«En unión y libertad», la promesa del sur (Parte II)

Mucho antes de que el viaje iniciara yo ya estaba bastante más baja de peso de lo que debía, cualquier prenda que usara me quedaba colgando de muchas partes. Podría decirse que mi trayecto lo hice en pijama, la ropa más cómoda de mi placar junto a mis siempre confiables botas estilo militar. Salir de Venezuela desde Puerto Ordaz nos tomaría todo un día.


En medio de tanta naturaleza y abandono, todavía se vislumbraban carteles en la vía que señalizaban minúsculos poblados. En uno de los primeros nos detuvimos para ir al baño y quisimos comprar una empanada pero entonces solo aceptaban efectivo, cosa que parecía un chiste tomando en cuenta la situación. Resignados iniciamos una estricta dieta de pan con queso fundido y galletas, entre otros dulces. El playlist era variado y «simpático» por calificarlo de alguna forma, tenía todas las canciones de moda del verano pero yo solo consigo recordar la de Fonsi con Demi Lovato porque a mi amiga le parecía un chiste de mal gusto que en una composición de esa naturaleza se hiciera mención a The Beatles.


Conforme más me alejaba, la tristeza de mirar hacia atrás y el percatarme de lo que dejaba iba en aumento, pero también lo hacían las razones para salir. Llegamos a un pequeño pueblo llamado Las Claritas, estaba medio dormida entonces cuando a lo lejos se escuchó el estruendo de una detonación. Se trataba de un territorio minero cuyos negocios aceptaban efectivo u oro por igual. Testigos de cómo se destruía y contaminaba la flora y la fauna mientras se notaba una clara imposición de poder de naturaleza desconocida, nos sentimos intimidados por la forma en cómo observaban la gasolina sobre el techo de la camioneta, parecían hambrientos de combustible. De ahí en adelante comenzamos a encontrarnos con largas hileras de coches numerados aguardando poder llenar sus tanques, entendimos entonces porque el señor Nilson llevaba el suyo desde Puerto Ordaz.


El momento definitivo que me llevó a entender cuán lejos estaba de lo conocido fue aquel en el que me tocó orinar en medio del bosque. Bajo una roca en donde las personas solían detenerse y que se levantaba poderosa en medio de la nada con un depósito de mierda y orina debajo que opacaba su esplendor. Aún era temprano y por fortuna ninguna alcabala nos había detenido para revisar equipaje ni nada aunque estoy segura de que no se creían el cuento de que íbamos al Salto Ángel con aquel abrigo de invierno. Luego de aquello me sentí capaz de todo. Cuando empezó a caer la tarde, en la lejanía de la sabana vimos levantarse altas colinas de humo blanco, nos comentaron que se trataba de rituales aborígenes y más adelante nos detuvimos en una casa de madera que ellos mismos administraban. Al fondo corría un helado y cristalino río a gran velocidad.


Caminamos para estirar las piernas y observar todo antes de volver a la ruta. Me tomé unos minutos para colocar las manos cerca de las piedras húmedas y tomar algunas fotografías. La majestuosidad de un país se levantaba frente a nosotros que habíamos tomado la decisión de decir adiós, de despedirnos de la tierra que nos proporcionó la vida, que nos vio nacer. 


Gran parte del viaje lo hice dormida, mi compañera de asiento también pero esto sólo llegó a pesarme cuando entendí que por tener los ojos cerrados me había perdido de ver los tepuyes en la lejanía, aún hoy es algo que me pesa. Conforme las horas pasaron y caía una ligera llovizna, comenzamos a dudar si lograríamos ese día cruzar la frontera. Una última parada en una posada nos proporcionó un seguro en caso de tener que volver a dormir para intentarlo al día siguiente. Las ruedas giraron y llegamos hasta una línea que, admito con toda honestidad, no haber visto y como si se tratara de un desafío contra reloj la cruzamos y acto seguido corrimos hasta una pequeña caseta blanca con la inscripción del SAIME, en donde nos sellaron los pasaportes con salida de Venezuela sin preguntar demasiado.


Al cabo de un rato visualizamos la verdadera frontera frente a nosotros. Una infraestructura se hallaba delante de nuestros ojos llena de tumultuosa gente con maletas, mochilas y niños agotados, una reducida minoría vendía Torontos y Pirulines  [1] mientras nosotros, un tanto hastiados, rogábamos al universo que nos dejaran pasar para sellar los documentos. El alma nos volvió al cuerpo cuando tuvimos la certeza de que la vacuna contra la fiebre amarilla no era importante y todavía más cuando acto seguido nos remitieron a una pequeña oficina de migración brasileña: contábamos con tres días para permanecer dentro del territorio, oficialmente eramos inmigrantes.


El señor Nilson nos brindó asesoría hasta el último momento y su amabilidad nos condujo hasta el taxi que nos transportaría desde Pacaraima (Capital del estado Roraima) hasta la ciudad de Boa Vista. Cambiamos una cantidad de dólares por reales y nos ocupamos de llevar nuestras maletas hasta el otro vehículo. No habíamos rodado dentro de el ni veinte minutos cuando tuvimos que pasar la primera inspección, caímos en cuenta entonces que dos de nuestros equipajes (especialmente el mío) eran casi imposibles de transportar porque no rodaban como se esperaba, además pesaban más de veinte kilos. Recuerdo un par de cosas luego de pasar la inspección con éxito y volver al viaje, La primera es la voz de una mujer que viajaba con nosotros y su voz hablaba y cantaba, la segunda es la cantidad de personas que aún en la oscuridad realizaban el camino a pie, sin temor, huyendo del hambre. Pensé en mi dolor de espalda que no representaba nada frente aquello y me quedé dormida. El camino resultó más largo de lo imaginado, al llegar al hostal en Boa Vista nos comunicamos como pudimos con los afectos y luego de pagar una noche, entramos en la habitación, nos bañamos y prácticamente caímos inconscientes sobre los colchones.


Despertamos con mas energía y menos miedo, desayunamos algo de pan con café y leche antes de preguntar por la ubicación de la terminal rodoviaria. En la recepción un niño jugaba con una tablet Canaima idéntica a la que yo había dejado en Venezuela, por supuesto me permití imaginar varias historias de como esa había llegado a sus manos. Nos vestimos y acomodamos las cosas, ´´expropiamos´´ el rollo de papel higiénico y el jabón, cuya etiqueta me sacó una sonrisa, algo del hotel nos teníamos que llevar. 

Boa Vista, Brasil 8 de Mayo de 2018

Un jabón que se llama Oliver. 

Me parece increíble el empeño que tiene la gente de que yo escriba: todo el tiempo me regalan libretas. A pesar de que sé que la bondad no es una cualidad inherente al ser humano, me gusta pensar que si. Hoy atravesamos todo el estado Bolívar y fui testigo de maravillas naturales impresionantes y de basuras como las que ocurren en Las Claritas. Amo mi tierra, hoy veo y pienso en Ceniza,         , mamá, a mi hermano, papá, a mis primos y entiendo que quizá ésta represente la decisión más difícil de mi vida pero tal vez sea el trampolín que la impulse a convertirse en la diferencia, en algo maravilloso. Me duele el estómago, tengo gases, los músculos inflamados y los pies cansados, pero estoy bien. Sé y confío que no llegué hasta aquí ni para rendirme ni mucho menos a tener miedo. 

Soy fuerte 

Soy gentil

Soy valiente 

Soy bondadosa… Y me lo repito hasta que termine de creerlo. 

Ura Urdaneta


Caminamos hasta la oficina de EUCATUR donde por suerte nos encontramos con alguien que hablaba español, retiramos los boletos y verificamos la hora; el omnibus salía a las siete de la noche y debíamos dejar el hostal al mediodía. Volver para buscar las cosas y tener que trasportarlas a la terminal fue una experiencia inolvidable: comencé a odiar mi maleta y también a Gerry, mi mochila. Nos arreglamos con los insumos que guardábamos y nos dimos el gusto de comprar un plato llamado Cus Cus, con el tiempo aprenderíamos que solo se trataba de una polenta con un huevo frito dentro y una sopa instantánea con una lata de gaseosa de guaraná, eso para compartir entre los tres.

