oportunidad y no recuerdo la razón, en el hospital me dieron a firmar una planilla donde figuraba uno de los posibles primeros diagnósticos, estando el mismo escrito a mano. Se leía «Trastorno adaptativo» haciendo referencia a mi incapacidad de hallarme dentro de este país al que había emigrado. Tenía por entonces una mezcolanza interna porque fue en ese lugar en donde hice los primeros amigos nacidos en suelo argentino y aún así, junto con otros tantos odios, detestaba la idea de tener que hacerme espacio y de habitar ésta ciudad que tanto me había arrebatado.


Las formas que adoptaba el afuera cuando estuve incapacitada no pueden ser descritas a cabalidad con palabras. Era como si estuviese caminando sobre un puente colgante, muy alto, tratando de mantener la vista al frente mientras la corriente de aire helada y veloz nublaba mi conciencia. También como si detrás de cada esquina me aguardara un captor, un juez, un verdugo. Mi cabeza era tan pesada que sentía que mis hombros no eran capaces de sostenerla llegando a tener la certeza de que caería hacia atrás dejandome con la cara mirando al cielo mientras era absorbida por ese suelo de arena movediza, remolinos que me tragaban cada día un poquito más. Estaba segura de que los edificios y las calles se derrumbarrian sobre mi.


No era esto lo que planeaba exponer esta semana pero actualmente me encuentro sumergida en una oleada de cambios repentinos bastante bruscos y aunque tengo la capacidad de sortearlos en este momento, la verdad he estado teniendo problemas para conciliar el sueño, el descanso y la tranquilidad. Porque aún me cuesta decidir, incluso cuando tomar una acción puede significar alejarme de la delgada frontera que existe entre mi bienestar y lo perjudicial. Creo que una parte de mi todavía tiende a querer salvar a todas las personas que amo, aun sabiendo que es mi ego el que piensa así, temo que los otros crean que les estoy dejando solos. Mi confesión de hoy: el saber que en ocasiones bastante frecuentes me he desvivido por no dejar caer a nadie aunque con ello haya sacrificado mi propia cordura.


Anoche estuve recordando y enlistando la cantidad de lugares que he habitado desde que mis pies tocaron suelo porteño. Al llegar aquí, nos establecimos por alrededor de diez o quince días a dos cuadras de la avenida Rivadavia sobre Carabobo en un apartamento de dos ambientes al que no llegaba la luz del sol. Por ignorancia, este alquiler lo realizamos a través de un Airbnb, lo que nos perjudicó bastante económicamente hablando. La última noche que pasamos ahí cenamos una sopa de lentejas con fideos, gris y deprimente como nuestra situación la cual tenía por seguro una entancia nocturna entre las calles de la ciudad de la furia, configurados psicologicamente para dormir en una plaza. Nuestro equipaje había quedado bajo el resguardo de personas de confianza y solo nos quedamos con lo esencialmente importante.


Tan mal estuvimos por esos días que puedo revivir claramente esa tarde en la que subimos al último piso del enorme Burger King que se alzaba sobre la avenida Corrientes y Florida. Sentadas ahí, esperamos pacientemente que unos comensales se levantaran y tomamos entonces lo que había quedado en su bandeja y mientras lo comíamos, lloramos. ¿Para qué habíamos emigrado? Estabamos absolutamente entregados a la fatalidad.

 
Pero nunca estuvimos solos y parte de mi familia y conocidos de la familia de mi compañera nos giraron dinero suficiente para albergarnos unos días en un hostal ubicado en el microcrentro, a pocas cuadras del obelisco. Tal y como su nombre lo indicaba, el «Hostal Fiesta» no paraba un solo día y todas las noches se escuchaba música a todo volumen y peleas de calle que se filtraban por el balcón de la habitación que compartíamos con tres desconocidos. Sobre aquel rectángulo se alzaban tres cuchetas con colchones del grosor de tres dedos, olor penetrante, tierra y muchísimo polvo por todas partes. El desayuno venía incluido y consistía en rodajas de pan blanco, dulce de leche y dos huevos, estos últimos los guardamos para rendirlos durante el día y la noche. 


Había dormido un par de días ahí cuando casualmente unos amigos que tenía medio año sin ver me escribieron. Eva y Sebastián paseaban perros para ganarse la vida mientras alquilaban una habitación dentro de una casa junto con amigos sobre la avenida Juan Bautista Alberdi, a pocas cuadras de la estación Primera Junta. Nos encontramos la mañana de aquel domingo de mayo y no dudaron un segundo en ofrecerme lugar un tiempo, al abrirme las puertas de su hogar nos permitieron a mis compañeros y a mi reunir dinero suficiente para entrar a vivir en una residencia la primera semana de junio. Debo haber compartido su espacio alrededor de una semana, tiempo en el que junto a mi amiga Sara, que también acababa de llegar, vendí dulces en las plazas y los callejones. Mis amigos no solo me dieron una cama para dormir, también un baño para asearme, ropa para el frío y comida para saciar el hambre. Así que a pesar de los pormenores, me sentí acompañada durante todo el proceso.

Rutas / Collage – Ura Urdaneta


Al mes siguiente de haber llegado, sobre la avenida Corrientes a la altura de La Valleja, alcanzamos esa habitación con dos camas en la que residí hasta que la enfermedad me derrotó. A veces pienso en ese lugar y en el tiempo en el que creí ser feliz mientras vivía en él. Pasaron muchas cosas durante esos cinco meses, cosas lindas pero también quizás las experiencias más terribles que me toco superar. No sólo la enfermedad sino la convivencia, la oposición de los pensamientos y la dictadura de querer imponer ideales. Yo dejando de ser yo, pequeña y vulnerable, perversa y cruel, débil y loca. Muriendo en cada rincón y dejando que mi voz destruyera la razón ajena. Junto a esa cama había un recoveco y fue en él en donde desaparecí, frente a la puerta que unia esa habitación con la otra me dejé avasallar por la oscuridad. 


Así que el quinto lugar en el que me tocó vivir fue un hospital psiquiátrico y fue ahí donde aprendí el verdadero significado del desarraigo y lo esencial. Viví tres meses con tan pocas cosas que comprendí a cabalidad aquello que es necesario y lo que no. Hasta este momento manejaba muy pocas palabras de este país tan diferente al mío pero mis compañeros de sala me adoptaron con los brazos abiertos, me enseñaron frases, se identificaron con mi dolor, cuando me faltó algo no duraron en compartir lo suyo y entonces entendí que eramos humanos nacidos en diferente geografía pero esencialmente iguales. Aunque fue la época en la que tuve más miedo, también fue en la que me sentí más contenida y comprendida. 


Tres meses más tarde, recuperé mi libertad y me fui a vivir con Zendira y Ranier, amigos que tenían ya dos años viviendo en el país. En realidad, ella no tenía razón alguna para brindarme cobijo, habíamos restablecido la comunicación a raíz de mi caída luego de tener muchos años sin conversar pero, de alguna manera se identificó con mi malestar y me dio lugar en su presente, apoyando desinteresadamente cada pequeño paso que alcanzaba a ejecutar. El sexto piso de aquel apartamento en Villa del Parque a pocas cuadras de la avenida San Martín no logro frenar mi deseo de independizarme, estaba cansada de sentirme una carga para los pocos afectos cercanos que lograba mantener en medio de mi tormenta. Reintegrarme a las calles me inyectó confianza y pocas semanas después de estar ahí por medio de una amiga pude alquilar una habitación dentro de un departamento sobre la avenida Belgrano, se trataba de una señora que rentaba una pieza y daba todas las comodidades para compartir. 


Al principio pasaba la mitad de la semana ahí y la otra en una casa ubicada entre Santos Dumont y la avenida Córdoba, en donde vivía mi pareja de aquel entonces. Avanzado el tiempo y la confianza, ya más dueña de mi y de mis acciones, forje una relación tan bonita con mi casera que dejamos de ser simplemente compañeras y pasamos a sentirnos familia. Durante largos meses mantuve una creencia orientada a asegurar que Buenos Aires había arrebatado mis querencias, mi salud y la seguridad que tenia en mí. La maldije tantas noches que no alcanzo a enumerar nada exacto pero vencer el egoísmo me demostró que en realidad yo también era parte de este clima tan extraño, que amar a su gente era la forma de hacer las pases con ella, que tener amigos y familia adoptiva me daba un lugar en esta parte del sur que silenciosamente anhelaba tanto.


Porque el desarraigo no significa olvidar de donde vienes sino hacerte lugar en donde estás. Mi acento es una mezcla extraña de palabra propias de aquí y de pensamientos que se manifiestan desde mi gentilicio. Me gusta compartir arepas y tequeños pero la realidad es que como lo que se acostumbra acá: facturas, milanesas, guisos, fideos, mucha pizza y empanadas. Aprendo recetas nuevas, aparentemente finalizo las oraciones unos decibeles más arriba que antes y digo vení en lugar de ven ¿Y que se puede esperar? Tengo dos años acá, he vivido en siete lugares distintos, convivo con argentinos de raíces italianas y además tengo a Lola, mi roomie perruna acostumbrada a que le hable en español porteño, porque es una caniche consentida que ama que la trates de vos. 

Rutas / Collage – Ura Urdaneta


¿Saben por qué les cuento todo esto? Porque es momento de abordar un octavo lugar y aunque probablemente es menos terrible de lo que parece, odio tener que recoger de nuevo todas mis cosas para desplazarme hasta un sitio en donde no tengo certeza de nada. Aunque considero que es un nuevo nivel de madurez me encuentro preguntándome cosas como:

¿Podré dormir tranquila? 

¿Habrá ruido? 

¿Tendré un lugar en donde practicar yoga? 

¿Sabré cómo hacerme cargo de mi? 

Como si no tuviese más de año y medio haciéndolo. Y es que en Venezuela toda mi vida viví en una sola casa. Tenía tantas cosas y tanto espacio que jamás me hice la pregunta de como entraría eso en otro lugar o si cabrían en una sola maleta porque emigrar solo se transforma en algo real cuando tienes el pasaje en la mano y la convicción en el pecho. 


Mi hermana menor me acaba de escribir: Recuerda que no hay decisiones incorrectas. Quizá no sean todas las respuestas pero si es suficiente para avanzar. 


Todas nuestras decisiones convergen en un sólo lugar: el presente, que es el tiempo en el que permaneceremos eternamente. La distancia en realidad no es una medida que pueda servir de referencia para calcular la calidad del amor que sentimos por otros, hace dos años que no veo a muchos afectos y los sigo amando igual o incluso más que antes. Parece tonto pero solemos subestimar la grandeza de lo cotidiano cuando hemos crecido rodeados del confort. Tenemos certeza de que estaremos abrigados hasta que aparece el frío y comprendes que sólo trajiste contigo una manta hecha en un país tropical, ridícula para temperaturas tan bajas y que probablemente, es con lo único que cuentes hasta que puedas reunir el dinero para hacerte de una colcha más gruesa. Y es que ésta diaspora venezolana guarda tantas historias increíbles que la mía sólo es una cuenta del rosario infinito que abarca el mundo entero. Todo aquello que no ha sido dicho todavía, en unos años será el legado que edifique la moral de nuestra amada tierra. 


Estoy profundamente agradecida por la cantidad de momentos hermosos y emotivos que he experimentado en este piso nueve, por encontrar una madre adoptiva a la que amo sinceramente y con quien cuento en las buenas y en las malas. Esta es una nueva oportunidad, una aventura, un cambio positivo para mi crecimiento personal en parte porque ahora sé a plenitud que no estoy sola y que siempre habrá un plato de locro esperando por mi los días de fiesta y un abrazo de Lola al atardecer.

Una estampa para el perdón

«La peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras»

Arthur Fleck, Joker 2019

El día que me senté en la sala de cine a ver Joker, una sensación compleja se apoderó de mi. La frase anterior me impactó tanto que tuve que detenerme y anotarla para poder seguir disfrutando del film. La dirección, el arte y las actuaciones me conectaron inmediatamente con aquel contexto cuasi simbólico del declive de la salud mental de un individuo que se autopercibe invisible en su mundo gris, que siente pena de si y sólo quisiera ser visto, reconocido como persona dentro de una sociedad salvajemente egoísta. No se trata de poner etiquetas sino de ser conscientes de que no todas las personas poseen las mismas habilidades socialmente demandadas para conectarse con el entorno, que cada quien tiene su talento y por sobretodo, que debe ser un derecho el tener acceso a servicios de salud que prioricen la integridad psíquica de cualquier ciudadano. 


Google fotos ha decidido recordarme que por estos días hace dos años, creé una cuenta en instagram con el objetivo de subir una serie de fotos capaces de emular una frase disparadora. Esas palabras habían sido dichas producto del caos y la incomprensión, la idea tenía por fin «rematrizar», término psicodramático que se refiere a la revisión del momento que originó un patrón de conducta para modificarlo y así mismo, resignificarlo. No eran buenas fotos pero pensarlas y ejecutarlas me proporcionó algo de paz, una mediación con la rabia que acumulaba contra mí misma. Sin embargo el objetivo sólo se logró en una dirección que no fue precisamente la mía. 

