«Las nubes no entran en juicio
contra su efímera y cambiante naturaleza.
La aceptan.
El viento las lleva.»
Hace unos años, cuando estaba entrando en la fase final de la licenciatura, decidí inscribir una clase de guitarra como materia optativa para completar algunos créditos. El primer día nos enseñaron los acordes de Wonderwall y como ejercicio nos pidieron practicar. La semana siguiente, un lunes temprano, mi maestro me halló tirada en los pasillos de la escuela marcando algunas notas. Ese mismo día a la tarde se me plantó de frente, había estado evitando avanzar en mi proceso de taller por puro y franco temor, no quería tomar atajos pero tampoco ahondar en las cosas que se me estaban mostrando «A usted le gusta tanto esto que hasta la guitarra toca. Deje de negarse, si no empieza a comprometerse y a creerse lo que es, nadie lo hará por usted.»
«Pastorean montañas
y se llenan de gozo.
Continua transfiguración.
Se entregan invisibles
a la extensión del azul.»
La semana pasada me tomé dos días para desconectar del mundo y disfrutar de la compañía del amigo con el que no pude compartir tantas cosas en el pasado. Inicia la guerra interna, el sonar de voces que me repiten una y otra y otra vez que aproveche el tiempo en algo útil. De nuevo la culpa, de nuevo la ansiedad, de nuevo la lucha, de nuevo esforzarme por sacar el momento, el espacio y redactar. Entonces luego de un par de horas de dedicación intensa aún cuando mi cuerpo y mi cabeza se hallaban cansados, por un error de tecleo, el texto se perdió así sin más, como si alguien me hubiese echado agua fría para despertar. Debí enfrentarme entonces con esa sensación profunda de frustración y autorreproche, al hueco de hallarme estúpida y lenta así que lloré, lloré muchísimo, tanto que sólo me tiré en la cama a dormir y no quise hablar con nadie hasta pasado el mediodía del día siguiente.
Es como si estas pequeñas cosas fuesen recordatorios de todo: no podemos controlar nada. Me costó, me tomó unas cuantas horas asumir que quizás lo que puse en palabras esa noche era sólo para mí, para poder comprender el porqué y el para qué de algunas situaciones. Me examino, evalúo la casi obsesión que tengo con ser productiva en todos los ámbitos de mi vida. Quizás es porque esos tres meses que estuve aislada en el hospital me hicieron sentir que el tiempo moría sin yo poder evitarlo, quizá sea porque en el pasado no tenía la lucidez de la que gozo ahora, tal vez se relacione con la sensación de que se me acaba el tiempo pero no se me está terminando la vida, mi parte sensata sabe que a penas está comenzando.
He estado viendo a una Urania de veinte años asomarse a la ventana. Va con los cabellos rojos y un piercing en los labios, ya no tiene tanto miedo como en la adolescencia, se ha blindado de confianza para continuar. Extraño la forma que tenía de ir para adelante sin pensar en nada ni nadie más pero también recuerdo que no encontraba formas sanas de sentirse plena. He estado viéndola con una sonrisa y un abrazo atrasado, he dejado de odiar su turbulenta predisposición para sufrir.
Todos los lenguajes humanos y también los espirituales me resuenan como ecos dentro de mi propio esternón. La que soy, la que puedo ser es mucho más que memorias dolorosas. He convivido tanto tiempo con el miedo de volver a ser algo cercano a lo que fui que he acabado suponiendo que mi intensidad e intuición recaían en la disfuncionalidad de mi vivir, del entorno y mis vinculaciones afectivas.
A veces coso, miento, siempre estoy cosiendo. Me toca coser etiquetas en mi empleo actual y el tiempo que invierto con la aguja y el hilo se vuelven periodos largos de reflexión e ideas «hiladas» gracias al movimiento que realizan mis manos. Tengo mi libreta cerca, escribo todo y al mismo tiempo canto, también bailo cuando la situación amerita. Anoto cada palabra que me parezca relevante por si alguna vez mi memoria decide abandonarme, una vez más pueda yo encontrar el camino de vuelta. No me dejo derrotar por la cantidad de horas ridículas que hay que permanecer de pie, tampoco me entrego a la idea de asumirme sin tiempo para lo que me importa. He aprendido a respetarme, tanto que no me permito pasar de largo por mis objetivos sin contemplarlos cada día.
Luego está esa punzada detrás de la nuca que me tira hacia abajo, las palabras que trago y se me convierten en tensión muscular. Tengo que decir cosas en voz alta, me toca gritar que tengo miedo pero que si sigo aquí debe ser por una razón. Invierto dinero en el diclofenac y mejoro a los pocos días, luego me molesto porque ahorrar es cada vez más difícil y después de transitar la negación y la rabia, suelto, confío y vuelve a importarme un carajo todo con tal de poder aprovechar los huequitos de mi agenda para ser feliz.
