Get up and fight: El recital de MUSE

I hail from the dark side

For all my life

I’ve been besieged

You’d be scared

Living with my despair

And if you could feel the things

I am able to feel

The Dark Side – MUSE 

Hubo un tiempo en el que tenía miedo de todo: de mi, de las personas, del pasado, del futuro y del instante, sobretodo del presente porque pensaba que nunca llegaría a controlar los brotes de ansiedad que literalmente me paralizaban. A veces mientras alternaba el ritmo de mis pasos al caminar, bruscamente necesitaba orillarme bajo el resguardo de un frondoso tronco o adentrarme en el pórtico de algún edificio para recordarme que tenía que respirar pausadamente, contando del uno al cien o hasta que la adrenalina parara y el pánico se disipara. 

Así llegué al mes de junio, pudiendo ejecutar una respiración medianamente saludable y controlada, mi cabello había crecido poco y comenzaba a construir mi identidad adornando mis hombros. Aumente tanto de peso que alcancé a pesar ochenta kilogramos, continuaba trabajando los fines de semana en el bar y me desempeñaba como cuidadora y acompañante por las tardes de lunes a jueves. Hacía mucho silencio y procuraba no manifestar demasiados pensamientos en voz alta, me encontré yendo a la iglesia a orar más por angustia que por devoción, como quien espera una respuesta rodeada de personas que te hacen sentir en parte menos sola. El invierno se volvió un período de suerte porque los pulover y poleras tenían las mangas lo suficientemente largas como para tapar las cortadas y rasguños que se hospedaban en mis brazos. Solía lastimarme cuando la culpa me carcomía en un nivel casi sádico. 

No era feliz pero confiaba o bien quería confiar en que podría volver a serlo. 

El día de mi cumpleaños estuvo nublado, una larga línea violeta decoraba mi brazo consecuencia de un ataque de llanto. Esa tarde decidí lucir un vestido con botas de tacón y un saco para tapar los errores mientras aspiraba un goce que aunque fuese momentáneo se sintiese verdadero. En esa fecha Gus me obsequió una preciosa guitarra a quien nombró como mi compañera de habitación por lo que se convirtió en la nueva inquilina que no me permitió volver a estar sola. Nunca fui buena tocando instrumentos pero me esforcé por recordar acordes y melodías cortas que pudiese recrear. Fue él mismo quien poco después de eso me despertó con la noticia: MUSE tocaría en Buenos Aires esa primavera. 

Mi primer pensamiento directamente fue fatal, pesimista y desalentador: no podría ir a verlos sencillamente porque me había entregado al desastre. No deseaba ni anhelaba nada porque todo inevitablemente culminaría en el fracaso. Pero hay voces ocultas muy por detrás de nuestra desazón y a veces tienen música. Un bajo punteó dentro de mi corazón mientras un tecleo vibró en mi estómago y me hizo creer que tal vez y solo tal vez, las cosas podrían cambiar. 

Don’t be afraid

What you’re mind conceals

You should make a stand

Stand up for what you believe

Invincible – MUSE

Recuerdo haberle comentado a mi terapeuta toda la angustia que me generaba la idea de meter la pata, de «gastar dinero en algo innecesario», de derrocharlo en mí por medio de una acción que no beneficiara el futuro, entonces comprendí que tenía que alterar ese patrón de autoestima si realmente deseaba cambiar. Mis últimos años habían sido de dejar fluir todo hacia afuera por y para los demás, dejándome de lado por temor, por costumbre, por asumir roles ajenos. Después de un año mi conducta seguía inalterable, sin autoreconocimiento, sin automerecimiento, sin amor propio, por ello esa semana al llegar al bar miré a todos mis compañeros y poniendo los ojos chiquitos y la voz aguda les manifesté mi deseo inmediato: ¡A hacer propina que se viene MUSE y tengo que pagar la entrada! 

Al fijar una meta, los pequeños cambios se manifestaron casi inmediatamente. El hacer la cama al despertar fue el primero, luego la organización de los menúes, el enfoque en la actividad física, empezar a derrumbar las excusas que sostenían el facilismo del «No puedo». No quería decepcionarme de ninguna forma y al mismo tiempo me cuestionaba si podría mantenerme flote rodeada de tanta gente sin hundirme en los síntomas de mi ansiedad social y de una enfermedad que apenas comprendía. Quería sentirme linda, inteligente, capaz, merecedora, amada, viva… sobretodo estaba desesperada por sentirme viva. 

Luego de algunas semanas de trabajo dedicado y enfoque, pude comprar mi ticket. Hice conciencia que no tenía ningún pantalón en condiciones porque había engordado y en lugar de castigarme fui con algo de ahorros hasta una zona comercial y me hice de un nuevo jean color negro con el tiro en la cintura. Su calse casi perfecto me devolvió la seguridad en mi imagen y me hizo desear algo nuevo: un celular decente con el cual empezar a tomarme fotografías y que me permitiese documentar el recital. Si tuviese que graficarlo diría que fue como si de mis ojos empezarán a caer capas y capas que no permitían el acceso de luz. Mientras más caían, más nítida se volvía mi visión y mi corazón a su vez, pesaba mucho menos. 

Best,

You’ve got to be the best

You’ve got to change the world

And you use this chance to be heard

Your time is now

Butterflies and Hurricanes – MUSE 

Gus compilo en mi teléfono la discografía entera de la banda y durante semanas era lo único que escuchaba en el trayecto al trabajo y los quehaceres. Mientras más y más recordaba sus canciones, mi ritmo cardíaco se aceleraba y volvían a mi las imágenes de los tiempos en los que había sido feliz con temas como Madness, Neutron Star Collision o Bliss de fondo, las propuestas para videos musicales que se me ocurrían o mis necios intentos de imitar el vozarrón de Bellamy. Eran todo lo que me hacía querer levantarme y continuar. 

No hay peor coma que aquel que se induce y te mantiene aún despierto. El invierno se fue y yo había vuelto a usar maquillaje, a cocinar, a tomar el subte, a caminar con seguridad y a entrenar para tratar de recuperar aunque fuese en parte mi imagen física. Recordé mis accesorios y lo mucho que me gustaba cambiar de aritos diariamente, mis collares y perfumes. Traté de vestir más acorde a lo que solía ser, esmerandome sinceramente en querer a la persona que tenía en el espejo, en reconocer a esa nueva Urania con cicatrices en los brazos. 

Viajé a la ciudad de Altagracia en Córdoba, gracias a mi empleo participé de un evento especial realizado para conmemorar veinte años del estreno de la serie Friends a través de una puesta que recreaba todos sus escenarios. Esta experiencia me llenó de más confianza y poco a poco comencé a realizar pequeños textos reflexivos en instagram nuevamente, fue en esta plataforma en donde hallé la convocatoria para un concurso que consistía en la escritura de un cuento en el marco de lo que significaba el exilio de tu propio país, desbordada de tantos sucesos maravillosos tuve el primer impulso de narrar mi momento más aterrador en apenas dos cuartillas. Cada uno de estos instantes tienen el bajo de Chris, la batería de Dom y la guitarra de Matt de fondo.

And sunshine, trapped in our hearts

It could rise again, but I’m lost

And crushed

I’m cold and confused with no guiding light left inside

You were my guiding light

Guiding Light – MUSE

Cuando inició octubre, no sólo la ciudad se había coloreado de amarillo y azul, la alergia del polen me constipaba la nariz y mis brazos junto con mi voz se sentían por fin parte del todo. Yo sobre la bicicleta iba de aquí para allá, tratando de tocar a Lucía, así bauticé a la guitarra, y cantar al ritmo de nuevos acordes. Contaba cada día como uno menos antes del espectáculo ya armada con una nueva cámara y ropa bonita. En una de mis terapias previas al concierto, Soledad me preguntó «¿Y qué vendrá después del recital?» a lo que no supe sino contestar «Eso lo sabremos después». 

Así fue como el jueves diez de octubre, entré al hipódromo de Palermo solo para dejar testimonio en redes de mi curiosidad. Vi el escenario desde lejos y como armaban todo lo necesario para dar el acceso a las instalaciones, incluso hablé con agentes de seguridad. Faltaba solo un día y no podía contener la emoción que llevaba por dentro. 

El viernes once de octubre del año dos mil diecinueve, se pronosticó una tormenta eléctrica para horas de la noche por lo que los productores se vieron en el deber de notificar en horas tempranas que el espectáculo iniciaría antes de tiempo. Con una manzana y un sandwich de manteca de maní y mermelada, me fui a hacer mi fila poco después del mediodía, tenía no mínimo de cien personas por delante pero no permití que aquello mermara mi ánimo. Casi al momento de ingresar, mi Florecilla, amada amiga y compañera de locuras llegó junto a mi a disfrutar del momento. Cuando entramos aún había sol, la humedad tenía nuestro cabello esponjado y hacía que el suelo estuviese resbaloso. Esto no importó en lo absoluto e igualmente corrimos frente a la tarima con tanta suerte que quedamos justo frente al escenario, únicamente separadas por el cordón de seguridad. 

Debimos haber esperado casi dos horas a que emergieran lentamente entre humo, bailarines y demás elementos teatrales sobre aquel escenario. Entonces mi corazón se detuvo y mi cerebro quiso jugarme en contra… pero yo no se lo permití. Luche en varios momentos contra la sensación de abandonar el presente y abstraerme dentro de mis pensamientos pero no dejé que ganara la batalla mi incertidumbre. Grité, salté, canté, bailé y liberé todo lo que necesitaba ser puesto en libertad frente a aquel acontecimiento.

Fotografía a Matt Bellamy – Ura Urdaneta

Se repetían las palabras de Soledad entonces ¿Que vendría después de ese día? ¿Podría levantarme de la cama? ¿Encontraría motivos válidos para continuar? ¿Qué iba a motivarme? Pero comprendí que ese momento era lo único que importaba entonces. Si podía cantar y escuchar el increíble acople de aquellos artistas que parecían mostrarme cosas que había olvidado durante años, podía seguir viviendo, podía darme una segunda oportunidad. Entonces todo se hizo más que evidente: me había perdonado. Y ahí, llena de sudor y lluvia cuando Matt entonó los primeros coros de Starlight, yo comencé a llorar pero esta vez ya no lo hice por dolor, sino por haber entendido que era momento de vivir mi vida lejos de aquellos barrotes auto impuestos dentro de mi cárcel mental. 

Y así de un momento a otro la lluvia se hizo más intensa y en el cielo se dibujó la forma de un escandaloso trueno que dio por terminado el espectáculo. Mis piernas parecían más livianas y ell agua una bendición. Terminamos esa noche comiendo pizza acompañada de cerveza y una exhaustiva revisión del espectáculo televisado buscando evidencia de nuestra participación en primera fila. En ese momento no hallamos nada, sin embargo este año pude distinguirme entre la multitud eufórica y aquel enorme mounstro inflable que cerró la presentación.

Captura tomada del concierto transmitido por la plataforma FLOW

Tuve razón, lo que siguió después fue una mujer liviana, con menos culpa y más responsabilidad, con menos capas de odio y mas chances de apostar a la humildad, empatia y conciencia. MUSE me había devuelto lo mismo que cuando les conocí en el año dos mil catorce: la esperanza. Hoy, un año después de haber retomado el control de mi vida se siente como un privilegio adquirido poder narrarles lo que significó para mí demostrarme que podía cumplir la palabra dada a mi misma, poder cumplirme mis sueños, poder retomar mi historia con menos vergüenza y más aceptación. Un año después me sigo llenando de amor cuando les aseguro que el arte puede cambiar vidas, hacernos mejores, retomar el sentido de las cosas, hoy que volví a escribir y crear les aseguro: el arte puede transformar el mundo. 

The starlight

I will be chasing a starlight

Until the end of my life

I don’t know if it’s worth it anymore

Starlight – MUSE

¿Sigo siendo después de mí?

Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite

Dr. Henry Jekyll – Robert Louis Stevenson

Estuve charlando con amistades y parientes acerca de cuál fue, en mi experiencia, el momento más difícil de mi vida en recuperación. La mayoría cree que lo peor lo transité estando en el hospital pero se equivocan, lo más oscuro fue salir de ahí. Quizá en un contexto más afable en donde me esperase una familia afuera, una casa y una vida, las circunstancias se hubiesen tornado menos duras. Salir fue terminar de hacer conciencia de la creciente soledad que se aproximaba inclemente desde cualquier costado desde el que mirara. De la vida conocida, sólo memorias lejanas, los pies callosos se sentían lastimar por la gruesa, fría y áspera cuerda de metal sobre la que hacía equilibrio. Abrí los brazos y traté de no mirar abajo, de no retroceder, de sostener la postura. 

Combatir la opacidad no puede hacerse sino desde la más pura luz. Trataba de conectarme con la buena energía, de agradecer, de reconocer a quien quiera que fuese la entidad divina regente seguir en este plano pero por dentro mi espíritu era un completo desastre. La enfermedad no sólo deformó mi físico alarmantemente sino que me restó capacidades para ejecutar tareas. Ya no sabía cocinar e intentarlo me generaba angustia y terror, ya no podía afinar y cantar, mi voz se había roto. Tratar de unir líneas concretas para recrear una imagen dejaba en evidencia el letargo de mi mano derecha y el caminar sola por lugares concurridos o siquiera pensar en tomar el subterráneo desataba picos de ansiedad. 

Mi vida no era mía pero pude llevarla medianamente bien mientras compartí el apartamento con Zendira. El mudarme a un cuarto sola me lanzó nuevamente dentro de aquel espacio sin puertas ni ventanas. Me ensordecía mi propio silencio, los pensamientos circulando y ametrallando las sienes, el asqueroso calor del verano que me daba incluso más ganas de estar postrada, de ser posible, con los ojos cerrados. No veía televisión, no tenía retentiva o atención para leer, de mí se fue la capacidad de redacción y conforme más se escurrían los días, más volvía a cuestionarme si realmente había un después de la vida que había vivido. 

Completé todo: Una carrera, un buen empleo, reconocimiento público, amor pasional, amistades auténticas, viajes, migración, la caída del artista… No tenía porqué cumplir una fase de redención ¿Que pasaría con mi cuerpo una vez que hubiese desaparecido? Al día de hoy sigo sin saberlo ¿Una fosa común? ¿Incineración? ¿Repatriación? Estaba cansada de luchar, del dolor, de levantar la cabeza cada día sin saber hacia dónde mirar. Éste realmente fue el momento cumbre para mi angustia y vacío existencial cimentado en el rechazo expresado por personas que consideraba cercanas y quienes me dejaron saber abiertamente que no estaban dispuestas a seguir formando parte de mi vida, que me estaba inventando una enfermedad para no mejorar, que todo el drama estaba en mi cabeza, que dejara de llorar y llamar la atención para regodearme en mi lástima.