Bitácora fotográfica – Ura Urdaneta

Se suponía que en los baños de aquella terminal podías higienizarte pero al entrar y observar el estado de las duchas y el entorno se te espantaban las ganas. Esa tarde hablamos, jugamos stop (o tutti frutti, como le dicen aquí) escuchamos música, pensamos teorías conspirativas, tomé fotos, escribí. Antes de las siete de la noche ya había llegado el micro, tuve la impresión de estar abordando un vehículo de otro mundo, esto fue consecuencia del mal estado de cualquier unidad vehicular en Venezuela en la que me hubiese desplazado los últimos años. Nuestros asientos nos ubicaron en el segundo piso y al fondo descubrimos una heladera con agua, cosa que me emocionó. No todo fue tan especial, el supuesto wifi nos falló y aunque teníamos un televisor en frente, éste nunca se encendió. La noche del miércoles nueve de Mayo de dos mil dieciocho emprendimos el camino a Manaos, en mi caso particular, con una copiloto que roncaba a todo lo que le daba el cráneo y se explayaba a mi lado con toda su confianza. Mi paciencia se sintió infinita mientras mis ojos brillaron en la oscuridad, cada ves faltaba menos. 

 [1] Golosinas venezolanas elaboradas con chocolate.

«En unión y libertad», la promesa del sur (Parte I)

Las hojas de los árboles han cambiado de color y dibujan caminos sepia sobre la vereda. El jueves pasado, mientras anteponía los pies en la avenida Warnes, hice énfasis para mi misma de haber visto el hospital en sus cuatro estaciones. Fui a hablar con mi psiquiatra y a recoger la mediación del mes, es un proceso incómodo desde que inició la pandemia pero aún con todo me permite unos minutos para hacer preguntas. Le hablé de los escritos y la meditación, de los ejercicios que han permitido el rescate de memorias y le pregunté si las que permanecen perdidas son consecuencia de la medicación o de un mecanismo de autodefensa de la mente. No pudo darme razón, me pidió que me tenga paciencia y que continúe haciendo lo que me viene bien. La doctora O. es alta y delgada con el cabello castaño avellana, tiene un par de ojos azules que te desarman. No siempre nos llevamos bien, yo estaba un poco reacia a asumir mis acciones en un primer momento, por fortuna los meses me han permitido madurar y por tanto, verla y respetarla de otra forma.


Al principio no me gustaba Argentina, quizá a raíz de la propaganda política de los últimos años o por la cantidad de femicidios que se registraban al año. Quien fuera mi jefa en ese momento contaba historias de su vida en ese territorio, era defensora de los derechos de la mujer y aquella población era descrita como machista y misógina. Para ser honesta, yo no me contemplaba a mi misma fuera del territorio que consideraba mio. En algún punto, quizás Uruguay había llamado mi atención pero fue rápidamente desplazado cuando mi maestro afirmó que si quería ver mi carrera morir emigrara a montevideo. Ni siquiera lo cuestione.


No es cursileria ni sentimentalismo, creo firmemente en que el amor es la fuerza más grande capaz de levantar e impulsar a cualquier ser humano. No supe en que momento pero vivir en Buenos Aires también se volvió mi sueño, una posibilidad auténtica que comenzaba a imaginar sumergida en las fotografías de las novelas y series Argentinas arrulladas por los mejores solos de guitarra del rock en español. La celeste caminando y creciendo en medio de aquella metrópolis salvaje, amando en un pequeño balcón con vista a la calle y pintando debajo de aquel cielo intensamente azul.


Nuestra proyección de la vida puede parecer sencilla, en las anécdotas las personas cuentan lo que les interesa que sepas y a veces, sin saberlo, te ahorran sufrimiento ignorando que quizás te sea necesario para empatizar con ciertas experiencias. Me hubiese gustado leer más crudeza en las narraciones migratorias, comprender la dificultad de la soledad en medio de medio de este puerto violento, los riesgos y el camino a transitar antes de alcanzar esa ligera sensación de estabilidad. Muchos de mis pensamientos se edulcoraron consecuencia de una prematura espiritualidad y falso positivismo, cuyas bases casi se derrumbaron ante el primer contratiempo. Un inmigrante no sabe lo que significa serlo hasta que experimentas en carne propia la sapiencia de no tener seguridad de absolutamente nada.


Al día de hoy no logro comprender como llegué a ahorrar casi quinientos dólares… O más. Mi madre, entregada a lo que yo deseaba alcanzar vendió muchas de sus piezas de oro, mi hermano contribuyó con algunos de sus bonos salariales, una prima mía y de mamá me obsequio una generosa cantidad de dinero, un amigo desde México me transfirió un extra y, a raíz de la confianza excesiva que a veces depositan en mi algunas amistades, logré una ganancia importante al pintar un paisaje para el embajador de un país de América del sur.


Al iniciar el año dos mil dieciocho tuve que acostumbrarme a la idea de no tener que asistir a clases, aún así me las arregle para pasarme por los talleres al menos una vez a la semana. Por recomendación de un amigo encontré unas magníficas clases de canto y al tiempo surgió el diplomado en psicodrama. Me entregue a esos proyectos, incluyendo el laburo en cultura, con la idea de que si conseguía emigrar celebraría el éxito y, en caso contrario no me entregaría a la desgracia. Sino me iba al menos tendría un camino que seguir en mi país. Traté por muchos medios de ahorrar para comprar un boleto directo pero mil dólares era una meta irrisoria dentro de un país devastado cuando no eres más que un asalariado que trata de mantenerse a flote. Me entregué a las fuerzas del universo y fue entonces que una de mis amigas cercanas, que también se planteaba el objetivo de irse junto a su pareja, me propuso un plan que incluía un trayecto por tierra y luego por aire, ideado para el ahorro de plata aunque eso implicara mayor desgaste físico. A partir de entonces comenzamos a pasar mucho tiempo juntas, a calcular costos, equipaje, municiones, escondites, proyectos, ideas, y eso permitió que las cosas fluyeran. No tengo méritos referentes al cronograma de viaje y lo que implicó su organización, todo fue ideado por ella producto de su naturaleza controladora lo que permitió que cada paso pensado y por dar se mantuviese dentro de un plan pre establecido.


Ahí estaba yo, la noche antes de salir de Caracas completamente agotada. Creí que mi columna no iba a poder sostenerme mucho tiempo. Esa mañana había dicho adiós a mi grupo de estudio del diplomado y cada uno se tomó el tiempo de obsequiarme una palabra para mi aliento y mi destino, todas fueron hermosas pero hubo una que prevalece con su sonido ronco y claro en mi memoria: «Individuación». A cada uno de ellos los recuerdo con amor y con un sabor a mango maduro en los labios, me inyectaron las vitaminas necesarias para no bajar los brazos. Eran mas de las veinte y mis amigos más cercanos se habían quedado a hacerme compañía: Tratamos de entender como leer las cartas, reímos escuchando música, lloramos juntos. Mientras empacada tuve algunos fallos escogiendo prendas (Al día de hoy sigo extrañando mi ropa) y en el ejercicio de tratar de que todo entrara en aquel enorme bolso militar la maleta se rompió. Eché a llorar medio histérica y desde Buenos Aires gritaron: «Compra otra», pero las madres son mágicas y la mía, con su hilo y agua, reparó mi desastre solo para decir orgullosa: «¿Ves? Yo también soy artista. Intervengo objetos» Siempre lo haz sido ma, sólo que tienes miedo de asumir la responsabilidad a la que conlleva el término.


Medianoche y me asomé al balcón, recuerdo haber sentido hielo en la boca del estómago y el corazón salirse de mi torax: abandonaría todo y a todos sin certeza de regresar. El Ávila, el olor del café recién colado en las mañanas de La Pastora, la nariz de Ceniza en mi nuca. Entonces respiré, me había prometido algo y mi absurda necedad por sentirme dueña del control de mi vida me impulsaban a cumplir la palabra dada. Dormí abrazada a mi mamá con los gatos acostados por toda la cama, cada que veía algún detalle del cuarto o la casa trataba de fijarlo con pegamento en mi memoria. Al despertar el domingo tomé la decisión de pasar la mañana con Ceniza sobre mi pecho. Ella fue, es y será para siempre mi mejor amiga. Quiero tomar un momento para decir que esa gata hizo de mi vida plena durante casi dieciocho años pero eso sería injusto porque ella, en todo su ser, siempre fue más una persona no humana entrada en mi vida para enseñarme acerca del amor verdadero, desinteresado y la lealtad. También estaban Sheik, mi sobrino cacheton, gato de nacimiento pero nene de crianza, y Rómulo Mariselo, mi bebé que no llegaba al año, no entendía nada y compartía todo con Jack, mi hermano adoptivo de cuatro patas de raza siamesa y retardo conductual. Siempre fueron mi felicidad, ahora dos me acompañan desde el espiritu y los que quedan resguardan a mi madre.