«Me corté» / Serie «Rematrizaciones» – Ura Urdaneta


Después de emigrar me acostumbré a las sacudidas violentas del universo. No es que no me gusten los cambios ni tampoco que sea poco inteligente, es que de una forma u otra, adaptarme requiere tiempo, atención y aceptación. Ni estando enferma mis arranques venáticos se eximieron de aparecer, eran incluso más violentos e irascibles por lo que, tengo una amplia lista de estupideces cometidas los primeros seis meses del año pasado. Estaba segura que mi juventud había culminado, no tenía propósito ni intención alguna de encontrarlo. Pasé a formar parte de los grupos humanos que operan en el día a día con el único objetivo de adquirir la plata necesaria para comer y pagar arriendo. 


Mi cuerpo, alguna vez esbelto, se desplazaba torpemente por pasillos y calles silenciosas sin encontrar placer en absolutamente nada. Visitaba a mi terapeuta dos veces por semana y aunque alquilaba una pieza dentro de un apartamento con derecho al uso de áreas comunes y un smart con Netflix, no salía de la cama, no hablaba con mi casera, no establecía ningún diálogo con el afuera. Estaba encerrada en mi propia celda, aplastada por mi propio peso y atacada por mis temores que incluso llegaron a somatizarse a través de parálisis corporales. Así de extremos eran mis ataques, así de abismal el vacío porque hablando con una de mis hermanas lo he recordado: sabía que YO los había decepcionado, a toda su fe depositada en mi, a sus cartas, a los papelitos pegados alrededor de mi cama, a sus consejos, a las veces que me habían tomado de las muñecas para evitar que me autolesionara, a los besos en la nariz, a las papas fritas con helado. Los traicioné… 

O eso pensaba. 


No todas las personas consiguen reponerse luego de haber estado sepultadas vivas y lo que es peor, no todas admiten haber estado ahí así que a veces se nos escapan los puntos de referencia pero, me he recordado bajo la lluvia, andando por la calle que bordea el Rosedal caminando detrás de los patos y sus patitos. Ese día actuaba como una niña detrás de algo nuevo y desconocido, fascinada por la pelusita amarilla de los bebés y por su manera de sacar ventaja con aquel clima que modificando el entorno conocido, daba pie para que probaran nadar en aguas menos profundas pero circunstanciales, a disfrutar del momento permitiéndose estar ahí sin interrogaciones. Después de todos estos años no he perdido la capacidad para sorprenderme y es justamente por eso que sigo acá, porque para un comunicador debe existir la emoción y esta no puede manifestarse si no es a través de la percepción que se tiene de la realidad. Fueron las artes las que una vez más me dieron la oportunidad de nadar sobre asfalto, un medio diferente pero siempre con el mismo fin: el establecimiento de un vínculo con mi existencia, por más tortuosa y abrumadora que fuera. 


Cuando ubiqué Viva Estampa por las redes, no sabía como operaban ni que requisitos eran necesarios para participar de él. Tampoco me uní de inmediato, hicieron falta semanas de digestión hasta arriesgarme a hacer un cambio. Recordaba entonces a mi maestro quien, un día en el que le había presentado una idea desorganizada y confusa, me retó y me mandó a tender la cama después de levantarme. Y si, tal como suena fue una orden directa «A ver si se le organizan los pensamientos.» En esencia es así de sutil y frontal, está casado con una psicóloga y me comentó que desde que ella le había invitado a establecer esta rutina se le hacía más sencillo ser disciplinado. Así que volví a hacerle caso y nuevamente, su sabiduría me encaminó. No me había pasado nunca ser parte de un colectivo de nada, la verdad es que aunque aprendí con la experiencia a ser simpática, responsable y empática, siempre me manejé mucho desde lo individual. Tuve que aprender de nuevo a creer en mi trabajo y a recuperar el título de «Artista» cuando comprendí que si yo no me lo creía, nadie iba a hacerlo por mi.

Me fue grato encontrarme en ese espacio cuando dejé de sentirme ajena, fueron los mismos argentinos quienes me incluyeron en su totalidad. Creo que saberme parte de un «todo» fomentó mi necesidad de hallar mis propias respuestas sin seguir persiguiendo la necesidad de consultar todo y buscar aprobación en los demás. Comencé a comprender que había mucho que sí sabía y que mi ignorancia era sólo consecuencia del olvido. Fueron las pinturas, los collages, el intercambio de sentires, los hilos, el reconocimiento del otro, los recorridos dentro del museo, el hallazgo de mi voz y el concientizar que aún era capaz de leer las obras expuestas dentro de una sala o sobre un papel lo que restauró mi fe en la poética e increíble capacidad que tiene el arte para comunicar lo indecible. Entonces unos meses después de haberme hecho parte de eso, una compañera me miró y dijo: «¿En serio estuviste internada? Porque no parece». Supe que cuando la locura se apodera de ti, el externo adquiere tal capacidad de reflejar el interno que acaba por desdibujar tú verdadera esencia.


Y no, YO no los traicione. Hice lo que pude con lo que tuve, perdí una batalla pero no la guerra. Quiero confiar y tener la certeza de que si yo hubiese estado entera y en pleno uso de mis facultades mentales, hubiese preferido amputarme las manos antes de lastimar de forma indolente a quienes me cuidaron, velaron por mi sanidad y contribuyeron al hecho de mantenerme con vida. Porque no hay mayor carga que la culpa adoptada después de haber perdido la razón, de recordarte únicamente estando mal asumiendo que no podrás cambiar, que fuiste y eres un ser mentiroso, que tu sentir no es verdadero. Cuando te disocias, en esa realidad absurda lo que sucede es auténtico para ti, quizás los de afuera no sean capaces de comprender como percibes que hay arañas gigantes entrando por la puerta de tu cuarto pero para ti eso esta pasando. Ahora, después de un año de poder recordar ciertas cosas comprendo que aunque no era una realidad palpable, para mi mente enferma eso sucedía y no tengo porque juzgarme por ello. 

Pinceladas sueldas – Ura Urdaneta


Cada vez que estos pensamientos me encierran, corro y escribo para darles forma sobre las hojas. Así nacieron los primeros dibujos, así pude volver a enunciar a Boltanski y Bourgeois, así pude conectar con las personas nuevamente, preocuparme por mi bienestar, hacerme responsable de mi y de la persona que quiero ser. Y es que cada uno de los miembros de Viva Estampa le aportó luz a mis temores desde distintos lugares, hablando de su tránsito desde su experiencia de vida significativa, compartiendo una canción que les movilizaba, sus recorridos reconstruyendo paisajes Europeos, regalando una guía porteña para disfrutar de esa Buenos Aires cultural, cómo afrontar el miedo:

«Yo también estuve ahí»

«Yo también subí de peso»

«Yo también me quedé sola»

«Hoy siento que no puedo con nada»


La salud mental es responsabilidad de todos.

 
Quienes hacemos parte del colectivo lo hemos aprendido, lo hemos hecho consciente. Yo llegué a creer que no había vida después de los veinticinco, después de haber muerto en tantos lugares y de tantas formas distintas, luego de lograr buena parte de los objetivos que me había planteado a corto plazo, de haber tropezado y dicho tantas estupideces estando fuera de mi, de conseguir que aquellos hombres férreos y estoicos lloraran como criaturas, de tragar tantas pastillas deseando desaparecer, de irrespetar mis creencias y valores, de orillar a mi familia a perder la razón. Es esta misma hermana quien me ha recordado aquel día en que le susurré

«¿Por qué siempre tengo que ser yo la fuerte?»

A menudo me pregunto como me perciben los de afuera, por qué algunos de los seres que más me importan han confiado y confían ciegamente en mí incluso después de verme derrotada sobre el suelo, por qué a pesar de nuestros episodios todavía él me manifiesta que me considera la mujer más valiente que ha conocido; por qué mantienen su admiración aún después de saber tantas cosas que todavía no han sido escritas. Creo que estoy bien encaminada, ya me observo en el espejo y encuentro a la muchacha que torpemente manifiesta su cariño hacia sus semejantes, a la que no baja los brazos frente a la tristeza, a la que reconoce la luz en los demás. Después de tanto andar, vuelve a gustarme lo que veo, lo que escucho y lo que pienso. 


Hay algo que entendí luego de unirme al grupo que forma parte del programa de inclusión cultural del departamento de salud mental desde el área programática del hospital Moyano [1] y luego de habitar la miseria propia del victimismo: Puedo hacer la diferencia, puedo cambiar mi mundo, puedo ser mejor. Estos días tan duros y confusos en los que comprendo con más inmediatez la esencia del ser y lo que me aporta el entorno, estoy laburando con una sonrisa y aprovecho cualquier espacio disponible para investigar o escribir. Pretendo seguir aprendiendo, dar respuesta a cada pregunta que pueda ser contestada, servir de referencia para el que lo requiera y prestar mi apoyo a quien lo necesite así como esas tantas personas que lo hicieron por mi.


Claro que hay vida después de los veintisiete y no existe mayor manifestación de cambio interno que despertar cada mañana con ganas de emprender un nuevo día, de recorrer caminos inciertos, de hablar con normalidad de mis pecados, de no seguir expiando mis errores castigándome, odiándome. Soy real, soy la suma de todas mis partes, soy mis otoños y también la eterna primavera pastoreña. Tierna y ruda simultáneamente pero transparente, sincera y frágil. Sólo ser y fluir sin control, sin tiempos. Permanecer en la infinitud celeste, sólo eso y nada más. 

[1] Hospital neuropsiquiátrico ubicado en Buenos Aires, Argentina y que se dedica a prestar atención médica exclusivamente a mujeres.

Por donde entra la luz

En uno de los últimos semestres de la carrera, opté por cursar una materia electiva denominada: «El arte como mediación del espíritu». Cada encuentro afloraba en mi una nueva pregunta referente a mi tránsito por el hacer del arte, por establecer el diálogo con el otro. Nunca olvidaré el ahínco de nuestro maestro, escultor y artista sonoro, de mantenernos presentes en el aquí y ahora: la no evasión, la aceptación de incluso las realidades más escabrosas de nuestro cotidiano porque esa era la única forma de dignificarlas y así mismo, poder transformarlas. Y para ello sirve el arte, para conectar de la forma mas pura con el espíritu del otro.

El plan para mi cumpleaños número veinticuatro era disfrutar de un musical con entrada gratuita y luego desplegarnos por la tarde en la anchura de algún parque. Lo primero no fluyó y por ello decidimos aventurarnos por las calles queriendo contar con la fortuna de un milagro. Nuestros pasos nos condujeron a una nueva librería en donde Armando Rojas Guardia se encontraba sentado frente a una pequeña multitud. Tenía la voz queda y dulce, ninguna palabra parecía escogida al azar, las sonrisas ladinas a mi alrededor me permitieron comprender la magnitud de su alcance aún cuando yo lo veía y le escuchaba desde una primera planta. Mi corazón latió con mucha fuerza. El pasado nueve de julio, ese señor de semblante sereno se despidió de este plano y no pude evitar querer llorar un poco, en silencio y sin pena. No todos dejan una huella tan nítida en tus recuerdos, quizá fue porque ese día me sentí como una niña cumpliendo sueños aunque tomando vino porque en ese encuentro nos tropezamos con algunos profesores de la facultad que nos dieron a conocer a otras figuras del arte contemporáneo venezolano. Se convirtió en mi lugar feliz junto a personas amadas, en un cumpleaños inolvidable.

Aunque en su momento lo haya vivido como un cataclismo poco menos que devastador, luego, al interiorizar la lección espiritual que me aprontaron y aportaron sus imágenes, al hacerlas material psíquico iluminado por la conciencia, he terminado por percibir que ellas -esas imágenes- constituyeron un trayecto en mi caso insustituible de plenificación interior. Me parece constatar que he emergido de aquel cataclismo un poco más sabio y más denso, con un conocimiento mejor aquilatado del mundo y de mí mismo.

Armando Rojas Guardia

Diego se marchó cuando inició la primavera. Él era un amigo de mis compañeros de cuarto y se había tomado vacaciones para conocer Buenos Aires directo en autobús desde Santiago de Chile. Aunque no guardo certeza de la veracidad de mis recuerdos, tenerle aquí y poder conectar en la liviana simpleza de una conversación, me hizo sentir real dentro de mi mundo incoherente. Le comenté que mi sueño era poder salir de aquello y ayudar a otras personas, a lo que contestó «Conmigo ya lo haz hecho».