Sigo siendo [Yo] – Ura Urdaneta

Una noche subí a la terraza, un piso catorce cerca del centro y me paré en la cornisa del edificio. Miré hacia abajo y recordé que detestaba las alturas, que sería irónico terminar así literalmente destrozada. De alguna forma mi mounstro escribió a mi madre y a mi hermano, el mismo mounstro que colocó un embarazoso estado en WhatsApp. El mounstro emocional que me salvó de lo racional llevándome de nuevo a tierra firme envuelta en llanto. Ese día perdí algunas personas y me quedé con otras que cambiaron su juicio por comprensión. 

No traté a Gus como se lo merecía en un principio. Fui encantadora y agradable incluso caminando mi propio calvario pero mientras más cerca le sentía más me comprometía con la tarea de hacer que se marchara para siempre aún cuando no dejó de hablarme un sólo día desde que nos conocimos, de tener atenciones especiales, de obsequiarme ropa, comprarme comida o cualquier cosa que le pidiese, de prestar su ayuda para mudarme, de presentarse como mi compañero frente a cualquier persona para que  «Yo supiera y ellos también que había alguien que velaba por mí ahí afuera.» Estando tan al borde, hubo momentos en los que supe ser tan cruel que le vi marcharse de mi lado al límite del llanto. Le insulté, me burlé, lo maldije a él y a todos sus pares porteños por igual… 

Pero él no se fue. 

En algún punto se convenció a sí mismo de que su cariño y entrega me iban a curar. Al presentarse como el personaje caballeresco rayando incluso en la arrogancia, mis médicos le tomaron como una especie de representante, alguien a quien podrían dar instrucciones para sobrellevar medianamente mi locura. Ya no sólo se había convertido en mi pareja sino que simultáneamente era mi madre, mi hermano, mi padre y amigo. Solía repetir que cuando dejara de torturarme con mis pensamientos me daría cuenta de que el presente era incluso más hermoso que todo lo anterior porque estaba viva. 

Después de que se transportó hasta casa aquella infame noche de marzo y me miró, me prometió que todo iba a estar bien porque él jamás iba a dejarme sola… Y por supuesto que saltar de un edificio sería jodidamente egoísta para con los demás pero utilizó palabras livianas para aclararlo. Al día siguiente me trasladó al hospital y al salir me llevó hasta su casa, llenó la tina con agua tibia, me hizo entrar y me bañó como si se tratase de una niña. Me secó, me vistió, me llevó a su cuarto y cuando me acosté me acurrucó en su pecho. Me quedé ahí esa noche, esa y otras tantas. Hice las pases con la idea de amar de nuevo, de dejarme ser, de permitir que me quisieran así fuese de a poquito. 

The arms, safest

And words, so good

The faith, deepest

In this world, so cold and cruel

Close to the flame – HIM

 

Resulta fácil acostumbrarse a las cosas buenas, más si la empatia es la base de todo. Gus sabía lo que era la ansiedad, el miedo, el pánico, la falta de oxígeno y la incapacidad para poner en palabras las emociones, por ello con paciencia y dedicación descifraba mis silencios, mis canciones, mis arrebatos, mis ataques y mis actitudes. Cuando descubrió que solía escribir, buscó mis textos y los leyó uno por uno, mis viejas novelas publicadas hacía tanto, los esbozos de mis cuentos. Me expresó su admiración y lo orgulloso que se sentía de que yo fuese su novia, que tenía que utilizar mi talento y jamás abandonarlo. Me adentró en su familia sin temor, me regaló dos sobrinos y una hermana, una suegra con carácter especial y una linda casa dentro de un barrio acomodado. 

A mediados del mes de abril, la visita de mi tía cambió algo dentro de mi espiral autodestructivo. Tenerla aquí, poder dormir junto a alguien con mi misma sangre, tener a quien abrazar a mitad del llanto nocturno me dio aliento vital. Estuvo menos de un mes pero fue suficiente para dejar de llorar y comenzar a planificar. Traté de reconectar todos mis cables: mi salud física con mi salud mental y mi paz espiritual. Comencé a ejercitarme, a caminar, el dejar de aislarme de mis afectos tal y como venía haciendo, de comprender lo que me pasaba y el porqué me estaba pasando. 

Recuperar una vida no es tan sencillo como escribir acerca de ello. Me falta nivel y memoria pero si algo es cierto es que el dolor es menos terrible cuando sabes que no lo llevas tú solo. Para Gus yo era su nena pero solía decirme bebota, algunas situaciones las entendía en un nivel distinto del mío quizá por su madurez, experiencia o contexto social pero siempre me dejaba en claro lo ridículo que le parecía muchas veces mi interpretación del tiempo. Que todo pasa y podemos ser felices con las cosas más mínimas, más casuales. Que mis finales fatalistas eran el invento más rebuscado de mi ansiedad, que soltar no tenía porque lastimar tanto. Qué podemos amar muchas veces con la misma intensidad. Parecía haber vivido mil cosas más que yo a otro ritmo, a otra velocidad.

Sigo siendo [Yo] – Ura Urdaneta

Con lo cotidiano me di cuenta de que la edad era lo que menos importaba entre los dos. Me habitué a ir a su casa a compartir el mate, a que me acariciara el cabello hasta quedarme dormida, a escuchar música de cualquier lugar del mundo, a encontrar el desayuno junto a la cama, a utilizar sus remeras de líneas horizontales para dormir, al café caliente antes de ir al trabajo, a tomar una ducha mientras él me esperaba sentado en el suelo con su cigarrillo en la mano. 

We’re so close to the flame

Burning brightly

It won’t fade away and leave us lonely

Close to the flame – HIM

Supo quererme en momentos en los que realmente no merecía ser querida, ni por él ni por nadie. No me salvó como él quería pero me sostuvo la mano todo el tiempo que me tomó salvarme yo a mí misma. Y le amé, le amé y le amo muchísimo por cada detalle, por cada abrazo, por cada realidad inventada de una vida posible entre el caribe y la pampa pero, a veces los amores más sinceros son los más breves. En su momento no pude encontrar la forma de demostrar con acciones cuánto le quería y lo mucho que me importaba. Conforme fui sanando, ese mounstro egoísta se fue quedando atrás y esa yo que él había conocido desapareció. No necesitaba ni quería un guardián, una agenda o un centinela que me contara los pasos, que supiera de mi a cada hora. Entonces nuestros lenguajes se hicieron distintos y la vida nuevamente se transformó. 

Siempre hay un roto para un descosido

¿Alguna vez has confundido un sueño con la vida real? O ¿has robado algo pudiendolo comprar? ¿Alguna vez has estado melancólico? O ¿has creído que tu tren se movía estando parado? Quizás estuviera loca, quizás fueran los sesenta o quizás solo fuera una chica interrumpida.”

Inocencia interrumpida – Susanna Kaysen

La primera vez que probé un cigarrillo debo haber tenido menos de diez años de edad. Mi madre había heredado la creencia de encenderle un vicio a santa Clara en los días de lluvia para evitar tempestades y despejar el cielo. Papá fumaba los fines de semana y por la noches cuando me sentaba sobre su regazo, me impregnaba de su olor. No me era desagradable y me causaba curiosidad el misterio de lo que aquello se sentiría… Así lo hice. Posteriormente, llegué a fumar a escondidas en mi adolescencia, siempre a solas, siempre en secreto, hasta hoy. Ya en la universidad y ganando mi propio sustento, lo adopté con normalidad respetando siempre la casa, ya siendo adulta jamás me atreví a hacerlo frente a mamá o permitir siquiera que me viera, me parecía un fallo moral aún a sabiendas de que ella lo había hecho en su juventud. 

El hábito se redujo a un cigarro por la tarde con el café de la merienda dejando fluir el estrés de la oficina, jamás lo consideré un vicio, podía dejarlo y retomarlo sin ninguna secuela. Estar interna lo cambió todo. Pasé de estar meses sin probar nicotina a fumar a velocidad extrema y urgida al punto de que al levantarme era lo primero en la lista. Alguien me comentó en alguna oportunidad que la medicación psiquiátrica provocaba éstas reacciones, realmente lo ignoro pero yo, yo me convertí en una viciosa ansiosa y con abstinencia. 

Dos meses de encierro dieron paso para salidas cada fin de semana y por entonces trataba de armar una estrategia para ubicar un lugar donde vivir transitoriamente. En la distancia, muchas personas me hicieron llegar mensajes de afecto y contención, la tristeza no se había ido pero al menos el vacío era menos grande. No tenía propósito ni sueños, solo quería ser libre, estar mucho más allá de las rejas y sabía que para ello necesitaba dinero. En algún momento me habían contactado del cine donde me entrevistaron para indicarme que debía iniciar el periodo de prueba pero mis médicos no me lo permitieron. No sabía cuanto más mi espíritu estuviese dispuesto a soportar más fracasos.

Una mañana tuve una crisis motivada a razón de que las personas que integraban mi universo cercano habían decidido bloquear mi contacto en sus redes y en sus celulares. Me hundí nuevamente dentro de una oscuridad dolorosa y seca, no podía respirar, no sabía cómo continuar ¿Qué sería de mi? ¿Qué pasaría conmigo? Sola, sola a mitad de una enfermedad que no comprendía. Deseé morir nuevamente, quise volver el tiempo y no ser salvada, quise jamás haber abordado ese avión, quise arrancar mi cabeza junto a la médula espinal. Valeria no me dejó. Mi psicóloga entonces era una chica de contextura robusta, pálida con cabello encrespado y ojos oscuros, algo pequeños que siempre delineaba de negro, su ropa me gustaba porque tendía a combinar colores y elegancia al estilo vintage. Debía tener mi edad, quizás menos o más, iba y venía en bicicleta del hospital. Ese día me miró estremecerme sobre la cama, destendiendo las sábanas mientras el ardor me consumía y gritaba, de pie firmemente me ordenó levantarme y dirigirme al baño para una ducha con agua fría. Le repliqué que no podía, que necesitaba ayuda, una pastilla, una inyección, un ciclón, un cataclismo. Ella se negó. Tranquilamente agregó después que afuera no estarían ni ella, ni las enfermeras, ni mis amigos para salvarme, tenía que salir sola de aquella situación. Asfixiada por el llanto y con la cara embarrada de saliva y moco entré en una de las duchas y dejé que el agua detuviese los movimientos involuntarios de mis músculos. Salí empapada pero más repuesta y le mire, ella asintió recordándome que la única que podía detener al mounstro era yo, nadie más. 

Esa tarde solicité un permiso y me marché revestida de fuerza a caminar por Palermo entregando algunos curriculums escuetos que había logrado imprimir con ayuda de la asistente social. No sabía por dónde andaba, todo me parecía raro y ajeno como si mi vida se hubiese desarrollado enteramente dentro de una casita de muñecas. Pude hacerlo porque con ayuda de todos los locos que me querían logré vestirme medianamente bien, perfumarme, echar algo de maquillaje y esbozar una sonrisa simpática aunque para entonces mi físico fuese bastante patético. Consecuencia de esa aventura, días más tarde me llamaron de un bar ubicado en Plaza Serrano para tomarme a prueba en un horario nocturno. Mi amada Zendira, quien se había hecho presente hacía apenas muy poco, apareció en mi rescate y sin dudarlo un segundo me compartió las llaves de su hogar. Tuve que mentir, no podía decir que mi domicilio actual era un hospital de salud mental, tuve que aprender a tomar la medicación de la noche sin supervisión, a andar a solas en la madrugada por esta ciudad que sentía tan ingrata. Dividirme entre el hospital, el departamento y el bar, parecer normal cuando yo sabía que era muchas cosas menos eso, normal. 

No fue sencillo convertirme en moza. Sé que al principio no era del agrado de mis compañeros y no los culpo, yo tampoco me caía bien entonces. Me consideraban lenta, improductiva, callada y me atrevería a decir que también algo tarada pero detrás de mi ritmo quedo, el clonazepam, la risperidona y la quetiapina bailaban en una destructora cadencia mientras circulaban por mi organismo. Sabía que mi juego era una carrera contra mi cabeza y que tenía que ganar a cada minuto si deseaba seguir con vida por lo que mis aliados eran el lápiz y el papel, perfectos para las lagunas mentales que ocasionaban los caramelos. No sabía como comunicarme, ser empática y como fluir en una conversación, ajena a la realidad y al mundo. Aprendí lo que tenía que aprender y aunque al principio mi cuerpo se resintió frente al trabajo físico, luego pareció agradecerlo y con ello, las puertas de un empleo quedaron abiertas para mi y así, un problema menos.

Desorden fronterizo de la personalidad. lnestabilidad de la propia imagen, relaciones y humor. lnseguridad de metas. lmpulsos autolesionantes como el sexo casual. Me gusta eso. «Negación social y una actitud generalmente pesimista a menudo observada». Sí, así soy yo.

– Así somos todos.

Inocencia interrumpida – Susanna Kaysen

A mediados del mes de enero, con el alta en puerta, mi mejor plan era aprovechar lo que pudiese ahorrar hasta conseguir un lugar al cual mudarme sola y sobrevivir ¿Que me impulsaba? Instinto de supervivencia y arrebatos de adrenalina más no existía razón alguna que me motivara a continuar. Me rebozaba el sentimiento de culpa y decepción hacia mí misma, el encontrar el reflejo que me devolvía el espejo y que no era otra que una mujer de rostro hinchado, cabello desprolijo y expresión indiferente que bien podría inspirar muchos sentimientos pero seguramente casi ninguno positivo. Esa no era la yo que YO recordaba ¿Acaso había siquiera existido? Tal vez todo había sido un sueño, quizá yo pertenecía a ese lugar olvidado por la bondad del sol, quizá no debía salir, probablemente lo mejor que podía pasarme era ser encerrada para siempre. 

Nadie podía odiar más a Urania que la propia Urania

Libro de artista – Ura Urdaneta

Entonces… 

Una tarde en la que sólo habíamos quedado activas una de mis amigas y yo, luego de almorzar decidimos tomar un pedacito del parque para matear y pasar el rato. El calor tremendo nos sofocaba pero siempre resultaba mejor sudar afuera que quedarnos en la sala común adentro. Queríamos fumar pero no teníamos cigarrillos, yo que guardaba algo de dinero me ofrecí a colocar la plata si ella conseguía quien se cruzara la calle a comprarnos (era imposible salir si no tenías un permiso previo). El trato fue aceptado y me retiré a buscar los billetes, habré tardado no más de diez minutos entre ir a la habitación y volver pero al llegar me fijé en cómo ella degustaba lentamente un poco de humo recostada sobre el suelo. 