Postal de la memoria – Ura Urdaneta 2020


Ese seis de Mayo, reitero, me obligué a creer que volvería a abrazarlos mientras llenando de besos sus cachetes ronronearían de amor, que podría volver a releer mi biblioteca todas las veces que quisiera y que mis materiales y pinceles no quedarían abandonados como un simple recuerdo. Cuando el taxi llegó a buscarnos no había terminado de comer la sopa que me habían preparado. Recuerdo salir viendo el camino en cámara lenta, el aire fresco chocando con mis mejillas mientras abrazaba uno tras otro mis afectos. Dentro del auto todo era distinto y hoy entiendo porque: esas calles con las casas coloniales de vívidos colores siempre pertenecerán a La Pastora, no he visto nada parecido en otra parte. Antes de llegar a la estación de autobús, fui a parar a la casa de papá para darle un último abrazo envuelta en un mar de sensaciones porque mis padres, a diferencia de los de las personas de mi edad, son adultos mayores. Odio pensar en ello porque siento que la vida y el país que tanto amo, hablando soberbiamente, han sido injustos. No me quité las gafas de sol ni un minuto, se transformaron en mi coraza frente a la duda y la tristeza.


Esa tarde, como muchas otras en Caracas, los árboles se pintaron de naranja como una mentira de otoño porque sus hojas no se precipitan contra el viento huyendo de la intensidad del frío. Antes de ese día, quizá yo no era consciente de lo mucho que amaba las calles y aceras angostas, el polvillo molesto de la montaña que te hace estornudar y el olor a miel de los árboles que te transporta inmediatamente al amarillo. Tomé una malta en la estación y a las seis de la tarde a través de mi ventana vi llorar a quienes me vieron crecer, a los que me amaron y sobretodo a mi mamá. Mi hermano viajaría conmigo ese tramo y yo pensaba ¿Quien abraza a mamá ahora? Me consolé con la idea de mis gatos y mis primos a su lado. El corazón pequeño estaba pleno de convicción y pánico: mi futuro estaba allá pasando la frontera.


Nuestros asientos nos ubicaban al final del autobús, sobre las ruedas traseras para sentir plenamente cualquier imperfecto en el camino. Aún así, tomé el abrigo de invierno y acurrucándome sobre mi hermano me dormí, no recuerdo haber soñado nada. El lunes de madrugada amanecimos en Puerto Ordaz donde la familia de la esposa de mi hermano nos estaba esperando. Mis amigos entonces tomaron su propio camino con un familiar suyo y platicando quedamos en vernos aquella noche. 


Las primeras horas del día fueron irrelevantes, mi cerebro parecía encendido sin poder conectar con la calma. Hablaba a Caracas y a Baires, el primer tramo había salido bien. Con el transcurso de las horas empecé a preguntarme porque había perdido tanto rato discutiendo con mi hermano y la razón de su distancia hasta hacía tan poco. Todas y cada una de esas ideas venían mientras nos desplazamos de un lugar a otro, no estaba molesta sólo sentía que el tiempo tenía una deuda que no podía recuperar en doce horas. Lo intenté, en una tarde procuré hacerle ver que lo amaba y que en esos ocho meses tan duros me había hecho inmensa falta. Le entregué los malos entendidos con los que no quería cargar, hicimos las pases y al momento de despedirnos, lloró. Unos seis años antes le había pedido me obsequiara una libreta de cuero olvidada junto a su cama, en ese entonces su respuesta fue que no. Esperé mucho tiempo para tenerla entre mis manos y desde esa noche he derramado sobre ella lo mejor y lo peor de mi. Tranquilo hermano, ya hoy no existen deudas.


Mis compañeros de viaje me esperaban, eramos tres veinteañeros dentro de un cuarto donde no cabían las expectativas, los nervios y el miedo, pero nos teníamos los unos a los otros. Creo que ese día no dormí, cerré los ojos y los abrí al escuchar la alarma, se sintió como un pestañeo. Si mi memoria no me falla, el nombre del conductor era Nilson. Un señor de unos cincuenta y tantos años fue quien recogió nuestras maletas y las subió a un jeep. Sobre el techo se vislumbraban enormes envases cargados con gasolina y nosotros sentados con ropa cómoda y abrigos de invierno dábamos la sensación de recrear, entre las galletas y el dulce, una imagen propia del realismo mágico. No había amanecido cuando comenzamos a rodar por las calles de tierra en aquel clima húmedo y caliente. Las dos chicas en la parte trasera y nuestro hombre de copiloto, condenándolo automáticamente a no poder dormir.


Así inició la travesía y yo no podía dejar de tararear Bohemian Rhapsody y una canción que había escuchado mucho desde que él se había ido: Oh baby, baby it´s a wild world. 

Los límites de la frontera

Esta ha sido una de esas semanas infructuosas, no me gusta detenerme porque luego tengo miedo de no saber como avanzar. No me mal interpreten, he continuado con mi rutina de entrenamientos diarios, me he duchado todos los días y he leído y escrito reflexiones pero he necesitado callar un poco mis ansiedades con películas de netflix y rock de los ochenta. Sin embargo algo conseguí, he aquí un testimonio de primera mano. 

Cuando abandone el hospital directamente me indicaron la negativa de informarme mi diagnóstico, probablemente para no generar expectativas. Tardé unos seis meses en enterarme y otros cuatro o cinco en aceptarlo. Aunque el trastorno límite de la personalidad está catalogado como enfermedad mental, en mi caso particular prefiero denominarlo «condición». Esto me ha permitido un margen menor para adoptarlo como excusa y también para hablar de él sin estigmatizarlo. No soy terapeuta ni doctora, escribo desde mi lugar como paciente cuando, a causa de un desequilibrio químico en el cerebro, experimenté en carne propia los síntomas más crudos del borderline. A lo largo de mi vida siempre presente problemas de desrregulación emocional, saberlo no lo hace más sencillo pero con práctica se aprende a sobrellevar. Los problemas reales aparecieron cuando empecé a manifestar impulsos de carácter agresivo, ya no eran sólo palabras hirientes: llegué a golpear personas, me cause daño físico y experimente largos y sostenidos periodos de angustia que podrían ser descritos como una ansiedad multiplicada por diez.

Con la irrupción de una voz dentro de mi psiquis, de primera mano experimenté un estado frenético que intentaba por encima de todo, no ser abandonada por las personas que amaba. Mis relaciones interpersonales con los más allegados acabaron por deteriorarse producto de un patrón de auto-lesiones, manipulación emocional y distorsión de la realidad. 

Por esa época trabajaba en una fiambrería y al cortar el jamón en la máquina, solía tener la fantasía de deslizar mi muñeca sobre la cuchilla giratoria. Esta imagen no venía a mi una vez al día, era un loop que a ratos se sentía muy real. Mi cuerpo dejó de pertenecerme, estaba desligada del tacto, de las caricias o los maltratos, tenía ese vacío interno que me daba plena seguridad de que en cualquier momento los edificios a mi alrededor se derrumbarían. Pasé largas noches con los ojos pesados de cansancio sin poder dormir, desesperada hiperventilando angustiada y sin saber a quién acudir. Sabía que estaban cansados de mi y de todo, yo estaba cansada de no disfrutar nada, de olvidar cosas, de no ser divertida, de no saber sonreír. Quería desaparecer.

Un detalle bastante significativo fue que al iniciar el malestar fui corriendo a cortar mi cabello, muy corto. Pensaba que este ritual sería una forma de reiniciar sin todas las cosas que arrastraba. Ahora rememoro eso y me veo sentada en el parque dentro de aquel hospital como un muñequito perdido sin identidad. No era entonces capaz de reír o pensar, ignoro en que se iba el tiempo dentro de un cuarto con nueve camas y una sola ventana, sin televisión ni radio, sin tecnología ¿A donde había dejado la cabeza? A ratos me tocaba para estar segura de tenerla sobre los hombros. 

Dibujo y collage / Libro de artista – Ura Urdaneta

El camino puede ser incierto pero es sabio, el mío me concedió toparme con una persona cuya influencia logró que mi reinserción en la sociedad fuese menos traumática. En una ocasión entré a su pieza y al mirar el ordenador detallé una foto mía que debía tener unos cuatro o cinco años y casi de inmediato comencé a llorar y a gritar. Fue un ejercicio en extremo doloroso porque la chica pecosa que sonreía maquillada y segura no podía ser yo.


En abril del dos mil diecinueve había aumentado más de diez kilos, mi rostro estaba abultado, redondo e hinchado consecuencia de la medicación, no gozaba de condición física ni de voluntad para recuperarla, no tenía la concentración para mirar una película, las canciones largas me generaban ansiedad, no podía afinar para cantar, mis manos se sentían rígidas e inútiles al intentar dibujar, no podía salir a la calle sin sentir pánico o que el corazón se me acelerara y cocinar me daba más miedo incluso. La depresión me había arrebatado todo lo que me hacía sentir yo. 

