I hail from the dark side
For all my life
I’ve been besieged
You’d be scared
Living with my despair
And if you could feel the things
I am able to feel
The Dark Side – MUSE
Hubo un tiempo en el que tenía miedo de todo: de mi, de las personas, del pasado, del futuro y del instante, sobretodo del presente porque pensaba que nunca llegaría a controlar los brotes de ansiedad que literalmente me paralizaban. A veces mientras alternaba el ritmo de mis pasos al caminar, bruscamente necesitaba orillarme bajo el resguardo de un frondoso tronco o adentrarme en el pórtico de algún edificio para recordarme que tenía que respirar pausadamente, contando del uno al cien o hasta que la adrenalina parara y el pánico se disipara.
Así llegué al mes de junio, pudiendo ejecutar una respiración medianamente saludable y controlada, mi cabello había crecido poco y comenzaba a construir mi identidad adornando mis hombros. Aumente tanto de peso que alcancé a pesar ochenta kilogramos, continuaba trabajando los fines de semana en el bar y me desempeñaba como cuidadora y acompañante por las tardes de lunes a jueves. Hacía mucho silencio y procuraba no manifestar demasiados pensamientos en voz alta, me encontré yendo a la iglesia a orar más por angustia que por devoción, como quien espera una respuesta rodeada de personas que te hacen sentir en parte menos sola. El invierno se volvió un período de suerte porque los pulover y poleras tenían las mangas lo suficientemente largas como para tapar las cortadas y rasguños que se hospedaban en mis brazos. Solía lastimarme cuando la culpa me carcomía en un nivel casi sádico.
No era feliz pero confiaba o bien quería confiar en que podría volver a serlo.
El día de mi cumpleaños estuvo nublado, una larga línea violeta decoraba mi brazo consecuencia de un ataque de llanto. Esa tarde decidí lucir un vestido con botas de tacón y un saco para tapar los errores mientras aspiraba un goce que aunque fuese momentáneo se sintiese verdadero. En esa fecha Gus me obsequió una preciosa guitarra a quien nombró como mi compañera de habitación por lo que se convirtió en la nueva inquilina que no me permitió volver a estar sola. Nunca fui buena tocando instrumentos pero me esforcé por recordar acordes y melodías cortas que pudiese recrear. Fue él mismo quien poco después de eso me despertó con la noticia: MUSE tocaría en Buenos Aires esa primavera.
Mi primer pensamiento directamente fue fatal, pesimista y desalentador: no podría ir a verlos sencillamente porque me había entregado al desastre. No deseaba ni anhelaba nada porque todo inevitablemente culminaría en el fracaso. Pero hay voces ocultas muy por detrás de nuestra desazón y a veces tienen música. Un bajo punteó dentro de mi corazón mientras un tecleo vibró en mi estómago y me hizo creer que tal vez y solo tal vez, las cosas podrían cambiar.
Don’t be afraid
What you’re mind conceals
You should make a stand
Stand up for what you believe
Invincible – MUSE
Recuerdo haberle comentado a mi terapeuta toda la angustia que me generaba la idea de meter la pata, de «gastar dinero en algo innecesario», de derrocharlo en mí por medio de una acción que no beneficiara el futuro, entonces comprendí que tenía que alterar ese patrón de autoestima si realmente deseaba cambiar. Mis últimos años habían sido de dejar fluir todo hacia afuera por y para los demás, dejándome de lado por temor, por costumbre, por asumir roles ajenos. Después de un año mi conducta seguía inalterable, sin autoreconocimiento, sin automerecimiento, sin amor propio, por ello esa semana al llegar al bar miré a todos mis compañeros y poniendo los ojos chiquitos y la voz aguda les manifesté mi deseo inmediato: ¡A hacer propina que se viene MUSE y tengo que pagar la entrada!