Le interrogué sintiéndome tonta, lo que me contestó fue «El pucho vino a mi», y lo vi. Aquella figura esbelta, tanto qué parecía irreal bajo la incandescente luz del sol y el calor del verano. Se trataba de un sujeto de rasgos finos pero varoniles, de cabello plateado y voz amable. Ahí frente a mí, con su aire porteño y una inexplicable seguridad me clavó los ojos brillantes directamente y sin compasión. Tenía que estar bien equivocada si pensaba que alguien con ese físico iba a fijarse en mí, destacando sobretodo el estado de destrucción prolongado en el que estaba sumida. 

Fue solo un momento, un instante y ya se había acercado a platicarme. Me regaló un cigarrillo, entre un comentario y otro me hizo preguntas cortitas y sueltas tan activamente que en diez minutos ya sabía que era venezolana, que trabajaba en un bar y que mi nombre provenía de Grecia. No sé cómo lo hizo pero no se marchó sin mi número celular y sin piropearme la boca. Supe que su nombre era Gus, que vivía en colegiales y que al día siguiente volvería temprano al hospital para hablar con un doctor. 

Esa noche comenzamos a escribirnos, él era diez años mayor que yo, amaba a los animales, la buena música, no tomaba alcohol y estaba atravesando un momento complicado relacionado con su ansiedad. Quizás le había parecido un animalito tropical extraño, algo pálido para provenir del Caribe y bastante lento para la aceleración citadina pero aparentemente, mi máscara y mi disfraz no pudieron apaciguar su ternura. No hablábamos el mismo español, no entendíamos muchas de las expresiones del otro pero algo sí quedó claro para mi ese día: ese argentino iba a revolucionarme la vida. 

Los locos del Alvear

Texto elaborado en colaboración con Viviana, Mariana, Gilda, Proessa y D. , quienes hasta el día de hoy trabajan por construir una mejor versión de sí mismos. Esto es para ustedes.

El hospital de emergencias psiquiátricas Marcelo Torcuato de Alvear es un hospital de salud pública ubicado en Buenos Aires, Argentina. Se trata de un dispositivo asistencial que brinda atención a personas con trastornos mentales severos o crisis psiquiátricas agudas que no poseen recursos económicos. 

Tengo la idiosincrasia de poder decir que no soy nada diferente al resto, es decir, ¿por qué tendría que serlo? Estoy internado en un hospital psiquiátrico con personas con alguna que otra característica diferente, pero que carecen de suerte por sus enfermedades mentales. Fue allí, la primera internación: dónde no podía explicar lo que sentía porque, realmente, sentía infiernos que laten por dentro; Un poco tarde tardé en deducir que todos tenemos miedo a la muerte, pero no es el miedo en sí, sino su incertidumbre, por suerte, no era mi momento. Una felicidad que daría fecha de estreno en su profunda perseverancia: y, ahí, estoy yo.

Proessa

Cuando llegue a la internación hospitalaria, al principio tenía miedo de salir del cuarto de observación, sentimiento que se acrecentaba con mi ausencia de voluntad. Un muchachito petizo y de gafas se dedicó a observarme desde lejos entonces, cuando lo consideró pertinente se acercó hasta mi puerta e inició una conversación breve: me contó que escribía y además que podía prestarme un libro. Aquel chico era Proessa, mi primer amigo y mi noviecito de hospital, mis conversaciones existenciales y quien, con extrema paciencia se sentaba y recostabajunto a mí bajo los árboles durante mis picos de angustia. Me compartía sus postres, me llevó a conocer la biblioteca, me trataba como persona a pesar de no serlo entonces. 

Mi nombre es Mariana y tengo treinta y ocho años. Hace dos años sufrí de depresión post parto consecuencia de la llegada de mi bebé agravada por el vínculo que mantenía con su padre. Sólo trataba de dedicarme a ser ama de casa y a cuidar de mis dos hijos entonces. 

Cuando perdí el temor de acercarme a otras personas, traté de generar vínculos a través de la conversación. Fueron un par de ojos negros profundos los que me captaron inmediatamente. Era Mari, la mujer bonita y tatuada con voz aguda que siempre olía a perfume y quien me conecto con la realidad que me tocaba comenzar a vivir. Ella y su bienvenida me hicieron sentir segura dentro de aquel sitio. 

Lo que me llevó a estar dentro del hospital fue una depresión muy grande. Yo necesitaba internarme, para mi era la salvación, yo sabía que ahí me estaban sanando pero era muy duro tener que separarme de mis hijos. 

Viviana

Hay un detalle significativo e importante que quise guardar hasta hoy. La primera vez que fui atada de pies y manos, berreaba como cría vacuna sin consuelo. Clamaba por mi familia, por mi madre y por mi hermano cuando una de mis compañeras se acercó y me abrazó. Me acarició la espalda y me dijo que aquel era un abrazo sanador, que iba a estar bien. Su nombre era Viviana, una mujer diez años y poquito más mayor que yo cuya maternidad me salvó desde ese día del profundo vacío que estaba experimentando. 

Yo llegué ahí porque en algún punto comencé a delirar un poco, no tan fuertemente como en el pasado pero si estaba algo ida. Ura, ¿te acuerdas cuando estabas loca y te mordias? 

D.

Nunca he podido comprender a cabalidad la paz con la que D. sobrellevó su situación ahí dentro. La única oportunidad en la que le vi perder los estribos llegó al extremo de… Patear la pata de su cama y putear. Nada más. Su ser solía fundirse con el paisaje veraniego y bajo la luz, fumando cigarrillos armados y tomando mate al salir y ocultarse el sol. No recuerdo como nos dimos cuenta que compartíamos los mismos códigos de lenguaje, quizás fueron mis intentos por esbozar dibujos o las ideas sueltas pero lo cierto es que una vez que comenzamos a conversar, nadie pudo pararnos. 

Cuando piensas en psiquiátricos crees que están todos locos, que te van a apuñalar, a matar mientras dormís. Realmente no, somos todos personas normales y realmente cuando uno llega ahí es porque tocó fondo y está en un agujero negro del cual realmente no sabe como salir. Somos personas normales que queremos volver a brillar.

Gilda

Creo recordar que nos encontramos a Gilda una mañana al despertar, le habían traído de madrugada y estaba acomodada sobre su cama con un largo vestido violeta. Desde el principio se presentó como una persona simpática, habladora y extrovertida que no parecía tener razones para estar ahí, el tiempo demostraría que las heridas más profundas no son las que te marcaron los brazos, son las que se llevan en el alma. Ella era quien tenía la situación más parecida a la mía: sin familia a quien acudir ni visitas que recibir. 

De todos, la que entró peor fui yo. Estas personas vieron el monstruo brotar, gritar, arañar, morder y suplicar, vieron en primera persona mi espiral autodestructivo y en lugar de correr, me dieron el espacio para hablar de mi dolor sin vergüenza. Porque todos estábamos, aunque en niveles distintos, destruidos por dentro. No era locura, era una tristeza aberrante que no sabíamos cómo sacar de nosotros.

M. T de Alvear – Ura Urdaneta

Mi depresión comenzó a manifestarse a través de la falta de sueño, los ataques de pánico, la debilidad y con ella los desmayos. El verdadero terror fue darme cuenta que pensaba en formas de cómo lastimar a mi bebé. Mi doctora me medicó y por ello no pude seguir amamantando. Eso me afectó mucho. 

Estar en el hospital, tal y como dice Gilda, era un proceso duro y largo que parecía no tener fin. Se avanzaba muchísimo y a veces, por temor, retrocedías. En su caso, le habían diagnosticado trastorno adaptativo a las emociones pero sin lugar a dudas, era la depresión la que le había encerrado. 

Conforme avanzaron las semanas, fuimos sacados de prisión prácticamente al mismo tiempo y se nos asignó una cama en el área del hospital donde la convivencia era la base de todo. No más puertas con llave, no más permisos para poder salir a caminar, no más aislamiento forzado porque en este lugar si podíamos tener celulares y con ello, conectar con el afuera, escuchar música y ver videos. 

Una noche, tomé la medicación recetada y me acosté con mi bebé. Mi cuerpo comenzó a temblar sin parar y la mente a pensar cosas horribles, a sentir mucho frío. El ataque de llanto inexplicable, mi cuerpo no respondía. El sábado diez de septiembre, fecha que mi mente nunca va a borrar, empezó el después: el después de mi, el después de mi vida y la lucha eterna: la aceptación, la decepción hacia los demás y hacia mi misma. 

No todo era mágico y simple. Puede que haya sido la sala común el lugar donde nos tocó vivir los momentos más amargos. Mi mamá Vivi lo expresa como abandono, recalcando que al principio todos van a verte, te bancan, te llevan cosas. Con el tiempo esas personas se hacen cada vez más lejanas y tú que estás ahí dentro «Te encontrás con que sos vos contra lo que tenés y se hace más difícil». Lo experimente en primera persona el día que mi compañera de habitación fue y se expresó diciendo que me dejaba a mi suerte pues yo no estaba poniendo de mi parte para mejorar. Lo peor de todo fue que me lo creí durante mucho tiempo más no me derrumbé gracias a que en mi camino floreció una amistad que me mantuvo de pie cuando creía no tener motivos para continuar.

M. T de Alvear – Ura Urdaneta

D. que ha vivido más vidas que yo, tenía una manera certera de hacerme tocar el suelo cuando comenzaba a divagar. Esos episodios de llanto cuando le hablaba de lo culpable que me sentía por haber enloquecido, solía calmarme sin mucho tacto recalcando que la culpa era un concepto judeo cristiano para hacernos sentir mal frente a nuestros errores. Que lo desincorporara de mi, que eso ya había pasado. Y Proessa le seguía cuestionandome por qué sufría tanto por personas con esa naturaleza humana, sin la capacidad de comprender lo que nos estaba pasando. 

Doce horas, mediodía y mi cuerpo aún no respondía, mi mente perdió el rumbo, la realidad. Entonces los desconocí a todos, intenté suicidarme tirándome del balcón, tomándome toda la medicación junta, quería abrir la puerta del departamento y escapar, correr, huir de mi. Me encerré en el cuarto de mi hija, mi bebe lloraba y me causaba odio y dolor al mismo tiempo. Me convencí de que mi pareja era mi padre fallecido, mi hija su mujer y bebe el hijo de ambos. 

Encontré el apoyo que necesitaba en mi amiga Sara, ser humano extraordinario que reencontré en esta gran ciudad. Recuerdo que fue a verme por pedido de una de mis hermanas y ese día entre mi llanto sofocado le pedí ayuda, le suplique que no me abandonara. Y no lo hizo. Quizá era más sencillo para ella porque aunque nos teníamos afecto, no nos conocíamos mucho en realidad así que no tenía nada con que comparar mi antes y después. Ella y Carlos, su novio, se hicieron responsables de mi desde la primera vez que tuve permiso para salir unas horas al afuera. Esto ocurrió mes y medio después de estar internada. 

Mi familia decidió llevarme a la guardia del hospital Alvear. Mi ex se quedó conmigo, en la guardia me sentía asustada y aliviada a la vez con la inocencia de no saber dónde estaba y lo que ocurriría adentro. Me asistieron dos psiquiatras, hablamos mucho, me dieron de comer hasta que llegó el momento de mi ingreso. Me sacaron mis pertenencias: celular, llaves, documentos. Yo creía que él podría quedarse y pasar la noche conmigo como en cualquier hospital cuando uno es internado. Un poco por la fuerza me soltaron de su mano y me ingresaron. 

Me resistí a quedarme sola… A la soledad.

M. T de Alvear – Ura Urdaneta

A mamá Vivi, por ejemplo, le costaban mucho las salidas del hospital porque tener a sus hijos un rato y tener que despedirse nuevamente era una tarea devastadora. Estuvimos a su lado, cuando la angustia no bajaba ni siquiera caminando por el parque, dándole una mano y conteniendo su dolor porque eso hacíamos, apoyarnos entre nosotros en medio del difícil proceso de sanar. 

«Nos conocimos tanto porque ahí dentro se demuestra lo que realmente son. Te dan herramientas para conocerte a ti mismo, a tomar decisiones, volver a reír, a cantar, a gritar. Hay personas que se enamoran, personas que aprenden a aceptarse, personas que luchan por lo que querían y otras que logran recordar que era lo que querían». Gilda vivió casi un año en ese lugar, realmente el tiempo se prolongó porque no tenía a donde ir y no porque no hubiese mejorado. «Estábamos rotos. Allá dentro volvés a nacer», quien mejor que ella para asegurarlo. 

Me convencieron de que era exceso de cansancio y me ingresaron en una sala de mujeres dormidas. Escuché cerrarse aquella puerta carcelaria y me vi en aquel escenario del que desconocía su existir. Estuve sentada en esa cama durante dos horas temblando y llorando hasta que llegó la enfermera. Sus ojos trajeron alivio en mí, confíe en ella, necesitaba confiar en alguien. Me tapó, me habló y me dio la medicación. Asustada le pregunté si me iba a morir, sus palabras fueron: ‘te juro por mi madre fallecida que no te vas a morir, yo te voy a cuidar. Ahora tenés que dormir’. 

Y también a mitad del dolor estaban las tardes de risa como el día que jugamos a los condones rellenos de agua. O la vez que tratamos de andar sobre los patines de Gi y caímos varias veces tratando de no lastimarnos, también el día que se nos ocurrió vestir de payasas y animar el cumpleaños de una de las hijas de Vivi. Porque aunque había sangre, drogas, miedo, imprudencia, egoísmo y terror, lo más grande que teníamos era la bondad. Sentimiento extendido hasta con personas que no nombraré por respeto a su identidad pero con quienes cantábamos junto a una guitarra, bongos y un buen tereré. A veces bromeábamos con la idea de estar veraneando a mitad de la paternal, en ese extenso parque con vacaciones pagas en donde no teníamos deberes concretos que cumplir. Habíamos creado un espacio en el que por fin no nos sentíamos solos.

Los meses nos llevaron a comprender nuestra existencia de forma diferente. No volvimos a dar por sentado ningún paso fuera de aquellas rejas, ansiábamos el momento en que nuestra libertad no tuviese que ser negociada: tanto la física como la mental y emocional, donde nuestra autonomía no dependiera de alguien más. 

La primera persona que vi al despertar fue mi compañera de al lado, una amiga quien con su voz dulce y sus manos suaves me asistió, me abrazó y contó un poco donde estaba, como era el lugar, que tenía que hacer y que no. Como debía aprender a cuidar de mí, a ser fuerte y a ser valiente. 

Nuestro grupo se mantuvo junto durante las fiestas navideñas y las posteriores salidas que se fueron dando de a poco. Luego las altas y los «hasta pronto», sin perder la perspectiva de ser mejores, de guardar el abrazo de cada uno. 