Cada noche antes de dormir lloraba segura del infortunio, estaba sola y a nadie le importaba (tenía plena convicción de ello). Tuve que transitar todo sin mi familia, me sentía tan vulnerable y poco amada, reemplazable. Quería desaparecer porque tenía la certeza de que mi vida se había terminado al entrar a esa prisión. Ni siquiera un nuevo amor me daba ganas de levantarme y existir, Urania había muerto y lo que quedaba era un despojo de su humanidad. Pero como ya dije, la vida tiene vueltas y luego de haber contemplado la muerte un par de veces más, el universo quiso que mi tía aterrizará unas semanas en Buenos Aires. A pesar de nuestra errática relación, este fue un soplo de vida porque supe entonces que en realidad era amada e importante y que al contrario de mi sentir, no había sido abandonada tras esas rejas. Quise volver a Venezuela pero esa parte de mi en donde todavía había fuego supo decirme que lo correcto era quedarme y sanar lejos de aquello que me había quebrado, que era momento de ser valiente.

He dejado esto para el final porque en mi opinión, es lo más maldito que puede pasarte bajo cualquier condición neuro-psiquiatrica. Me refiero a los llamados «ataques» o brotes psicóticos que no sólo causaron estragos en mi vida antes de ser ingresada al hospital y estando dentro de él, creo que llegaron a causar más daño cuando salí. Algo malinterpretado, un pensamiento, un recuerdo, una canción… Nunca sabía por dónde iba a atacar cuando ya mi cabeza se estaba golpeando contra la pared. Siendo reiterativa, cuando esto pasaba sentía que me veía a mi misma desde adentro sin poder hacer nada, igual que cuando me quedaba paralizada. Este malestar psiquico se apoderaba de mi cuerpo convirtiéndolo en una masa ausente e inútil. Inclusive, como una chiquilla malcriada y manipuladora lloraba y pateaba cuando debía dejar la casa de mi pareja, me rehusaba a estar sola en casa, más bien, me daba terror estarlo. Espero tener en algún momento las palabras exactas para poder transmitir lo terrible que es estar ahí.

Dibujo / Libro de artista – Ura Urdaneta


Por fortuna, fueron fases. Ya he hablado de lo mas horrible y de lo que fue vivir en el infierno. Ahora permítanme abrir la ventana para que pase el sol. 

Tuve que dejar de castigarme, tuve que largar en terapia todos mis sentimientos, pensamientos, dramas y recuerdos, tuve que poner alarmas cuatro veces al día para no olvidar mis medicinas, tuve que aprender a dormir ocho horas y re-aprender a comunicarme con los demás. Tuve que salir de dentro y sentir enojo, rabia, odio y tristeza para luego mirarme en el espejo y reconocer la misma cara pecosa del ordenador. Tuve que adquirir vicios y dejarlos, tuve que beber mucho alcohol para comprender el daño que me hacía, tuve que probar drogas para dar por sentado que las odio, tuve que cargar con mi sobrepeso para sentir que este cuerpo me pertenecía y merecía respeto, tuve que atragantarme con comida para evitar llenar vacíos con ella. Tuve que experimentar una crisis a las tres de la mañana para saberme capaz de tomar una bicicleta y pedalear hasta que el aire me trajera paz de nuevo. Tuve que reconocerme haciendo sufrir a otros para tomar conciencia de mi propio egoísmo. Tuve que enamorarme nuevamente para entender cuanto me amaban y cuanto me habían amado. 

Si lo pienso cronológicamente, mi evolución se dio de manera trimestral a lo largo de un año: en el primero experimente la externación, me puse en pareja y conseguí empleo. En el segundo el universo me reencontró con mi familia lo que me permitió bajar las barreras que había construido a mi alrededor. El tercero donde descubrí mi diagnostico y estando más consciente de la persona que era, comencé a realizar actividad física y a mejorar mi alimentación; y finalmente el último, en donde después de luchar comprendí que no se trataba de pelear con la enfermedad sino de aceptarla, y así con ella, mis errores, mi pasado y por fin, gozar a plenitud del presente. Desde que los cohetes anunciaron la llegada del año pasado, supe de inmediato que probablemente sería el más difícil de mi vida. Y lo fue. 

Creo que lo más duro es el terror al estigma que muchas veces nos lleva a aislarnos. Me considero afortunada: tuve un compañero que me siguió con amor y paciencia en cada crisis, amigos dispuestos a escuchar y una familia entregada a comprender mi «condición». 

Logré estabilizarme, cada día aprendo algo nuevo de personas con situaciones similares a las mías. Tienen diagnósticos de psicosis, esquizofrenia, bipolaridad, depresión y son mucho más de lo que dice un papel, yo lo soy. Muy a pesar de que tengo mis momentos con emociones desbordadas y de que el síndrome pre-mestrual me descompone si no lo controlo, en mi carrera, en mi trabajo, en la vida, tengo la fortuna de haber conocido amigos que adoro y conservo. 

Detalle de collage/ Libro de artista – Ura Urdaneta


Lo peor de una enfermedad psíquica se manifiesta a ratos. Quizá no tenga cura pero se aprende a vivir con ello, se regula, se espacia, se disminuye yendo a terapia, siendo consecuentes, haciendo deporte, evitando estupefacientes, tomándote el tiempo de conocerte para trascender. Quizá este escrito ha resultado tan desordenado como lo han estado mis emociones esta semana pero somos humanos, no siempre podemos escribir desde la luz. 

El monstruo que fui

«Si he dejado una herida en tu interior, esta herida no es sólo tuya, también es mía. Así que no me odies por ello.»

Haruki Murakami

La mañana del veinte de septiembre del dos mil diecisiete subí al primer piso del aeropuerto internacional Simón Bolívar, con las piernas temblando me empape la cara con agua fresca, luego de mirarme unos segundos detenidamente en el espejo me dije: el año que viene nos vamos, en mayo, no más.

Los meses posteriores me dediqué en cuerpo, mente y espíritu a la redacción de mi trabajo especial de grado lo que me llevó a la apertura de puertas que conducían a lugares sumamente oscuros y que en ese entonces no supe como cerrar. Para diciembre obtuve mi título de licenciada, participe de una exposición colectiva y fui madrina de un casamiento, ya con el año nuevo en puerta mi único objetivo se centro en buscar la forma y el dinero de llegar a Buenos Aires. 

Suelo ser inconstante para algunas cosas, desinteresada para otras pero no abandono promesas hechas y menos a mi misma. El once de mayo de dos mil dieciocho, mis pies tocaron el sur y me llevaron al lugar que más anhele durante esos meses: a un abrazo que contenía todas mis partes. Es sencillo contarlo de ésta forma, visto así el «monstruo» del que hablo no tenía porque aparecer nunca. Cumplí mis objetivos, salí de un país venido abajo pero mi maleta rota traía más que tierra fronteriza y ropa, había emigrado con todos mis demonios en el equipaje.

Dentro de esa falsa sensación de control sobre la profesional que era, proyectada a surgir en este nuevo lugar, había una niña profundamente triste y con sensación de abandono, que había sido incapaz de perdonarse y de pedir perdón. Considero que en esos meses previos al viaje, me mantuve entera producto del incalculable amor que mis primos (más bien hermanos) depositaron en mi. Me llevaron a muchos lugares divertidos, me hicieron reír, cocinamos juntos cuanta cosa se nos ocurrió, vimos películas, escuchamos música, compartimos el tiempo como si todavía fuésemos chicos. Fue por ésta misma época que tuve la invaluable oportunidad de cursar un diplomado en psicodrama, descubrir ésta técnica y estudiarla ha sido quizás de las mejores cosas que me ha pasado en la vida. Sin embargo ninguna de ellas evitó que de esas puertas antes mencionadas, empezaran a emerger figuras que me provocaban un vacío en el estómago. Tuve no una, sino varias oportunidades de poner sobre ese escenario psicodramático esos miedos a dialogar pero me evadí, sortee el dolor en lugar de mirarlo a los ojos. Dentro una parte de mi quería irse, esa que estaba cansada de una convivencia familiar insostenible, de cargar un peso adjudicado gratuitamente, de no poder vivir mi vida con la libertad deseada. Luego estaba esa parte que miraba a mis niños (Ceniza, Rómulo y Sheik), a mi carrera emergente, a mis amigos, a mis hermanos y a mi madre, entonces dudaba en si irme era o no lo correcto.