Al fijar una meta, los pequeños cambios se manifestaron casi inmediatamente. El hacer la cama al despertar fue el primero, luego la organización de los menúes, el enfoque en la actividad física, empezar a derrumbar las excusas que sostenían el facilismo del «No puedo». No quería decepcionarme de ninguna forma y al mismo tiempo me cuestionaba si podría mantenerme flote rodeada de tanta gente sin hundirme en los síntomas de mi ansiedad social y de una enfermedad que apenas comprendía. Quería sentirme linda, inteligente, capaz, merecedora, amada, viva… sobretodo estaba desesperada por sentirme viva.
Luego de algunas semanas de trabajo dedicado y enfoque, pude comprar mi ticket. Hice conciencia que no tenía ningún pantalón en condiciones porque había engordado y en lugar de castigarme fui con algo de ahorros hasta una zona comercial y me hice de un nuevo jean color negro con el tiro en la cintura. Su calse casi perfecto me devolvió la seguridad en mi imagen y me hizo desear algo nuevo: un celular decente con el cual empezar a tomarme fotografías y que me permitiese documentar el recital. Si tuviese que graficarlo diría que fue como si de mis ojos empezarán a caer capas y capas que no permitían el acceso de luz. Mientras más caían, más nítida se volvía mi visión y mi corazón a su vez, pesaba mucho menos.
Best,
You’ve got to be the best
You’ve got to change the world
And you use this chance to be heard
Your time is now
Butterflies and Hurricanes – MUSE
Gus compilo en mi teléfono la discografía entera de la banda y durante semanas era lo único que escuchaba en el trayecto al trabajo y los quehaceres. Mientras más y más recordaba sus canciones, mi ritmo cardíaco se aceleraba y volvían a mi las imágenes de los tiempos en los que había sido feliz con temas como Madness, Neutron Star Collision o Bliss de fondo, las propuestas para videos musicales que se me ocurrían o mis necios intentos de imitar el vozarrón de Bellamy. Eran todo lo que me hacía querer levantarme y continuar.
No hay peor coma que aquel que se induce y te mantiene aún despierto. El invierno se fue y yo había vuelto a usar maquillaje, a cocinar, a tomar el subte, a caminar con seguridad y a entrenar para tratar de recuperar aunque fuese en parte mi imagen física. Recordé mis accesorios y lo mucho que me gustaba cambiar de aritos diariamente, mis collares y perfumes. Traté de vestir más acorde a lo que solía ser, esmerandome sinceramente en querer a la persona que tenía en el espejo, en reconocer a esa nueva Urania con cicatrices en los brazos.
Viajé a la ciudad de Altagracia en Córdoba, gracias a mi empleo participé de un evento especial realizado para conmemorar veinte años del estreno de la serie Friends a través de una puesta que recreaba todos sus escenarios. Esta experiencia me llenó de más confianza y poco a poco comencé a realizar pequeños textos reflexivos en instagram nuevamente, fue en esta plataforma en donde hallé la convocatoria para un concurso que consistía en la escritura de un cuento en el marco de lo que significaba el exilio de tu propio país, desbordada de tantos sucesos maravillosos tuve el primer impulso de narrar mi momento más aterrador en apenas dos cuartillas. Cada uno de estos instantes tienen el bajo de Chris, la batería de Dom y la guitarra de Matt de fondo.
And sunshine, trapped in our hearts
It could rise again, but I’m lost
And crushed
I’m cold and confused with no guiding light left inside
You were my guiding light
Guiding Light – MUSE
Cuando inició octubre, no sólo la ciudad se había coloreado de amarillo y azul, la alergia del polen me constipaba la nariz y mis brazos junto con mi voz se sentían por fin parte del todo. Yo sobre la bicicleta iba de aquí para allá, tratando de tocar a Lucía, así bauticé a la guitarra, y cantar al ritmo de nuevos acordes. Contaba cada día como uno menos antes del espectáculo ya armada con una nueva cámara y ropa bonita. En una de mis terapias previas al concierto, Soledad me preguntó «¿Y qué vendrá después del recital?» a lo que no supe sino contestar «Eso lo sabremos después».
