Los límites de la frontera

Esta ha sido una de esas semanas infructuosas, no me gusta detenerme porque luego tengo miedo de no saber como avanzar. No me mal interpreten, he continuado con mi rutina de entrenamientos diarios, me he duchado todos los días y he leído y escrito reflexiones pero he necesitado callar un poco mis ansiedades con películas de netflix y rock de los ochenta. Sin embargo algo conseguí, he aquí un testimonio de primera mano. 

Cuando abandone el hospital directamente me indicaron la negativa de informarme mi diagnóstico, probablemente para no generar expectativas. Tardé unos seis meses en enterarme y otros cuatro o cinco en aceptarlo. Aunque el trastorno límite de la personalidad está catalogado como enfermedad mental, en mi caso particular prefiero denominarlo «condición». Esto me ha permitido un margen menor para adoptarlo como excusa y también para hablar de él sin estigmatizarlo. No soy terapeuta ni doctora, escribo desde mi lugar como paciente cuando, a causa de un desequilibrio químico en el cerebro, experimenté en carne propia los síntomas más crudos del borderline. A lo largo de mi vida siempre presente problemas de desrregulación emocional, saberlo no lo hace más sencillo pero con práctica se aprende a sobrellevar. Los problemas reales aparecieron cuando empecé a manifestar impulsos de carácter agresivo, ya no eran sólo palabras hirientes: llegué a golpear personas, me cause daño físico y experimente largos y sostenidos periodos de angustia que podrían ser descritos como una ansiedad multiplicada por diez.

Con la irrupción de una voz dentro de mi psiquis, de primera mano experimenté un estado frenético que intentaba por encima de todo, no ser abandonada por las personas que amaba. Mis relaciones interpersonales con los más allegados acabaron por deteriorarse producto de un patrón de auto-lesiones, manipulación emocional y distorsión de la realidad. 

Por esa época trabajaba en una fiambrería y al cortar el jamón en la máquina, solía tener la fantasía de deslizar mi muñeca sobre la cuchilla giratoria. Esta imagen no venía a mi una vez al día, era un loop que a ratos se sentía muy real. Mi cuerpo dejó de pertenecerme, estaba desligada del tacto, de las caricias o los maltratos, tenía ese vacío interno que me daba plena seguridad de que en cualquier momento los edificios a mi alrededor se derrumbarían. Pasé largas noches con los ojos pesados de cansancio sin poder dormir, desesperada hiperventilando angustiada y sin saber a quién acudir. Sabía que estaban cansados de mi y de todo, yo estaba cansada de no disfrutar nada, de olvidar cosas, de no ser divertida, de no saber sonreír. Quería desaparecer.

Un detalle bastante significativo fue que al iniciar el malestar fui corriendo a cortar mi cabello, muy corto. Pensaba que este ritual sería una forma de reiniciar sin todas las cosas que arrastraba. Ahora rememoro eso y me veo sentada en el parque dentro de aquel hospital como un muñequito perdido sin identidad. No era entonces capaz de reír o pensar, ignoro en que se iba el tiempo dentro de un cuarto con nueve camas y una sola ventana, sin televisión ni radio, sin tecnología ¿A donde había dejado la cabeza? A ratos me tocaba para estar segura de tenerla sobre los hombros. 

Dibujo y collage / Libro de artista – Ura Urdaneta

El camino puede ser incierto pero es sabio, el mío me concedió toparme con una persona cuya influencia logró que mi reinserción en la sociedad fuese menos traumática. En una ocasión entré a su pieza y al mirar el ordenador detallé una foto mía que debía tener unos cuatro o cinco años y casi de inmediato comencé a llorar y a gritar. Fue un ejercicio en extremo doloroso porque la chica pecosa que sonreía maquillada y segura no podía ser yo.


En abril del dos mil diecinueve había aumentado más de diez kilos, mi rostro estaba abultado, redondo e hinchado consecuencia de la medicación, no gozaba de condición física ni de voluntad para recuperarla, no tenía la concentración para mirar una película, las canciones largas me generaban ansiedad, no podía afinar para cantar, mis manos se sentían rígidas e inútiles al intentar dibujar, no podía salir a la calle sin sentir pánico o que el corazón se me acelerara y cocinar me daba más miedo incluso. La depresión me había arrebatado todo lo que me hacía sentir yo. 

Cada noche antes de dormir lloraba segura del infortunio, estaba sola y a nadie le importaba (tenía plena convicción de ello). Tuve que transitar todo sin mi familia, me sentía tan vulnerable y poco amada, reemplazable. Quería desaparecer porque tenía la certeza de que mi vida se había terminado al entrar a esa prisión. Ni siquiera un nuevo amor me daba ganas de levantarme y existir, Urania había muerto y lo que quedaba era un despojo de su humanidad. Pero como ya dije, la vida tiene vueltas y luego de haber contemplado la muerte un par de veces más, el universo quiso que mi tía aterrizará unas semanas en Buenos Aires. A pesar de nuestra errática relación, este fue un soplo de vida porque supe entonces que en realidad era amada e importante y que al contrario de mi sentir, no había sido abandonada tras esas rejas. Quise volver a Venezuela pero esa parte de mi en donde todavía había fuego supo decirme que lo correcto era quedarme y sanar lejos de aquello que me había quebrado, que era momento de ser valiente.