En aquellos días tan borrosos, por entonces soñaba con una Urania sana y vestida de colores que pedaleaba una bicicleta por las verdes calles de Villa Crespo, lo irónico de esta fotografía es que jamás había montado en una. Fue hasta el año pasado que finalizando el invierno, Gus se revistió de ternura y paciencia sosteniendo el manubrio y la rueda trasera mientras yo movía las piernas torpemente con temor de caer, de lastimarme físicamente. Él no lo lo permitió, a través de su confianza yo encontré la mía y en menos tiempo del esperado, iba y venía por las avenidas cada que me entraba en gana sentir el aire chocar contra mis prominentes mejillas o cuando necesitaba callar algunos pensamientos tormentosos. Si algo tengo que agradecerle infinitamente fue enseñarme a experimentar esa sensación de libertad suprema que tienes sobre dos ruedas, como aprendes a observar el entorno desde una perspectiva casi surrealista.

Y ese fue otro de mis medidores para comprender lo ajeno que me era mi cuerpo aquella primavera de dos mil dieciocho porque no pude entender como no caí rendida ante la magnificencia del precioso jacarandá florecido. Bicicleteando por Recoleta y Chacarita, observando sus flores teñir el césped de violeta coloreando lo que quedaba del fantasma invernal, el olor a primavera te llenaba el estómago de mariposas, la brisa fresca te despeinaba y clavar los ojos en el cielo me permitió conectar con la felicidad brotando de mis extremidades al saberme viva y por fin, sana.

Aunque tengamos cicatrices y grietas en nuestros cimientos, el sol se cola con más facilidad por ellos, en un íntimo y silencioso ejercicio que tiñe de dorado el interior. Creo que empecé a sentirme persona nuevamente después del último invierno, entonces hacía dibujitos zonzos mientras laburaba, desayunaba con crema de maní y frutas, me ejercitaba dos o tres veces por semana y por la tarde tomaba una bicicleta y rodaba desde Villa Urquiza hasta Colegiales, a su casa, para compartir unos mates, la cena y a veces medio kilo de helado. Ya los colores de aquella ciudad tan gris en principio, me guiaban a mi destino y solía retarme estableciendo nuevos alcances de velocidad de un lugar a otro sin desvanecer en el proceso. Nunca le tuve miedo a los autos, manejar se convirtió en parte de mi terapia reconstructiva.

Comencé a tratar de disciplinarme poniendo en palabras concretas algunos pensamientos. También quise bailar por mi cuenta y cuando estuve más segura, volví a nadar. Empezar algo nuevo significaba una sensación terrible de sangre fría corriendo por mis dedos y garganta pero conforme fui recordando como respirar, pude hacer frente al temor. Todos mis miedos hacían fila para aparecer uno tras otro y probar si había aprendido la lección o continuaría repitiendo de patrones. El verdadero peso de la recuperación siempre recayó en el no poder alcanzar pensamientos o momentos demasiado lejanos, mi realidad se limitaba a la persona que había sido la última mitad de ese año fatídico y por ende, mi auto percepción no podía ser otra que considerarme un ser humano espantoso. Le dediqué mucho tiempo a autoinflingirme dolor, sabotearme, golpearme, maltratarme, mentirme y huir, entre otras cosas. En mi salón de los espejos no había ninguna persona capaz de cambiar mi pensamiento, la barca que navegaba seguía el ritmo que yo le imponía aunque tuviese las velas extendidas en sentido contrario.

Estuve perdida. La reinserción social de una persona que ha sufrido un episodio de gran impacto que modificó su salud mental es una tarea ardua y lenta. El algoritmo de instagram hizo su trabajo ese día que me lanzó el post de un colectivo de arte llamado «Viva estampa» pero en su momento no fue el que trabajaran la salud mental lo que me atrapó, sino que le daban valor a las modificaciones físicas de los objetos y con ellos y su intervención, contaban historias. El día que mis piernas me adentraron en el Museo Sivori un jueves por la mañana, automáticamente asumí un compromiso conmigo misma: debía levantarme temprano, salir de casa, hacer uso del transporte público y conversar con otras personas. Y aunque para el común de la población pueda parecerle ridículo y simple el vago retrato de la cotidianidad de cualquiera, quien les escribe es una persona que no se cepillaba los dientes por la noche porque no tenía ganas, que dormía doce horas o más con tal de evadirse, que no establecía diálogo presencial con prácticamente nadie y que no podía ver demasiada televisión porque le generaba ansiedad. Alguien que sobrevivió cinco meses gracias a que su pareja le proporcionaba alimentos, llegado incluso a alimentarla directamente en la boca. Tan embarazoso como suena, podía pasar tres días sin tocar la ducha porque no quería salir de una posición estática, ni siquiera puedo recordar que hacía estando tan quieta. Solo existía entonces pero no vivía.

Y aunque ahora esto me parezca ajeno y distante, en realidad no quiero enterrarlo porque estoy orgullosa de mi misma. Mi proceso compone el de muchos que no siempre consiguen alcanzar la tranquilidad y aceptación que yo encontré

¿Cómo lograrlo?

Obra colectiva – Participantes del colectivo VIVA ESTAMPA / Julio 2019

No soy terapeuta, soy artista, sobreviví al agujero y sobrellevo mi problema con responsabilidad. Entender que el control se nos salió de las manos debería ser el motivo perfecto para buscar ayuda profesional, si, profesional. Ni tu madre, ni tu hermano, ni tu pareja pueden o deben jugarle al rol de psicólogos. Utilizarlos como depósito de miedos y angustias sólo va a proporcionarles frustración por no manejar ni conocer las herramientas para tratarte y a la larga, esto perjudicará su relación. Siempre debemos tener presente que existen lugares de atención a bajo costo e incluso gratuitos, la salud mental debe ser tan prioritaria como la física y no tiene porque ser un tabú hablar de ella, todos tenemos problemas pero está en cada uno buscar solucionarlos, y no está mal necesitar de otro para ello: nadie puede solo.

Establecer rutinas creativas beneficia el proceso de recuperación. Tener horas para desarrollar tareas que nos aporten beneficios físicos y emocionales como las actividades manuales, bailar o practicar yoga, caminar, escuchar música, evitar el ensimismamiento que sólo acrecienta la brecha con el presente. El secreto recae en tratar de vivir en el aquí y el ahora cada día, sin excusas, sin ubicar culpables, recordar que cuando respiras ocupas segundos de un momento que transcurre y al que perteneces. Cuando asumes tus propios límites llegas a comprender que ocho horas de sueño, comer sano, evitar bebidas alcohólicas, la conexión con tu cuerpo físico, mental y el tiempo de calidad con los afectos, sana. Quizá mi mayor enfrentamiento lo ejercí frente a la toma de la medicación. No fue sencillo asumir que la necesitaba y menos ser organizada al momento de tomarla sin cometer desastres. Hay que entender, por mucho que nos afecte, que a veces es necesaria para aliviarle la carga a nuestro cerebro teniendo siempre presente que si estas iniciando un tratamiento puede tardar un tiempo en que su efecto se haga evidente. Dile a tu ansiedad que deje de mirar el reloj, no estas perdiendo tiempo, estas aprendiendo a conocerte y a aceptarte en todas tus formas.

Les confieso que esta semana me ha costado trabajo hallar el lugar correcto desde el cual escribir. Estoy atravesando una ola de cambios que me resuenan siempre desde la resiliencia, recuperar y mantener nuestra forma original a pesar de las modificaciones que hayan podido ocasionar el entorno. He recordado el libro Amor en minúsculas de Francesc Miralles, una hermosa historia que describe este amor compuesto de acciones pequeñas que al acumularse causan la modificación del presente. Y así es, no te creas estancado sino mejoras a velocidad vertiginosa, sino recuperas tu felicidad en semanas, si hay noches en las que solo quieres llorar. Si cada día consigues ejecutar aunque sea una pequeña acción que te modifique de forma positiva, ese día hiciste tu parte. El equilibrio entre ser amables con nosotros mismos sin rayar en la autocompasión tóxica orillada a interpretar el papel de la víctima. Somos responsables de lo que nos pasa, por ello, hay que hacerse cargo. Nadie salva, tú mismo eres quien se rescatará del caos y para ello debes aceptarte y amarte tal cual eres: valioso e irremplazable.

No entiendo como antes me molestaba el silencio, ahora es uno de los estados que más me gustaría perpetuar. Me sonrío al pensar que yo no me consideraba impulsiva y ansiosa, quizá porque no entendía en realidad lo que significaba serlo. Me pienso ahí andando por los bosques de Palermo sin temor de la inmensidad del cielo, con ganas de verlo todo y al mismo tiempo con la permanente angustia de no saber si el tiempo se está invirtiendo de forma correcta, si me alcanzará. Porque tengo una percepción medio jodida del afuera y de lo que creo que yo debería ser: útil, transformadora, amable, perceptiva, tenaz, valiente, y son todas estas imágenes del ego las que me alejan de la libertad. Ese es el trabajo que hago ahora: permitirme ser, con la totalidad de todas mis partes sin juicios de valor, sin juzgarme.

Creo que la luz que se ha colado a mi interior es la propia del sol sobre mi coronilla, esa que solo permitía pasar a través de mis ventanas negando por completo mis líneas tangenciales. También creo que el abandono del trauma como lugar de enunciación ha sido la decisión más amorosa hecha por mi para mi. Pensando en esto me trasporté hasta hace unos doce años, en unas vacaciones familiares con mis padres y mi tía. Una de esas noches me senté en la mesa con papá mientras él bebía una cerveza y no recuerdo la razón, pero en ese momento el quiso hablarme de la energía que nos compone, la conexión con el universo, el desencarnar, el reencarnar y como nuestros espíritus se fortalecen cada que tenemos la oportunidad de resarcir las deudas de otras vidas. Entonces yo no entendía mucho pero él me dijo que mi espíritu era viejo y que en varias ocasiones le había mostrado, desde mi percepción, cosas que él ignoraba. Mi papá no fue como la mayoría de los papás que conozco, él consideraba mi genialidad algo tan palpable que me lo terminé creyendo sin remedio. A pesar de todo ahora sé que no pudo ser otro que él, el mejor progenitor para mi aprendizaje y evolución en ésta vida que llevo. Creo que si soy tan vieja, aún soy bastante torpe y debo aprender una basta variedad que asuntos que desconozco pero tal y como decía el querido poeta Rojas Guardia:

Algo muy hondo relativo a la condición humana, a sus glorias morales y a su incontestable experiencia de la culpa; algo definitivo acerca de la noción de Dios, del advenimiento liberador de la gracia y de la sombra siniestra, puntual, que esconde, debajo de sí misma, toda conciencia; algo crucial referido a mis propias realizaciones existenciales y a mis metas y desventuras éticas: todo eso lo he aprendido, con dolor y exaltación anímicos, del delirio psicótico.

Armando Rojas Guardia

Hasta siempre. Gracias, gracias, gracias.

Autopsia para un desastre

Escribir. ¿Me queda otra opción en este mundo en que tanto estará siempre lejos de mi? Pero aun sigo vivo y soy incontenible y no importa que esté condenado a las esquinas, a las gavetas, a la inexistencia.

Eduardo Lalo

No fue fácil acceder a volver a dormir junto a otra persona. Aunque mi parte más vulnerable lo ansiaba con locura, mi sentido común tenía siempre presente que esa ausencia de piel y calor junto a la almohada se sentía como un bloque de hielo en la garganta que no te permitía darte la vuelta y acurrucarte en paz. Tengo una relación complicada con el invierno, el frío me recuerda la época en la que arribé a esta ciudad. Inclemente y húmedo, colándose entre los huesos y el escaso abrigo al mismo tiempo que yo trataba de conseguir empleo, tener dinero y alcanzar algo de estabilidad. Tengo la sensación de que la cuarentena, al invitarme a esclarecer el origen de mis conflictos más lejanos ha colocado experiencias curiosamente similares a las de aquel entonces. Una deuda kármica, una oportunidad de hacer las cosas diferente. Porque los caminos transitados son producto de muestras propias decisiones, independientemente de la naturaleza de las mismas o del estado en el que las hayas tomado.

 
Esa famosa frase que reza: «No hagas promesas estando feliz ni tomes decisiones estando enfadado». He pensado en ello tal y como en la letra de la canción Tomorrow de Sixx. A. M. «Mañana vas a tener que cruzar los puentes que quemaste hoy». Son el tiempo y la experiencia los que desarrollan la intuición y la madurez, quizá por esto es que cuesta darse cuenta de los momentos en los que hemos actuado siendo cretinos. Seré breve: no hay una fórmula para garantizar la felicidad pero si una programación para ensayar esa caída que interpretarás frente al espectáculo que ha sido tu vida: lenta, corta y tal vez, pusilánime, pero tuya al fin.