Así fue como el jueves diez de octubre, entré al hipódromo de Palermo solo para dejar testimonio en redes de mi curiosidad. Vi el escenario desde lejos y como armaban todo lo necesario para dar el acceso a las instalaciones, incluso hablé con agentes de seguridad. Faltaba solo un día y no podía contener la emoción que llevaba por dentro.
El viernes once de octubre del año dos mil diecinueve, se pronosticó una tormenta eléctrica para horas de la noche por lo que los productores se vieron en el deber de notificar en horas tempranas que el espectáculo iniciaría antes de tiempo. Con una manzana y un sandwich de manteca de maní y mermelada, me fui a hacer mi fila poco después del mediodía, tenía no mínimo de cien personas por delante pero no permití que aquello mermara mi ánimo. Casi al momento de ingresar, mi Florecilla, amada amiga y compañera de locuras llegó junto a mi a disfrutar del momento. Cuando entramos aún había sol, la humedad tenía nuestro cabello esponjado y hacía que el suelo estuviese resbaloso. Esto no importó en lo absoluto e igualmente corrimos frente a la tarima con tanta suerte que quedamos justo frente al escenario, únicamente separadas por el cordón de seguridad.
Debimos haber esperado casi dos horas a que emergieran lentamente entre humo, bailarines y demás elementos teatrales sobre aquel escenario. Entonces mi corazón se detuvo y mi cerebro quiso jugarme en contra… pero yo no se lo permití. Luche en varios momentos contra la sensación de abandonar el presente y abstraerme dentro de mis pensamientos pero no dejé que ganara la batalla mi incertidumbre. Grité, salté, canté, bailé y liberé todo lo que necesitaba ser puesto en libertad frente a aquel acontecimiento.

Se repetían las palabras de Soledad entonces ¿Que vendría después de ese día? ¿Podría levantarme de la cama? ¿Encontraría motivos válidos para continuar? ¿Qué iba a motivarme? Pero comprendí que ese momento era lo único que importaba entonces. Si podía cantar y escuchar el increíble acople de aquellos artistas que parecían mostrarme cosas que había olvidado durante años, podía seguir viviendo, podía darme una segunda oportunidad. Entonces todo se hizo más que evidente: me había perdonado. Y ahí, llena de sudor y lluvia cuando Matt entonó los primeros coros de Starlight, yo comencé a llorar pero esta vez ya no lo hice por dolor, sino por haber entendido que era momento de vivir mi vida lejos de aquellos barrotes auto impuestos dentro de mi cárcel mental.
Y así de un momento a otro la lluvia se hizo más intensa y en el cielo se dibujó la forma de un escandaloso trueno que dio por terminado el espectáculo. Mis piernas parecían más livianas y ell agua una bendición. Terminamos esa noche comiendo pizza acompañada de cerveza y una exhaustiva revisión del espectáculo televisado buscando evidencia de nuestra participación en primera fila. En ese momento no hallamos nada, sin embargo este año pude distinguirme entre la multitud eufórica y aquel enorme mounstro inflable que cerró la presentación.

Tuve razón, lo que siguió después fue una mujer liviana, con menos culpa y más responsabilidad, con menos capas de odio y mas chances de apostar a la humildad, empatia y conciencia. MUSE me había devuelto lo mismo que cuando les conocí en el año dos mil catorce: la esperanza. Hoy, un año después de haber retomado el control de mi vida se siente como un privilegio adquirido poder narrarles lo que significó para mí demostrarme que podía cumplir la palabra dada a mi misma, poder cumplirme mis sueños, poder retomar mi historia con menos vergüenza y más aceptación. Un año después me sigo llenando de amor cuando les aseguro que el arte puede cambiar vidas, hacernos mejores, retomar el sentido de las cosas, hoy que volví a escribir y crear les aseguro: el arte puede transformar el mundo.
The starlight
I will be chasing a starlight
Until the end of my life
I don’t know if it’s worth it anymore
Starlight – MUSE