La que era ella

Este es el primer texto que llega a ustedes desde un ordenador, mi propio ordenador. 

Por tanto quiero dedicarlo a todos mis amigues que con tanto cariño y ternura colaboraron de muchas y distintas formas para poder alcanzar este sueño. Desde los impulsos morales hasta los “No te preocupes, yo invito” con tal de no alejarme ni de los placeres de su compañía ni de las birras frías. Han sido lumbres y motivos para continuar. 

Les amo inmensamente. 

Sobrepensado, rumiado, así como soy. He tomado de referencia el título de la novela de Gayle Forman, esa segunda parte que reconstruye la tragedia narrada en su antecesor «If i stay«, esta vez contada desde otro punto de vista, desde otro lugar de impacto. Es una de las pocas historias teenager que aún tienen el poder de conmoverme. 

Estoy parada frente al río con el viento chocando contra mi cara o quizás manejo la bicicleta en la madrugada de vuelta a casa, con la bufanda de cuadros que me regaló mamá hace ya diez años abrigandome el cuello, con el cuerpo comenzando a sentir el otoño en su apogeo, con la oscuridad que la cuarentena impone sobre la ciudad. Hilando frases sueltas en mi cabeza, releyendo mis cartas, accediendo a memorias añejadas por las distancias del tiempo. 

Lo que era ella, esa que ya no soy más. 

Los amigos que me regaló la facultad y mi empleo son, indiscutiblemente, de las amistades más sinceras que conservo. No han temido sacarme de mi zona de confort al momento del debate, así como siempre han sabido orientar mis velas cuando pierdo algo de dirección. Un buen amigo no es el que te aplaude y celebra todas las decisiones que tomas, es aquel que es capaz de señalar aquello en lo que considera estás errando sin recurrir al juicio ni a la crueldad, sobretodo lo último aunque consideremos esto trivial: no es lo que dices sino cómo lo dices. 

«Urania, es que luego de un proceso (porque eso es) como el que has pasado, mínimo debes ser luz desde tu testimonio para aquellas personas que están por una situación similar. Eso te vuelve más comprensiva con la humanidad (digo yo) y te hace más noble […] Eres, ahora, como la mejor parte de una película, cuando la protagonista reaparezca como el fénix»

Entonces ¿Quién era Urania hace tres años? Era una mujercita caprichosa y delgada que había logrado culminar la licenciatura en Artes Plásticas, que se desempeñaba como Especialista en Eventos dentro de la oficina de Promoción Cultural en una importante fundación, estaba realizando un Diplomado en Psicodrama, tomaba clases de canto los días lunes en una escuela de teatro, se había adjudicado las responsabilidades de su casa, iba alternando la frustración con la emoción y mantenía una relación a distancia con una persona a la que amaba profundamente pero a quien ya no podía comprender del todo, situación que funcionaba de la misma forma en viceversa. 

A principios de este año me prometí en voz alta que si alguien hablaría mal de mí sería yo misma así que aquí estoy, reconociendo bien en argentino que por entonces era bastante pelotuda pero que aquello no era meramente porque sí y ya. Me era fácil ser egoísta cuando el dolor me sobrepasaba, cosa que se daba más a menudo de lo que le toca a la mayoría porque en casa todo lo que podía salir mal dinamitaba peor y desde muy pequeña me habían educado justamente para asumir como mío cualquier percance o pecado de los “otros”. Eran pesares colectivos, eran decisiones de mierda que nos perjudicaban a todos. No sufría sola pero a diferencia de los demás, yo tenía tendencia a somatizar todo. Era como convivir con el peso del mundo sobre los hombros tratando de preservar el equilibrio de la especie. 

Tenía el corazón demasiado lleno de odio, de ira, de frustración, hacía muchos años que mi deseo más intenso era marchar de ahí pero el complejo de salvadora ligado a un ego tremendo me llevaban a asumir que sin mí, mis padres no podrían valerse por sí mismos, cuidarse solos. Estaba sobrepasada de responsabilidades que no encontraba con quién compartir para alivianar la carga. 

Buenos Aires, Buenos Aires Argentina era la respuesta a todo. No, no era porque su bandera fuese celeste como mi nombre o porque desde la adolescencia hubiese encontrado identificación en la música de Fito Páez y la arquitectura europea, o porque fuese uno de los mejores lugares en latinoamérica para el desarrollo de la cultura y el arte; era porque él estaba, él a quien una noche irresponsable y cruelmente terminé por facebook. Si, la primera de muchas balas que disparé ahogada en cólera, si, la primera de tantas barbaridades que pude haberle dicho, o hecho. Era el motivo, el único lo suficientemente fuerte como para levantar mis pies del pavimento y arrancar a volar. 

