Bienvenidas abuelitas piedras compañeras de mi corazón (Bis) Entran con el corazón rojito, danzan con esta canción de amor
Debo haber tenido once o doce años el día que mi mamá quiso llevarme a conocer una capilla ubicada a las afueras de Caracas. Ni siquiera soy capaz de recordar su estructura, lo que sí tengo presente es lo terriblemente asustada que me sentí. Fue una sensación que experimenté en muchos momentos de mi vida, como si algo que no fuese evidente flotara entre nosotros. Mi abuelo solía contarme siempre que de joven había visto fantasmas y que en nuestra casa habitaba un antiguo capitán español que bajaba la escalera y se sacaba el sombrero. No olvidé nunca sus historias y sensaciones, como charlaba con la virgen cada que asistía a misa.
Nunca hablo de mi abuelo, no porque no lo ame o lo recuerde sino porque he entendido que lo extraño siempre y demasiado, quizás he estado evadiendo su espacio en mi vida como quien trata de tapar una ausencia con el silencio. Sus enseñanzas viven en mí , sus cuentos y apreciaciones, sus respuestas para todas mis preguntas y bailes, sus caricias en mi cabello cuando lloraba. Quisiera haber tenido más tiempo para conocerle mejor y decirle tantas cosas que ahora sé pero acepto que su acompañamiento lo hace desde otro plano.
Mi madre siempre tuvo ganas de volar pero su capricornio de alguna forma le jugaba en contra aterrizando sus pies sobre el piso. Algo logró en mí igual, la primera vez que practiqué yoga tenía no más de cinco años porque ella me llevaba consigo a clase, lloré la injusticia de ver comprar una gallina para ser asesinada con menos de diez años y a los doce ya no quería comer carne luego de que me llevase a la «sociedad protectora de animales» para realizar la investigación pertinente para una exposición en el colegio. Ese día me regalaron un texto bastante poético acerca de los sentimientos previos y momentáneos de un toro al ser llevado a una corrida para su ejecución, como si su sufrimiento fuese motivo de fiesta y diversión. Al leerlo me derrumbé llorando cuestionando las bases éticas y morales que guardaba mi padre al respecto, cosa que fomento una discusión que culminó en empate, no me dio la razón pero evitó desmeritar mis argumentos. Mi madre siempre decía que teniendo frutos y granos no veía la necesidad de consumir animales y por un tiempo se alimentó con una exquisita variedad de comida árabe que le compraba a una amiga libanesa sin carne de ningún tipo. Le faltó disciplina y límites para con lo que la sociedad establecía pero cuando, unos diez años después, fui yo quien tomó las riendas de mi alimentación y nutrición, ella me apoyó sin discutir y aprendió lo que pudo de todas mis recetas ovo lacto vegetarianas. Siempre encendía inciensos, usaba esencias de plantas aromáticas en el cuerpo y el ambiente, le gustaban las campanas, la ropa holgada, el sonido de los árboles, el fluir de las olas del mar, la música en vivo y el cantar de los pájaros. Mi madre siempre ha sido un ser aspirando ser más de lo que su realidad le ha permitido, sabiéndose bruja pero limitando sus propios alcances.
Hace unos cuatro años, una mujer muy hermosa entró en mi vida como un torbellino imparable. Ella tenía el firme propósito y la convicción de programar una serie de encuentros en donde se hablara de temas relacionados con la salud mental y física, donde se pudiese intercambiar tips para el bienestar personal y el autoestima, un espacio gratuito para fortalecer desde la empatía la paz interior. Fue ella una de las primeras en instaurar en mi la conexión con la gratitud, el hablar con el universo, el comprender que somos parte de un todo que nos trasciende y que si tenemos la oportunidad debemos tratar de ser la mejor versión de nosotros: hacer el bien sin mirar a quien. A su lado me di el permiso de aprender todo lo que pude abriéndole mi corazón sin miedo.
Pocos meses antes de emigrar, tuve la fortuna de reencontrarme con un viejo conocido y compartir con él unos segundos de charla relacionados con mi partida. Me regaló entonces una frase que ni los fármacos y el tiempo han logrado alterar en mi memoria «No huyas, no te vayas pensando que estás escapando de este país porque quien huye siempre tiene un perseguidor y sin importar a donde vaya esperará a un perpetrador tras suyo». Lo tuve presente cada día hasta que partí y muchos otros ya estando en suelo ajeno.
El juego de la víctima y el victimario, el rol que todos hemos desempeñado en algún momento de nuestra vida y al que solo trascendemos una vez que nos hacemos cargo. Fue en este hueco en el que caí a raíz de la depresión producto de un compendio de tantas cosas que terminaron por alejarme de mis procesos y rituales personales: no hablé más con el universo, dejé de agradecer la vida y la abundancia, me refugie en la queja, abandoné mi conexión con mi cuerpo físico hiriendolo con excesos y maltratos, me dedique a vivir en cualquier tiempo menos en el instante que estaba transcurriendo entonces. Que difícil es hacerse cargo de lo que no queremos asumir, de lo que nos duele pero…
El dolor es un sentimiento, el sufrimiento es una opción
El padre de aquella persona que tanto amé y de la que me tocó separarme a raíz de todo el proceso autodestructivo que me tocó transitar, siempre me trató desde el más absoluto cariño como si tuviese una mágica capacidad de ver más allá de toda mi tristeza. Estando ya bastante enferma y alejada de mí, solía escribirme «Mi chiquita, recuerda repetir: Lo siento, perdóname, te amo, gracias.» Aquello no tenía sentido alguno para mi a pesar de conocer de antemano el poder sanador del ho’oponopono. Fueron los meses y el autoconocimiento los que me hicieron ver que el pensar que debemos perdonar a otras personas no es más que un reflejo de nuestro propio ego. Es duro, verse sin veladuras pero también sin juicios, asumirnos humanos y capaces de equivocarnos, abrazar nuestra víctima para poder soltarla, aceptar los errores y las veces que ese mismo ego ha tomado las riendas haciéndonos creer que «tenemos el control» cuando no existe tal cosa: El control es una ilusión.