El doce de septiembre del año dos mil nueve, poco antes de iniciar el nuevo año escolar, mi abuela materna falleció en su cama una tarde de lluvia y temblor. El silencio y el dolor de esos días traté de sobrellevarlos de la única forma que conocía: callada y hacía adentro. Muy a pesar de lo que aquello implicó, confiaba en que la vida retomaría el color en tonos brillantes, en la promesa del futuro pero la noche del diez de octubre la niña dentro de mi se quebró para siempre. Los últimos tres meses del año estuvieron compuestos por una energía vertiginosa de días interminables y pesados, en menos de un parpadeo me hallé dentro del vacío sin mi abuela, sin mi padre y sin mi prima, que más que eso siempre fue mi hermana. Caí en tal estado de letargo que al día de hoy no comprendo como mantuve las calificaciones en la escuela ni que fue exactamente lo que les dije a mis allegados, o a mis maestros o a cualquier persona que preguntara porque ya no actuaba como antes. Funcionaba en piloto automático experimentando en primera persona la amargura de aquella vieja conocida como soledad. Una vez me preguntaron si quería hablar con un terapeuta a lo que sin inmutarme respondí que no porque definitivamente aquello que pasaba debía de ser mi culpa, mi yo de dieciséis años estaba convencida de eso y prefirió creer en aquello de que el tiempo lo cura todo en lugar de embargar nuevamente a sus padres con un psicólogo. Igualmente sabía que ellos no me obligaría a nada, creo que se habían creído de verdad que por hablar y pensar como una adulta, ya lo era. 


Cuando terminé la escuela tuve el consuelo de no tener que seguir viendo a mi hermana de lejos sin poder acercarme. Creí enterrar ese dolor y por voluntad, ignorar su existencia pero las heridas no se curan fingiendo que no existen, si no las combates inevitablemente acabarás desangrándote. Estaba segura de que la universidad me cambiaría y me daría las respuestas precisadas. Y con la convicción de vivir en esos años lo que me quedaba de la adolescencia, me permití cometer errores, sacar malas calificaciones, embriagarme hasta perder la conciencia, hacer tonterías y sentir cosas que desconocía se podían sentir. Disfruté de las mariposas que me produjo un músico durante menos de un mes y gracias a él, una nueva red de personas se sumó a mi historia regalándome una cosmovisión del mundo que yo ignoraba. En esos primeros dos años de la carrera jamás profundice en mí y me negué a hacerme preguntas. De todos los años en los que, ahora sé, estuve deprimida, doy fe de que el dos mil once y doce representan la viva imagen de como sobrevivir a tus traumas a través de mecanismos de evasión.


Ese último año comprendí que no importa lo lejos que te marches, la sombra siempre se dibujará junto a ti si te irradia la luz. Le solicité a mi familia la oportunidad de irme lejos para pensar lo que quería para mi vida, una de mis soluciones drásticas. Había perdido, si alguna vez la tuve, la confianza en mi talento y vocación luego de un semestre terrible con mi profesor de pintura de aquel entonces. Siendo ya más madura y objetiva, comprendo nuestros choques y sin quitarle lo artista, mantengo que posee una pésima pedagogía para impartir conocimiento. Residí en Ciudad de México durante cuatro meses junto a una prima con quien no compartía ninguna similitud. Estos desencuentros, el cambio de vida y el compartir con otras personas me permitió reafirmar que mi pasión le pertenecía a la cultura, era una fuerza más grande yo y mi voluntad. Quise regresar a culminar mis estudios y esta vez, a tomármelos en serio.


Ese año siguiente se convirtió en lo que denominaría como la primera olla de presión. Contaba entonces con un círculo de amigos amorosos, voluntad, empleo y la disciplina necesaria sacar la licenciatura adelante. Bien establecen tantos pensadores que la ignorancia es la base de una vida feliz. El artista busca soluciones a problemas plásticos y sociales, utilizándolo como medio de comunicación no siempre verbal y precisamente, como un mecanismo para cuestionar y activar el pensamiento crítico. No dejé de sentir presión: por la economía, por la salud, por cualquier conflicto ajeno que hacia mío. No sabía gestionar las cosas que me pasaban: que el techo de la sala de mi casa se estaba cayendo, que mi tía se estaba muriendo o que mi papá quería verme más seguido. No dejé de escribir y dibujar y en ese ejercicio de comenzar a indagar que era exactamente lo que quería decir y solucionar a través del arte, comprendí que estaba rota, que me dolía y que los sentimientos que me embargaban quitándome el aire directamente se debían a la profunda sensación de abandono y descuido en cada parte de mi vida. A los veinte años me había enamorado de alguien que tuvo la bondad de hacerme entender que no podía ni quería cargar con todo mi peso y aunque el despecho lo llevé uniéndome como corista a una banda de soul y funk, cuando se terminaron las tarimas, lo primero que quise fue pegarme un tiro.

Autorretrato – Ura Urdaneta 2013


Una mañana helada de fin de semana cuando viví en el D.F, la rabia y la impotencia sacaron a flote mi ego. Tomando una cuatrimoto me dispuse a dar vueltas dentro de un circuito cerrado y rústico ubicado en una montaña. He sido franca conmigo mientras escribo esto, me pregunto si hundí el acelerador sumida en el deseo de desaparecer o solo buscaba experimentar la adrenalina que emerge cuando llevas las cosas al límite. Me caí, la cuatrimoto me arrastró y dos años después, una hernia lumbar llegó a mi vida imposibilitando mi caminar con normalidad. La baja espalda dolía de manera insoportable y la desviación de la columna hizo que una de mis cosillas se pronunciará más hacia el frente. El dos mil catorce fue uno de esos años que te llevan por delante sin que te lo esperes. Abandoné nuevamente mis estudios para enfocarme en mi recuperación física, después de reaprender a caminar y trabajar silenciosamente en lo que debía impulsarme, decidí tatuar en mi brazo una idea que me recordara cuál era la razón para continuar: «Life is beautiful»una semana después mi madre despertó al borde de un ACV. La doctora nos aseguró en primer momento que el proceso de deterioro progresivo la llevaría hasta el alzheimer, supe entonces que aunque podía lanzarme desde aquel piso veinte, era injusto que mi hermano se quedara solo frente a ese panorama.


Debía ser fuerte, ser dura porque ahora me tocaba a mi cuidar de mi mamá y mi papá, eso era lo que yo creía. No permití que ningún otro miembro de mi familia interrumpiera la misión y tuve muchos desencuentros en aquella casa que más que un hogar, era un purgatorio en donde por desconocer la felicidad individual, se saboteaba la paz y la plenitud ajena. Quizá haya sido ese el origen de mi lado insensible y cruel, no quería sentir nada más, nada de lo que pasaba a mi alrededor adquiría la magnitud suficiente para inmutarme, no quería sentir aunque eso me convirtiera en un robot. Entonces sucedió lo inesperado, esa persona que se había marchado de mi vida reapareció y me pidió permiso para entrar, para dejarme querer sin juicios.


Y con todo lo terrorífica que fue ésta oportunidad, al bajar mis defensas mi entorno comenzó a modificarse, a darme seguridad, al saberle real, honesto y presente comprendí que, por mucho que me doliera admitirlo, provenía de un entorno absoluta y completamente tóxico. Esto me provocó a lo largo de dos años, un sin número de conflictos internos extremadamente fuertes, la sensación de no sentirme a la altura o con la posibilidad de regalarle algo parecido o similar a lo que él me daba. Lo supe el día que conocí a sus padres y juntos almorzamos sentados alrededor de una mesa redonda, sin jerarquías, sin competencias. No había hecho consciente el aferro que guardaba a mis falsas creencias y al sentirme con derecho a emitir juicios, no había comprendido que lo que yo tenía por familia era un cuadro que debía ser colgado en la pared de un sanatorio.


Paralelo a estos descubrimientos, durante los años dos mil quince y dieciséis fui haciéndome de un lenguaje visual y conceptual basado en la comprensión de mi figura paterna ya no como el viejo idealizado que procuraba rememorar sino como el papá que sentía que me había dejado sin protección frente a éste mundo a veces tan duro y cruel, en como su ausencia había mermado en mi percepción del tiempo y del espacio. Pedí ayuda en repetidas ocasiones a las psicólogas de la universidad y me apoyaron el tiempo que recurrí a ellas pero mi ámbito, de forma imparable, continuaba mutando provocando que cada vez me sintiera más tragada por una realidad para la que desconocía la forma de como modificarla.


Al llegar el dos mil diecisiete ya mi carrera estaba prácticamente completa y debía dedicarme a la redacción del trabajo especial de grado. Cuando el año comenzó, sabía que tenía más responsabilidades laborales, la relación con mi hermano biológico se componía de misivas sin respuesta, seguía librando la lucha interna de amor y odio con papá y ante todo, sabía que él se iría, estaba ya decretado que su vida como inmigrante iba a iniciar. Los primeros meses el estrés generado por el territorio ocupado, alteró significativamente mi bienestar emocional. Protestas, barricadas, concentraciones y mucho gas lacrimógeno, aún con todo le inyecté mucha energía a mi último año de estudios permitiéndome tomar riesgos y confiando más en mi intuición. A mitad de la redacción del proyecto de grado la palabra trauma saltó a la vista e impulsada por ésta energía, más visceral que crítica, me adentré en mi propio dolor. Una vez se me pasó por la cabeza comentarle «¿Y si yo también tengo algo? Quizá debería ver a un psiquiatra». Pero me faltó valor.


Tuvo que irse de mi entorno, estar lejos para dejar de servirme de contención o excusa, no lo se. Es irónico, cómo detrás de alguien tan pequeño podían caber tantos monstruos porque queriéndolo, o sin querer, me protegió de mi misma y por lo tanto, de cada uno de mis demonios. Así que al despegar ese avión utilice lo que me quedaba de combustible para sacar una mención de honor por mi trabajo y al final graduarme. Abiertamente te agradezco que hayas renunciado a salvarme, nadie rescata a nadie, somos responsables de nuestros propios desenlaces y ambos sabíamos que debía aprender a andar sola, a asumir la totalidad de mis dramas y dejar de excusarme con los demás. 

Tú – Ura Urdaneta 2014


En una de esas muchas vueltas, luego de haber pasado casi ocho años sin poder establecer un vínculo con mi hermana, ni físico ni de palabra, un incidente nos acercó nuevamente. Y cuando nos vi cocinando juntas, hablando de hombres y malas decisiones, riéndonos al unísono de recuerdos bochornosos, una culpa abismal se apoderó por completo de mi. Permití que los adultos nos separarán y mi ego me imposibilitó hacer contacto de manera espontánea. Años perdidos, «Pude haber estado ahí». 


El último año que permanecí en Venezuela inició con un acontecimiento traumático para la familia que trajo como consecuencia un foso de depresión en el que mi madre se hundió mientras yo desarrollaba un profundo desprecio por mi hermano. No podía confiar en mi familia, eso creía, me estaba convirtiendo en una granada, una mina, un misil que quería explotar y mandar todo a la mierda. Estaba agotada y cada vez más delgada, sólo quería salir de ahí y volver a verle, estar lejos de todo el ruido. Entonces un malentendido me orillo a lastimarle de forma irreversible y a resguardarme dentro de mi propia soberbia, que como toda ilusión, tenía fecha de caducidad. No pude sanar mi relación con papá ni reconstruir la complicidad con mi hermano antes de irme, prácticamente salí huyendo. Ahí estuvo el error porque el que huye se siente perseguido porque existe un perpetrador así que sin importar el lugar que ocupe, siempre será la víctima.


En Buenos Aires solo alcance estabilidad psíquica durante tres meses, básicamente porque no pude dejar de pedir perdón por haber sido incapaz de ponerme en sus zapatos. Pero esa culpa que arrastraba venía desde hacía tantos años que probablemente sólo buscaba el mejor lugar para proyectarse y hacerme perder la valía de mis propios pensamientos. No eran los de afuera quienes me guardaban rencor, era yo quien se sentía incapaz de perdonarse. La idea de morir dejó de ser sólo eso cuando la convertí en realidad. Se me terminó el tiempo para surfear los traumas instaurados en mi sistema, las cosas dichas y hechas, las mentiras y la ilimitada capacidad personal para hacerme cargo de de todo el mundo menos de mí misma.


Hubo noches en donde las imágenes y recuerdos más dolorosos se repetían con tanta velocidad y sonido que el único consuelo inmediato era dar la cabeza fuertemente contra la pared. Olvidé mi camino, mis sueños, la luz y mi rostro. Fue como si ese virus, mi propia toxicidad me hubiese envenenado plenamente y yo quería que el universo me consumiera por considerarme incapaz de continuar transitando una veintena de vicisitudes que jamás sabría por donde iban a atacar. No era dueña de mi vida y mi tiempo, había olvidado lo que significaba darme unos minutos para hacer silencio y sentirme, aceptarme con todos mis matices en aquella paleta de colores acromáticos.