Mi propio vacío y el falso anhelo de que desaparecería mágicamente al pisar suelo argentino, sirvió de impulso para tomar determinación pero no se puede huir del karma. Hay angustias que eres incapaz de comprender hasta que te las encuentras de frente. En una conversación que mantuve mes y medio antes de tener certeza de poder salir del país, sentí el mundo venirse abajo quizá por mi propia desconfianza o tal vez porque necesitaba sólo una gota más que derramara el vaso. El caso es que yo quería alcanzar a alguien (o algo) y lo dicho generó más palabras que se convirtieron en oraciones que se hicieron párrafos, una guerra virtual en la que una bandera de paz se asomó al momento de saber que si llegaría a Buenos Aires pero el daño estaba hecho. Eso es lo que pasa cuando infravaloramos la empatia, la capacidad de ponernos en el lugar del otro, cuando no somos sinceros acerca de lo que nos pasa.

Esa persona que veía a través de mi cómo si fuese yo de cristal no tenía la menor noción del cuadro que estaba atravesando ¿Por qué? Nunca se lo dije. Mantuve una pésima relación con mi hermano biológico los últimos dos años de mi estancia en Venezuela, ahora mucho le atribuyo a mi incapacidad de expresarle todo lo que me hacia sentir. Pero a momentos (que por suerte se van multiplicando) me observo sin juzgarme y pienso que esa tristeza se manifestaba desde la ira y la rabia, era la forma que encontraba para no recibir más daño. Entonces yo no sabía lo que sé ahora, no había tomado consciencia de mi propia luz.

Volvamos al Aeropuerto Internacional de Ezeiza y a Buenos Aires. A mis compañeros de viaje y a mi nos tomó aproximadamente un mes llegar a una cierta estabilidad económica, pasamos por mucho antes de encontrar la habitación a la que llamaríamos «hogar». Convivíamos tres en un mismo cuarto: una cama de dos plazas y una individual, un televisor, una heladera pequeña, dos placares, una mesa y un par de sillas; baño y cocina a compartir. A veces por las noches veíamos películas o comprábamos comida hecha, había conseguido un empleo de seis días a la semana donde disfrutaba de un buen sueldo, personas allegadas nos obsequiaron ropa y calzado, estábamos bien. En la puerta continua, el origen del conflicto bélico.

Se me complica dar forma a ésta parte del relato porque yo misma tengo enormes lagunas con dudas y preguntas pero como nunca dejé de escribir (hoy entiendo que me escribía a mi misma) infiero que desarrolle un sentimiento de culpa tan abismal que fui yo misma quien se llevó a ese lugar oscuro en el que no quería estar. Al principio se presentó como ansiedad y de buenas a primeras terminé casi suplicando que me llevaran hasta la guardia de un hospital porque empezaba a percibir ataques de pánico. Ese día solo me dieron unos pocos comprimidos de clonazepam y me indicaron tomarlos si había malestar. Casi en paralelo, tomé valor y ubiqué un centro donde me admitieron en ayuda psicológica porque no entendía porque lloraba todo el tiempo: «Creo que estoy deprimida»

Mis rommies y el vecino se dieron a la tarea de vigilarme y hacerme sentir bien pero en un momento que creo que jamás seré capaz de ubicar, una voz comenzó a resonar dentro de mi cráneo, no había forma de hacerla callar. Creo que las palabras aún no me alcanzan para describir lo que fue estar en ese lugar, donde el cuerpo se te hace ajeno, no puedes pensar, ni hablar, ni cantar, ni dibujar, sientes que tampoco eres capaz de respirar, todo es llanto y la culpa te consume. No fui capaz de comprender que a veces las relaciones terminan pero eso no significa que no haya amor. Me sentía fracasada en todos los aspectos de mi vida pero terminé por anclarme en la fuente más cercana de dolor: mi desamor.

Un sábado de agosto llegué del trabajo sin decir palabra, quería cortarme la cabeza pero como no sé podía tome un par de comprimidos y me eche a dormir. Debían ser las dos de la mañana cuando experimente lo que sería mi primer brote psicótico y acto seguido mi primera sobredosis. Recuerdo mis gritos y las barbaridades que dije, recuerdo el sonido de la ambulancia, pero todo eso como si lo hubiese visto desde adentro, como si esa no hubiese sido yo. Recuperé la conciencia con una sonda saliendo por mi nariz y la cara de decepción de todos. Esa misma tarde me dieron el alta y en la noche me tocó ir hasta la comisaría y declarar que había tratado de suicidarme, que ninguno de mis compañeros había atentado contra mi vida y que muy probablemente me había vuelto loca.

Mi otro [Yo] – Ura Urdaneta

Esa noche lo supe. Había un monstruo dentro de mi que se había liberado y que no sabía cómo controlar. Fueron mis amigos quienes me llevaron hasta un hospital psiquiátrico y me sirvieron de apoyo al momento de pedir ayuda. Asistí intermitentemente un par de semanas donde me recetaron mas medicamentos y al cabo de un tiempo me derivaron a medicina de estrés posttraumático donde me remitieron a sesiones con un psicólogo de nombre Walter dos días a la semana, tenía los ojos como dos esferas celestes, profundos y llamativos.

Que habrá sido peor ¿errarle al diagnóstico o haberme medicado mal? Fue apenas el año pasado cuando entendí que la píldora equivocada puede desequilibrar aún más tu cerebro, hacerte perder la memoria, volverte agresiva, emerger de tu interior tus instintos mas animales.

Y entonces, pasó. No hay mucho más que decir, he olvidado gran parte de lo que vino después. En resumen, los ataques de pánico se convirtieron en parte de lo cotidiano, aprendí a lastimarme las extremidades con mis propios dientes y aparentemente (dicho por quienes si lo recuerdan) me transforme en una manipuladora que jugaba con las emociones y sentimientos de los demás. Hay varios flash en mi cabeza, uno de ellos me sugiere que trate de hacerme daño con un cuchillo, otro que rasguñe mis muñecas con un instrumento de manicura, otro en el que me escapé de un hospital… Aún no recuerdo como o porque llegue ahí.

Sigo asumiendo que en eso me convertí: un monstruo, uno sin memoria que es lo peor. Puede que no tenga recuerdos nítidos pero si de algo tengo plena seguridad es en el haber hecho mucho daño y puede que eso haya sido lo más difícil de entender la enfermedad, hacerme cargo de mis errores y al mismo tiempo asumir que no lo hice a propósito o como me repite Soledad: «No puedes sentirte culpable por cosas que ni siquiera recuerdas». Pasé largo rato barajando las posibilidades de «si hubiese hecho…» que de nada sirven ahora. Lo que pasó tenía que pasar para que encontrara algunas respuestas. Esas personas me mantuvieron con vida y me internaron en un hospital, no he vuelto a verlos después de eso.

El año pasado lloré muchas y repetidas veces por la misma causa. No saberme frágil y humana me llevó a estar mal y aún después de eso no era capaz de salir de la culpa. Me sumergi en un abismo de autocompasión tóxica. Jamás me corté los brazos estando en el hospital pero lo hice incontables veces al salir y otra importante cantidad volví a sobrevolar la posibilidad de acabar con mi vida. El monstruo que era no merecía existir, me daba tanta relevancia creyendome sumamente importante que pensaba que tenía el poder de lastimarlos a todos, era mi egocentrismo pensando como si del ombligo del mundo se tratase.

Pero esas puertas y esos monstruos dejaron de ser ignorados y en mi condición de extrajera sin familia ni lugar a donde ir, terminé tan abajo que sólo me quedó la opción de empezar a subir y asumirme. Asumir que quizá, si dejaba de ver en blanco y negro, descubriría que detrás de ese monstruo estaba la niñita asustada que llevaba años ignorando, que tenía un problema y que si dejaba de victimizarme y de ver a quienes se habían ido como «los que me abandonaron», lograría perdonar y perdonarme. 

Sanar no es lineal, aceptarse tampoco.  Después de eso me di cuenta de que en realidad siempre he sido fuerte y capaz, recuperé afectos que me tendieron sus brazos y su luz, que me retaron a ser mejor. Me di la oportunidad de conocer un nuevo tipo de amor y su calidez me permitió dejar de tenerle tanto miedo a mi propia sombra. Comprendí las cosas que me hacen bien y aquellas que utilizaba como mecanismo de autodestrucción o evasión. Hice las pases con el universo y volví a creer y a crecer como ser humano.

No puedo devolver el tiempo y evitar que ese mounstro (que también soy) se lleve por delante mi vida pero puedo aprender y transmitir que si acumulas años de sentimientos reprimidos y además se te dificultan los matices, esto es lo que pasará.