A estas alturas de mi vida, el perdón no es algo que continúe esperando me llegue de fuera, es algo que dentro de mí todavía batalla, todavía se niega. Quizás llegue un día, quizás me tome otra mitad de la vida, quizás necesite morir nuevamente para comprenderlo. No lo sé pero ya no me angustia tanto pensar en eso. 

No me gusta la persona que era entonces pero reconozco que no debo haber sido tan terrible puesto que quienes me acompañaron entonces, en su mayoría me continúan reconociendo y respetando a pesar de las caídas.

“Ura no se te ocurra volver a decir que eres un monstruo porque no lo eres”

A muchos no les gustaba pero no lo dijeron, no fueron esos amigos de los que hablé antes que me han visto en la tiranía y me encuentran ahora más tranquila; estos amigos eran el remanso del cariño de lo que queda después del colegio. Vaya cosa peligrosa, no volvería a ser la minita de la escuela nunca pero nunca más porque ella escogía callar en lugar de accionar. Retomando ideas, hay amistades que prolongamos creo que por temor a perder esa parte de nosotros que llevan con ellos pero, la madurez ha demostrado que es bueno perder cosas, es bueno ser honestos, es mejor dejar ir antes de tener que enfrentarnos a un dolor mayor. Las personas que han estado actuando mal y que has estado justificando durante años continuarán actuando mal (si es que ese es su deseo) y eso te alcanzará porque no eres exactamente la excepción frente a su proceder. Yo también fui esa amiga que perpetuó afinidades fracturadas con tal de no restar camaraderías, yo también tuve actitudes de mierda que pocos cuestionaron pero que luego utilizaron para desmeritar mis virtudes. 

He llegado a pensar que hay quienes me mantenían aún cerca por un tema de compasión o ¿lástima? quizá. Tal vez temían que al alejarme la cosa se tornara inclusive más tóxica. Entonces vuelvo a preguntarme si la imagen que proyectaba parecía tan magnánima que pocos aceptaron que aquella caída era algo humano y no un numerito teatral para desplazar los reflectores sobre mí. Les prometo que enfrentarse con nuestra sombra puede ser cosa de heroísmos pero cuando sucede sin proponérselo, es también una poderosa lucha contra la muerte y la desaparición. A veces pareciera una persecución sin final, un thriller perpetuo desarrollándose día tras día detrás de tu espalda.

Retrato con luz de día – F.B 2017

Repito, no me gustaba la persona que era pero en su defensa tengo que decir que ella no sabía todo lo que yo sé ahora. Empezando por el tema de sus neurotransmisores y la desregulación emocional, terminando en la angustia y la ansiedad que le carcomía desde adentro. Eran tantas pero tantas cosas que esa carajita cargaba encima que vuelvo a preguntarme cómo fue que no se quebró mucho antes. La respuesta llegó más pronto de lo esperado; ni la peor de las depresiones fue capaz de sobreponerse a mi sentido de responsabilidad para con los demás. Mientras tuviese que cuidar de otros podría mantenerme a flote, el colapso vino cuando me tocó cuidar de mí porque fue cuando hice carne lo que era tener que mirar a un vacío extenso que llevaba evadiendo demasiados años, la soledad que trataba de ignorar. 

Creo que fue en el año dos mil diecisiete cuando internalicé que antes de ser prodigiosa en cualquier cosa, quería ser una mejor persona de lo que estaba siendo. Deseaba mucho y con todo el corazón que las personas que amaba se sintieran orgullosas de mí y supiesen que me estaba esforzando de veras, que quizás no era la más bonita ni inteligente de mi familia pero que sabía mucho de lo que yo sabía. Requería la validación de afuera, el amor de afuera, el reconocimiento de afuera porque por dentro estaba completamente hundida y atada a ese horrendo pasado de humillaciones y devaluaciones. 

Ese día hablábamos de muchas cosas, como siempre, y él contestaba mientras miraba la pantalla del computador. Entonces se giró para acotar lo que fuese que había yo pronunciado solo para afirmar: «Quizás hay muchas cosas que todavía no sabemos pero yo sé que soy una mejor persona desde que estoy contigo.» Y sí, verdad o no, mi repetición para con él era: Tú me das ganas de ser mejor de lo que soy. 