Hablando con D. me dejó muy en claro que este episodio ha quedado en su pasado, está contenta de vivir ahora su realidad. Siempre buscando nuevas perspectivas y objetivos pero manteniendo sus rutinas. Sonará aburrido para muchos pero para nosotros los sobrevivientes, las rutinas son la base esencial de nuestra mejoría. 

Cada uno fue recobrando de a poco el control de sus partes, de sus ideas aunque muchos todavía tienen al monstruo detrás de la puerta, procuran no abrirla ni jugando a menos que sea con la ayuda de su terapeuta. 

Eramos muchas, si, pero de una enorme humanidad. Tenía amigas con quien compartir mi problema, amigas que hoy siguen, que fueron mi sostén , que abrazaban mi dolor y que secaron mis lágrimas. Reímos mucho también. Las tardes eran de sol, de calma, de sanación, de compañía. Fuimos completamente unidos hasta el último día de mi internación. 

«Lo que tiene de malo el hospital es que causa dependencia. Ahí estabas cuidada, cómoda, sin estresarte. Eso es contradictorio» Expresa Vivi ahora que trata de llevar su vida lo mejor posible al tener a su cargo a cuatro criaturas. Ese sentimiento de amor y odio hacia la estancia en el hospital, esa que te hace olvidar que el mundo vive acelerado y es inclemente porque afuera no existe el tiempo extendido e infinito para procrastinar los temores. Si no los miras a los ojos y los enfrentas, la sociedad te come, mastica, traga y escupe, te etiqueta de inútil, lento e inservible. En el nuevo siglo no hay espacio para las limitaciones porque hay por ahí la falsa creencia de que las enfermedades mentales representan sólo un invento de la modernidad. Luego está el otro extremo, ese en el que te das cuenta que las poblaciones están tan orilladas a la locura que consideran raro que no tengas fármacos pre escritos. 

Pero hoy, dos años después, estamos todos afuera de aquellas frías paredes qué nos juntaron. Nos hemos visto pocas veces pero no dejamos de estar pendientes del otro nunca. Fuimos los locos cuerdos del Alvear, los que perdieron el rumbo un ratito y que por su causa crearon una familia diversa en donde no había máscaras ni excusas, sólo amor. Recuerdo en un momento hablar con Mariana cuando ella mostrándome su costilla me dijo que solo tenía que recordar respirar… 

Just breathe

Había escuchado a Eddie en vivo, se había despechado con Black y también me había hecho recordar que mientras tuviese aire a mi alrededor podía y debía sólo respirar. 

Hoy continúo mi tratamiento: superé dos crisis terribles, dos mudanzas, la pandemia, seis meses sin ver a mi bebé y mi hija alejada porque no entiende mi patología. Sigo luchando, sigo sanando, sigo porque estoy viva y sobreviví a mi propio mounstro. No sientan vergüenza, busquen ayuda, nadie merece vivir sufriendo.

Somos reales, somos humanos, somos auténticos y logramos mantenernos vivos. No necesitamos nada más, aquí y ahora seguimos hacia delante empoderando nuestra condición: no somos enfermos mentales, simplemente nuestra cabeza funciona distinto.

M. T de Alvear – Ura Urdaneta

Agua corre por mi cara, mate de mi corazón

He pensado tantas veces en el portal de la capilla, en sus preciosas puertas de madera y en nosotros sentados en la oscuridad tratando de hallar motivos fugaces por los cuáles sonreír. He recreado la humedad de la noche mientras decididos caminábamos dando vueltas alrededor del parque para bajar la comida, las rejas imponentes levantándose con carácter para afianzar nuestro aislamiento, el encierro, la prisión adornada con árboles azules y paredes decoradas con los únicos que sentían placer por vivir allí: los horneros y sus casitas de barro. 

Una de las primeras noches en mi nuevo hogar volví a soñar. Significó mucho puesto que las semanas y meses  anteriores no existía ninguna diferencia entre la realidad y lo onírico. En el sueño estaba en un lugar conocido donde visualizaba plantas navideñas adornadas con brillantina rojiza, después un lugar amplio con personas alrededor y al final, un pequeño juguete de madera o barro en forma de conejo posado sobre una escalera. Entonces me arropó la sensación de mi madre meciéndome sobre sus brazos mientras me arrullaba y me pedía que observara al roedor. 

Luego de unas semanas, había engordado algunos gramos consecuencia del retorno del apetito y el uso de las pastillas, había hecho algunos amigos y transitado también situaciones sumamente incómodas. Tuve algunas visitas, recuerdo poco pero dejé por escrito los rostros de preocupación de quienes acudían a verme. Me enfrente a episodios oscuros que no me pertenecían y con los cuales tuve la oportunidad de comprender que mi voz era solo una de las muchas que integraban aquel muro de los lamentos. 

La poca ropa que teníamos la lavabamos a mano en la ducha o el lavabo con jabón en pan. Si querías rasurarte, debías pedir la maquinita en enfermería y eras vigilada estrictamente, las camas se cambiaban una vez a la semana y ese día parecían gritar más fuerte y más temprano que de costumbre. El estruendo del metal de las puertas que se abrían y cerraban podía llegar a ensordecer, en conjunto con el encierro y los compañeros más dementes, algunas tardes parecían no tener final.

Día 10: […] Me sorprende a veces como corre el tiempo aquí adentro. Tenemos ansiedad de que los días pasen y nuestras altas lleguen pronto pero la realidad es que no sabemos qué hacer con tanto tiempo libre. A mi me hastía, me molesta no tener el espacio para ocupar mi tiempo laburando o en otras, pero recuerdo que ya esto me pasaba estando en casa. Quería que el tiempo corriera para que ya fuese la hora de cenar y así. Pienso que cuando eres feliz esas cosas no importan. Dejas de contar sino que disfrutas al máximo cada experiencia.

Diarios – Ura Urdaneta

Una mañana, del laboratorio del hospital enviaron a alguien a tomarnos muestras para unos exámenes. Se trataba de una señora entrada en años, de cabello gris y gafas grandes que con su voz ronca nos interrogaba para luego darnos indicaciones. Se sorprendió luego de escucharme hablar y de darse cuenta de que había algunas palabras y términos que ella utilizaba que me eran completamente ajenos. No era excepcionalmente dulce y tampoco demostrativa pero desde esa ocasión no existió momento alguno en el cual no velara por mi bienestar físico y emocional. Una de sus tareas, además de llevar los laboratorios era administrar un pequeño ropero para los internados. Me proveyó de crema, shampoo, crema enjuague y hasta jabón, con su ayuda me hice de algunas blusas, remeras y calzas e incluso, a mis amigos en condiciones menos favorables les ayudó a conseguir zapatillas. Verónica fue uno de esos rayitos de luz serenos que sin hacer estruendo, iluminaron mi rostro en aquel momento tan particular. 

No contaba entonces con ninguna persona que figurara como mi «representante». Mi prima estaba ocupada con sus clases y mi compañera de habitación estaba esperando el momento indicado para dar de baja su presencia en mi vida. Me torturaba la idea de no poder lograrlo. A ratos me carcomía la angustia en un nivel cuasi carnal, podía sentir mis brazos hormiguear y la espalda encorvarse, el tiempo escurriendose sobre mí tal y como el fresco aire de la primavera desaparecía. Esa era mi contienda con los especialistas: estaba perdiendo el tiempo ahí encerrada sin hablar con nadie ni producir dinero. Cuando el pánico o la ansiedad tocaban la puerta, procuraba contar los números del uno hasta donde aguantase el cuerpo. 

Día 16: […] Me puse mal de nuevo y volvieron a medicarme. Un ataque de pánico después de contemplarme aquí hasta el mes de Febrero. No quiero eso, bancarme un mes es una cosa pero tres meses más… Tengo que poner de mi parte si quiero salir de aquí. NO MÁS ATAQUES DE PÁNICO.

Diarios – Ura Urdaneta

Ahora en perspectiva entiendo que lo que me estaba matando era el miedo que experimentaba frente a la incertidumbre de no tener nada y lo desconocido. Terminas por desadaptar tú persona a la realidad social cuando eres aislado pero eso no te lo dicen, tampoco te cuentan que al principio no podrás enfocar la vista y que la misma ansiedad no te dejará estar quieto, que subirás de peso poco a poco hasta que sin darte cuenta habrás desarrollado un barrigón detestable, que puede que tus mamas produzcan leche y que el ciclo menstrual se alterará. Todas estas cosas y muchas más eran las que me hacían parecer un perro correteando por el jardín aguardando que alguien le visitase, cosa que con suerte, al principio ocurría dos veces por semana. No eran estancias afectivas, eran por compromiso moral. 

A veces les esperaba por minutos que se hacían infinitos y al no verlos llegar, la tristeza me ganaba sometiendome a momentos oscuros, a la agónica consecuencia de arrinconarme pensando que moriría allí, sola y olvidada. Jamás recuperaría mi rostro o mi forma original, mi risa se recordaría como un villancico de antaño y mis letras constituirían el legado de una loca más. Existir, el mero hecho de respirar era un peso cuyo origen desconocía. Ya no existía la paciencia o el sosiego, quería escalar las rejas y escapar. Tres meses de encierro no parecían una oportunidad sino una deliberada forma de castigo para mi maldad, para todos mis pecados. Supe de inmediato que perdería para siempre todo lo conocido, que no habría más lugar al cual volver. 

Día 19: […] Quizá eso es lo que espera mi equipo, que termine de soltar mi pasado para poder vivir el presente. […] Aún tengo muchas ganas de llorar porque extraño mucho. Mi hermano dice que si estuviesen aquí no me dejarían sola un segundo: lo sé pero por alguna razón esta prueba me tocó sola.

Diarios – Ura Urdaneta

Una mañana de las tantas que vagaba por el hospital, me enteré de que mi mejor amiga había abandonado esta mundana existencia. Recuerdo sentir el dolor más profundo, la falta de aire y el hielo bajar por mi esófago seguido de una abrumadora fuerza de empuje. Ella se había convertido en estrella para poder estar más cerca, para iluminar mi oscuridad. Lloré tremendamente y luego recordé agradecerle su infinito amor. Tenía la opción de ir más abajo o confiar que su ausencia representaría un motor para continuar.

Escribí tanto y como pude las ideas que tenía y los sentimientos que me carcomían. No podía tocar el pasado, aún parecían úlceras supurantes y apestosas. Tuve que comprender que a mi alrededor todos tenían cosas que les dolían, que les avergonzaban, que los rompían. Hablar de lo que me había pasado entonces no tenía porque descolocarme de la forma en que lo hacía… Pero no fue fácil soltar la lengua. Estar en un hospital psiquiátrico era el pase de entrada a la convivencia con los monstruos, con el reflejo de tu cara en los rostros de todos los que te rodeaban: Tenías que encontrar la forma de perdonar al espectro, era eso o seguir pensando las miles de formas que existían para arrebatarte la vida. 

Día 20: […] Necesito algo en que creer o voy a derrumbarme, sobretodo porque las ideas de suicidio siguen muy pero muy presentes.

Diarios – Ura Urdaneta

Contemplé la idea de tirarme a las vías del tren, no estaba lejos de ahí. Asentado en varias hojas y repetidas veces: mi mayor deseo era desaparecer para no tener que pelear. 

Día 22: […] Hoy me pidieron que no pensara en la internación sino que es el tiempo que me está tomando recuperarme de toda la mierda que llevo adentro. Así que aunque me cueste millones, voy a tratar de hacer eso.

Diarios – Ura Urdaneta
Permanencia – Ura Urdaneta

La distancia física y temporal me ha arrojado una serie de respuestas no tan obvias entonces. Empezando por las acusaciones referentes a las mentiras que solía decir a mis médicos. El problema igualmente recae en la ignorancia y aún peor, en el no reconocimiento de la misma para al menos subsanar el bache. Una internación psiquiátrica es el capítulo más extenso del libro negro en la vida de una persona. Nada borra el hecho de haber perdido la razón, de que lastimaste personas amadas e intentaste cosas que podían haber tenido un desenlace fatal. Créanme, los que han experimentado todo esto la tienen clara y es bastante difícil convivir con esas memorias. Es por eso que cuando estás librando esa batalla en la que sientes que la enfermedad te derrota en tantas formas distintas, lo que menos necesitas es crueldad, justificada o no, del exterior. 

Día 23: […] Hablé y fue un nudo más en el pecho ¿Cuando se va a terminar la presión? ¿Cuanto más voy a sufrir este dolor? ¿Por qué me hicieron esto? Duele tanto que siento que puedo morirme. 

Diarios – Ura Urdaneta

Eso que dices y repites sin cesar a un especialista puede no ser real para los que te rodean pero para ti, como ente flotante de tú realidad distópica, no hay nada incoherente en tu pensar. Eso esta sucediendo y en tú sentir es absolutamente auténtico. No comprendí esto tan fácilmente como lo explico ahora, tuve que castigarme durante al menos doce meses antes de poder incorporarlo en mí. 

Es por ello que, a mitad del dolor colectivo, un mate sobre el pasto parecía la solución perfecta ante el rechazo que podíamos experimentar frente a la apatía colectiva y a veces, ante nuestro propio reflejo. 

El mate es una infusión de yerbas amargas que se comparte con un pequeño recipiente entre varias personas durante una charla, las nuestras solían tener cumbia villera, a Luciano Pereira o a Karina La Princesita. Los cigarrillos se fumaban siempre a medias, las galletitas las ponía alguno de los que recibía visitas y debajo de la sombra de los árboles, las anécdotas iban y venían sin dirección regular. Así se sobrevive al encierro, así se supera la autocompasión y el egoísmo. Sabíamos que éramos inimputables así que nos dedicamos a reír como podíamos frente a la desgracia que nos cobijaba. 

Día 24: […] No estoy sola, no es justo que piense en matarme cuando hay tanta gente esperando por mi afuera.

Diarios – Ura Urdaneta

Podíamos estar locos pero también éramos reales. Estábamos vivos. 

Especial: Hablemos de suicidio.

12 de Septiembre de 2018

No sé cuántas páginas vaya a tener ésta carta. 

La inicio hoy porque es la primera vez en treinta días en que no he sentido odio contra nadie, ni siquiera contra mi. No siento culpa, ni remordimiento, sólo un poderoso dolor en las costillas. 

Me gustaría explicarte cómo ha estado mi yo en una imagen. El mundo dió de repente quinientas vueltas y tú gritaste: «DEVUÉLVEMELA» «LA EXTRAÑO» y yo no entendí. 

Hasta la semana pasada. 

Lamento haberme ido pero no lo hice a propósito. No encontraba el camino de vuelta y ni siquiera tú voz podía alcanzarme. Aún aquí me siento desorientada y en medio de mucho ruido. Sé que has pasado por mucho estos días y lo lamento pero tienes razón, no es mi culpa. Así fuese aquí o allá, iba a colapsar. 