No me gustaría que pensaran que durante estos años no hubo cosas buenas, siempre conté con amigos leales y maravillosos dispuestos a aconsejar y apoyar pero nadie tiene porque hacerse cargo de tus propias limitaciones. Esos años me parecía poco y nada, cargar con mi vida y la de mis padres, sintiéndome dejada por mi hermano sin comprender que la actitud sana era la suya, aunque haya llegado a extralimitarse. Mi cotidianidad era en ocasiones tan pesada que muchas veces olvidé como respirar y amar tierna, generosa y apaciblemente a quienes me querían. Viví en mucho silencio y para mi, sin contar a nadie aquello que me hacía «débil», mi vulnerabilidad: mi humanidad. Pasé demasiado tiempo negando mi propio reflejo.


Me tomé ocho años para leer y memorizar el libreto de mi propia comedia hasta llegar a la caída, eso si que fue como seguir las instrucciones en un manual. 

El estigma

«¿Quién soy? Sino una multiplicidad de recuerdos que se

 borran como bostezos.

¿Quién soy? Sino una futilidad de todo lo que hay en este 

universo.

¿Quién soy yo? Sino silencio y, su otredad: el ruido de cómo 

se oye pasar el tiempo

¿Quién soy? Me lo pregunto, y pienso: si mi totalidad es la 

suma de las partes de todos mis desencuentros.

Pero…

¿De qué sirve la esperanza sino se usa como incentivo para 

conquistar lo esperado?

Proessa

Este hermoso texto pertenece a un entrañable amigo que conocí en mi momento más oscuro. Fue el primero en hacerme saltar una sonrisa y en prestarme un libro mientras permanecía en la guardia, curiosamente éstas líneas surgieron también en sus momentos de angustia. Son pertinentes para lo que viene. 


Cuando tenía año y medio mis padres me condujeron a la pila de bautismo. No me preguntaron si mi deseo era ser católica pero asumieron que por costumbre y lealtad continuaría una tradición generacional. Por ello y las apabullantes influencias a mi alrededor crecí los primeros años con la convicción de que existía un Dios que te llevaría al cielo si resultabas bueno y que en caso contrario, te castigaría en un lugar olvidado por él en el que tu llanto no lo alcanzaría. Aprendí a orar con velocidad y a asistir a misa sin dormir, repitiendo prefacios sin cuestionar nunca nada.

«Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa» 

Cuanto temor de Dios se puede albergar siendo aún muy pequeño. Quizá por ello cuando mi madre me habló de Padre Pío y de Santa Rita de Casia no supe si clasificarlos en héroes o idiotas. Ella los veneraba y consideraba admirable que «Dios» les hubiese dado la oportunidad de cargar con los estigmas de Cristo, marcas y heridas físicas que provocaban dolor, hedor y desencadenan angustia, pero también les había otorgado el título de santos cosa que los representaba como seres humanos intachables de extrema piedad. No los conocí, no puedo dar fe de nada más de que ellos transformaron una marca en algo sagrado y el dolor en una oportunidad. 


Hace un par de semanas hallé en youtube la película del libro titulado Nación Prozac de Elizabeth Wurtzel. He querido leer el texto desde hace algún tiempo pero no he tenido todavía la fortuna de encontrarlo. Sin embargo considero que cinematográficamente está muy bien hecha, de entrada desde la música y las drogas hasta la identificación que surge con el espiral de descenso de la protagonista. 

«Empiezo a pensar que, en realidad, la depresión no tiene cura, que la felicidad es una batalla constante que tendré que librar mientras siga con vida. Me pregunto si vale la pena» 

Elizabeth Wurtzel

Ella era escritora y alcanzó reconocimiento siendo todavía muy joven. Existe una escena en donde trabaja con ahínco en la redacción de un artículo para la Rolling Stone, el proceso raya en la obsesión por la perfección dejándose a sí misma sin dormir ni comer al punto en que sus compañeros de cuarto la trasladan hasta la guardia de un hospital. Ahí vemos como se burla de la doctora hablando libremente de sus adicciones y le deja saber que no cree en la psicoterapia porque nunca le ha funcionado. Lo que sigue después de esto es cada vez peor. Cuando la depresión pasa de ser un estado con el que convives a hacerse tu vida entera, te conviertes en un ser egoísta que por lo general no es capaz de ver un poco más allá de su nariz. Las rutinas se alteran y todo lo que sucede a tu alrededor gira en torno a un profundo sentimiento de culpa y a la sensación de no estar avanzando, como si trataras de dar brazadas en un mar de brea, tus brazos se cansan y la voluntad te deja. 


Fue doloroso, fue verme en tantas escenas y sentirme por momentos como ese monstruo tiránico y sádico, obsesivo e impulsivo que actúa deliberadamente sin pensar un minuto en los demás. Entonces recordé cómo estaba por dentro: una casa sin cimientos, una nena asustada a mitad del frío, ese lado arrogante que se convencía de tenerlo todo bajo control sobrecargando lugares y personas con problemas y rabia. Todo lo que viví cuando estuve en ese foso llamado depresión: alcohilozándome cada fin de semana, llorando cada noche, presionando a quienes me amaban y minimizando su sentir. Porque cuando estás deprimido te odias, quieres que el mundo se pare y vea que estás mal, sin quererlo te haces adicto a la lástima hasta que llegas al punto en el que, ni obteniendo lo que quieres eres capaz de conformarte. Tú cabeza y tú mente se ha enfermado y a ella no le sirven el mentol en gel o las banditas, que tus procesos químicos se normalicen es tarea de meses e incluso años, pero con tiempo mejora. 

Buenos aires, 22 de Junio de 2019


Una llamada de atención. Hoy E. estuvo en la guardia del hospital porque se cortó a si mismo. Pensó que lo dejarían internado pero por suerte lo enviaron a casa. Lo había visto en la mañana temprano. Me dijo «No clasifiques las enfermedades sólo intenta curarte» parecía estar bien y de repente cayó. V. dijo «Saben como es ésta mierda». Creo que todos lo sabemos pero a veces pienso y siento que solo nosotros lo entendemos. Y eso si es una gran mierda. Que nadie pueda ver a través de nuestros ojos o sentir con nuestro corazón. Por eso nos tenemos los unos a los otros y cada uno pide ayuda a su manera. Yo estoy buscando ayuda en Dios, en el arte, en la música, en mis amigos. 

A mediados de junio del año pasado se me había metido en la cabeza que debía de conocer el nombre de mi diagnóstico. No era un secreto que el motivo de mi internación se debía a una depresión clínica pero yo sabía que había más, lo que me estaba pasando debía de tener un título. El primer intento surgió cuando inicié una investigación basada en el uso de los medicamentos que tenía prescritos, palabras como bipolaridad y esquizofrenia aparecieron haciéndome la búsqueda un poco más terrible pero las cosas llegan cuando tienen que llegar y una mañana mientras visitaba a mi psicóloga pude leer en un papel sobre su escritorio: TLP.


Contrario al primer pensamiento que tuve, saberlo no representó alivio alguno y comprendí porque se niegan a darte un nombre: una condición psiquiátrica puede ser para muchos la escusa perfecta para actuar como seres terribles y justificarse detrás de la enfermedad. Lo que cayó en mi cabeza fue una bomba y el periodo de negación fue realmente determinante. Me dediqué a buscar culpables, a señalar momentos definitorios de mi vida, motivos para haber terminado así, quise morirme muchas veces ante la idea de seguir viviendo con una «enfermedad mental». Me sirvieron las crisis y los arranques descontrolados porque por ellos me mantuve en ese lugar de ayuda y fue así como comprendí que aunque el proceso sea lento y agotador, la recuperación siempre representa una alternativa.


Cuando entré en el hospital ilusamente creía que pasaría unos quince días viviendo en él, días que se hicieron meses. Te desesperas un poco, en semanas pasadas me di a la tarea de ver la última temporada de la aclamada serie Thirteen reasons why y aunque me ha gustado mucho la dirección que tomaron para representar el trastorno que padece el protagonista, no pude comprender como después de los episodios disociativos y de atentar contra otros no lo aislaron en una unidad de salud mental un tiempo, sólo mejoró con terapia rápidamente. Creo que son la televisión, los medios y la desinformación que existe en torno a la salud mental la que nos lleva a desmeritar y a no saber cómo lidiar con ella. Las enfermedades psíquicas son reales y tristemente muy pero muy complicadas de sobrellevar. Tan sólo el tratamiento farmacológico tarda meses en hacer que tú cerebro se equilibre químicamente, luego la psicoterapia asumida con responsabilidad te permite hacerte cargo de los desastres que te componen y es la voluntad individual apoyada en la contención de los seres amados la que impulsa a salir adelante.


Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada cuatro personas sufrirá un trastorno mental a lo largo de su vida. Hablando desde mi lugar, a los dieciséis años un episodio traumático marcó mi juventud de forma violenta y feroz, entonces no recibí apoyo psicológico y mucho menos farmacológico. Los siguientes ocho años fueron un sorteo de de equilibrios entre el orgullo y la soberbia, acumulando rencor personal que terminé proyectando sobre los demás. Todos esos años los atravesé sumergida en una depresión intermitente, pensando cosas terribles, imaginando momentos que me hicieran desaparecer como ir en un auto y desear que se estrellara contra un muro. Decidí dedicarme a los demás, vivir para cuidar de mis padres y alimentar a mis gatos, con ansias de que el amor y un título universitario hicieran desaparecer la tristeza que no me abandonó un sólo día desde finales de octubre de dos mil nueve. Pero yo pensaba en todas estas cosas espantosas y deseaba enfermarme y morir para no tener que cargar con la culpa de haber tomado el mismo camino que quiso hacer mi padre, pero no lo decía. En esencia y para todos yo era poderosa, inteligente, asertiva y resoluta, yo podía con todo. Hoy leía que mientras más duro eres, más fácil eres de romper.

S/T – Ura Urdaneta 2020

 
Cuando comienzas a investigar el trastorno límite de la personalidad o borderline, sus características y patologías te caen como certeras patadas al hígado. Llegué a preguntarme ¿Todo este tiempo he sido una maldita? Porque bueno, la descripción va más o menos así: Inestabilidad emocional, transgresividad, polaridad, ansiedad, impulsividad, irritabilidad, autodestrucción, problemas de auto imagen, vacuidad, irresponsabilidad. Había lidiado con eso toda mi vida, con sus momentos mejor sobrellevados que otros pero siempre pensé que aquello era parte de mi forma de ser. Esos días en los que me paraba frente al espejo y no me sentía mujer pero tampoco hombre, los momentos donde me gustaban más las chicas que los chicos o aquellos instantes en donde pasaba de estar muy feliz a llorar o a molestarme de golpe. Abiertamente pido disculpas a los perjudicados, desconocía totalmente que mis arrebatos se originaban por problemas químicos.  Aún convivo con esos sentimientos y aprendo a aceptarlos y a aceptarme eligiendo ser y sólo ser.


De alguna manera todo peso se vuelve más ligero cuando tomas conciencia de que no es solo tuyo. Eso me llevó a buscar grupos de personas que estuviesen atravesando algo parecido a lo mío y por fortuna, la búsqueda me condujo a un colectivo de arte y salud mental que se reunía una vez a la semana en un museo de la capital y a un grupo en redes de personas borderline. Ambos sitios me permitieron comprender que debía eliminar el miedo al miedo mismo, que aunque había atravesado un pico de la enfermedad en realidad tenía años conviviendo con ella y ahora, a diferencia de antes, tenía las herramientas para manejarla. 


Siempre fui volátil y bastante inclinada a la tristeza pero lo que me pasó seis meses después de llegar a la ciudad de Buenos Aires fue un episodio que les invito a evitar a toda costa. Las personas con TLP siempre son propensas a desarrollar depresión con más facilidad que otras pero mi agujero, ese en el que caí por irresponsable hubiese podido evitarse si hubiese dejado de subestimar a las personas que tenía a mi alrededor y lejos de mi orgullo, hubiese pedido auxilio. No está mal pedir ayuda, se necesita valor para reconocer y enfrentar el sufrimiento pero evadirlo sólo te tirara más y más abajo, llegado probablemente un punto del que no puedas volver porque pensaras que la muerte representa la única posibilidad y tomaras el camino fácil. Me llevó años llegar al límite de creer que la única solución posible era estar tres metros bajo tierra e intentar estar ahí, empastillarme y tener la convicción saltar de un piso catorce. Pero perdí tantas cosas embriagada por el egoísmo de creerme el único ser sintiente sobre el planeta que cuando me detuve a colocarme en el lugar del otro y de los otros, de quienes me habían ayudado, ahí si me di cuenta que ni todas las muertes del mundo iban a poder reparar el dolor que les cause. Entonces dejé de pensar en mi por un momento y comencé a pensar en nosotros. 


Fueron muchos golpes al mismo tiempo. No tuve a mi familia físicamente para brindarme contención y calor para sobrellevar lo mas ácido de la recuperación: el hacerte cargo. La morfología de mi cuerpo se altero de forma drástica causándome episodios de tristeza prolongada por el aumento de peso. Las lagunas en mi memoria provocadas por la medicación de entonces evitaron que recordara elementos valiosos que probablemente, de estar presentes, me hubiesen hecho más llevaderas algunas realidades. 


