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Y tú, ¿Por qué estás aquí?

Coexistir con la frontera

«La esperanza es una forma de albergar tristeza»

— Anónimo

Hace un tiempo que reconozco que me angustia observar el transcurso de los segundos, los minutos, las horas, los días,las semanas y los meses. Hace también un tiempo que trato de entender como podría iniciar este espacio, como dar la bienvenida a quienes quieran curiosear las consecuencias de un brote de locura, del desequilibrio químico, del dolor no asumido, de la violencia intrínseca al ser humano, de la dejadez en nuestra etapa más vulnerable. 

Tuve que transitar dos primaveras para poder desarrollar un lenguaje que fuese capaz de reproducir de la forma más literal lo que intento expresar. Una de las mayores limitantes de esta «condición» es la facultad para verbalizar las emociones y sentimientos. Cuando inicié mis estudios en la escuela de arte, me di cuenta que el pintar, el dibujar y el componer se habían convertido en formas de gritar. Así, en la vida diaria podía dedicarme a existir como un ente responsable, romántico, luchador a los ojos de quienes me rodeaban mientras por dentro vivía tratando de darle un sentido a todos los pedazos que se me colaban fuera de las manos. 

En una ocasión, una querida amiga me calificó de «fatalista». En un primer momento realmente me sentí ofendida pero con los años y viendo hacía atrás comprendí que en realidad nunca he sido demasiado feliz. Siempre existió un vacío constante, incontrolable y absoluto que no se llenaba con nada. Viví durante los últimos 10 años negando una fractura interna que se manifestó inconscientemente en todos los aspectos de mi vida. Lastimé y herí a personas que amaba profundamente y que jamás me hicieron daño, los lleve a lugares en donde nadie debería estar. ¿Que me trajo al borde? Mis propios pies, sólo que el momento crítico se puso de manifiesto cuando me di cuenta que no veía a nadie reflejada en el espejo, que esas manos no eran mías, que la boca estaba muda y que dentro de «mi» cabeza una voz ordenaba a mis pensamientos que debía desaparecer. 

Un monstruo que se apoderó de mi piel y mis huesos destruyendo todo lo que alguna vez construí y amé, mi presente inmediato al emigrar. Esa aberración sin memoria,  sin consideración, sin libertad, manipulador y agresivo, ese que fui y al que aún tengo miedo de mirar. Porque no ha desaparecido y hay noches donde todavía se burla de mi, se encarga de repetirme alguna anécdota bochornosa más espantosa que la otra y me mira a los ojos recordándome que la negación de la oscuridad nos lleva a eso, a la autodestrucción. 


¿Cómo sigues viviendo después de haber hecho tanto daño?

Una parte de ti no lo hace porque muere en el proceso, tus creencias se destruyen y la persona que eras, desaparece. Hicieron falta un largo periodo de depresión, un par de sobredosis, un breve estado de alcoholismo, una absoluta sensación de abandono, 3 meses de internación, múltiples cortes en los brazos y unos cuantos ataques de pánico y brotes psicóticos para entender lo que significa asumir la relevancia de modificar en tú vocabulario la palabra culpa por responsabilidad. Durante más de un año no deje de ir a terapia y de tratar de comprender lo que me pasaba, en esos meses comprendí que no se puede cambiar el pasado pero podemos ser mejores de lo que eramos en el presente. 

A veces, aún sufro de momentos en donde quisiera correr al medio de la calle y gritar «Lo siento» «Perdón». Entiendo que eso no va a cambiar nada, asumirme humana, si. El único perdón por el que sigo adelante es el que yo misma puedo darme después de habitar durante tanto tiempo la oscuridad. Hoy escribo porque mi mayor deseo es volver a pintar, volver a ensamblar, a hacer obra y creo que solo sacando todo esto puedo volver a darle sentido a ese lenguaje al que le debo todo. 

Creo que vale la pena destacar que hoy tengo el valor de escribir estas cosas porque existen personas que no han dejado de creer en mi incluso siendo egoísta y desconsiderada. Ellos me recuerdan mi valor, que soy una persona más allá de mi diagnóstico pero también son mi espejo, tienen la fortaleza y la bondad de ponerme límites cuando empiezo a volar de mi y por tanto, han sido maestros fundamentales para comprender la evolución y el desapego, estrategias que me construyen y edifican ahora que estoy bien. El no ser víctima sino responsable, del entender que nadie nos daña, somos nosotros quienes escogemos a través de quienes nos hacemos daño. 

Gratitud infinita para Jhura y Oliver quienes apoyaron este proyecto desde el inicio. A Sara y Carlos quienes se convirtieron en mis guías espirituales en el transito de la sanación. Mi mamá y mi hermano también se han esforzado por comprender lo que pasa, así que aún en la distancia no dejan de apoyarme. A Gustavo quien durante un año caminó junto a mi, me contuvo, me cuidó y me ayudó a reencontrarme conmigo misma. 

Autorretrato – Ura Urdaneta 2018

Mi nombre es Urania. Emigré de mi país a los 24 años y 6 meses después mi vida se detuvo. He vivido la mayor parte de mi adultez al borde de un precipicio, no tenía forma de saber que mis neurotransmisores enloquecerían al llegar a Buenos Aires destruyendo todo lo que conocía. De estar en la frontera, de eso quiero hablar: de como aprendí que los sentimientos y las emociones se pueden regular, que nada es blanco o negro, que no hay un para siempre y que el amor propio solo se construye cuando te aceptas completamente. Mi nombre es Urania y quiero dar más información para eliminar el estigma de lo que significa ser una persona Borderline.