Me voy al museo a recorrer la exposición de Remedios Varo y a dar una clase de apreciación artística a ese amigo que sabe de casi todo pero de eso nada, mientras me comenta su fascinación por el diseño de esa maquinaria estelar. Nos reímos, nos abrazamos, comemos porquerías y lo derroto en la XBox. Estoy siendo feliz y vuelvo a cuestionarme si me lo merezco.
La respuesta es sí. Contra todo pronóstico: merezco sentir paz y merezco acallar ese coro insoportable que retumba dentro de mi cráneo.
Me ha llegado una carta de papá, una carta en la que contesta a algunas inquietudes y vuelve a disculparse por su ausencia. Una carta que se asoma sin vergüenza hacia la aceptación de su cobardía y al mismo tiempo se alza con la convicción de que yo no voy a desperdiciar mi vida porque él sabe que vine a este mundo a transformar mi realidad. Son sus letras y esa forma tan especial que tiene de manifestar sus sentimientos, es todo él amandome como siempre ha hecho a pesar de no comprender del todo cómo proceder. Entonces me abrazo a mi misma como si fuese él quien lo hace y ya no me siento tan desprotegida, abandonada como me sentí los pasados años.
Han venido a sacarme de una cajita, una versión que pensaba que era edición limitada y he ido descubriendo que tal vez es en realidad lo que quiero ahora. Este juego de caminar al medio es mi reto el resto de la vida: mantenerme disciplinada sin bordear la autoexigencia, no establecer comparación con el afuera porque cada persona y cada proceso es diferente. Recordarme que mi talento no tenía su origen en mi dolor y en mis heridas, simplemente el crear era una forma de poner afuera lo que me estaba matando desde dentro.
Nunca me sentí como parte de un todo hasta que comencé la universidad.
Parte del dejarme fluir ha sido aceptar que no todo lo que haga podrá ser trascendente, a veces simplemente me servirá como ejercicio para mantenerme despierta y recordarme los motivos por los que continúo avanzando. También he dejado lugar junto a mi almohada para soñar nuevamente la posibilidad de reencontrarme con mi familia, desde el perdón, desde la aceptación.
Víctor tuvo la paciencia para discutir conmigo tres años consecutivos, para verme de frente y decir las verdades más crudas, para confrontarme con los temores más grandes. De no haber sido por eso, quizás no hubiese caído y no habría tenido que arrastrarme y luego levantarme para volver a la vida, esta vez desde mis propios términos. Esos ensamblajes que se armaron desde la locura son el legado de mi momento más hostil, de mi cara más violenta, de mi lado más enfermo; son el legado de esa Urania que murió a los veinticinco años cuando no pudo ganar la batalla contra la enfermedad.

Ahora quedo yo, con la única certeza de que ahora mi miedo es mucho menor al de antes.
«Aunque entremos
en contradicción con Viento,
lo llevamos por dentro.
Deambulamos
y bordeamos filosas cumbres
hechas de ruidos.
¿aceptamos el cambio?»
La carrera contra mi cabeza, el compromiso de adaptarme a la contemporaneidad de las redes sociales y de mostrar el trabajo hecho. Siento que algunos collages son una mierda, luego me reprocho porque sé que son excusas para no publicar. Tengo una crisis y recurro a mi fiel círculo de contención que repiten desde diferentes ubicaciones de espacio y tiempo:
«Tienes que dejar de ser tan dura contigo misma»
Me detengo y respiro, me miro al espejo y cuestiono que obra acompañará este texto. No puede ser otra que Ataduras, y junto a ella las palabras que me regaló el artista Samuel Baroni luego de contemplarla : «No dejes nunca de soñar», porque por muy anclada que me encuentro al piso ya lo que me une al aquí y el ahora no es el sufrimiento, pude romper las cadenas después de tantos años. Lo que me mantuvo con vida, por el contrario, fue el amor.
Eso no evita que siga con mis crisis existenciales de la mediana Urania, ni que este texto pueda ser el menos serio y pulido de todos mis textos. Estoy aprendiendo a darme el permiso de fracasar, quizás en otra vida mi talento no sea este por eso pretendo tratar de disfrutar aún cuando tenga tantos momentos para pelear con el espejo. Demasiadas formas ha tenido el universo de regañarme para que continúe hacia delante, ahora quiero darle una innumerable cantidad de razones para que me diga: lo hiciste bien piba, tené, una cabecita más sana para una vida más estable. Soñar no cuesta nada.
«Cuando los rayos luminosos
desintegren la pétrea blancura
hablará un Silencio
que hará temblar
las ruines paredes del búnker
donde se oculta el gran ruidoso.
Gocemos contemplando a las nubes.»
Rommel Hervez
Una buena lección para mí.
Gracias Urania.
Me gustaMe gusta