He dejado esto para el final porque en mi opinión, es lo más maldito que puede pasarte bajo cualquier condición neuro-psiquiatrica. Me refiero a los llamados «ataques» o brotes psicóticos que no sólo causaron estragos en mi vida antes de ser ingresada al hospital y estando dentro de él, creo que llegaron a causar más daño cuando salí. Algo malinterpretado, un pensamiento, un recuerdo, una canción… Nunca sabía por dónde iba a atacar cuando ya mi cabeza se estaba golpeando contra la pared. Siendo reiterativa, cuando esto pasaba sentía que me veía a mi misma desde adentro sin poder hacer nada, igual que cuando me quedaba paralizada. Este malestar psiquico se apoderaba de mi cuerpo convirtiéndolo en una masa ausente e inútil. Inclusive, como una chiquilla malcriada y manipuladora lloraba y pateaba cuando debía dejar la casa de mi pareja, me rehusaba a estar sola en casa, más bien, me daba terror estarlo. Espero tener en algún momento las palabras exactas para poder transmitir lo terrible que es estar ahí.

Dibujo / Libro de artista – Ura Urdaneta


Por fortuna, fueron fases. Ya he hablado de lo mas horrible y de lo que fue vivir en el infierno. Ahora permítanme abrir la ventana para que pase el sol. 

Tuve que dejar de castigarme, tuve que largar en terapia todos mis sentimientos, pensamientos, dramas y recuerdos, tuve que poner alarmas cuatro veces al día para no olvidar mis medicinas, tuve que aprender a dormir ocho horas y re-aprender a comunicarme con los demás. Tuve que salir de dentro y sentir enojo, rabia, odio y tristeza para luego mirarme en el espejo y reconocer la misma cara pecosa del ordenador. Tuve que adquirir vicios y dejarlos, tuve que beber mucho alcohol para comprender el daño que me hacía, tuve que probar drogas para dar por sentado que las odio, tuve que cargar con mi sobrepeso para sentir que este cuerpo me pertenecía y merecía respeto, tuve que atragantarme con comida para evitar llenar vacíos con ella. Tuve que experimentar una crisis a las tres de la mañana para saberme capaz de tomar una bicicleta y pedalear hasta que el aire me trajera paz de nuevo. Tuve que reconocerme haciendo sufrir a otros para tomar conciencia de mi propio egoísmo. Tuve que enamorarme nuevamente para entender cuanto me amaban y cuanto me habían amado. 

Si lo pienso cronológicamente, mi evolución se dio de manera trimestral a lo largo de un año: en el primero experimente la externación, me puse en pareja y conseguí empleo. En el segundo el universo me reencontró con mi familia lo que me permitió bajar las barreras que había construido a mi alrededor. El tercero donde descubrí mi diagnostico y estando más consciente de la persona que era, comencé a realizar actividad física y a mejorar mi alimentación; y finalmente el último, en donde después de luchar comprendí que no se trataba de pelear con la enfermedad sino de aceptarla, y así con ella, mis errores, mi pasado y por fin, gozar a plenitud del presente. Desde que los cohetes anunciaron la llegada del año pasado, supe de inmediato que probablemente sería el más difícil de mi vida. Y lo fue. 

Creo que lo más duro es el terror al estigma que muchas veces nos lleva a aislarnos. Me considero afortunada: tuve un compañero que me siguió con amor y paciencia en cada crisis, amigos dispuestos a escuchar y una familia entregada a comprender mi «condición». 

Logré estabilizarme, cada día aprendo algo nuevo de personas con situaciones similares a las mías. Tienen diagnósticos de psicosis, esquizofrenia, bipolaridad, depresión y son mucho más de lo que dice un papel, yo lo soy. Muy a pesar de que tengo mis momentos con emociones desbordadas y de que el síndrome pre-mestrual me descompone si no lo controlo, en mi carrera, en mi trabajo, en la vida, tengo la fortuna de haber conocido amigos que adoro y conservo. 

Detalle de collage/ Libro de artista – Ura Urdaneta


Lo peor de una enfermedad psíquica se manifiesta a ratos. Quizá no tenga cura pero se aprende a vivir con ello, se regula, se espacia, se disminuye yendo a terapia, siendo consecuentes, haciendo deporte, evitando estupefacientes, tomándote el tiempo de conocerte para trascender. Quizá este escrito ha resultado tan desordenado como lo han estado mis emociones esta semana pero somos humanos, no siempre podemos escribir desde la luz. 

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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