Hace unos cuantos años, poco después de iniciar mi carrera universitaria, fui invitada por mi hermano a ver en el cine una película acerca del maestro de luz Armando Reverón. Recuerdo su impacto intenso y temible respecto a mis reflexiones en relación con el mundo, también es imposible olvidar como le confesé a Oliver el temor que sentía ante la posibilidad de que la sensibilidad pudiese enloquecerme.
No quedó ahí, mientras más estudié y más me adentré en el inmenso universo creativo, la locura pareció arraigarse cada vez con más fuerza a mis huesos, lo supe la primera temporada por allá en el dos mil catorce cuando los ataques de pánico y el desvelo destrozaban mi percepción de la realidad; era propensa a todo aquello, mi historia familiar me delataba.
Aún con todo esto, honestamente nunca quise adentrarme a la imparable capacidad destructiva y autodestructiva que guardaba mi oscuridad. Sólo lo supe cuando tuve que convivir fríamente con la soledad desgarradora, cuando los que decían amarme afirmaban que mis monstruos eran manipulaciones, cuando destrozada por la locura me hallé sin la capacidad de distinguir lo real de lo imaginario, cuando quedé completamente sola y aislada de lo familiar. Eso creó un vacío cargado de mucho rencor y odio, odio proyectado contra todo lo que pudiese generarme una emoción intensa, independientemente de que la misma fuese positiva o no.
Es de ese profundo dolor y de la herida abandónica que tanto trabajo he puesto en sanar que nace este relato, intenso e increíblemente importante para mí. Tuve esta idea inmediatamente después de escribirlo pero el temor a quedar expuesta frenó las ganas y la posibilidad de la colaboración de otros. Este año todo es distinto y la persona sumida en la oscuridad de entonces es sólo un recuerdo que abrazo asumiendolo como parte de lo que fui y que me hace tener presente lo que no quiero volver a ser.
Por ello agradezco a cada artista, amigo y hermano colaborador de este proyecto. Aunque mi búsqueda fue medio azarosa, la realidad es que cada una de las personas que aquí traducen mi lenguaje desde su interpretación propia como casi una danza gradual y sentida, han dado y siguen dando palabras que fortalecen ideales y acarician mi corazón desde su ejemplo y encuentro. Muchos de ellos han descubierto su sombra demostrando como la constancia, el amor y el reconocimiento son herramientas primordiales al momento de querer sanar y construir una vida más sana.
Allá afuera, en esta ciudad, en este país, en este continente y en este planeta hay cientos de miles de personas confinadas a un encierro no siempre bajo condiciones dignas. La psiquiatría es una de las especialidades médicas que parece avanzar más lento en su desarrollo dentro del campo de la medicina, una de las razones es que no se le dedican ni tiempo ni recursos suficientes para su estudio y evolución en métodos. Las enfermedades «invisibles» son pensadas, generalmente por la comunidad, como las menos primordiales. En pleno siglo veintiuno hay personas que afirman que la depresión es un invento para justificar la pereza o los excesos o que las personas que residen dentro de las paredes de un hospital psiquiátrico son locos que no piensan, con ojos torcidos y reacciones desordenadas.
No, no más cifras, no más números: esos seres humanos son personas reales con sentimientos reales que tratan de aprender a lidiar con una patología que amenaza con limitarlos mental y emocionalmente. El encierro afecta la capacidad motriz, las habilidades sociales y el desenvolvimiento dentro de este mundo veloz que cambia constantemente cada vez más. Ninguna persona tendría que residir en espacios que deterioren su capacidad cognitiva y su relación con la realidad, tolerar maltratos y vejaciones, sucumbir ante el abandono de parientes y amigos.
Lo viví, lo sentí en carne propia y fue justamente eso lo que me llevó a escribir. Cuidemos nuestra salud mental, tengamos conciencia y disposición frente a aquellas personas que necesiten nuestro apoyo, una palabra de aliento o un espacio en cual tengan la seguridad de que no serán juzgados, señalados, ni sus sentimientos serán disminuidos. Les invito a disfrutar el resultado de este trabajo en conjunto.
Recordemos: podemos hacer la diferencia, podemos salvar una vida.
Totalmente de acuerdo! Urania !!
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