Las cosas cambiaron cuando supe que podía ponerle cara a mi momento más oscuro y decir con convicción  «Yo sobreviví, sobreviví a mi misma». Ese es el motivo de escribir cada semana. Las sociedades deben saber que la salud mental es responsabilidad de todos, una realidad innegable que guarda muchas enfermedades en su haber, que el tiempo no cura todo, que estar siempre triste no es normal y que ir al psicólogo no significa que estés loco. Y aunque no creo que ninguna enfermedad mental justifique ser una mala persona, si alguien actúa de forma perjudicial contra ti en un episodio de crisis, estando internada o tan dopada que no puede hilar un par de frases coherentemente, te aseguro que no está en un estado de conciencia activa y que no es capaz de medir el alcance de sus acciones. La despersonalización es algo real y complicado, un brote psicótico puede llevarte a lastimar a quienes más amas y a quitarte la propia vida porque un cerebro desbalanceado te impulsa a tomar acciones estúpidas que no puedes detener solo con quererlo. Yo creí que podía reparar años de autosaboteo e irresponsabilidad en un mes, lamento que no haya podido ser así y me disculpo con quienes se sintieron decepcionados por ello. 


Yo me considero cercana al universo y a la divinidad más no a la creencia del sufrir para alcanzar un nuevo estado de conciencia, por ello insisto en derribar el estigma. No soy menos persona ni menos humana por tener una condición mental pero he trabajado meses para poder comprenderlo y considero que si existiese más compresión que juicio, podríamos salvar más vidas afectadas por estas patologías. No me gustan las etiquetas pero si con mis ideas logro derribar prejuicios, me uniré a la linea de Susanna Keysen para que aquellos que se encuentran pasando por lo mismo recuerden que no están solos y siempre hay una opción antes que la muerte. 


Por allá en el dos mil dieciséis yo arranqué el año bastante abajo. Es normal cuando tu cerebro te produce oscilaciones anímicas volátiles e impredecibles, al menos así lo describe la wiki. Una tarde entré acompañada a una librería y me topé con un ejemplar de Tokio Blues de Haruki Murakami, en medio de mi deseo por leerlo y mi falta de dinero entonces, cayó en mis manos como un obsequio. No sabía que mi vida estaba cambiando entonces, cuando leí que abrir el corazón es la única forma de curarte encontré fortaleza para continuar y tres años después halle el valor y pude abrir el pecho y sanar. He dejado la vergüenza para los delincuentes, los religiosos y los políticos, es momento de hablar de lo que está pasando, de visibilizar las realidades que hemos ignorado. Ante el estigma doy la cara, te invito a hacer lo mismo. 


#MasInformacionMenosEstigma 

S/T – Ura Urdaneta

Remitente: Tesorito escondido

No recuerdo con que edad comencé a escribir, probablemente rozaba los diez. Tenía ya varios años dibujando pero cuando pude narrar esas historias que ilustraba, algo dentro de mi cambió. He escrito muchas cartas en los últimos años, sobretodo a esos amores tan apasionados que experimenté pero tuve que verme de lejos para caer en cuenta que ni siquiera como ejercicio me di la oportunidad de hacerlo para ti. Es decir, te dediqué mi trabajo especial de grado pero ni con eso te diste cuenta de lo que quería decir. Hoy si, hoy por vez primera y sin miedo quiero hablar humanamente en voz alta, sin censura.


Cuando empecé la terapia en el hospital, el tratamiento tenía el fin de evitar mi inminente caída y de verdad lo intentaron. El área de medicina de estrés post-traumático fue la que tomó mi caso, me hicieron un breve examen con evaluación escrita y oral para luego recetarme antidepresivos, ansiolíticos y antipsicóticos. «Escucho voces, huelo sangre, veo el baño pintado de rojo». ¿Sabes que le dije a mi psicólogo? Que sentía que todos los hombres que amaba me habían abandonado, empezando por ti que se supone debías protegerme. Yo no razonaba entonces, estaba tan decepcionada de la vida que no lograba articular ideas o pensamientos que no fuesen desde el lugar de la víctima: ¿Por qué a mi? En realidad mi hermano y él no tenían porque sostenerme, ni resguardarme, si proporcionarme esa seguridad anhelada. He leído en internet una frase que reza: «Sino sanas tus heridas sangraras sobre personas que no te han lastimado». Y eso hice, sin parar. Quizá ese olor oxidado era algo que brotaba de mis propias venas, sin control desde mi garganta y eso me estaba asfixiando.


Detenerme y apilar mientras organizo la casa, reconstruir mi historia buscando el origen del problema y comprender al fin que desde que nací he sido diferente pero fueron los límites, tus límites los que determinaron mis mayores crisis. Las niñas son suaves, son educadas, pensantes, inteligentes, calladas, las niñas son como muñecas. Estuviste tan ausente y al mismo tiempo tan presente esos años que consigo rememorar con amor las escapadas al cine, las ardillas de la plaza Bolívar, los músicos de cuadra, los pintores de circunstancias y al mismo tiempo me embarga una profunda impotencia al saberme detenida porque estaba prohibido correr, saltar, usar prendas a la moda, ir de paseo con mis primos o mis amigas, tenía una mente brillante que te gustaba resaltar pero tenías miedo del alcance de mis pensamientos.


No me malinterpretes, me hago cargo pero tuvo que venir el psicólogo con sus enormes ojos azules a travesar mi cabeza para hacer consciente que al Yo ser ese Tesorito escondido del que tanto presumías, terminé convirtiéndome en un ser invisible y de cierta manera, en una persona que luchaba para que tú, el único capaz de verme, me dieses tú aprobación en cada cosa que hacía. No deseaba ser excepcional pero trabajaste con ahínco para hacerme creer que debía serlo en todo.


Surge el amor y el odio. La no comprensión de mi misma, de mi identidad. Aceptaba y vislumbraba cosas de mi cotidianidad como parte de una rutina normal, como lo que debía ser. Tus tardes de fin de semana tomando en aquel bar cerca de casa, tú llegando con helados antes de seguir la ronda sentado en la cocina con tu paquete de cigarrillos y boleros en el equipo de sonido. Vi a mi hermano enfadarse durante años pero nunca entendí porque, tú me llamabas a tu regazo envuelto en humo y olor a whisky para preguntarme por mí, por lo que pensaba y por lo que hacia. Nunca fue ésta la atención que yo quería, veía a mamá encerrada como un pájaro dentro de una jaula dorada, recuerdo cada lagrima que le hiciste derramar y que se esforzaba por ocultar, a mi hermano crecer en medio de todos sus sentimientos confundido y luego a mi, al no saber. 


Cuando me derivaron a terapia a los doce años nunca creí que estuviese loca, entendía que necesitaba ayuda para lidiar con el mundo pero entonces no supe el porqué. No aceptaste ir a las sesiones con mi psicóloga ni una sola vez, a sabiendas de mi situación, a decir verdad evitaste hacer la mayoría de las cosas que te colocarían un freno, que te cantarían las verdades que demandaran un cambio. Siempre estuve agradecida de que aprobaras la idea de la universidad para una licenciatura en artes o en letras pero mi adolescente se dio el permiso de revelarse contra tú ideal de femineidad ejemplar. Adopté el color negro como insignia y bajo su ausencia de luz escondí mi frustración durante años, al menos hasta que comencé a pasar más tiempo fuera de casa y a sentirme libre por primera vez. Tu machismo y su normalización dentro de nuestra familia como creencia fundamental me llevaron a creer largo tiempo que no merecía ser amada, al menos de forma romántica.


Te veo sentado con mi mamá sirviéndote y mientras te observo le recalcas que no podré casarme nunca porque no sé hacer nada. Me subestimaste varias veces en las cosas más tontas, me creías capaz de construir un edificio pero no de lavar un plato. Todo pasó tan rápido, tan bruscamente ¿cómo decirle a otro que tú adolescencia fue coartada de golpe? ¿Que saltaste de tener dieciséis a tener veintiuno? En ese momento me convencí que la vida era algo que no debía valorarse tanto como creía porque fueron tus decisiones y no las mías las que causaron soledad durante varios meses. Mi mamá se dedicó enteramente a ayudarte y apoyarte, mi hermano trataba de lidiar con su vida adulta y todo su miedo, yo tenía a mis gatas y una guitarra nueva junto a la cama pero la casa se volvió tan grande que los pasillos parecían avenidas y el jardín el amazonas. Estaba en silencio, sola conmigo y sin ti.


Estaba tan molesta con todo y por todo ¿Por qué no habías sido capaz de amarte y de respetarte? Si hubieses tratado de sanar jamás nos hubieses lastimado. Fue allí donde entendí desde donde trabaja el ego, bajo esa falsa sensación de control que tanto me inculcaste y que al final nos lleva a erguirnos desde un lugar en el que perdemos la capacidad de comprender al otro, de ponernos en sus zapatos y respirar su aire. El lugar que decidiste ocupar invisibilizando a quienes realmente te necesitábamos. Pasé de ser todo lo que veías a la nada misma pero aunque sufrí el sentir tu abandono tuve la libertad de desprenderme de tú yugo, cosa que no duró mucho tiempo porque pasé a someterme al mío. Si, cada enseñanza quedó tatuada en mí, siempre por encima de lo bueno negando los límites, atentando contra mi propia estabilidad emocional.

Tesorito escondido – Ura Urdaneta 2016

No sé si alguna vez encontraré la conciliación por el daño que causaste, no a mi sino a quienes más amaba. Aún después de balancearlo todo entiendo que lo que más me duele es lo mucho que te amo, y el que aún dando siempre lo mejor que tenía nunca sentí que para ti fuera suficiente: «Lo mejor es superior a lo bueno»; esto es tan subjetivo papá, yo no quería ser la mejor, quería ser feliz, sentirme aceptada tal cual era, enamorarme, cometer errores, que me rompieran el corazón y estuvieses tú ahí para consolarme. Yo quería una juventud como la que había disfrutado mi hermano, las mismas oportunidades, la misma libertad que le correspondía, según tú, por ser varón. 


No quiero ser injusta, escribí estas palabras sin querer ser trascendente o benevolente, estoy transcribiendo cosas que he pensado y me he obligado a no sentir por temor a lastimar. Valoro y atesoro mucho el hecho de que tú conocimiento y amplitud de mente te hayan hecho saber desde siempre que quien decide estudiar artes no es un hippie bohemio sin futuro, estabas perfectamente al tanto de las dificultades del gremio desde mucho antes de que arrancara mis estudios y aún así me apoyaste, no hubo un sólo momento en el que no creyeras en mi. A veces me gusta imaginarte ayudándome a redactar textos o a repasar ideas filosóficas o de pensadores en los que pueda sustentar mis investigaciones. También imagino una vida en la que no convivimos pero tienes tú casa y yo te visito, bromeamos, cocinamos juntos, compartimos una cerveza un domingo por la tarde. Papá, juego mucho a imaginar cosas porque el tiempo es cruel y tú ya tienes ochenta años y un territorio que nos separa. 


No hay manera de que existan suficientes palabras que conjuguen en un texto lo mucho que he llegado a odiarte, solo se puede odiar lo que hemos amado inmensamente. Hoy, y aún después de todo lo que he escrito desde la cólera, yo elijo amar y perdonar todo el daño que me hice a través de ti. Que sepas que no me rindo, creo que el universo me mantuvo en este plano para darnos la oportunidad de hacer las cosas bien. Papá, me parezco más a ti de lo que me gustaría pero al menos en ese parecido brilla más la genialidad y el empuje que los vicios y la negación. La vida es muy breve para permanecer enojados. Te honro, te respeto, te amo, después de todo, eres mi papá, el que siempre supo que mi vida estaría en las artes y en las letras.

Dedicatoria del trabajo especial de grado – Ura Urdaneta 2017

Cable a tierra

Recientemente me estaba costando dormir y descansar, es decir que si conciliaba el sueño terminaba enredada en una especie de universo paralelo con energías que evocaban negligencia y violencia, terminaba entonces creyendo despertar unas cinco veces sobre mi cama cuando en realidad no alcanzaba salir del letargo. Cuando Soledad me llamó el martes al mediodía yo había pensado justo esto, que había creído despertar media docena de veces pero sólo lo conseguí gracias al ruido del móvil y aquello me tenía descolocada y de mal humor. Terapia a distancia con llamadas cada quince días, venimos manejando éste sistema desde que inició el aislamiento social obligatorio. Me gusta hablarle porque más allá de su laburo como psicóloga tiene una forma honesta y específica de hacerle ver a la razón otras perspectivas que trascienden el espejismo emocional que tanto daño causa a veces. Le platiqué de las cartas que he estado escribiendo, de las cosas que he descubierto y de los motivos que me impulsan: «No somos víctimas y mientra más nos hagamos conscientes de ello, más rápido se puede sanar». Y entonces manejamos una serie de frases y palabras con afirmaciones en donde asumí mi responsabilidad absoluta en lo que se refiere a mi salud mental, a la decisión de sanar y al abandono de la culpa. Ésta semana cumplí veintisiete años y hace un tiempo que vengo cuestionando cómo sobreviví a tantos periodos de malestar sin intervención médica, de hecho me he dado a la tarea de hacerme y hacer preguntas incómodas, sobretodo a mi madre. Y este proceso de reconocimiento me arrojó tantas respuestas que ha sido igual de emocionante y también aterrador como lo fue el emigrar. La principal razón de mi equilibrio mental la debo a mis denominados «cables a tierra», esas personas que la vida me obsequió y que han evitado que mis propias descargas eléctricas me sometan.

