Un umbral llamado depresión [Parte I]

Si muero joven

Sin poder publicar libro alguno,

Sin ver la cara que tienen mis versos en letra impresa,

Pido que, si alguien se quiere preocupar por mi causa,

Que no se preocupe.

Si así sucedió es que así tenía que suceder.

Si muero joven – Fernando Pessoa

Fue un fin de semana, mientras atendía a un comensal en una de las mesas de aquel bar ubicado frente a Plaza Serrano, cuando un desconocido me llamó por mi nombre. 

Yo te conozco, tú eres Urania. Eras jefa en el CELARG [1], un día me entrevistaste y no me llamaste para el trabajo. 

Lo miré, bien vestido y perfumado. Me pareció una ironía agridulce estarle sirviendo yo la mesa mientras me comentaba lo mucho que había logrado desde su llegada a Buenos Aires. Por supuesto me preguntó qué hacía sirviendo cervezas y a grandes rasgos le asomé que las cosas se habían desviado un poco del objetivo y que la «tristeza» había logrado estacionarme un poco. 

Ah pues ahí está el problema. No chama, aquí el que se deprime pierde. No hay tiempo pa andar con esa, puro pa lante y a olvidarse de esas cosas que lo achantan a uno. 

Esa noche quise encerrarme en la cocina a llorar. Me sentí débil, me sentí estúpida, me sentí minúscula, me sentí menospreciada, me sentí derrotada, me sentí señalada, me sentí ignorada. Él en ningún momento tuvo intención de lastimarme pero su conserva cultural le llevó a emitir un postulado convincente para las masas que logró avasallar a mi ego y a mi percepción.

La depresión está en tu cabeza

La depresión es una elección 

La depresión es cuestión de actitud 

La depresión… 

Lamentablemente esta misma idea me había llegado desde muchas direcciones distintas mucho antes de que él hablara. Mi propia familia me lo había señalado así, que yo lloraba por gusto y por no querer estar bien, que era patético pensar en ello, que no existía tal cosa, que eran todas ideas patinando en mi cabeza, que me gustaba regocijarme en mi dolor, que yo no era el ombligo del mundo, que me inventaba una enfermedad para justificar mi pereza, que sólo quería atención, que «pasara la página». Hoy creo que fue justamente eso lo que me llevó a invisibilizar mi vacío durante tantos años, aquello de que ningún dolor o trauma parecía ser suficiente motivo como para pensar: «Está bien no poder con todo, está bien que busquemos ayuda. No tienes que ser fuerte todo el tiempo». Está bien fallar, está bien equivocarse, está bien no ser la mejor: NO tienes que ser la mejor, no tienes que exigirte tanto. 

Así fue como el año pasado por estas fechas sufrí de un gran colapso que me llevó a eliminar mi cuenta de whatsapp, mi facebook y a encerrarme en la casa de Gustavo con el celular apagado. Me metí bajo las sábanas y me negué a levantarme durante un par de días, me entregué a Morfeo, sólo dormir. Quería desaparecer más que nada en el universo, quería ser tragada y arrastrada de una vez, quería que eso que aseguraban no era real terminara de consumirme, deseaba morir, estaba desesperada por fundirme con ese hueco interminable. Una tarde él me obligó a levantarme para ir a trabajar, o al hospital a buscar ayuda, o para irme a casa pero ya no tenía ni la paciencia ni las herramientas para apoyarme desde el cariño, ya estaba demasiado alterada su paz mental. Recuerdo haberle tirado mi celular en el pecho y salir corriendo por la calle sola y asustada. 

Hasta esta fecha, el sonido de las ambulancias continuaba generandome grima y estupor pero a mitad de camino de a donde sea que huía, caí al piso hiperventilando desesperada. Alguien que pasaba me ayudó, me dio agua e hizo venir una unidad que me trasladó hasta aquel resguardo conocido pero esta vez yo iba sentada y plenamente consciente de todo a mi alrededor, pude confirmar que querían ayudarme de verdad. Al llegar y ser atendida por el médico de guardia empecé a contar cómo me sentía, el miedo que guardaba, lo molesta que estaba por tener que pasar por aquella mierda yo sola, el no saber como decirle a los que me rodeaban lo que sucedía, que estaba harta de no comprender los picos de la enfermedad, que a nadie le importaba, que me quería morir. Y no se como, diciendo aquello todo pareció menos mal. Un calmante y luego me preguntaron si alguien podía ir por mi, si podía llamarle y la respuesta fue: nadie porque yo no sabía el número de Gus y le había dejado el celular. Ahí fue cuando terminé de entender que mientras me tuviese a mi  con pies y manos para llegar a solicitar auxilio, todo iría bien. Eso era lo correcto, sólo yo podía salvarme de mí misma. 

Salí caminando entera, tomé una bicicleta y pedaleando él me encontró a mitad del camino. Al volver al cyber espacio mis amigos me arrinconaron para interrogarme, para decirme que era demasiado egoísta, que ellos habían estado angustiados, que habían llamado a mi casa y no me habían encontrado, que yo no estaba sola en este país, que yo tenía una familia y esa familia eran ellos. Volví a mirar mis rasguños, mi cansancio y mi tristeza antes de poder confesarles que tenía una enfermedad y estaba aprendiendo a lidiar con ella, que no me iba a rendir, les prometí que les pediría ayuda si la necesitaba. Así todo retomó su cause. 

