No era que quisiera matarme, solo deseaba morir. No existía entonces ninguna acción pequeña o grande de la cotidianidad que no doliera con la intensidad de una quemadura de tercer grado, mientras más tiempo me miraba, menos me encontraba.
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Más allá del límite
Tu vida es tuya, no eres lo que te pasó sino lo que decides hacer con ello. Mi nombre es Urania y sufro de trastorno límite de la personalidad.
Una estampa para el perdón
Quienes hacemos parte del colectivo lo hemos aprendido, lo hemos hecho consciente. Yo llegué a creer que no había vida después de los veinticinco, después de haber muerto en tantos lugares y de tantas formas distintas, luego de lograr buena parte de los objetivos que me había planteado a corto plazo, de haber tropezado y dicho tantas estupideces estando fuera de mi, de conseguir que aquellos hombres férreos y estoicos lloraran como criaturas, de tragar tantas pastillas deseando desaparecer, de irrespetar mis creencias y valores, de orillar a mi familia a perder la razón.
Por donde entra la luz
Y aunque para el común de la población pueda parecerle ridículo y simple el vago retrato de la cotidianidad de cualquiera, quien les escribe es una persona que no se cepillaba los dientes por la noche porque no tenía ganas, que dormía doce horas o más con tal de evadirse, que no establecía diálogo presencial con prácticamente nadie y que no podía ver demasiada televisión porque le generaba ansiedad.
Autopsia para un desastre
No eran los de afuera quienes me guardaban rencor, era yo quien se sentía incapaz de perdonarse. La idea de morir dejó de ser sólo eso cuando la convertí en realidad. Se me terminó el tiempo para surfear los traumas instaurados en mi sistema, las cosas dichas y hechas, las mentiras y la ilimitada capacidad personal para hacerme cargo de de todo el mundo menos de mí misma.
El estigma
Todo lo que viví cuando estuve en ese foso llamado depresión: alcohilozándome cada fin de semana, llorando cada noche, presionando a quienes me amaban y minimizando su sentir. Porque cuando estás deprimido te odias, quieres que el mundo se pare y vea que estás mal, sin quererlo te haces adicto a la lástima hasta que llegas al punto en el que, ni obteniendo lo que quieres eres capaz de conformarte.
Remitente: Tesorito escondido
Estaba tan molesta con todo y por todo ¿Por qué no habías sido capaz de amarte y de respetarte? Si hubieses tratado de sanar jamás nos hubieses lastimado. Fue allí donde entendí desde donde trabaja el ego, bajo esa falsa sensación de control que tanto me inculcaste y que al final nos lleva a erguirnos desde un lugar en el que perdemos la capacidad de comprender al otro, de ponernos en sus zapatos y respirar su aire. El lugar que decidiste ocupar invisibilizando a quienes realmente te necesitábamos.
Cable a tierra
La escuela de arte me abrió el pecho en todos los sentidos y me habitó, comenzaron a vivir en mi personas talentosas y valientes que me mostraron caminos que yo no conocía, nuevas formas de hacer las cosas, nuevas posibilidades y entonces, sin darme cuenta conocí ese otro tipo de amor, ese al que tanto se aspira.
Los límites de la frontera
Mi cuerpo dejó de pertenecerme, estaba desligada del tacto, de las caricias o los maltratos, tenía ese vacío interno que me daba plena seguridad de que en cualquier momento los edificios a mi alrededor se derrumbarían. Pasé largas noches con los ojos pesados de cansancio sin poder dormir, desesperada hiperventilando angustiada y sin saber a quién acudir. Sabía que estaban cansados de mi y de todo, yo estaba cansada de no disfrutar nada, de olvidar cosas, de no ser divertida, de no saber sonreír. Quería desaparecer.
El monstruo que fui
Es sencillo contarlo de ésta forma, visto así el «monstruo» del que hablo no tenía porque aparecer nunca. Cumplí mis objetivos, salí de un país venido abajo pero mi maleta rota traía más que tierra fronteriza y ropa, había emigrado con todos mis demonios en el equipaje.