Apenas al inicio de mi gravedad, una noche atravesé un ataque de llanto. Dentro de unos brazos cortos llegó la calma y un poco más repuesta, me dio por hablar de lo que mi tránsito por el psicodrama había despertado en mi: «Quiero ayudar a las personas». Me pienso infantil y egoísta entonces, creyéndome capaz de tal cosa en medio de ese caos pero la respuesta recibida entonces ha servido, incluso en el presente, a mantenerme dentro de mi bien lograda cordura y metas: «Quizá tienes que pasar por esto para entender lo que significa estar abajo, para poder ponerte en el lugar del otro. Sólo así podrás ayudar».

Hice las pases con ese monstruo, ahora nos llevamos bien y algunas tardes nos sentamos a tomarnos unos mates, desde entonces no he vuelto a sentirme sola.

«Sin sombra no hay luz»: Yo, la artista.

Hace más de cuarenta días que inició el período de aislamiento social, preventivo y obligatorio. Los días no me pasan sin significar algo: investigo, escribo, dibujo, hago yoga y medito. Esto ha desencadenado el retorno de experiencias anteriores que no siempre son gratas, me permiten entender el origen de la sombra y al mismo tiempo vuelven a tenderme en el suelo haciéndome llorar como una criatura. Por más que he dedicado meses a la lectura tratando de digerir información de la red, de los documentales y de las experiencias de otras personas que pasan por lo mismo, aún hay veces que me cuesta procesar lo que pasa y el porqué me pasa.


He pedido a mi familia que me envíe fotos de mi niñez y adolescencia. La memoria nunca actúa con la nitidez necesaria para ubicar respuestas que no sean interpeladas por nuestro propio juicio. Yo necesitaba verme, RE conocerme, sin los falsos ideales que modifican los recuerdos. Ahí pequeña y frágil en los brazos de papá y abrazada siempre a mi hermano. Antes de los doce años hay una niña bastante segura de ser… Niña. Es femenina, con el cabello a la mitad de la espalda, sin sobrepeso, sonriente, cómoda con la persona que es. Ayer mi mamá me contó que estuvo viendo esas fotos y en varias le parecía que tenía una carita como con ganas de llorar, es probable. A medida que avanzo y llego a la pre adolescencia me encuentro entonces con el desastre latente del no conciliar una verdadera identidad. No hay una autoimagen clara, no hay femenino pero tampoco un masculino, no hay comodidad ni seguridad, recuerdo que por ese entonces evitaba los espejos. Era todavía una nena pero tenía muchas cosas claras, mi mente iba rápido, tenía que llevarle el ritmo a las personas con quienes convivía: un hermano diez años mayor y unos padres de la tercera edad. 

La primera vez que quise desaparecer tenía doce años, odiaba tener que ir al colegio, recordando esa etapa me pregunto si mis padres habrán sido conscientes de que, siendo tan chica, estaba profundamente deprimida y era imposible de ocultar. Pasé temporadas prolongadas de confinamiento en casa con malestares físicos que respondían enteramente a mi tristeza. Empecé por ese entonces a acudir a una psicóloga que aunque no me diagnosticó, siempre estuvo para retar la rigidez de mi carácter dicotómico.

Siempre fui introvertida, callada, obediente. Fui una niña que no aprendió a gritar o a correr porque estaba prohibido así que mi refugio siempre fueron los cuentos y los dibujos que mi mamá me hacía para pintar. Cuando aprendí a escribir no pude dejar de hacerlo, logré establecer un discurso con mi entorno a través del arte porque cuando dibujaba, pintaba o redactaba era libre: no tenía que llenar las expectativas de papá o los zapatos de mi hermano que toda la secundaria sentí que me quedaban grandes. Me sumergí en una cotidianidad llena de música donde leía y creaba mis propias historias y personajes. Por suerte no estuve sola, en el camino mantuve amistades que jamás juzgaron mi aura pesimista y agresiva. Al cabo de un tiempo, mi madre accedió a cambiarme de escuela y aunque el vacío no se fue, al menos la tristeza comenzó a mitigarse.

Aún hoy, una parte de mi sigue guardando la esperanza de pensar que si la vida hubiese seguido su curso de manera armoniosa, quizá habría ganado la batalla contra la frontera. Para cuando tenía quince años me había convertido en una persona diferente: estudiaba música, hacía teatro, empecé a preocuparme por mi imagen personal y volví a identificarme como mujer. Mis nuevos amigos me enseñaron que la vida podía ser divertida, que no había necesidad de ser tan exigente conmigo misma y que podía llevarme bien con los demás aunque pensáramos diferente. Ya para entonces tenía como objetivo asistir a la escuela de arte.

El arte es garantía de cordura. Es lo más importante que puedo decir. 

Louise Bourgeois

Eso no lo sabía todavía, nadie me dijo que al cumplir dieciséis tocaría el fondo por primera vez. Fue ahí donde, antes de esta ocasión, estuve más cerca de la muerte. Me fueron arrebatados afectos, fui implicada entonces como parte de algo espantoso de lo que no era responsable, mi papá se cortó el cuello… Y no se murió. Solía pensar que sentir tristeza por todas estas cosas era exagerado y una muestra de debilidad, que el dolor que generaba lo que se sentía como la ruptura de la inocencia, de la benevolencia del mundo, del amor, debía ser superado y dejado atrás, como todo. Y la realidad es que no sobreviví a eso, si algo me rompió fue entender que a veces el mundo te patea, te vomita y te voltea aunque tú no seas responsable de nada. Por años cargue con errores que me legaron y forgé a mi alrededor una coraza de autosuficiencia, sarcasmo y fatalismo que me llevó lejos unos años. Entrada en una adultez precoz, me convencí de que podía sola, que el amor era relativo y que la infancia termina cuando entiendes que vas a morir. Asumí por entonces que la gente iba por la vida existiendo sintiéndose vacía y eso era lo normal, porque buscar ayuda era una completa pérdida de tiempo. 

Llegué a los diecisiete sin saber lo que significaba tener una relación romántica con nadie porque en realidad no tenía mucha noción de como conectar con los otros. No puedo recordar haber visto amor y equidad entre mis padres ni tampoco una vida familiar feliz después de la muerte de mis abuelos, después que papá se fue de casa una parte de mi se hizo libre pero otra se volvió tóxica. Yo no lo entendía porque en realidad se nos enseñó a normalizar conductas ¿desagradables? A tapar: el alcoholismo, la violencia, la manipulación, la evasión de responsabilidades y por encima de todo, la autodestrucción. Como estaba segura de que en eso consistía la vida y las relaciones, decidí por entonces no enamorarme nunca. 

El año pasado cuando hablaba con Soledad (mi terapeuta) siempre trataba de hacer el ejercicio de reconstruir estos escenarios y de ubicarme en ellos. Tuvieron que pasar casi diez años para poder vomitar todo el veneno que me recorría sin caerme a pedazos. Me llevó muchísimas sesiones entender que me permití ser producto de las peores experiencias de vida porque me tomó tiempo y apoyo comprender la importancia de los límites. Cualquiera podía entrar en mi psiquis y cargarme con toda su mierda, su egoísmo y sus prejuicios. Me permití hacerme muchísimo daño físico y emocional a través de mi familia. De esta forma terminé yo lastimando a personas que jamás me hicieron daño. 

La universidad representó el eje fundamental para afianzar mi mayor incertidumbre en la vida: mi identidad. Cuando iniciaron las clases, conocí estudiantes y maestros que representaban retos. Tuve entonces una primera reacción de temor absoluto a lo de siempre: a no ser suficiente, el tiempo se encargó de hacerme ver que por primera vez me había convertido en parte de algo y sentí tanta seguridad que decidí buscar empleo y comenzar derrumbar temores a lo desconocido reconociendome como un individuo capaz de funcionar en todos los aspectos. 

Cuando empecé a hacer obra no tenía idea de lo que quería decir. Transite un periodo lejos de mi casa y de la escuela para poder comenzar a hacerme preguntas distintas, de lejos generalmente ese tipo de cosas se ven mejor. Resulta que el arte no es una carrera universitaria sino una forma de vivir la vida y eso lo fui entendiendo mejor en cada etapa depresiva vivida durante mis estudios. En siete años que estuve en la escuela, al menos cinco veces estuve bastante interpelada por la frontera, todas distintas, con mayores y menores grados de intensidad. Fue apenas en el sexto año cuando, quien fue mi pareja me convenció de buscar ayuda dentro de la misma universidad porque, por mucho que estuviese mal, siempre me negué a verme débil, a generar «lástima» y a pedir ayuda. Me permití asistir a la fatua creencia del «Yo puedo con todo, las cosas pasan». En una ocasión anterior a esa me habían recetado «píldoras para dormir» y yo asumí que tomándolas cuando sentía algún hueco en el pecho, mejoraría de un momento a otro. Auto saboteo le dicen.