¿Quieres saber la verdad? Si esto hubiese pasado allá, no hubiese evolucionado. Había huido de ello los últimos años ¿Sabes que pienso cuando tengo cansancio? Qué llevo ocho años cargando un peso cómo el Ávila en la espalda. Siendo la adulta responsable que planea y ejecuta, que cuida de todos y que debe solucionar todo. 

Así que huí. No sé dónde estaba pero huí. 

Pero aquí estoy y quiero escribirte esta carta: Quiero hablarte de mi. Me conoces mejor que ninguna persona en el mundo y aún así estoy segura que no tenías idea que dentro de mí podía haber tanta oscuridad: Yo tampoco. 

Hay 

Mucho 

Que

No

Sé 

Sí sé que nunca he sido demasiado feliz. Cuando encontraba algo que amaba o que quería hacer, algo que me gustaba, había demasiados límites (tiempo, dinero, interés) así que empecé a dibujar. La primera vez que expuse tenía once años, fue algo colectivo y tenía varios carboncillo pero mis padres llegaron al final, sin interés, sin emoción… entonces vi como mi prima mayor felicitaba a su hija y le decía a mi hermano que yo me paraba encorvada, que estaba triste. Él siempre fue su luz y su orgullo, el número uno en el cuadro de honor… 

Carta no entregada – Ura Urdaneta

Esta carta fue escrita hace justo dos años el día de hoy. La encontré entre papeles sueltos, no la recordaba. Aún podía hilar pensamientos coherentes pero ya para entonces había intentado quitarme la vida, también había buscado ayuda. Ya me estaba desdibujando entre líneas e ideas pero trataba de poner afuera lo que no había querido hacer consciente por dentro.

Comencé a sufrir de depresión desde antes de que supiera lo que significaba esa palabra, debo haber tenido once u doce años. La ansiedad y la tristeza se comportaban como estados naturales en mi cabeza pero mis padres no lo consideraron nada extraordinario, se dedicaron tiempo indefinido a evadir sus propios fantasmas y a detestar su convivencia en silencio. Y es que mis progenitores eran la estampa de dos seres enfermos, pacientes con problemas en la cabeza que por motivos obvios no podían formar a una persona sana. 

Tenía dieciséis años y cinco meses cuando mi hermano y yo hallamos a nuestro padre tintado de sangre y a medio morir en el piso del baño. Se había cortado el cuello, tenía los ojos casi grises y la piel pálida por el desangramiento. Recuerdo haberle dicho que no me había escuchado cantar ni tocar la guitarra en la escuela, después de eso en realidad no pude seguir estudiando música, hacerlo siempre me devolvió a ese lugar, al olor metálico de la sangre, entonces pensé que yo no era suficiente razón para continuar en este mundo, mi existencia era algo banal y sustituible. Mi padre intentó arrebatarse la vida pero se quedó, en cambio yo morí por primera vez ese día. 

El año dos mil diez tenía apenas dos meses de transcurrido cuando una mañana de febrero me encontré con mis compañeros de curso llorando sin consuelo. Un chico había perdido la vida la noche anterior, un chico que cayó de un lugar muy alto, un chico que era apenas un año menor que yo. No lo conocía, ni siquiera había hablado una sola vez con él pero me hundí en un profundo agujero. Nunca supe ni quise averiguar si había programado su descenso o si aquello había sido accidental. Estaba culminando el colegio cuando comprendí enteramente que la muerte no conoce de edad y que la mera existencia es un instante que debería ser disfrutado, valorado, aprovechado. 

Eso no impidió que quisiera quitarme la vida a los dieciséis, y a los veinte, y a los veintidós, y a los veintitrés hasta que a los veinticinco no sólo quise, sino que lo intenté. También a los veintiséis. Entonces pensaba, aún queriendo morir, que los suicidas eran egoístas pero no comprendía que para llegar al límite de considerar arrebatarte la vida hay que transitar un período de profundo dolor crónico del cual nada ni nadie te ayuda a ubicar la forma de salir entonces la desesperación es tanta que optas por una forma de liberarte en donde el vacío desaparezca, no importa si la solución es desvanecerte tú con él. No sabía cómo buscar ayuda y cuando la encontré, al primer momento de sentirme vulnerable huí. Porque ser débil estaba mal, tenía que ser fuerte, poderosa, resoluta. No debía echar para atrás «ni pa coger impulso». 

Me formé dentro de un entorno con muchas falsas creencias: que ser gorda estaba mal, que te hacía fea, que los adultos no podían ser corregidos por los niños porque por ser mayores era obvio que siempre tendrían la razón, que los problemas se solucionaban pasando la página, que lo «feo» no se exhibe, que las mujeres seguras de sí mismas eran vulgares, que disfrutar de tu sexualidad era de prostitutas, que perder la virginidad antes del matrimonio era faltarte el respeto, que estaba bien tener vicios si contribuías al bienestar económico de tú entorno, que cualquier juicio es válido si lo ampara el señor Jesucristo. Crecí en un entorno abusivo en donde tu propia familia te robaba y nadie era castigado ni sancionado justamente por eso, por ser de la familia, donde los padres se puteaban con los hijos, los hermanos se agredían y lo que considero peor: nadie reaccionaba delante de las injusticias porque el contexto violencia era la normalidad. «Eso ya pasó», así se justifican cuarenta años de violacion a la privacidad y autosaboteo. Así edificas un constructo tóxico en donde la juventud ha desarrollado en diferentes niveles, insania. Ahí estoy yo, formo parte de la generación rota.

S/T – Ura Urdaneta

Y aún así, cuando me senté por primera vez con el psicólogo que me asignaron dentro del hospital, yo todavía pensaba que mis problemas eran causados por ser débil de mente y espíritu, no por haber soportado un hogar asfixiante durante veinticinco años sin tener la guía o la asistencia de un profesional que me permitiera canalizar mi frustración. Así pasaba la vida al principio, a la mitad y al final de la internación. Siempre que conocías a alguien nuevo con alguna historia cercana a la muerte, había detrás un descuido emocional importante de parte de quienes debían haberles cuidado. Entonces me di cuenta que podía hablar de eso, del origen de mi propia oscuridad y que en realidad nadie me estaba juzgando. Todos éramos la consecuencia de un fortuito desastre.

«Decidí cortarme las muñecas y me corté el tendón. Cómo duele» 

«Intenté ahorcarme con un cinto» 

«Estuve en coma durante meses. Tomé pastillas con veneno para ratas» 

«Bebí lavandina» 

«Sólo quería cerrar los ojos y desaparecer» 

«Me quedaba observando los cuchillos y quería clavarlos en algo» 

«No sé qué siento cuándo lo siento» 

«Le prendí fuego a su casa para que ella supiera de lo que yo era capaz» 

«Mis hermanos abusaron de mí desde muy pequeña» 

«Agarró el arma que le había asignado la policía y en una crisis se la puso en la cabeza» 

«Tuvo una recaída y se tiró al tren. Perdió ambas piernas» 

No juzgo a mis padres pero reconozco su irresponsabilidad afectiva y emocional para conmigo. Su ambivalencia crió a una nena insegura que sólo pudo ser plena cuando se salió del ala porque aquello no era un hogar sino una colcha oscura cuyo calor calcinaba. La depresión mayor se adhiere tanto a tú persona que en la peor etapa llegas a creer que no es posible la existencia de un tú sin esa maraña de emociones contrapuestas y autodestructivas. Cuando te rindes es porque consideras que no hay nada más que ofrecer que no sea toda la basura que llevas encapsulada por dentro y que, erróneamente, supones que nadie será capaz de comprender. 

Actualmente se registran ochocientas mil muertes autoinfligidas al año, eso equivale a una persona por cada cuarenta segundos aproximadamente. En las Américas, el suicidio ocupa el segundo lugar por causa de muerte entre jóvenes desde los quince hasta los treinta años, suelen registrarse más muertes masculinas que femeninas. No todos los suicidas sufren de trastornos mentales, a veces su decisión es impulsada por algún momento de crisis. Por cada persona que muere existen en promedio veinte que lo han intentado y al menos seis personas del entorno quedan sufriendo la decisión del que se fue. La sociedad nos ha condicionado a pensar que utilizar esa palabra está mal, que incluir la idea en una conversación directamente activa algo negativo que llevamos dentro y puede inducir a cualquiera a cometer éste acto. No es así, el silencio del que hemos estado siendo cómplices no es más que el pilar sobre el que se sostiene el pánico colectivo que impide que busquemos ayuda y su consecuencia produce un mayor número de muertes que la misma guerra.

La salud de nuestra mente es vital, debería ser tan tomada en cuenta como lo es la estética bucal o la salud visual. Los jóvenes deberían tener conciencia de que no es normal hundirse en pensamientos destructivos y dolorosos, que tener miedo no te hace débil, que buscar ayuda no significa que estés perdiendo una batalla sino que quizás hay herramientas que aún no conoces. Que nacer en un ambiente dañino no tiene porque condicionar el resto de tú vida. Incluso a veces es la propia soberbia la que orilla nuestros pasos a un lugar del camino, no importa si todo permanece estático, es mejor quedarse que imaginar que otros sepan que tuviste que acudir a un profesional para solventar una situación. Existe mucha ignorancia alrededor de la idea de ir a terapia, de tomar medicación, de hacer un cambio de perspectiva. A veces hay que tener la humildad de bajar la cabeza y aceptar que no siempre se puede con todo, que en realidad nadie puede sólo. 

En honor a todas las personas que no consiguieron seguir adelante porque el dolor les llevó a tomar un camino sin retorno, hago eco de ésta problemática y como artista, profesional y sobreviviente les invito a incluir la palabra en su vocabulario: suicidio, como un acto que puede ser evitado si nos damos el espacio para demostrar alternativas en donde abandonemos el juicio y pongamos más en práctica la empatia, donde comprendamos que la salud mental es tan válida e importante como cualquier otra. Podemos hacer la diferencia, podemos cambiar y salvar vidas. 

Una temporada en el psiquiátrico

Logré desvanecer de mi espíritu toda esperanza humana. Sobre toda alegría para estrangularla di el salto sordo de la bestia feroz.

Llamé a los verdugos para morder, mientras agonizaba, la culata de sus fusiles. Llamé a las plagas, para ahogarme con la arena, la sangre. La desdicha fue mi dios. Me revolqué en el fango. Me sequé con el aire del crimen. Y le di buenos chascos a la locura.

Una temporada en el infierno – Arthur Rimbaud

Alguna vez leí a Rimbaud, amé a Rimbaud y escribí sobre Rimbaud. Adoraba sus letras, la auténtica vocación de llevar una vida absolutamente al límite, de vivirlo todo, sufrirlo todo, experimentarlo todo para así conseguir transmutar a través de palabras la auténtica poesía. Su figura de adolescente genio e insoportable, de poeta maldito, me conmovió.

Si me concentro lo suficiente, puedo ver mis manos empacando una mochila y sentir mis pies trastrabillando por calles vacías. Tengo que apostar que si llegaban a cortarme un brazo, se derramarían caramelos y confeti por todos lados. Recuerdo su voz pero no sus palabras, estaba fúrica, asumía que todas mis acciones correspondían al firme propósito de joderles la existencia. Por eso es tan particular que recuerde con tanta certeza el haberme estrellado contra el suelo, también el hecho de que no me ayudó a levantarme porque caminaba muchísimos pasos delante  y además, luego negó el suceso con firmeza. Sin embargo, este hecho contaba con una coartada: el dolor en la cadera los días posteriores era francamente insoportable. 

Algunos papeles y unas firmas ilegibles en varias hojas. Me despojaron de mis llaves, mi teléfono celular, mis documentos y mi tarjeta para el uso de transporte público. Por un pasillo me condujeron hasta un espacio pequeño con un colchón de un material lavable de color azul, de textura dura e incomoda, vestido con sábanas sin elástico que se ataban en los extremos. Una habitación para mi sola: el cuarto de observación. Ella se fue y los médicos se aparecieron mirando desde arriba, haciendo preguntas, luego me dieron la cena, menos pastillas y me mandaron a dormir. 

La presencia de una persona me despertó muy temprano, una chica de mantenimiento que baldeaba el piso de la habitación con desinfectante con aroma floral. Lamentablemente para mi, ese día abrí los ojos y me di cuenta de que podía pensar, habían bajado la dosis de drogas y el retorno de mi sensibilidad en cuanto al entorno se presentó como ansiedad y pánico, allí en mi pequeña isla del naufragio no había nadie más que yo ¿Volverían? Afuera se escuchaban demasiadas tonadas vociferando al mismo tiempo entre enfermeras y pacientes, aquella coral infernal me hizo querer escalar el techo y correr a toda velocidad aunque el camino fuese incierto. 

¿Quién soy?

¿Dónde estoy?

¿Hacia dónde voy?

No existía ninguna clase de aparato electrónico. Habían dos alas: el ala de mujeres que consistía en una gran habitación con nueve camas metálicas con los mismos colchones lavables, un diminuto cubículo de baño, un pequeño lavabo, el espejo que había sido reemplazado por una placa de metal pulido que devolvía una imagen claramente deforme y una única ventana cubierta por un tejido a modo de reja con un único espacio por el cual sólo se podía sacar el brazo, quizá para sentir el aire o más bien para intercambiar pertenencias con los locos que eran medianamente libres. Obviamente jamás pude entrar al ala de varones pero ambas eran muy similares, sobretodo cuando hablamos de las enormes puertas de metal grueso y pesado que se cerraban con llave a las nueve y sólo volvían a abrirse a las siete de la mañana del día siguiente. La guardia del hospital era el equivalente a una prisión de máxima seguridad para personas que habían perdido el juicio. Sólo dormí aislada las primeras dos noches, después me transfirieron con las demás chicas. 

Primera anotación en el diario luego de ser internada – Ura Urdaneta

El pasillo de no más de diez metros conectaba un área con la otra, divididas por la oficina de enfermería y fungía de lugar recreativo cuando teníamos prohibidas las salidas al parque pues sentados podíamos charlar y jugar a las cartas. Cada mañana el desayuno se servía a las nueve y consistía en un trozo de pan o galletas de agua con un queso untable y mermelada que venían empacados en cuadraditos individuales, mate cocido o té con leche. Esto mismo se repetía a las cuatro de la tarde cuando repartían la merienda. Estaba prohibido quedarse acostado, las enfermeras alzaban la voz luego de que saliera el sol para que despertásemos e hiciéramos la cama. Nos indicaban que debíamos asearnos y también alimentarnos. Se supone que esa era su gracia, estabilizar a los pacientes más graves antes de otorgarles un poco de responsabilidad y convivencia dentro de una sala común. 