Esto es para ustedes.


Veinte años después de que el siglo veintiuno llegara a acunarnos, siguen existiendo enfermedades cuyo origen no se explica o no se logra determinar. Algunos trastornos o condiciones tienen su principio en factores hereditarios pero pueden aparecer o agraviarse como consecuencia de patrones de crianza o traumas en la infancia. Mis primeros amigos fueron mis primos y mi hermano, todos teníamos edades distintas pero nos criamos bajo el mismo techo con tejas de barro en una casa con paredes de bahareque. Este hogar colonial con tres plantas y muchas escaleras fue el lugar donde mis abuelos encontraron la forma de mantener «unida» a su familia. Cuando cumplí cuatro años arranque la vida escolar y descubrí lo que se sentía tener amistades que no compartían tú misma sangre. Siempre fui inteligente, me gustaba ir a la escuela y jugar ¿A que niño no? Nunca le dí importancia al hecho de estudiar en un colegio que sólo admitía niñas, aunque esto fomentara un ambiente ridículamente competitivo y discriminatorio. Los padres no suelen recibir manuales de crianza cuando tienen hijos, ensayo y error con una pequeña brecha que separa lo que puede o no alterar el pensamiento de un niño. Me gusta pensar que la mayoría hace lo mejor que puede con lo que tiene, el problema es que el ser humano al crecer parece que olvida el impacto que tienen las afirmaciones sobre la construcción de las ideas en las mentes más inmaduras. Siendo adultos se peca de regodearse dentro de la propia egolatría y la única distancia que se reconoce es la que existe entre la boca y ombligo, por lo que se dice y se hacen cosas sin pensar que probablemente se están fomentando dentro de esas cabezas la toma de juicios sobre los demás e incluso sobre sí mismos. Estoy segura de que la educación católica fue un problema para mi psiquis que ya venía distinta de fabrica, apoyando en Dios y la falsa creencia del castigo, la inexistencia de los puntos medios: bien o mal, blanco o negro, amigo o enemigo, amor o odio. 


Cuando a los doce años inicié la secundaria contaba con tres amigas que se volvieron mis hermanas, eramos inseparables (aún lo somos), teníamos valores y aptitudes similares con un historial académico de buenas notas que no habían sido numeradas en la primaria. Así que cuando empecé a «fallar» en materias como matemáticas por obtener números por debajo de la excelencia, mi mente colapsó. Tener doce años fue sumamente doloroso, nunca sentí que llenaba las expectativas de mis padres por mucho que me esforzaba y cuando se desencadenó una oleada de bullying escolar, todo empeoró. Mi mamá era mi profesora y se les daba por rumorear que mis notas se debían a favores de otros maestros, también se esforzaron en destruir con oraciones bien pensadas mi aspecto físico y así poco a poco se fue debilitando mi autoestima. Ahora como adulta pienso en ello y en lo terrible que resulta para una criatura de esa edad cargar con semejante vacío, porque lo que pasó fue que me aislé en casa y me negué a ir a clases por muchas semanas, días en los que no quise levantarme de la cama ni siquiera para comer. Cuando arrancó el octavo grado mi mentalidad había cambiado para siempre. Me mantuve a la defensiva cada día, sólo dándole espacio y lugar a las personas que me habían querido entonces. Escogí un pupitre en el rincón más oscuro del salón y durante un año les dejé saber a todas ellas que las odiaba profundamente. Me molestaba que esas adolescentes delgadas y «bonitas» sólo pensaran en chicos, en sexo, en ropa, en la música terrible que sonaba en la radio. Me tomó todos estos años comprender que lo que me generaba tanta ira era que yo no podía siquiera aspirar a ser un poco parecida a ellas, debía mantenerme excepcional y brillante, genuina como pocas aunque ello cuarteara en gran medida mi libertad. De este período datan los orígenes y conflictos con mi identidad y auto-imagen, mis primeras visitas al psicólogo y la decisión más amorosa que pudo tomar mi madre: cambiarme de escuela. No perdí a mis amigas entonces, quizá ellas no podían entender lo que me pasaba porque a esa edad algo así es complejo pero se mantuvieron amándome, aun con mis ojos atiborrados de sombra negra, siempre estuvieron cerca.


Nunca había estudiado con varones y mucho menos tenido la oportunidad de conocer a personas que vieran lo mismo, leyeran lo mismo, escucharán lo mismo que yo y aún así fuesen completamente distintos a mi, eran felices. No fue fácil bajar mi muro y las defensas, temía que ser yo sólo provocara huidas y rechazo, en cambio el panorama frente a mi fue completamente distinto porque me dieron la oportunidad de integrarme y fue así como aprendí a comunicarme verbalmente. Esos cables a tierra de mi adolescencia me abrieron los ojos a un mundo que yo no conocía. Comencé a sentirme menos mal, menos rara, menos fea e incluso aprendí a aceptar las diferencias en los demás y a reconocer la belleza en otras personas. Nunca me abandonó el vacío pero aprendí a estar acompañada, me rebelé en muchos sentidos frente a mi crianza dejando en claro que me importaba poco o nada dejar en alto mi nombre y que podía pasarme la vida dibujando, por eso estudiaría la carrera de artes y no permitiría que la religión influenciara la concepción de mis pensamientos.


En el momento en que la vida decidió que mi mamá se separara de mi papá, ella se permitió a si misma abandonar muchos puntos de su lista de prejuicios y me dio la oportunidad de saberme mujer a través de ropa y accesorios que tuve prohibidos hasta entonces. Me encontré en el espejo con una niña que se había creído fea esos últimos cinco años y que apenas empezaba a florecer, que no sabía explicar muchas emociones pero se sentía afortunada de los amigos que le habían dado tanta luz en medio del dolor. Esos tres años me hicieron descubrir el inmenso amor y respeto que siento por la música, la literatura y el arte como medio expresivo porque este siempre fue mi forma de establecer vínculos con mi entorno.

Fotos de algunos obsequios de mis cables a tierra.


Ya yo a los dieciocho andaba cojeando con una herida abierta del techo al pecho pero me habían admitido en la universidad y trabajaba en un centro cultural que tenía salas de teatro. Este momento fue la cúspide de lo conocido y lo desconocido también, de repente mi vida dio un giro y comencé a crear lazos estrechos y maravillosos con otros seres que compartían conmigo una energía mucho más grande que la de leer un mismo libro: un espíritu al servicio de la transformación de la realidad y un profundo y ciego amor por el arte como expresión universal. Entonces me tope con la verdadera felicidad, con realidades que me eran ajenas e incorporé a mi vida, enseñanzas valiosas, nuevos criterios, pensares distintos. Por primera vez en mi vida estaba aprendiendo a llenar el vacío.


Hace casi un año que me diagnosticaron y el martes le comentaba a Soledad como tengo momentos en los que no consigo entender como una sintomatología acaeció de golpe en seis meses como si fuese Pandora y hubiese abierto la caja. Hago énfasis en esto porque en quince años he convivido con muchas personas a quienes he amado más de lo que he podido expresar y aunque muchos de ellos fueron transitorios en mi vida, hoy me siento capaz de reconocer con gratitud su legado en la persona que soy. Le he preguntando a mi mamá una de éstas noches «¿Y es qué tú nunca te diste cuenta que yo no era cómo los otros niños?» y ella me contestó que siempre supo que yo era distinta pero lo atribuyó a otros factores y también reconoció que en su propia infelicidad no supo darse cuenta ni siquiera de cosas propias, así que estos diálogos nos han dado cabida para hacer conexiones y sanar. No, no he vivido la vida envuelta en relaciones tormentosas que terminan mal y en tragedia, afortunadamente mi condición no tiene su punto débil en ésta característica de la frontera. No digo que no me haya pasado pero siendo franca, cualquier persona puede terminar mal una relación humana, no tienes que estar enferma para ello.


La escuela de arte me abrió el pecho en todos los sentidos y me habitó, comenzaron a vivir en mi personas talentosas y valientes que me mostraron caminos que yo no conocía, nuevas formas de hacer las cosas, nuevas posibilidades y entonces, sin darme cuenta conocí ese otro tipo de amor, ese al que tanto se aspira. Nos quisimos mucho durante mucho tiempo y creo que todo fue gracias a la oportunidad que me di de abrir mi corazón sin temor del otro, a tener la libertad de ser todo el desastre que me compone y aún así encontrar la voluntad de levantarme cada día con ganas de ser mejor. Le debo mucho a esos momentos porque me quitaron el miedo a arriesgar y me enseñaron a confiar, a que en este mundo nadie puede sólo. Y es que los amigos no están para decirte las cosas que quieres escuchar, al contrario, creo que quienes te aman encontrarán la forma y el espacio para hacerte entender que en ese momento no estás aportando nada. He tenido largos periodos en los que he me creído infinitamente superior a mis propias fuerzas, la sobre-exigencia siempre fue mi forma de autodestrucción predilecta, me extralimitaba emocional y físicamente hasta que prácticamente no quedaba nada de mi voluntad. He querido a muchas personas sin ningún tipo de límite y me han querido mucho sin que yo sea capaz de verlo sino hasta después de perderlos o lastimarlos. Esto pasa a menudo en la vida de cualquier persona, no me siento especial por ello. ¿Saben que me hace sentir especial? Saber que hace casi diez años un amigo de la universidad me llevó a trabajar junto a él y que un día haciendo un chiste nos etiquetamos a nosotros mismos como Los Cuervos, entonces éramos seis muchachitos que iniciaban la vida universitaria con grandes aspiraciones para el futuro cercano, con un supervisor apenas cinco años mayor que nos mandaba a comprarle café y que con los días y la confianza te brindaba uno. Resulta que tanto tiempo pasó y tanto volamos que la parvada se fue haciendo cada vez más grande y de ser yo una simple ave renegada, pasé a convertirme en la supervisora y ese jefecito del café marrón-tibio se convirtió en un entrañable amigo y mi compañero de oficina vespertino. Recibí chicos, entrené grupos y después de siete años fui testigo de cómo esas generaciones cosecharon los frutos de su dedicación y entrega. Donde haya un cuervo, otro no estará sólo. Creo que siempre estuve segura de ello pero vivirlo y sentirlo ha sido una de las bendiciones más bonitas de mi vida.

Detalle de un obsequio de uno de mis cables a tierra


El año pasado cuando cumplía veintiséis años, alguien de mi familia aprovechó su felicitación para pedirme que dejara de inventar enfermedades como excusa para no estar bien. En algo tuvo razón, no quiero limitarme. Jung decía: «Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma». Ese día yo tenía el rostro maquillado, con una sonrisa, un vestido y rasguños en los brazos. La depresión es un territorio incómodo y poco confortable, me alegra estar viva, estoy feliz de no haber muerto. Lo digo en serio, de no ser así no podría haber llegado pensar lo que pienso ahora, tampoco a sentirme de esta forma después de haber librado tantas luchas y batallas innecesarias. Estoy tan agradecida con este último año porque me permitió transmutar hasta encontrar mi verdadera fortaleza que nada tiene que ver con el control. Cuando dejé de ser persona y me convertí en un despojo de humanidad, esas niñas de la primaria, esos artistas de la universidad y esos cuervos de la vida se hicieron presentes, su amor me permitió caminar y seguir adelante encontrando más personas en el camino que me fortalecieron, que se convirtieron en mis guías de luz. Quisiera destacar que el verano pasado atravesé un periodo en el que estaba segura de no necesitar más mi medicación, la culpa es pésima consejera y su influencia me hizo empezar a espaciar las tomas e incluso, ignorar muchas de ellas. Entonces tenía un compañero atento y amoroso que se percató de todo y me enfrentó, yo se lo negué muchas veces hasta que los desvaríos no me permitieron sostener la mentira. Le confesé que estaba cansada de vivir bajo el estigma social que generaba la psiquiatría y la medicación, que estaba harta de tomar algo que ni siquiera entendía como funcionaba. Su respuesta fue simple pero concreta «¿Acaso un hipertenso o un diabético piden disculpas o siente vergüenza cada vez que toma una pastilla o se inyecta? ¿Por qué tu si? Ésto no será para siempre pero ahora, justo ahora lo necesitas y auto-saboteandote no vas a mejorar.» Quizá eso era muy evidente para todos, no para mi. Me ayudó y mucho. 