¿De qué quieres hablar con tú trabajo? Detestaba profundamente esa pregunta. Aun me veo en el taller o faltando a clases porque me sentía incapaz de defender lo que hacía, o presentando proyectos de mierda porque no lograba entender que quería decir con las rupturas, las muñecas y los objetos filosos. Hasta que una tarde, hablando con mi maestro que es tan sabio como estricto comprendí que tenía 8 años negándome a mi misma un trauma, que jamás dejé de sentir que mi papá me había fracturado y que en mi percepción universal: mi mamá había construido su propia jaula y estaba muy cómoda en ella. 

Pero no dije todas estas cosas en mi trabajo de grado (al menos no con palabras), por más que mi maestro intentó todo tipo de tácticas para llevarme al origen del problema. Entonces yo no podía ir más adentro porque inconscientemente estaba salvaguardando mi salud mental. Llegué tan lejos con mi propuesta que verme al espejo significó asumir que algo andaba mal en mi cabeza, que las personas no van por ahí estando tan tristes. Lo pensé largo tiempo, quise buscar a un especialista y desglosar lo que me pasaba: ¿por que no puedo ser feliz cuando me sobran motivos para serlo? Mi cobardía me pudo y el capitulo que abrí tras redactar el escrito que me permitió graduarme, lo cerré en silencio con una depresión profunda que arrancó a principios del año dos mil dieciocho y que no de iría hasta al año siguiente, después de demoler todo a mi alrededor. 

Cuando conocí a Louise Bourgeois y leí el origen de sus impulsos para hacer arte, como utilizaba sus experiencias personales y el dolor para transmutar todo eso en obras que impactarán las emociones, llegué a pensar que quizá de tanto hacer, el dolor se iría. Luego me topé con una afirmación que rezaba que siempre logró trabajar desde ese lugar porque el dolor jamás se fue. Creo que he llegado a esta edad viva y medianamente entera porque logré creerme el papel de «artista». Y en realidad al día de hoy me pregunto si lo poco que estoy haciendo se puede considerar arte o si en algún momento podré volver a hacer obra.

Desde que mi vida se detuvo me ha costado mucho hacer cosas de las cuales estar orgullosa, aunque no he dejado de escribir. Una vez uno de mis maestros nos dijo que el arte era un mecanismo que nos permitía «exorcizar demonios». Yo, esta Urania que se ha formado como adulta bajo el cobijo de las artes y los artistas, puede afirmar que, artista o no, solo el arte es capaz y ha sido capaz de salvarme. Aunque haya días que me cueste tanto, no renuncio ni renunciare a él porque a él me debo, me lo ha dado todo. 

SENTIMIENTO MUERTO – SIN SOMBRA NO HAY LUZ 1989

Muerte, tiempo y el no lugar

Identificamos como trastorno a cualquier alteración en el funcionamiento de un organismo o de parte de él, una perturbación en el área psíquica y del comportamiento establecido. Un trastorno de la personalidad se refiere a conductas inflexibles que se alejan en demasía de lo socialmente establecido.


Los invito a imaginar que levantan sus manos al frente y las observan detenidamente: la derecha es una mano entera y sana mientras que la izquierda está visiblemente lastimada con una quemadura que ha oscurecido y enrojecido la piel. De pronto alguien delante de ustedes les coge la mano derecha y da un fuerte apretón, quizás pueda doler un poco pero es una molestia rápida y pasajera, ahora procede a hacer lo mismo con la mano izquierda (ésta persona no tiene idea de que esa mano está delicada) y antes de que puedan evitarlo, aprieta con fuerza. Éste dolor se extiende por todo el cuerpo al punto de generar lagrimeo, escalofríos y ganas de maldecir, probablemente la única manera de calmarlo sea respirar de espacio y mantener esa parte de su cuerpo cerca de ustedes. ¿Han podido imaginar con el tacto lo que quise ejemplificar? Ahora hagan de cuenta que la mano derecha representa las emociones de una persona con actividad cerebral normal y con un control bastante amplio de si mismo. La mano quemada son las emociones desbordadas de una persona con desrregulación emocional, muchas veces consecuencia de una desequilibrada producción de neurotransmisores lo que provoca que sentimientos como la felicidad y la ira se experimenten al límite y regularmente, con cada parte del cuerpo. Aclaro esto porque, al menos en mi caso, hasta que aprendí a manejar ciertas situaciones se me contracturaba el omóplato derecho al punto de no poder mover con libertad ese brazo, entre otras cosas.


Hace un tiempo Oliver me dijo: «Desde siempre tú problema es que no sé, pareciera qué sientes las cosas como diez veces más fuerte de lo normal. Tómate un momento para poner pausa y tratar de procesar lo que pasa con más razón que emoción». Para entonces yo ni enterada, pero si, una vez una psicóloga me dijo lo mismo «Tú problema es que sientes demasiado, cuando sientas menos estarás menos mal». Hay profesionales con métodos bastante cuestionables, quiero ser bastante clara al decir que esta terapeuta no aportó ninguna herramienta que contribuyera al proceso, por suerte la licenciada que trabaja actualmente conmigo me permitió entender de una forma más concisa y clara como reeducar el manejo de los impulsos y reconocer las emociones y los sentimientos tanto positivos como negativos. Pasé la mitad de mi vida sin saber expresar lo que sentía en realidad. 


Cuando arrancó éste período de cuarentena tenía bastante claro que contaba con elementos que utilizar a mi favor para no enloquecer con el encierro pero contrario a lo que pude suponer en principio, los días se me hicieron más provechosos cuando comencé a dedicar tiempo a mis investigaciones, a mis escritos, a la música y a la meditación. De alguna manera reconecté de inmediato con lo más puro de mi espíritu y reencontré pedazos de mi ser en fotografías y cartas antiguas. Poseo una cualidad particularmente molesta y es la insistente búsqueda de la causa que generó el efecto; todo tiene un por qué. Eso significa que pasé el último año y un poco más buscando las respuestas a todos mis «males». La parte más lógica y médica es aquella con la que abrí éste texto pero yo creo en la magia, creo en el universo y la divinidad, en el karma, en los contratos y la energía.


Una de éstas tardes que me senté en mi cama a leer y una amiga se ofreció tirarme las cartas a través del whatsapp. No lo pensé mucho y le proporcione mi nombre, hora, fecha y lugar de nacimiento. Le hice una pregunta y con mucho respeto y amor, ejecutó la lectura y me indicó unos pasos a seguir para mejorar esa situación en particular. Con temor lancé una segunda interrogante y entonces todo se fue para la mierda: «ahí no hay nada que hacer, todas las cartas están al revés». Percibiendo mi tristeza y congoja no quiso finalizar su lectura sin acotar:

Saturno en casa 4
Plutón en escorpión

«Como individuo siempre vas a buscar evolucionar en tu realidad pero para ello no te importara destruir aquello que te lo impida y no medirás consecuencias. En cuanto a las heridas de tú infancia, tendrás que reconocerlas y aprender a sobrellevarlas si quieres sanar tú parte emocional «.

Jamás he hablado con ella de mi vida anterior, de mi niñez o mi familia y quizás suene irrisorio para algunos pero sentí que conecté muchas cosas y por consecuencia me puse a llorar. Antes de mi verano en el hospital solía llorar pensando en otras personas pero después de experimentar la mayor sensación de abandono y terror, ahora sólo lo hago pensando en mi: a veces me tomo unos minutos para tenerme lástima o auto compadecerme, otros lloro de felicidad porque estoy orgullosa de mi misma y a ratos lloro molesta porque me siento tarada o egoísta o ridícula. Lo importante es que ya no me quedo en ese no lugar, lo atravieso y salgo liberada.


En un texto referente a la transformación, se leía que las personas nacidas con ésta estrella necesitan adquirir un lenguaje que vaya más allá de la palabra y la comunicación verbal, un mecanismo a través del cuál puedan soltar todas las sensaciones negativas y así evitar que se acumulen porque esto las convierte en algo tóxico que a la larga desencadena procesos destructivos. Con plutón todo lo que no sale queda bullendo dentro, se hace parte de la sombra y tarde o temprano se desata con violencia matando al EGO, liberando a la persona de apegos terrenales y conectando más bien con la parte espiritual. La muerte es una energía poderosa que si se asimila conscientemente se transforma en parte del ser. Pensé en mí, en la niña que era y la mujer que llegó, en los no lugares de los que me hice parte, de la residencia en la que habite y en ese grupo de personas con quienes compartía un vínculo… No pude detener mi proceso autodestructivo, eran muchos años en implosión.