Cada uno contaba con un asistente social, un médico psiquiatra y un psicólogo que hablaban contigo prácticamente a diario por las mañanas y horarios de visita cada día por las tardes. A veces las terapias las realizaban mientras te hacían caminar alrededor del parque, escuchando tus conclusiones absurdas y tratando de orientar a ideas conscientes. Luego el carrito del almuerzo abordaba al mediodía y ofrecían una bandeja de plástico con comida distinta cada día y una colación que podía ser fruta o flan. Quizá era la medicación o la reacción física de licuar tanta medicina pero sin importar lo que comiese, siempre tenía gases, olorosos e incómodos gases. Dejabas de tener nombre y te convertías en un número aunque todos supieran como te llamabas, la medicación se tomaba delante de ellos a las nueve de la mañana, a la una y a las cinco de la tarde y luego a las nueve de la noche, esta última podía incluir un postre como premio: flan, gelatina o con suerte; yogurt o dulce de batata.

Retornando a mi existencia inmaterial dentro de aquel primer cuarto, fue ahí donde comprendí realmente que estaba sola en un país extraño sin nadie más a quién acudir. Hablar con mi abogado y mi asistente social no mejoró el panorama: el estado no estaba en condición de prestar ayuda económica a una persona que tuviese menos de dos años de residencia dentro de su hermoso país. En una de sus contadas visitas, mi compañera de cuarto me lo dejó saber: no podía volver a «casa», había labrado a pulso mi destierro. Ya no tenía empleo y el único apoyo certero era el de una de mis primas que hacía tiempo para visitarme una vez a la semana pero cuya distancia emocional también me permitió comprender mi posición. Estaba sola. Me pudriría en ese lugar y moriría sin que nadie volviese a recordar mi rostro o mi nombre. 

Entonces pensé en Camille [1], y lloré. 

¿Quién soy?

¿Dónde estoy?

¿Hacia dónde voy?

Ya las pastillas no me dopaban tanto como para esquivar el creciente dolor que sufren los adictos frente a la abstinencia. Nunca más por más que lo implorase. ¿Dónde estaba mi familia? Observaba con envidia como todos eran visitados por sus afectos y allegados pero yo, me quedaba sentada con la mirada perdida escribiendo frases confusas en unas hojas sueltas que repetían mantras. Entonces odie a mi madre y a mi hermano por haberme orillado hacia el abismo y luego no sostenerme de los brazos antes de que cayera, por olvidarme, por ignorar mi dolor, por creer que lo que me sucedía iba a pasar justamente porque la vida consistía en un eterno pasar la página en donde yo era «demasiado fuerte» como para no superar cualquier cosa. Los odié por no haber movido cielo y tierra para ir hasta mi a sabiendas que mi vida pendía de un hilo tan fino que casi se percibía invisible. 

No podía reír, ni pensar, ni accionar. Luego la pregunta que se convertiría en un lugar común ¿Y tú?, ¿Por qué estás aquí? Una extranjera pobre, flacucha y dejada que hablaba diferente de todos. En realidad yo no quería pero comprendo que mi situación generaba lástima a mi alrededor y era lo más lógico, por entonces la esperanza ni siquiera se vislumbraba. Era la chica venezolana que no tenía quien fuese a abrazarla en los momentos más duros, ni quien diese la cara frente a las recomendaciones de los especialistas. Era yo conmigo, sólo mi fuerza, sólo mi determinación, sólo mi voluntad. Estaba acabada. 

Serie: T. De Alvear – Ura Urdaneta

Una tarde, una amiga había prometido visitarme en el encierro pero aquel día llovió. Aún así las visitas de mis iguales llegaron a acompañarles y a compartir con ellos, la mía no. Por primera vez me «contuvieron» y esta vez no había besos en la nariz o abrazos cálidos, en los hospitales te atan a la cama de brazos y piernas con correas fuertes, te paralizan para evitar que te autoagredas o puedas agredir a alguien más. Aún con eso alcancé a morderme el muslo y a generarme terrible hematoma que duró algunas semanas. Locura efervescente encapsulada en arrebatos de dolor, sin comprender la desidia ajena, sin creerme merecedora de su frialdad e indiferencia.

Me amarraron en varias oportunidades, algunas de ellas a petición propia. A veces pasaba la tarde entera berreando y musitando cualquier disparate suplicando piedad y que me soltaran. Recibí la inyección tranquilizante más de una vez y en ocasiones menos violentas, pude recurrir al médico de turno para pedirle un refuerzo oral cuando la ansiedad combinada con la angustia me hacían sentir que me moría con el corazón latiendo a mil y con las lágrimas saliendo como incontinencia emocional.

¿Quién soy?

¿Dónde estoy?

¿Hacia dónde voy?

Para todo roto hay un descosido, diría mi madre. Resulta que también hay troneras, es decir, siempre encontrarás a alguien igual o peor que tú. En ese tiempo se trataba de la mujer que dormía en la cama de junto y que estaba absolutamente ida de la realidad: era violenta, inquietante, amenazante y además no controlaba esfínteres. Aunque limpiaban el lugar dos veces por día, el espacio hedía a orina mezclada con cigarrillo y desinfectante. La caja de locos, unos más que otros pero la realidad es que el problema no radicaba en nuestra insania sino en la tristeza en la que todos estábamos a duras penas aprendiendo a flotar. 

Puede que eso sea lo que me haya hecho comprender de a poco que, aunque con acentos distintos, hablábamos la misma lengua. Con los días me fueron dando lugar en sus camas para sentarme a platicar, que me dejaron un libro para ojear (porque leer era una tarea imposible), revistas para chismear, que se recostaron junto a mi debajo de un árbol y me compartieron golosinas y comida casera llevada por sus familiares. Incluso sus propias visitas me dejaron sus celulares por escasos minutos para escuchar las voces de mi núcleo aunque fuese rápidamente. 

Teníamos el corazón roto y la cabeza desviada mucho más allá de los hombros. Ya no volví a dar por hecho nada, al punto de que empezamos a encontrar fascinante la idea de poder observar el atardecer antes de ir a cenar. El mejor lugar era un pequeño árbol ubicado junto a las rejas que nos separaban del afuera, por las tardes nos sentábamos a hablar sin parar debajo de los últimos rayos de luz, un amarillo que me iba devolviendo muy de a poco algo de cordura. Con los ojos perdidos en el firmamento, en un momento iniciamos una expansiva ola de metáforas y en un par de ideas que se atrajeron con magnética fuerza, una frase apareció: la mar mezclada con el sol, que no podía ser otra cosa que la eternidad. Y ahí, a mitad de un manicomio un par de locos recitaron a Rimbaud y yo dejé de sentirme tan ajena. Así empezó todo.

[…]Ya sin mañana

Brasas de satín

Vuestro ardor

Besos de satines vuestro deber

Está ya encontrada

¿Qué? La eternidad

Es el mar mezclado

A este sol. 

La eternidad – Arthur Rimbaud

[1] Se refiere a la escultora Camille Claudel 

Instrucciones para caer: adiós

No podemos cambiar lo que hicimos, no somos dueños del tiempo. Quisiera viajar en la eternidad pero no puedo, lo que somos hoy y quiénes somos es producto de lo que nos pasó. Realmente pensé que no volvería a verte, y eso me destrozó. […] Daría mis ojos que son lo más preciado que tengo para reparar la agonía que te cause y que estando aquí comprendo debió ser lo peor que pasaste desde que llegaste. A veces quisiera que realmente me golpearas, porque siento que me lo merezco, eso y más, que si me hicieras sangrar encontrarías una forma de aliviar tu dolor y yo de aliviar mi culpa.

Cartas. S/F – Ura Urdaneta

Nos conocimos cuando teníamos diecisiete años. No fue una conexión inmediata pero para mi sí hubo una chispa a primera vista. Yo vestía de colores con el cabello alborotado mientras parloteaba por toda la universidad y él se veía ajeno y misterioso a mitad de su silencio y aparente indiferencia. Fue una clase de fotografía la que nos acercó, no era una materia práctica sino de encuentros teóricos en los que nos reuníamos a ver documentales de de grandes referentes y reflexionabamos a través de pequeños ensayos. Un martes al mediodía me escuchó salir del aula emocionada hasta los huesos luego de conocer la obra de James Nachtwey y para la clase siguiente lo tenía sentado frente a mí con su distintiva gorra marrón. 

No entendía cómo alguien de mi edad podía parecer estar tan seguro de quien era, de lo que quería, de lo que le gustaba y lo que no. Un día, luego de meses de compartir juntos, me dejó examinar un texto que escribió referente a una muestra fotográfica que habíamos visitado juntos, fue entonces cuando me deslumbre. Probablemente recuerdo todo con mucha más magia de la que hubo producto de las memorias endulzadas con la inmadurez propia de la adolescencia, pero hacernos amigos se dio a través de un camino sólido de pasos y pasitos lleno de lugares luminosos, noches de chats, juegos de preguntas, chistes malos, asociaciones extrañas, dibujitos, escenas vergonzosas y cigarrillos fumados a medias. 

Nuestra insensatez y egoísmo nos llevó a fracasar un par de veces antes de querer realmente comprometernos a compartir nuestro tiempo, periodo que se extendió tres años y un poquito más. Con altos y bajos como cualquier relación pero al menos yo era feliz en nuestra simplicidad. A su lado aprendí muchísimas cosas de mi misma: las buenas y las que no lo eran tanto, me inculcó su amor por el cine, la admiración por los dinosaurios, me enseñó a disfrutar leyendo a Bradbury y a Asimov, a amar a The Beatles, Pearl Jam y Queen, a acurrucarme en los apacible del silencio y aún así saber que todo marchaba bien. Me permitió entender lo que significaba tener una familia funcional, me introdujo en ella y en su amor balanceado, lo que me llevó con bastante trabajo a derribar las falsas creencias que me limitaban entonces. Era mi mayor admirador y también mi peor crítico, podía leerme como si mi rostro fuese un libro abierto de par en par. 

El año pasado alguien me preguntó qué era lo que tanto me gustaba de él. No supe qué contestar de inmediato porque no tenía las ideas tan claras como ahora. Luego de pensarlo un poco, pude afirmar 

«Amaba la forma que tenía de ver el mundo» 

Trato de poner en orden los pensamientos, mis ideas. El dolor está ubicado en un lugar extraño dentro del tórax pero se desplaza hacia la cabeza. Es como la náusea. La muñeca izquierda aún está rasguñada y los pequeños rotos en el orificio nasal izquierdo todavía arden.

Siempre la izquierda.

Creo que el corazón está ubicado más cerca de ese lado. Sentir demasiado, eso me dijo la psicóloga una ves así que puede que, en teoría, mi discoduro interno se haya desmoronado al perder el único soporte que consideraba real. Esos brazos que sostenían pero que entendí, hace poco, están cansados.

Estoy escribiendo el adiós.

Adiós al amarillo

[…] Lo importante es que yo estoy aquí, sigo existiendo y puedo brillar. Puedo verlo con más claridad ahora que la ‘medicina’ comienza a hacer efecto. No desaparecen los ataques de ansiedad pero puedo controlarlos mejor.

Diarios. Septiembre 2018 – Ura Urdaneta

No sé en qué momento los ataques de pánico mutaron a brotes psicóticos y con ello, a episodios de autolesiones. Antes de ese momento, nunca antes me había siquiera rasguñado a mi misma con intención pero antes de que culminara mi primer invierno, solía apoderarme de cualquier objeto filoso que pudiese dibujar marcas sobre mi piel y además, lastimaba mi cabeza contra las paredes en ocasiones cada vez más repetidas. Ya los gritos eran más bien aullidos y eran constantes las súplicas de que me quitaran la vida, de que ya no podía más.

El mero hecho de existir representaba una lucha. Cada mañana miraba al techo y le preguntaba a quién sabe quién por qué no me había matado mientras dormía, no sabía lo que estaba pasando a mi alrededor, no era capaz de ver más allá de la línea en la punta de mi cama. 

Retrato de una obsesión, así se llama una película de Robin Williams y así podrían titular una fotografía de la que yo era entonces. Creo que no estaba obsesionada con él sino con la idea de lo que él representaba: un portal que me llevase hasta la persona que había sido antes de la tragedia. Quería que permaneciera junto a mi todo el día, que me tomase en cuenta para todo y en realidad, me gustaría preguntarme a misma de entonces qué tanto más aspiraba de un hombre que aún con todo el horror que debe haber representado ver a la persona que querías perderse sin retorno, no se movió en ninguno de los momentos en que necesite contención. 

Mis compañeros de habitación buscaban establecer diálogos conmigo para saber cómo me sentía y que era lo que me estaba pasando por la cabeza. Me impulsaban y felicitaban cuando lograba hacer pequeños avances, me incentivaban cuando les decía que cada día estaba un poquito menos triste que el anterior. Fue así como llegó Diego de visita a mediados de septiembre de ese año. Amigo de ellos de hacía tiempo, venía a conocer Buenos Aires con toda la disposición de pasar unas vacaciones inolvidables. Le ofrecimos estadía en nuestra habitación para que no tuviese que pagar hospedaje, una hábil estrategia de mi compañera para liberarnos de una de nuestras deudas monetarias. Yo entonces era un cadáver que articulaba afirmaciones y monosílabas, las pastillas me producían dolor de estómago por lo que prácticamente no comía y el encierro me tenía mucho más pálida de lo habitual.

Y el efecto Diego fue tan simple como tratarme como una persona normal. Pude conversar con él de mis ideas, de mis sueños e incluso de mi dolor. Me recomendó el desapego, soltar y enfocarme en mi recuperación porque si le seguía poniendo corazón lo conseguiría de seguro. Me sentí vista, me sentí real y cuando llegó la primavera, él se marchó. No creo que hayan sido sus buenos deseos únicamente, tendría que ver seguramente también con el hecho de que por mi sistema la sentralina tenía ya unos veinte días circulando, lo cierto es que en las fechas posteriores me revestí con la suficiente voluntad de empapelar plaza once con mis curriculums y caminar los museos una vez más. 

Aún en medio de mi caos interno, tuve la fortuna de contar con el apoyo de uno de mis amigos con el que tenía tiempo sin compartir. Él no sólo me prestó dinero entonces sino que además me consiguió una entrevista en su lugar de trabajo: un cine. Juntos habíamos atendido salas de teatro por al menos un año e imaginarnos juntos compartiendo nuevamente una jornada me emocionó de sobremanera. Me fue tan bien en la entrevista que volví a casa caminando y saltando convencida de que el trabajo sería mío, imaginándome dueña y señora de entradas gratis por todo un mes, cada mes. Eso eran muchas películas para ver. 