Del psicodrama, que ya de por si me había cambiado bastante la vida, llegué a las constelaciones familiares y fue ahí cuando, desde un intenso trabajo de mirar todo lo que tenía años cargando encima asumido desde el papel de salvadora, era la repetición de un patrón de negación, evasión y desconocimiento de mi historia personal y la de mis antepasados. Yo creía que no podía perdonar a mis padres por sus errores, o a mi hermano por su egoísmo, o a quienes habían sido importantes para mi y aún así me había bastado fallar un momento para que me dejaran a mi buena suerte en un país extraño. Me dejé someter demasiado tiempo por la culpa en lugar de ser responsable de mi, agarrando todas las situaciones ajenas y queriendo reparar daños que no me involucraban. Sentía mucho dolor y tenía mucho odio, sobretodo por mí misma.
Suelta y confía
Mi resultado era un cuerpo de ochenta kilos con varices, cicatrices en los brazos, piel y cabello áspero, la respiración entrecortada por el cigarrillo y la dispersión por no ocupar mi cabeza en cosas productivas para mi corazón. Era como si tuviese miedo de ser nuevamente yo, como si no quisiera darme el espacio para una nueva oportunidad, para renacer. Me estaba refugiando en un confort terrenal que me mantenía en un lugar tranquilo en donde no había que hacerse demasiadas preguntas pero todos sabemos que yo no soy así.

Nuestra esencia, esa fuerza interna que compone nuestra mirada al universo es, probablemente, lo más valioso que tenemos en la vida. Aunque el trabajo era cada vez más arduo, difícil, colmado de llanto y episodios de ira o sufrimiento sostenido, cada que liberaba y asumía una de mis heridas me iba sintiendo más y más liviana. Ya no quise maquillar mi vida, ni mi rostro, ni mis gustos, ni mis pecados. Comencé a abrazar mi enfermedad en lugar de luchar contra ella y fue comprendiendo que pude ir más allá.
Justo el domingo pasado pude experimentar por primera vez en carne propia el ritual conocido como Temazcal. El mismo consiste en un baño de vapor que se realiza dentro de un pequeño domo de muy poca altura al cual se introducen piedras que han estado al rojo vivo las cuales generan temperaturas de más de cuarenta grados centígrados. Aquel lugar representa el vientre de nuestra madre y el estar dentro implica un renacer en conciencia, conectando con la tierra a medida que se experimenta el intercambio con los cuatro elementos en conjunto con otros hermanos mientras se entonan cantos y se dejan atrás viejas creencias limitantes, rencores, odios y excusas; representa un renacer físico y espiritual.
Al principio creí morir, luego me explicaron que la idea era justamente esa, morir. Estar en un espacio tan pequeño junto a veinticinco personas más a tan alta temperatura y en oscuridad absoluta, humanamente te reta a enfrentar la sensación de claustrofobia y asfixia pues el aire es prácticamente solo vapor, te obliga a conectar inmediatamente con tu ser interno más que nunca, a sentir tu corazón y respiración para poder modularla sin entrar en pánico. Creí que el miedo me derrotaría, que no podría completar el ritual pero dejé mi frente al suelo por segundos que parecieron horas y le pedí a mi cuerpo que me escuchara, que no temiera, que lo haríamos juntos, en paz y amor absoluto, así esas tres horas se pasaron volando y a lo último cantaba tan alto que ya no me importaba si respiraba o no. Aquello que sentí al principio, tan similar como los primeros ataques cuando inició la enfermedad simplemente se fue.
Ya esto no me controla, no se lo permito, soy mucho pero mucho más que ese miedo y todo ese dolor.
Aquí manda la luz
Ya se cumple un año desde que tomé la hermosa decisión de mirar hacia dentro: «Como es adentro es afuera» y casual o causalmente el facebook me ha regalado este increíble recuerdo: «El mundo es redondo y tú eres el centro de él. La verdad está en usted y aquí cabemos todos. El ego solo sirve para hacer bulto.» Esta frase me la obsequió pocos días después de mi defensa del trabajo especial de grado el maestro Javier Levell, escultor venezolano de amplia trayectoria pero también de una humanidad y pedagogía increíble. Creía que cuando me la dijo la había entendido y esta semana he comprendido que en realidad tenía que experimentar todos esos caminos para poder decir con total y absoluta certeza: Gracias, gracias, gracias.
Mi karma es parte de lo que soy y mis errores ya no se sienten arder, su presencia en mi vida me ha traído hasta aquí, hasta la habitación hermosa desde la que escribo y al país en el que ahora resido. Seguiré convirtiéndome en la mejor versión que puedo ser de mí, sin quedarme en lugares que no me fortalezcan, que no alimenten la conciencia de conexión con aquello que nos eleva, nos supera y nos ayuda a superarnos, en donde no exista esa condición tan inmensa y hermosa como lo es el amar y ser amado. Gracias a la vida por esta segunda oportunidad.
Hecho está y así es.