Ahora yo me doy ganas de ser mejor de lo que fui entonces. El reflejo en el espejo y esa turbulenta historia que dejó tantos esqueletos a su paso. ¿Asuntos sin resolver? No, no todas las personas son como yo, no todos necesitamos razones o respuestas, no todos aspiramos al diálogo, no todos quieren comprender a los demás. La empatía no es algo muy común por estos días. Me ha tocado y todavía me toca aceptar esos detalles de mi vida: las personas que te quieren en su vida te buscan y quienes no, con o sin razones, encontrarán la manera de alejarte. Y ahí es donde se diluye la culpa porque esas decisiones son ajenas a mi proceder. 

Yo estoy en paz, yo soy feliz. Aún duele pero escribir es mi acto trasgresor que sana las heridas y los latigazos que me proporcioné a mi mísma los últimos dos años.  

Retomando a la mujer de aquellos veinticuatro años, mirándola a los ojos y ubicando mis pies en la soledad que percibía al ver partir a sus afectos, a sus hermanas, a su novio, a muchos pero muchos amigos puedo afirmar que quizás no me guste mucho la persona que era pero la entiendo y la abrazo. Estaba tan comprometida con la idea de ser fuerte y de enfrentarse sola al mundo que olvidó que su corazón no era de titanio y cuando comenzó a sentirse vulnerada atacó, a los demás, a sí misma, a todos los que no comprendían nada… y cayó sola, y estando sola fue que se levantó. Así comprendió que nadie tiene el deber de salvarnos, esa es una tarea individual que debemos asumir desde el respeto y reconocimiento de lo que somos.  

¿Qué hubiese pasado si yo hubiera arribado a Buenos Aires? Si, esta Urania o la Urania del dos mil diecisiete, mucho menos herida que su predecesora. Ese es un universo alternativo al que no creo poder acceder nunca pero probablemente, mis decisiones hubiesen sido otras. Me he prohibido olvidar que las heridas abiertas ocasionalmente nos hacen sangrar sobre personas que tal vez jamás nos han hecho daño. Ahora la mayor parte de mis heridas son cicatrices que me traen paz sin haber formateado mi memoria, ahora trato de utilizar todo este doloroso camino para demostrar que si hay un momento al cual llegar en donde el dolor se convierte en una ocasión distante, en donde el espejo se trasforma en un buen amigo, en donde te suceden cosas lindas y te sientes pleno porque sabes que las mereces. Ese lugar en donde llegas a internalizar que está bien ser quien eres, con tus matices dinámicos y tus cambios metamórficos.   

He sido tachada de blanda por sugerir empatía y también de hippie, de loca pero no por haber tenido que superar una enfermedad sino por hablarle al cielo para pedirle al universo orientación y también guía. Y para qué negar mi conexión con los astros si yo misma soy celeste. Atraemos lo que tenemos dentro, yo ya no quiero rodearme de egos ni culpas, decido crecer, decido perdonar, decido soltar. Ser mejor ser humano implica también dejar partir de las cercanías a quienes no nos suman. 

La que era ella, la jovencita que en cinco meses vio convertirse a su perro en un asesino, que tuvo que cuidar y contener el foso depresivo de su madre, que se blindó de coraje para sobrellevar un departamento de trabajo, la que (por fortuna) por una única vez peleó con su hermano con tal nivel de violencia que no ha podido olvidarlo un sólo día, la que se sintió dejada y traicionada por no asimilar realmente lo que significaba emigrar, la que batalló y buscó y rebuscó la plata para cumplir su promesa. La que era ella, lejos de ser mi mejor versión pero transparente y honesta, ella no mintió ni engañó, ella estaba rota pero nunca paró, cumplió su palabra por encima de todos los percances y momentos oscuros de su entorno. 

La que era ella que por temor transitaba un mundito chiquitito, que había reducido la vista panorámica y la solución de los problemas, la que era ella, que pensaba que quizás otra persona podría salvarla de sí misma, del averno y lo oscuro que traía dentro. La que era ella que aún con todo y eso había descubierto que tal vez podía intentar ayudar a otras personas utilizando el arte como herramienta. Esa que era y que llegó al aeropuerto de Ezeiza y corrió hasta sus brazos, que vendió dulces en las plazas, que aprendió a cortar jamón y queso, que se familiarizó con San Telmo y Villa Crespo, que secó sus lágrimas, que era compañera de habitación, que traía el dinero a casa para saldar las deudas, que se embriagaba los fines de semana tratando de ahogar su dolor, que una tarde comenzó a escuchar voces, que una y varias madrugadas ingirió un par de sobredosis, que un mediodía le golpeó el pecho, que una noche comenzó a masticar su propio brazo, que después del invierno terminó de colapsar; a ella le debo todo porque sólo así alcance al ser humano que soy hoy. 

La que era ella y que aún es, esa soy yo.

Retrato en Otoño – Daniela Sorgoni 2021

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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