En este tiempo también pude ir y escuchar un concierto de uno de mis amigos músicos y reencontrarme con personas del medio cultural. Un fin de semana, me maquillé y salí con dirección a San Telmo con la firme intención de conocer el Museo de Arte Moderno, entonces re-inaugurado hacía muy poco. Caminé sus salas durante horas viendo obras increíbles pero fue la pintura de Francis Bacon la que me susurró que debía llevarlo hasta ese lugar. En el pasado lo había arrastrado hasta el Museo Nacional de Bellas Artes, al Jardín Japonés y al CCK, mi lugar favorito en esta ciudad, pero ese cuadro… quería que experimentara lo mismo que yo o al menos algo parecido. Todas estas cosas ocurrieron en una racha de aproximadamente veinte días, lo que en números aproximadamente se refiere a seis visitas a terapia y sesenta pepas más de fármacos. Mostrarle la obra fue la última cosa que hice por él, también la última vez que salimos de paseo juntos.

And I am feeling so small

It was over my head

I know nothing at all

And I will stumble and fall

I’m still learning to love

Just starting to crawl

Say something – A Great Big World

El catorce de octubre de dos mil dieciocho fue un domingo de calor bastante pesado. Mi hermana necesitaba ayuda con su computadora así que nos invitó a mis amigos y a mi a comer pizza en su casa y a pasar una tarde diferente en compañía de su esposo. Nada raro pasó, salvo que ese día creo no haber tomado la pastilla por la mañana y a la tarde bebí medio vaso de cerveza. Creo que la pasamos bien, que reímos, que pensábamos que construíamos memorias hermosas, que ilusamente confiamos en que yo estaba mejor. Luego retornamos a casa y no sé lo que pasó. 

En el hospital me habían explicado que si tenía deseos de lastimarme debía sostener cubos de hielo con ambas manos, la idea era que ese dolor producido por el frío funcionaría como placebo frente a la emergente necesidad de hacerme daño. Sé que esa noche no fue ni la primera ni la última pero es la única que consigo recordar con cierta nitidez. No sé que me hizo perder el control, sólo se que mis dientes se encajaron en mis antebrazos con una fuerza brutal y que las reacciones físicas eran las propias de un ser endemoniado. Entre dos personas no lograban mantenerme estática sobre la cama, un trapo entre los dientes para evitar que me arrancase la lengua y es aquí en donde nace la última imagen que conservo suya: sobre mí, sosteniendo mis brazos en forma de cruz, empapando mi cara con su dolor, su miedo y pidiéndome entre jadeos que parara. Sus pequeños ojos. 

Después queda

Poco y nada

Cree en eso – Ura Urdaneta

Justo en ese momento hace casi ya dos años, yo perdí la batalla. No hablo solo de perder como alguien que pierde un arete, un nivel en un videojuego o una materia en la universidad. Hablo de destruir todo lo conocido, lo amado. Hablo de ausentarte de ti mismo hasta nuevo aviso y sin saber realmente si volverás. Es darte cuenta que casi te arrancaste la carne de los brazos con mordidas voluntarias que tú misma accionaste. 

Todo lo que hay después de esta fecha y hasta mi internación permanece en una nebulosa a la que ni toda la terapia del mundo me ha dado acceso, ni siquiera la confianza de que podré recordarlo alguna vez. Tengo flashes de cosas, unas peores que otras: el día en el que ese psiquiatra se extralimitó con su bolsa de caramelos (a quienes atribuyo buena parte de mi amnesia), una noche en la que me obligaron a vomitar, unas chicas orando a mi alrededor, yo escapando de un hospital, palabras sueltas. Black out, no hay nada más. 

Ya no me habitaba, quien se desplazaba dentro de mi cuerpo no era yo. Urania estaba en coma y el mounstro había emergido para asumir el control total fe mis partes. 

Debo haber hecho cosas terribles, cosas que encierran frases como «Ella le miente a sus médicos» o «Ella finge ataques para manipular», no lo dudo pero tampoco puedo dar fe de ello. No está en mi sistema y el año pasado luego de tantos meses de autocastigo, mi terapeuta me dijo algo que transformó todo

«¿Cómo puedes sentirte tan culpable por cosas que ni siquiera recuerdas?» 

Eso es lo que pasa cuando te enfermas de la cabeza y la química de tu cerebro colapsa, son las consecuencias de años de irresponsabilidad afectiva contigo misma y la falta de médicos especialistas que examinen tu caso. Tuve que aprender a vivir con eso, a aceptarlo y dejar de temerle porque aunque fue horrible y doloroso, ya pasó y aquí estoy hoy: sigo viva y ahora tengo los pies sobre la tierra, soy dueña de mis pensamientos y de mis acciones. No soy lo que me pasó, soy lo que he decidido hacer con ello. 

Última anotación en el diario – Ura Urdaneta

Eso fue lo que me llevó a querer narrarles aunque fuese brevemente cómo fui tragada por el hueco conocido con el nombre de depresión y todavía más, poder reivindicar algunas cosas que dije, que pensé y que creí. Esos amigos que tuve entonces, salvaron mi vida y me internaron en un hospital: por mi bien y por el suyo. Luego la relación terminó, mi enfermedad sobrepasó lo que estaban dispuestos a soportar y su decisión fue completamente válida y al día de hoy la agradezco enteramente. Hay lazos que no están hechos para perdurar más allá de ciertas situaciones, eso no significa que no hayan sido auténticos. 

¿Y él? Durante muchos meses no pude recordar su cara, o su voz, su olor o memorias lejanas. Existía en mi vagamente esa idea de «lo que era él» y de lo que representaba, no fue sino después de muchos meses que los recuerdos retornaron a mí. Pensé que luego de ser internada me había dado por olvidada porque jamás fue a visitarme, entonces el año pasado en medio de una conversación con una de mis hermanas ella me lo hizo saber: él no debía verme. Desconozco quién se lo habrá indicado y no tengo con quien corroborar nada pero la orden era que no me viese pues lo que sea que hubiese tomado el control de mi mente, guardaba una obsesión enferma hacia su persona. Verle podía significar retroceder incluso si entonces no había avanzado nada. No sé si llegué a despedirme, a decirle siquiera una oración coherente. No pude decirle adiós. 

Pero él se fue tal y como llegó, en silencio. Y desde entonces no supe mucho más.

Él hizo justo lo que yo le pedí: Se mantuvo siendo luz y no permitió que mi oscuridad lo volviese sombra. No dejó de sostener mi cadáver mientras tuvo las fuerzas necesarias para hacerlo y eso es algo que mientras viva no dejaré de agradecer y no me permitiré olvidar. 

Parece tan lejano y tan ajeno hablar de todo esto. Debo confesar que me gusta mucho más la persona que soy ahora, guardo una increíble distancia con la chica que vivía en Caracas y dormía junto a Ceniza. Me gusta la paz con la que me tomo el tiempo de respirar y la capacidad adquirida de reconocerme siendo una persona de mierda y aún así, no odiarme por ello. Fue mi monstruo quien me trajo hasta aquí, quien me despojo de las envidias y las sobreexigencias, de los juicios. A veces se me olvida pero trato de no dar mi vida por sentado porque casi la pierdo en más de una oportunidad. Tengo los ojos bien abiertos y hacia el cielo con dos brazos largos con los cuales abrazar. Todo esto ya pasó, yo sigo aquí y ahora, para lo que me reste en este mundo ¡Vivamos!

En gratitud: Por siempre y para siempre. 

Había llegado el fin de la eternidad… Y el comienzo del infinito.

El fin de la eternidad – Isaac Asimov

Instrucciones para caer: caramelos

I could take your hand, and feel your breath
For feel th
e someday this will be over
I pull you close, so much to lose

Knowing that, nothing lasts forever

I didn’t care, before you were here
A distant laughter, with the ever after
But, all things change, let this remain

Sirens – Pearl Jam

En el año dos mil diecisiete, la señal de internet en mi casa se esfumó sin dejar rastro. Debido a la situación económica familiar, no podía hacerme de un móvil ni siquiera medianamente inteligente con el cual comunicarme internacionalmente, por esta razón mi único recurso era mi pequeña tablet CANAIMA, otorgada por el estado para facilitar mis estudios universitarios. Con su ayuda, me convertí en una ladrona de señal que trataba de hurtar unas pocas líneas de wifi desde la escalera del apartamento de mis primos y cada noche alcanzaba a intercambiar algunas palabras a través del whatsapp. 

Eso no era suficiente, tampoco lo fueron los mensajes enviados a través del chat del facebook y hangouts, con él escribiendo a escondidas desde los pasillos y puntos ciegos en su trabajo mientras yo sacaba tiempo entre las reuniones y quehaceres de la oficina. Por eso empecé a remitir cartas por correo electrónico, era mi manera de mantenerme a su lado, de sentirme y sentirlo cerca. Es gracioso porque aunque le hablaba a veces da más la impresión de ser misivas que han viajado a través del tiempo para comprender la forma en la que me expresaba de mí misma y el hueco en el que estaba mucho antes de emigrar. Fueron demasiadas oraciones, no siempre asertivas pero sí importantes, cosas que han adquirido sentido y significancia que no guardaban entonces. 

Durante los días que tuve que aguardar a la admisión en alguno de los departamentos de medicina externa del hospital psiquiátrico, me atendieron de forma interdiaria en la guardia, recetándome ansiolíticos, calmantes y antipsicóticos. Dentro de mi equipo de salvación se turnaban para acompañarme cada mañana de aquel evanescente invierno, el hospital era incluso más frío por ubicarse a mitad de una zona descampada pero por el mismo motivo poseía una tristeza hermosa y poética.

Hubo un día en particular en el que, estando frente a la doctora de turno, tuve la facilidad expresiva para comunicarle muy segura de mí misma que en mi trabajo de grado había abordado la temática del trauma desde una investigación muy personal basada en mi experiencia de vida a partir de un suceso doloroso acaecido en mi adolescencia y que no había podido superar. Yo sentada y él de pie junto a mi, recuerdo haberlo tomado del suéter para poner mi cabeza sobre su abdomen en el momento en el que la especialista se retiró unos minutos. 

Ella estaba ahí frente a mi, mirándome con la receta en las manos. Me recomendó que procurara hacer arte con «otra cosa», que dejara de tocar los sucesos del pasado que me hacían daño. Como buena víctima, me sentí altamente ofendida por la sugerencia puesto que un médico no era un artista, no comprendía la verdadera esencia del transmutar el dolor. Camino a la farmacia observe el panorama que comenzaba a pintarse nuevamente de verde y con ello, la hermosa capilla ubicada detrás de los consultorios. Seguí dando pasos cortos mientras pensaba que nadie tenía derecho a pedirme que dejara de hacer eso porque crear desde ese lugar era la única forma que conocía para producir obra: mis piezas eran el reflejo de mi agonía y mi desesperación interna. 

No recuerdo porque pero tengo la impresión de que llegamos corriendo hasta la farmacia. Como en todos los centros de salud pública que conozco en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en un lateral del mostrador reposaba un contenedor de profilácticos y lubricante. Tomamos varios y los guardamos en los abrigos pensando en hacer bromas, nos reímos al unísono de la travesura y nos lanzamos empaques mientras yo le pedía 

«Prometeme que cuando hagas tú película, pondrás esto» 

Sólo sonrió. Listos para abandonar el lugar, caminamos un trecho más y luego sin temor y tampoco exigiendo nada, me miró a los ojos y me dijo 

«Yo pienso igual. Creo que tienes que buscar un lugar distinto para crear, uno sin dolor. Deberías dejar de hacerte daño» 

Hasta entonces, mi motor para edificar ideas creativas era mi propia desesperación, la ansiedad por poner afuera lo que me estaba matando por dentro. El perpetuo vacío de no hallarme en ningún lugar del mundo que no fuese mi libreta, mis collages o mis rincones ¿Cómo podría cambiar ese sitio si aquello era lo único que conocía? Mi amiga y compañera de habitación me había escrito un par de papelitos en los que rezaba ideas de lo valiosa que era yo para ella y para todos, pero por sobretodo: que mis voces metían. Yo había hecho listas, frases, reproducido dedicatorias y dibujos que había pegado en la pared junto a mi cama. Trataba de construir un bunker imaginario a prueba de locura 

Diarios. Yo – Ura Urdaneta

Sin dinero pero con voluntad procuraba obligarme a salir a sitios desconocidos gratuitos, lo más naturales y culturales posible. Impulsada por mis compañeros, inicie una serie de publicaciones en instagram en donde narraba mi tránsito por el malestar: las migrañas, la inapetencia, el insomnio, la nula capacidad que tenía para concentrarme, el dolor físico y el desconocimiento de mí misma, todo bajo la etiqueta #TomaTuDolorYConvierteloEnArte. Recobre algo de fe en que mejoraría y que lo que estaba pasando era sólo la parte más fea del camino. Entonces una noche de la que no guardo fecha, espacio temporal, ni recuerdo el motivo que lo desencadenó, el primer ataque de pánico me rompió. 

Mi cama se ubicaba en un rincón y fue justo contra la línea de aquella pared que mi cuerpo se acomodó para comenzar a alejarse de la realidad. Primero sólo faltó el aire y luego, ya no sabía como respirar cuando comencé a hiperventilar. Sudor frío y los temblores llegaron, las voces hablando muy alto mientras se manifestaban las patadas y los manotazos involuntarios. Un cuerpo tenso, imágenes veloces y un lugar al que no llegaban las palabras ¿Cuánto habrá durado? Trato de dar forma a memorias que recuerdo como si no fuesen reales. Pero ahí estaban ellos: tomando mis manos, dándome té caliente, abrazándome, su voz leyéndome el principito. Luego el silencio. 

No sé que se hace con el dolor cuando no te cabe adentro. Se me sale por todas las partes abiertas del cuerpo y entonces siento que me odio demasiado y quiero destruirme. Me pegue muchas veces contra la pared, aún estoy mareada. Puedo ver todo desde adentro, como en una película, no puedo hacer nada pero lo veo todo.

Todos me preguntan como estoy, si todo va mejor

El domingo pensaba que si

Hoy volví a la desesperanza

[…] No Urania, ellos dicen que no pero si. Viven con miedo por tú culpa. Estan traumatizados y yo sigo aquí. Les hice exactamente lo mismo que me hicieron a mí pero yo estoy buscando ayuda y todos dicen que sólo importo yo. No debería ser así, no puedo ser solo yo.

Diarios. Septiembre 2018 – Ura Urdaneta

Me tomaron en la unidad de medicina de estrés post traumático luego de hacer un test y llegar a la conclusión de que quizás lo que me pasaba estaba relacionado con un trauma de la infancia. Me recetaron un antidepresivo de uso frecuente además de los antipsicóticos y algún otro caramelo cuyo nombre y función ya no recuerdo. Me asignaron al Lic. Walter quien me citó martes y jueves por las mañanas mientras que los lunes a la noche conversaba con la Lic. Emilse del centro de ayuda psicológica ubicado cerca de casa en donde también había sido admitida. Tenía toda la disposición de tratar de comprender el problema para poder solucionarlo y con ello, poder al fin sanar.