Haciendo memoria creo que fue después de mi gran depresión en el año 2016 y de leer el libro Tokio Blues de Haruki Murakami que comencé a desear de corazón ser un mejor ser humano. Se lo pedía al universo, se lo decía a mi familia, a mis afectos: yo quería ser mejor persona de lo que era. Quizá por eso tuve que tocar el fondo del fondo: con ellos era feliz, parte de algo, estaba cómoda (quizás demasiado) ahí no iba a cambiar, hubiese pasado otros 10 años negando mi sombra y construyendo una falsa sensación de control sobre mí misma. Ese «por qué» tuvo un «para qué».

S/T – Ura Urdaneta 2020


Veo a saturno devorando a sus hijos y en paralelo empaco mi ropa para irme de casa. El tiempo, hay quienes nunca consiguen el valor de dejar el nido. Hoy por hoy agradezco la energía que me trajo aquí porque siempre supe, mucho antes de que ubicaran en mi carta astral este planeta en cáncer, que las normas y límites impuestos en mi crianza impulsaron la creación de un pensamiento dicotómico y la inconformidad ante la vida (nada es suficiente), alterando mi percepción de la realidad. «Él YO se ve afectado por la rigidez de las enseñanzas». Éste tema lo trataré más adelante, sin embargo quiero dejar en claro que la constante a la que se enfrentará una persona con trastorno límite de la personalidad siempre será la construcción del YO.


Regresemos a tierra y a la tarde de llanto. Luego de charlar con mi mamá y mi hermano pude retornar al presente y al lugar del que si formo parte: el ahora. Recordando los postulados de Marc Augé pienso que la sobremodernidad me mantuvo inmersa en ruido constante durante tanto tiempo que fue fácil esquivar y evitar lo que me estaba pasando. Quizá por ello siento que me tomó tanto llegar a un espacio al cuál si pertenecer después de muchos años, uno que si aporta algo a la construcción de la persona que soy.


Hay valía en el auto conocimiento. Somos la persona con las que conviviremos el resto de la vida así que ¿por qué no hacerlo en amor y aceptación? Nunca me sentí limitada por ser diferente pero si me permití autosabotearme durante largos años por mis ridículos niveles de autoexigencia en todos los sentidos: creo que ni siquiera era feliz cuando era feliz. Hoy por hoy no me importa si tengo o no una enfermedad mental ni tampoco lo que pasó a consecuencia de ella sino lo que he aprendido, lo que puedo hacer con eso: cómo estar acá invitándolos a conocerse y a seguir adelante, a buscar respuestas sin obsesionarse, a felicitarse cuando consiguen pequeñas victorias en las cosas simples. Todos y cada uno de nosotros podemos vivir con la sombra, sin ella no habría luz.

Y tú, ¿Por qué estás aquí?

Coexistir con la frontera

«La esperanza es una forma de albergar tristeza»

— Anónimo

Hace un tiempo que reconozco que me angustia observar el transcurso de los segundos, los minutos, las horas, los días,las semanas y los meses. Hace también un tiempo que trato de entender como podría iniciar este espacio, como dar la bienvenida a quienes quieran curiosear las consecuencias de un brote de locura, del desequilibrio químico, del dolor no asumido, de la violencia intrínseca al ser humano, de la dejadez en nuestra etapa más vulnerable. 

Tuve que transitar dos primaveras para poder desarrollar un lenguaje que fuese capaz de reproducir de la forma más literal lo que intento expresar. Una de las mayores limitantes de esta «condición» es la facultad para verbalizar las emociones y sentimientos. Cuando inicié mis estudios en la escuela de arte, me di cuenta que el pintar, el dibujar y el componer se habían convertido en formas de gritar. Así, en la vida diaria podía dedicarme a existir como un ente responsable, romántico, luchador a los ojos de quienes me rodeaban mientras por dentro vivía tratando de darle un sentido a todos los pedazos que se me colaban fuera de las manos. 

En una ocasión, una querida amiga me calificó de «fatalista». En un primer momento realmente me sentí ofendida pero con los años y viendo hacía atrás comprendí que en realidad nunca he sido demasiado feliz. Siempre existió un vacío constante, incontrolable y absoluto que no se llenaba con nada. Viví durante los últimos 10 años negando una fractura interna que se manifestó inconscientemente en todos los aspectos de mi vida. Lastimé y herí a personas que amaba profundamente y que jamás me hicieron daño, los lleve a lugares en donde nadie debería estar. ¿Que me trajo al borde? Mis propios pies, sólo que el momento crítico se puso de manifiesto cuando me di cuenta que no veía a nadie reflejada en el espejo, que esas manos no eran mías, que la boca estaba muda y que dentro de «mi» cabeza una voz ordenaba a mis pensamientos que debía desaparecer. 

Un monstruo que se apoderó de mi piel y mis huesos destruyendo todo lo que alguna vez construí y amé, mi presente inmediato al emigrar. Esa aberración sin memoria,  sin consideración, sin libertad, manipulador y agresivo, ese que fui y al que aún tengo miedo de mirar. Porque no ha desaparecido y hay noches donde todavía se burla de mi, se encarga de repetirme alguna anécdota bochornosa más espantosa que la otra y me mira a los ojos recordándome que la negación de la oscuridad nos lleva a eso, a la autodestrucción. 


¿Cómo sigues viviendo después de haber hecho tanto daño?

Una parte de ti no lo hace porque muere en el proceso, tus creencias se destruyen y la persona que eras, desaparece. Hicieron falta un largo periodo de depresión, un par de sobredosis, un breve estado de alcoholismo, una absoluta sensación de abandono, 3 meses de internación, múltiples cortes en los brazos y unos cuantos ataques de pánico y brotes psicóticos para entender lo que significa asumir la relevancia de modificar en tú vocabulario la palabra culpa por responsabilidad. Durante más de un año no deje de ir a terapia y de tratar de comprender lo que me pasaba, en esos meses comprendí que no se puede cambiar el pasado pero podemos ser mejores de lo que eramos en el presente. 

A veces, aún sufro de momentos en donde quisiera correr al medio de la calle y gritar «Lo siento» «Perdón». Entiendo que eso no va a cambiar nada, asumirme humana, si. El único perdón por el que sigo adelante es el que yo misma puedo darme después de habitar durante tanto tiempo la oscuridad. Hoy escribo porque mi mayor deseo es volver a pintar, volver a ensamblar, a hacer obra y creo que solo sacando todo esto puedo volver a darle sentido a ese lenguaje al que le debo todo. 

Creo que vale la pena destacar que hoy tengo el valor de escribir estas cosas porque existen personas que no han dejado de creer en mi incluso siendo egoísta y desconsiderada. Ellos me recuerdan mi valor, que soy una persona más allá de mi diagnóstico pero también son mi espejo, tienen la fortaleza y la bondad de ponerme límites cuando empiezo a volar de mi y por tanto, han sido maestros fundamentales para comprender la evolución y el desapego, estrategias que me construyen y edifican ahora que estoy bien. El no ser víctima sino responsable, del entender que nadie nos daña, somos nosotros quienes escogemos a través de quienes nos hacemos daño. 

Gratitud infinita para Jhura y Oliver quienes apoyaron este proyecto desde el inicio. A Sara y Carlos quienes se convirtieron en mis guías espirituales en el transito de la sanación. Mi mamá y mi hermano también se han esforzado por comprender lo que pasa, así que aún en la distancia no dejan de apoyarme. A Gustavo quien durante un año caminó junto a mi, me contuvo, me cuidó y me ayudó a reencontrarme conmigo misma. 

Autorretrato – Ura Urdaneta 2018

Mi nombre es Urania. Emigré de mi país a los 24 años y 6 meses después mi vida se detuvo. He vivido la mayor parte de mi adultez al borde de un precipicio, no tenía forma de saber que mis neurotransmisores enloquecerían al llegar a Buenos Aires destruyendo todo lo que conocía. De estar en la frontera, de eso quiero hablar: de como aprendí que los sentimientos y las emociones se pueden regular, que nada es blanco o negro, que no hay un para siempre y que el amor propio solo se construye cuando te aceptas completamente. Mi nombre es Urania y quiero dar más información para eliminar el estigma de lo que significa ser una persona Borderline.

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