Cable a tierra

La escuela de arte me abrió el pecho en todos los sentidos y me habitó, comenzaron a vivir en mi personas talentosas y valientes que me mostraron caminos que yo no conocía, nuevas formas de hacer las cosas, nuevas posibilidades y entonces, sin darme cuenta conocí ese otro tipo de amor, ese al que tanto se aspira.

Los límites de la frontera

Mi cuerpo dejó de pertenecerme, estaba desligada del tacto, de las caricias o los maltratos, tenía ese vacío interno que me daba plena seguridad de que en cualquier momento los edificios a mi alrededor se derrumbarían. Pasé largas noches con los ojos pesados de cansancio sin poder dormir, desesperada hiperventilando angustiada y sin saber a quién acudir. Sabía que estaban cansados de mi y de todo, yo estaba cansada de no disfrutar nada, de olvidar cosas, de no ser divertida, de no saber sonreír. Quería desaparecer.

El monstruo que fui

Es sencillo contarlo de ésta forma, visto así el «monstruo» del que hablo no tenía porque aparecer nunca. Cumplí mis objetivos, salí de un país venido abajo pero mi maleta rota traía más que tierra fronteriza y ropa, había emigrado con todos mis demonios en el equipaje.

«Sin sombra no hay luz»: Yo, la artista.

Solía pensar que sentir tristeza por todas estas cosas era exagerado y una muestra de debilidad, que el dolor que generaba lo que se sentía como la ruptura de la inocencia, de la benevolencia del mundo, del amor, debía ser superado y dejado atrás, como todo. Y la realidad es que no sobreviví a eso, si algo me rompió fue entender que a veces el mundo te patea, te vomita y te voltea aunque tú no seas responsable de nada.

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