Aun con la oposición de mi hermana, tenía la ferviente esperanza de que los caramelos harían algo por mi, como en el pasado lo había hecho el alprazolam pero la línea cruzada me había orillado hacia aquella inhóspita y desconocida frontera. Las primeras reacciones de mi cuerpo fueron excesivas y desagradables, como el estar hablando y al minuto siguiente caer desmayada en alguna posición incómoda golpeandome toda. Perder el enfoque de mi vista por lo que casi no podía leer, dolores de estómago y abdomen, inapetencia. Dolores de cabeza agudos y el insomnio que me dejaba el día entero en cama. Me estaba convirtiendo en un despojo humano con un mechón magenta en medio de la maraña de cabello corto. 

En teoría, aquello debía reponerme un tanto más pero los días posteriores se fueron poniendo cada vez peor

«Mientras tu cerebro reacciona» 

Estaba paranoica y perdida, mi amiga trataba de darme luces y poner sobre la mesa mi actitud enfermiza referente a él. Me lo decía sin filtros, que me había vuelto emocionalmente dependiente, que estaba obsesionada. Pero caía en negación y volvía a repetir patrones autodestructivos releyendo conversaciones antiguas o culpandome por todo lo malo que pasaba. En ese entonces sufría del mal de creer en todo lo que pensaba. El ataque de pánico dejó de ser singular cuando comenzó a repetirse cada noche, en este punto ya no tengo certeza alguna de lo que pudo generarlos, o si existía alguna forma de provocarlos yo misma. Los días corrían como cataratas de angustia y no quería ejecutar acción alguna, prefería no salir de la cama y era alimentada y mantenida por mis allegados. 

En una ocasión, tuve una terapia significativa en la que indagamos acerca de cuál era la verdadera razón por la que consideraba que necesitaba una figura masculina que figurara como guardián y protector. Mis bases se habían derrumbado con la ausencia de mi padre y posteriormente la de mi hermano, sólo quedaba él y al separarnos, ese último pilar de sostén, en mi cabeza, se vino abajo. Volví a la residencia como zombie directo hasta su puerta, la toque un par de veces y tan sólo abrirme significó un golpe certero a su brazo o a su pecho mientras le grité

«Me fallaste» 

Su expresión no tenía cabida para una descripción escrita, iracundo musitó entre dientes que quien me había creído que era yo para tocar la puerta de su cuarto y golpearlo. De nuevo una reacción ajena de mi parte, volví aún como zombie hasta mi pieza en donde mi amiga abrió la puerta y me habló, dijo algo sobre mi mirada perdida, luego fue a hablar con él. Creo que repetí la misma frase antes de escucharle levantar la voz para decir 

«¿Y tú no me fallaste a mi?» 

Entonces volví en mí y de nuevo me quise matar ¿Cuántas veces puedes pedirle perdón a una persona? ¿De cuántas formas? Aún así entró y me miró antes de abrazarme y prometerme que las cosas, como siempre, irían bien. 

Quiero desaparecerme

Quiero irme de aquí

El tema es que no sé a donde.

Me iría tan lejos a un lugar en donde no sepan ni como me llamo ni que ha sido de mi vida. Me iría para arrancar de cero.

O podría morirme.

No veo diferencia entre las dos.

Diarios. Septiembre 2018 – Ura Urdaneta

No sé qué hacía entonces, quizá sólo existía mientras trataba de hacer garabatos y algunos dibujos que tristemente ya no poseo. En cada ataque, las voces y las alucinaciones y recuerdos parecían agudizarse cada vez más y más entonces tomaba los papeles pegados a mi alrededor y los rasgaba como si con eso estuviese destruyendo lo poco que quedaba de mí. Ninguno de ellos me falló en esos momentos. Al principio, aquello era solamente llanto y disociación, repetía escenas de episodios dolorosos una y otra vez, las sentía en mi cuerpo arder como una llama destructora. Luego pasaba y al retomar conciencia trataba de hallarme dentro de aquel espacio rectangular en Villa Crespo. Contando esto, me parece bastante lógico que llevando durante un par de meses una vida así, el resultado naturalmente haya sido la locura. 

Ura’s «La rota» – Ura Urdaneta

It’s a fragile thing, this life we lead
If I think too much, I can’t get over
When by the grace, by which we live
Our lives with death over our shoulders
Want you to know, that should I go
I always loved you, held you high above too
I studied your face, the fear goes away

Sirens – Pearl Jam

Instrucciones para caer: suicidio

Wishing i could see the machinations

Understand the toil of expectations in your mind

Hold me like you never lost your patience

Tell me that you love me more than hate me all the time

And you’re still mine

Lost on you – LP

El día que Henry se reunió en mi oficina por primera vez, me prometió que el psicodrama cambiaría drásticamente la forma en la que venía concibiendo el mundo. Meses después de hacer gestiones y organizar espacios, arrancamos el diplomado y mis ojos adquirieron nuevas capacidades para imaginar el universo que se asomaba amorosamente a mis puertas. «El psicodrama es una gran familia en el mundo entero». Mi familia venezolana era fantástica y a su lado me fortalecí como persona cada día. 


Por ello no es de extrañar que buscase ésta herramienta terapeútica cuando empece a dilucidar mi falta de control sobre mis emociones y reacciones físicas. Me anoté en una clase y un jueves de agosto acudí al primer y único encuentro dentro de una hermosa casa. No pude volver después de ese día en el que me sentí increíblemente expuesta delante de todos, aunque no emití palabra alguna que levantara sospechas acerca de mi frágil estado mental, una compañera compartió su propía situación y el retorno de nuestra facilitadora me dio el lugar para hallar dentro de mi una energía de reconocimiento sobre mi propía toxicidad emergente.

Creo que el dolor es capaz de convertirnos en oscuridad sino lo sabemos controlar. Le hablé de mi, del miedo, del no reconocimiento de mí misma. Sino me hallo yo, es como imposible que alguien más lo haga. Ni siquiera él. Necesito ayuda. Siento que sino mejoro, puedo perderlo todo. De hecho, estoy alejando ese todo por no recuperarme rápido. 

Diarios. Agosto 2018 – Ura Urdaneta

Esa noche le llamé a mi pieza y mientras le contaba lo que había aprendido en clases, le dije que lo mejor era alejarnos mientras yo hallaba esa brecha de paz mental que tanto necesitaba. Recalqué que comprendía que lo que a mi me dolía no era su culpa pero tenerle cerca de esa forma más amistosa que romántica me estaba partiendo el cráneo en dos. Lo volví a hacer, por sus mejillas corrían gotas de agua salada mientras me tomaba de los brazos preguntándome que había hecho con su Ura, que ¿Dónde estaba?, la quería de vuelta.

«Desde que llegaste aquí, tus ojos no brillan»

Temía que le dejara sólo, lo deseaba menos que nada. Me prometió que daría un espacio a nuestro trato cotidiano pero que si yo llegaba a encontrar a la persona que tanto estábamos echando de menos los dos, debía llamarlo. Pero eso no pasó.

«Te conozco mejor que nadie y sé que ésta no eres tú»


Muy cerca de casa, un centro de ayuda psicológica abría sus puertas para prestar servicio a un bajo costo para quien lo requiera. Él me acompañó a hacer la entrevista, a puerta cerrada y frente a una mujer de edad mediana, confesé que creía estar deprimida y que en definitiva ya no me sentía yo. Tuve que llenar unos cuantos formularios y marcharme con el credo en la boca de que me aceptarían. Entramos a un lindo lugar por petición mía a tomar el desayuno pero justo cuando comencé a platicar, me derrumbé sobre la mesa tal y como sentía que había pasado con mis sueños y mi vida entonces. Lo sabía con sólo mirarle: sólo estaba causando infelicidad y dolor ¡Me odiaba por ello! No soportaba más esa voz que repetía que era cuestión de tiempo antes de que él y todos los que amaba me abandonaran. 

Donde estoy no hay nada. Ni luz, ni sombra, ni sonido, es todo ambivalente. Estoy muy sola. Él dice que no pero por más que trato me siento completamente sola. Y en este lugar que se asemeja a caminar bajo el agua, siempre tengo sed, estoy mareada y me duele la cabeza… No soy nada, no soy nadie. Vale y soy o no soy un fantasma. 

Diarios. Agosto 2018 – Ura Urdaneta

En una brecha de diez días, ir a trabajar se había convertido en una tortura para mí. Sólo quería quedarme dentro de la cama y no moverme en todo el día. La situación se comenzó a agravar el día en el que cuando llegué a la parada del colectivo para ir a laburar, estando de pie y aguardando, la ansiedad me azotó con tal rudeza que volví a casa sudando frío y recostandome junto a mi amiga, casi le supliqué que me llevara a un hospital. Conocía muy por encima la sensación que te producen los ataques de pánico, lo suficiente como para saber que no quería experimentar ninguno. Me dieron algunas pastillas de clonazepam, instrucciones y la promesa de que con eso mejoraría. Ese día falté a mis labores y me quedé al resguardo de mi compañera que ya empezaba a adoptar un rol más materno que amistoso.


Fue un sábado cuando supe que no podía continuar mirando el ser atropeyada por un auto como una salvación. Hace poco escuché una frase bastante certera: no era que quisiera matarme, solo deseaba morir. No existía entonces ninguna acción pequeña o grande de la cotidianidad que no doliera con la intensidad de una quemadura de tercer grado, mientras más tiempo me miraba, menos me encontraba. Al salir aquella noche del mercado de San Telmo, tomé el colectivo veinticuatro hacia Villa Crespo, en el camino intente llamarle desesperada por el vacío interno pero entonces no contestó. Al bajar del vehículo, tomé una, o dos, o tres pastillas, no sé cuantas, tratando de que el dolor de cabeza y las voces se marcharan. Entré al cuarto y ni siquiera saludé, caí rendida sobre mi cama.

Esta hoja dice

 Vive

Pero yo me quiero morir. 

Lo había deseado pero nunca con tanta fuerza como ahora. Por más que trato, no veo un futuro.

Estoy tomando pastillas para dormir. 

Como porque tengo que comer.

No tengo hambre

Sólo sed

«Hazlo por mi, sé fuerte por mi».

No puedo ni hacerlo por mí misma, no sé cómo hacerlo por nadie más.

Diarios. Agosto 2018 – Ura Urdaneta

Debo haber despertado entrada la madrugada, sumida en la más profunda angustia, llorando y desvariando. Mi amiga se levantó asustada y mientras me hablaba y acariciaba mi espalda, hizo el esfuerzo de hacerme entrar en razón pero mis gritos se hicieron lo suficientemente altos para ser escuchados por los vecinos. Entonces él apareció, me acurrucó y me dijo que todo iba a estar bien pero esta ves no pude creerle. Justo cuando creyó haberme hecho dormir, todo se salió de control. Francamente nunca lo tuve y a ciencia cierta no sé cuánto o que me tomé en el momento en que ambos se descuidaron. Lloraba y gritaba desesperada, pedía que me mataran, que acabaran con el maldito dolor. Hay escenas que recreo desde mis ojos pero la mayoría se me presentan vistas desde afuera, como si esa yo de entonces me hubiese abortado fuera del mounstro en el que se estaba convirtiendo. Me colocaron ropa para salir y al llegar la ambulancia y la policía, me sacaron de la habitación y del revuelo que había causado. 


Para ser alguien en peligro, no paraba de hablar y de lanzar frases hirientes o inconexas, no comprendía la magnitud que estaban alcanzado mis palabras y mucho menos que la policía había incautado mis fármacos e interrogado a mis compañeros buscando que en realidad las cosas fuesen tal cual parecían y no que alguno de ellos hubiese atentado contra mi integridad. Al hospital llegaron todos menos él, contesté preguntas y de un momento al otro, unas mujeres me tomaron de la cabeza e introdujeron una manguera por mi nariz para alcanzar mi estómago. Un líquido negro seguido del «Yo no tomé tantas pastillas», las vi salir succionadas varias veces. Entonces tomé conciencia de la custodia que tenía parada a los pies de la cama, una policía robusta encargada de vigilar que no hiciera nada más estúpido.


Mis amigos estaban saltando la brecha entre la decepción y la incredulidad. No querían que abandonara el hospital sin una explicación lo suficientemente coherente para estar tranquilos pero el comité de evaluación psiquiátrica no vio mi caso como lo que realmente era: Un grito de auxilio. Sólo me enviaron a casa a descansar. Mi cabeza estaba mucho más despejada que en días anteriores, me sentía como una niña a la que debían de cuidar, guiar y resguardar. Al llegar a mi domicilio, directamente me acosté sumiendome en un apacible sueño hasta que la policía apareció de nuevo para llevarme a declarar. Me sentí humillada frente a aquel escritorio: Sí, traté de quitarme la vida. Me emitieron una declaración por escrito con firma y sello, como para no olvidarlo nunca. Créanme, no hacía falta.


Sin embargo, no era eso lo que me atormentaba sino el saber que él estaba allá afuera probablemente detestandome y yo no tenía ninguna excusa lo suficientemente buena que avalara mi intento de suicidio a mitad de un brote psicótico.

Ura’s «La desequilibrada» – Ura Urdaneta


Le esperé, escuche sus pasos en la escalera de entrada y al interceptarlo, en sus ojos pude ver que probablemente estaba mal que quisiera pedirle perdón por lo vivido porque esas solas palabras no podían edificar nuevas estructuras con las ruinas que había dejado, sólo acciones.

«Seguiré buscando ayuda y me voy a curar, lo prometo»

Ya no eramos novios, ni amigos, ni conocidos. Me había convertido en esa pesadilla que tira abajo a los que cuidan de ti. Y ellos, por obvias razones, se habían transformado en un equipo, uno que trataba de mantener mis pies sobre la tierra y mi cabeza en su sitio. 


Al día siguiente, mi compañera de habitación y otra de mis amigas me condujeron a la asistencia de un hospital psiquiátrico en donde confesé mi verdad: «Creo que me estoy volviendo loca» pero la Dra. Fox me contestó con los ojos llorosos «No es eso. Es sólo que estás demasiado triste» Y así sin más, me recetaron las primeras pastillas y me solicitaron asistir a consulta con día de por medio.


Demás está decir que perdí mi empleo y mi creciente estabilidad económica. Entonces no podía hacer mucho más que esforzarme para realizar tareas simples como cepillar mis dientes, ducharme, lavar mi ropa o salir a dar vuelta a la manzana sin descomponerme. Ya no sólo había sido de palabra, violentamente accioné con intención de desaparecer y lamentablemente, esa no sería la primera y última vez. 

Anulada – Ura Urdaneta
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