Ese amor que me llega desde tantos lugares y me edifica representó uno de los pilares fundamentales para conseguir entender que pasé por un mal momento y que ello no me convierte en una mala persona. Viví mucho tiempo enojada por cosas que no puedo cambiar, por asuntos que ni siquiera eran mi problema, por ello quiero concentrarme en el ahora y en lo que puedo lograr con todo lo que antes ignoraba y que ahora me permite llevar una vida ¿Normal? Ni siquiera sé lo que significa eso pero hay algo de lo que si estoy segura: Que hay muchas cosas que no quiero ser y que la única persona responsable de tú felicidad eres tú mismo, cuando aceptas eso y te quieres puedes ser dichoso con los demás. Somos seres completos, quizás rotos pero enteros. Aún en las cicatrices hay belleza, sólo hay que saber observar y agradecer.

«En unión y libertad», la promesa del sur (Parte III)

Brasil, vía a Manaos 9 de Mayo de 2018

Ya dentro del EUCATUR. Tengo un par de cosas que resaltar: la primera es que esto parece una nave espacial, la segunda que una sonrisa representa un lenguaje universal. Por la tarde estuvimos jugando stop. Es impresionante la cantidad de venezolanos que han llegado hasta aquí buscando la manera de emigrar. Seguimos en el tercer mundo pero éste parece aún más otro mundo. No veo esa miseria que deje en Santa Elena, no digo que no exista pero al menos aquí no es tan evidente.

Ura Urdaneta

La policía brasileña me demostró que probablemente la única cosa que había llegado a indignarme durante el proceso era que ellos entendieran lo que yo decía pero que yo no pudiese entenderlos a ellos. Esa madrugada abordaron el micro, revisaron nuestros pasaportes e hicieron preguntas cortas y puntuales. Al amanecer el reflejo del sol me bañó la cara, abriendo los ojos me encontré con un pavimento tintado de rosa, rodeado de luces y edificios, pude entonces observar un poco de aquella ciudad antes de llegar al destino. 


La rodoviaria era pequeña y bastante precaria. Cuando nos colocamos de pie para tomar las mochilas y bajar del autobús un sujeto me abordó. Estaba sentado un par de asientos delante mío y probablemente me había escuchado hablar la noche anterior, se ofreció a compartir el auto hasta el aeropuerto ya que tenía un contacto venezolano que lo trasladaría. Nos miramos unos segundos y con gratitud le comunique que venía en combo con dos personas más, esto no fue problema y luego de retirar el equipaje anduvimos unos metros hasta un auto fuera de la estación, al parecer era un problema para los taxistas locales que un venezolano hiciera viajes a sus paisanos. No debieron ser más de quince minutos, el aire estaba húmedo y nosotros cansados, compartir ese recorrido nos había permitido ahorrar unos reales para el almuerzo y la cena de ese día. Frente a la inmensidad de aquella edificación, descendimos y entramos a tempranas horas de la mañana en el Aeropuerto Internacional de Manaos, un lugar de paso que hospedaba sangre y voluntad venezolana aguardando poder seguir el viaje. 


Ya era jueves, llevábamos tres días viajando y nos faltaban unas veinte horas para poder abordar el primer avión. Tomamos un carrito con ruedas funcionales y automáticamente dejamos las maletas encima para comenzar a andar a través de los largos pasillos.  El lugar era inmenso y luminoso. Escribí entonces que lo que más me impactaba era como entraba la luz a través de las ventanas, la amplitud de sus espacios y la circulación del aire. Perdí la cuenta de las veces que camine por aquí y por allá tratando de mermar la emoción y la ansiedad entre las tiendas, las aerolíneas y los transeúntes. Los baños eran, para nuestra suerte, limpios, cómodos y agradables. Terminamos ocupando los de niños y los de discapacitados para de alguna forma tratar de ducharnos antes de continuar el trayecto. 


En contra de la voluntad de alguien, como grupo buscamos empatizar con otros venezolanos varados, habían jóvenes y adultos, todos lucían aburridos y delgados, dimos entonces con un chico de nombre Richard que debía tomar nuestro mismo vuelo aquella madrugada y que traía consigo un historial de mala suerte: había perdido su primer vuelo, entre otras cosas. Hablar y escuchar me permitió sentirme en casa, también nos proporcionó la valiosa información acerca de unas brasileras que preparaban viandas de comida con un vasito de jugo envasado en una bolsa plástica por un módico precio de diez reales. Resultó la salvación, habíamos estado hurtando mayonesa y ketchup de las mesitas de un local del aeropuerto para untarlas en el pan que todavía nos quedaba. Almorzamos una extraña combinación de arroz, fideos, granos, carne y ensalada con una sopa instantánea. 

Bitácora fotográfica – Ura Urdaneta


Conforme pasaban las horas ubicábamos más grupos de venezolanos a la deriva, algunos extendían mantas sobre el suelo helado y se acomodaban para dormir mientras esperaban. Estuvimos un buen rato conectados mediante la laptop y el único celular inteligente al wifi del aeropuerto que cambiaba la contraseña cada media hora, pudimos avisar que estábamos bien, cansados, con hambre, pero bien. Caminé sola con mi cámara un rato, en el sótano se encontraba un pequeño santuario de tortugas que me entretuvo y me despejó. Entre los comercios abiertos se destacaban los de alquileres de autos y los sitios pagos para dormir y descansar. No para nosotros, por supuesto. Examinando las lineas de concreto, las ventanas, las nubes y el cielo me pregunté si él había tenido miedo estando ahí, si acaso caminamos por los mismos pasillos en tiempos diferentes. 

Aeropuerto Internacional de Manaos, Brasil 10 de Mayo de 2018


¿Realmente cabe la sorpresa cuando veo gente de mi misma edad en tal estado de flacura? Yo misma llego a desconocer mi reflejo. No porque no me guste estar delgada sino porque no me veo saludable. El almuerzo fueron diez reales, una señora prepara viandas poderosas, comimos bien y por fin dejó de dolerme el estómago. Cada ves falta menos, he recorrido el aeropuerto de pies a cabeza y debo admitir que lo que más me sorprende es la luz. Si bien como metáfora, en realidad me refiero a la parte física: todo está iluminado. Cuidan sus cosas, eso no pasa en ningún lugar de Caracas. Me parece tan fácil echarle la culpa a otro en lugar de asumir la cuota de responsabilidad que nos compete a cada uno. Un país no se construye sin una buena sociedad y así como en todo el mundo: hay venezolanos buenos y venezolanos malos […]

Entrada la noche fuimos parte de la despedida de un chico brasilero. Su familia lo acompañaba antes de pasar la puerta de abordaje, vestidos de blanco entre sonrisas, fotografías y lágrimas. Mi compañero y yo comenzamos a cuestionarnos la tranquilidad que debía significar saber que puedes tomar un avión y volver con los tuyos en cualquier momento porque ese no era nuestro caso, no teníamos garantías de nada. Aún con eso no nos permitimos el espacio de ponernos nostálgicos, era momento de mirar hacia el frente y avanzar. 

Bitácora fotográfica – Ura Urdaneta


Creo que pesamos nuestras maletas unas tres veces cada una, la mía parecía un petardo a punto de explotar lo cual era bastante irónico considerando su tela de camuflaje militar, la cremayera tenía problemas para cerrar así que reacomodé lo que pude y coloque mi candado antes de mandarla dentro del avión. Mi compañero sugirió que probablemente se rompería a lo que yo sólo contesté ignorándolo mientras mi amiga entre risas recalcaba que tenía una boca perspicaz. Nos despedimos que los amigos fugaces que pasarían varios días más a la espera y luego nos dispusimos a tomar el avión de madrugada, estábamos bastante hastiados entonces y, por supuesto, con apetito. Una vez arriba del primer avión acomodé la mochila sobre mi asiento y no, no me tocó la ventana. Hacía mucho que no tomaba un vuelo, sentía mariposas en el estómago y al mismo tiempo un pánico indescriptible, ya en el aire devoramos ¿la cena?, un sandwich de jamón y queso con jugo, cada uno colocó algo que ver en su respectivo televisor pero yo, rendida de cansancio, me dormí. 


Amanecimos en Sao Paulo, dentro del aeropuerto más grande de latinoamérica. Debimos caminar desde la puerta de la terminal nacional hasta la que nos correspondía en la parte internacional con destino a Buenos Aires. Creo que andamos, sin exagerar, unos cuarenta minutos a pie incluyendo las cintas mecánicas. Teníamos la compañía de Richard a quien la desgracia no había abandonado, cuando llegamos al cheking de abordaje internacional, revisaron el equipaje de mano y a él le fueron decomisadas dos latas de Diablitos underwood [1] y cuatro tubos plásticos de Rikesa [2] , casi lloramos cuando los tiraron en la basura. No lo habíamos comido en el aeropuerto con la esperanza de que él pudiese entregarlas a la amiga que lo estaba esperando, en fin, fue el momento tragicómico del día. 

Pensé que me partiría a la mitad, ya mi espalda no soportaba el peso de la mochila y el abrigo de invierno. Cuando por fin alcanzamos el destino, vimos la ciudad a través de los enormes ventanales ubicados junto a las puertas de abordaje, Sao Paulo era de colores brillantes bajo el impacto de un hermoso sol. Decidimos gastar lo que nos quedaba de reales por lo alto y compramos un plato de comida en Pizza hut y una bolsita de M&Ms para tener algo en el estómago antes de tomar el último avión. De nuevo en los baños y yo trataba de verme linda después de tanto andar. Me ubiqué frente al espejo y volví a respirar, sentía que en cualquier momento escupiría el corazón por la boca. Era el último paso, esa tarde habríamos llegado a Argentina. 

Bitácora fotográfica – Ura Urdaneta


Dormí prácticamente todo el vuelo, la altura me causaba malestar en la cabeza. Cuando desperté lo primero que quise fue orinar y fue entonces que la vi, a esa hermosa ciudad debajo de nosotros, faltaba muy poco para aterrizar. Llegar significó tomar el equipaje de mano y andar por largos pasillos hasta tropezarnos con las filas de migración, separadas para extranjeros y residentes. Tuvimos que esperar un poco para sellar los pasaportes, cuando nos preguntaron que hacíamos en el país contestamos con la verdad: Venimos a probar suerte. ¡Muy poco prudente muchachos atrevidos!, eso dice mi yo de hoy a la yo de hace dos años, ¡Pudieron haberlos dejado detenidos!, pero no, no nos retuvieron. Aunque internamente estaba eufórica, caminé junto a mis amigos en calma hasta la cinta del equipaje y cual fue mi sorpresa cuando visualice mi propia ropa interior girando de un lugar a otro en pleno espacio público. En un rincón, mi pobre maleta abierta como quien está agotada y respira con la boca abierta, me había dejado en ridículo delante de un país. Levanté unas cuantas prendas más suprimiendo mis ganas de llorar entre la risa, la vergüenza y compasión de mis compañeros. Como por arte de magia un hombre prácticamente voló por encima de la gente y acercándose mientras no paraba de pedir disculpas, se identificó como alguien de la aerolínea prometiendo compensar mi «accidente» con algo de dinero. 


El universo obra de maneras misteriosas, mis cinco minutos de miseria significaron cien dólares a depositar prontamente en mi cuenta. «Las pantaletas de la suerte» así llamamos a las desgastadas bombachas magenta que ahora todos me conocían. Cerré el equipaje como pude y luego de percatarme de mis perdidas (no sólo de algo de dignidad), pasamos a la última revisión mientras visualizaba la puerta de salida. Sudaba frío, el estómago se me retorcía y sentía que me hacía pis encima, como pude rodé el equipaje mientras vi el acceso abrirse lentamente y al salir, ahí entre el montón de personas, lo vi. Deben haber sido segundos pero les prometo que todo sucedió en cámara lenta, no lo pensé y casi por inercia corrí a toda velocidad para arrojarme entre sus brazos. Comencé a jadear y no recuerdo si él dijo alguna cosa pero si tengo presente lo que yo dije. Había llegado a donde quería estar, a pesar de la humedad y del verdadero otoño en puerta, no había nada comparable a la plenitud de saber cumplida mi palabra. ¿Se mueren por saber que le dije verdad?


«SE ME ROMPIÓ LA MALETAAAA» y me eche a llorar. 


[…] Lo qué más me gusta de Brasil es el cielo. Es despejado y hermoso, sin montañas. Es diferente. Me pregunto que sentiré cuando llegue a Buenos Aires, cuando éste largo viaje llegue a su fin. Por ahora sólo puedo seguir reflexionando acerca de lo que sucede a nuestro alrededor. Convivencia es aceptación y tolerancia. Debo ser fuerte.

Ura Urdaneta

[1] Alimento a base de cerdo que se unta con pan o galletas.

[2]Queso fundido procesado tipo cheedar para untar.

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