La depresión fue la vía por la cual lograron diagnosticarme. Siendo honesta, hace apenas un año que he empezado a sentirme «normal», con esto me refiero a que mis reacciones son menos violentas y ya la ansiedad no me trastoca. Me he preguntado cómo hubiese sido la universidad con la nitidez emocional que me otorga el estabilizador del ánimo, sin todo ese drama interno y pasiones emocionales con las que tuve que lidiar, sin saberlo, durante tantos años.

Autorretrato con manos – Ura Urdaneta

El arte y la evasión 

Es curioso esto porque yo pensaba que evadía mi sufrimiento al dibujar. Tenía unos diez años cuando comencé a inventarme historias con personajes propios que vivían aventuras o sobrevivían universos distópicos, realidades que combatían en soledad pero esta fue la forma que encontré para vincularme con el mundo. 

He sido torpe socialmente toda mi vida y aunque tuve la bondad de hacer buenos amigos nunca me interesaron las cosas que llamaban la atención a las mayorías. El arte llegó a mi primero a través de los dibujos animados, luego desde la literatura y al final se instauró a través del teatro y la música, en mi proceso de crecimiento el arte fue la ventana de un mundo posible, una realidad en donde la vida dolía menos. 

La universidad fue entender que existían espacios donde tus particularidades no eran defectos sino rasgos de carácter. Y eso fue lo que le inyecte a mi obra cuando me comprometí con su hacer creyendo que me alejaba de mis demonios cuando lo que hacía en realidad era darme la oportunidad de conocerlos. Lo que ocurrió en mi fue que me enamoré sin remedio y desde entonces he asumido con compromiso entero que es a ese lugar al que pertenezco y al que espero pertenecer el resto de mis días porque es el motivo que me mantiene con vida hasta el día de hoy.   

Aunque me siento bastante fructífera a nivel reflexivo, plásticamente reconozco mi pausa. Una de las últimas veces que charlé con mi terapeuta, le comenté que me estaba atrasando y lloré, a lo que contestó que debo dejar de presionarme tanto y permitir que lo que sea que esté gestando en mi universo vaya evolucionando a la velocidad que corresponda porque el hacer, al menos para mi es justamente eso, el canal que encontré para conectar con el afuera que tantas veces se me ha hecho confuso y eso no se debe forzar. 

Ese vínculo inalterable con la historia de vida personal, ese espejo en el que se mueve cada fibra de nuestro ser, la oportunidad de encontrar belleza en la fealdad: el arte es todo eso y mucho más. Por ello considero que el arte no nos invita evadir sino a comprender desde otra perspectiva lo que llevamos por dentro desde un entendimiento tan libre que tiene el poder de alejarnos del sufrimiento, del dolor, del victimismo y permitirnos un espacio para ensamblar todos nuestros pedazos, inclusive los que nos fueron arrebatados. Es aceptar que tenemos matices y recordar que son todos ellos los que componen una obra, dan carácter a una sinfonía o construyen un personaje sobre un escenario. 

Hacer para conocer, para entender, para transformar, hacer para comunicar, para amar, para conectar. Hacer para sanar. 

Aunque mis versos nunca se publiquen

Ellos allá tendrán su belleza, si son bellos,

Pero ellos no pueden ser bellos y quedar sin imprimir,

Porque las raíces pueden estar debajo de la tierra

Pero las flores florecen al aire libre y a la vista.

Tiene que ser así por fuerza. Nada lo puede impedir

Si muero joven – Fernando Pessoa

[1] Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, ubicado en Caracas, Venezuela. 

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

3 comentarios sobre “Un umbral llamado depresión [Parte I]

  1. Hola Ucrania, te leí y comprendi muchas cosas de mi historia, ese porque tan grande de cuando te desahogas escribiendo en mi caso escribía poemas y los publicaba en una pagina web Gótica y se arma una ronda de poetas y todos en esa catarsis dejamos nuestra mente y corazón abiertos y bellos con la calidad de lo triste real…eres tu mismo en ese momento aunque lo llenes de ritmos rimas y belleza, dices la verdad y si tocas fondo Lo tocas porque ese carrusel que sube y baja por la montaña rusa esta en ti y solo tu lo comerendes porque quien no comprende y es tu familia te hace cosas indecibles como cuando me tome todas mis pastillas para no volver y cayendo al piso enfrente de mi propia familia seguían mirando la televisión e incluso reían. Es duro amiga yo te entiendo. Lo viví. Y ahora trato de encontrarrestar de nuevo con el arte para construirme nuevamente. Con la medicación la poesía se fue. Por suerte todavía pinto. Pinto otras cosas y me voy construyendo tirando los ladrillos feos aunque sean míos…Y duele cada vez que pierdo alguna faceta de mi aunque sea necesario para no recaer. Tienes un consejo para mi? Hermoso tu trabajo Ucrania. Te admiro. Besos. Y abrazón fuerte. Sigue creando!!!

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