No fue tu culpa

Cada pérdida que he experimentado, cada lección de impermanencia personal y emocional que la vida ha sido tan amable de ofrecerme, me ha hecho profundizar en mi capacidad de amar.

Zoketsu Norman Fisher

Siempre me rehago esta pregunta cuando ha pasado mucho tiempo desde la última vez que ejecuté una acción ¿recordaré como se hace? Esto de compartir lo que escribo, lo que pienso. El miedo a ser juzgada reapareció en forma de fantasma.

Estoy sentada en mi nuevo escritorio. Es verde limón, iguana o dinosaurio, va a depender de la experiencia de vida desde la que te hagas la pregunta. El invierno llegó por anticipado y aunque el cielo plomizo sigue augurando narices congeladas y fluidos perpetuos, mi cuerpo vestido pero abufandado no siente realmente frío.

Llegamos al quinto mes del año; hoy es el cumpleaños de un querido amigo, también mitad de semana y además es el segundo día en el que asisto a sesión desde que decidí retomar la terapia. 

Me gusta escuchar a Cami tararear mientras organiza, limpia o cocina, por alguna razón que me excede más allá de lo racional, su acogedora presencia me hace sentir en casa. Llegó para quedarse en febrero y desde entonces los condimentos tienen nombre, la cocina se llenó de macetas y los repasadores se multiplicaron por cinco. 

Admiro con profundidad la capacidad de algunas almas para compartir su sentido del hogar. Yo habito pero siento que no aprendí a construir refugios de disfrute colectivo, es algo que me gustaría modificar.

El fin de semana caí derrotada producto de una supuesta variante de la gripe A. Fueron un par de noches de fiebre alta, malestar, delirios y un Kali velando para que mi alma no escapara de mi cuerpo. En la agonía, fueron justamente Cami y Romi quienes, ignorando mi absurda necesidad de no ser una molestia, irrumpieron en mi pieza con tazas de té, limonada y miel. En la cuasi agonía de dolor febril, cerrar los ojos era estar en la pastora. Olía la montaña, el aire dulce y la luz caribeña me escocía los ojos. 

En un momento juraba estar recostada en la cama de mamá al punto de sentir ese perfume en las sábanas, luego me levantaba y caminaba hasta encontrarla a ella acostada en la mía. Me acurrucaba a su lado y le contaba que tenía mucha fiebre, que me sentía muy mal. Me sugería entonces llevarme a salud Chacao, que ahí siempre me atendían bien:

«No puedo mamá, ya no trabajo en Altamira»

¿Cómo hace el cerebro para fragmentar tus dos vidas y al mismo tiempo converger todo en un solo pensamiento? ¿Cómo es que se vuelve a lo que se odia y se ama con tanto frenesí? 

Ser y negar

Cerca y lejos

Lo propio y lo ajeno

Transparente y opaco

Retrato en el último año de colegio – Año 2010

«Una huella es la presencia de una ausencia» solía decirnos Víctor en los años de universidad. Este que es mi cuerpo es más que carne y unidad, son retazos de momentos, son pinceladas, son cortes, son todos los cabellos que se caen en otoño y las uñas que se quiebran durante la jornada. Mi ser por entero es justamente la presencia de esa ausencia, de eso que fue pero ya no es. 

Estoy trabajando con una arte terapeuta, en ambos encuentros me hizo pintar con acuarela y no dejó de recordarme que sin compasión no existe la conciliación.  

A sabiendas de todo mi trabajo terapéutico anterior, de la internación y del tratamiento psiquiátrico, me ha recordado que los duelos no tienen tiempo ni lugar. El dolor puede mutar e irse transformando con los años pero no deja de ser intangible, no deja de llevarse por dentro. Le he contado muchísimas cosas y a mitad del relato le he dicho:

«Ahora sé que no fue mi culpa, y lo sé con la cabeza pero me gustaría saberlo también con el corazón: No fue tu culpa». Como si le hablara a una tercera persona. 

Me pidió que se lo dijera a esa Urania que en algún lugar del tiempo es una adolescente pensando en como terminar con su vida porque en su teoría eso haría del mundo un lugar mejor. Pero para su futuro descubrimiento y citando la canción de Miyavi “Girando, girando, el mundo está girando y no va a dejar de hacerlo si yo desaparezco de él.1

Es inverosímil sostener que somos responsables de la plenitud de los demás y menos que podemos acaparar el nivel de atención que requería en aquel momento. Quizás por eso nunca llegue a concretar los intentos, tal vez la certeza de lo insignificante que se me hacía mi propia existencia me ayudó a tolerar lo que pasaba de mejor manera.

Que mi vida se apagara en ese contexto hubiese sido la consecuencia de la sobreexposición a la irresponsabilidad ajena, la reafirmación de lo cruel que podemos llegar a ser cuando nos convertimos en adultos.

Aún con toda la soledad que eso trajo, entendí que la verdadera familia es aquella que nos permitimos escoger y no la que nos asigna la sangre. Esa fue la primera vez que mis amistades salvaron mi vida. 

Aquella piba sobrevivió. Quince años después y recordando la lección posterior a la guerra tiende a caer en desear no haberlo conseguido. Dicen que el tiempo sana, que no te recuperas si permaneces en el lugar que te lastimó, que la distancia conforta pero jamás se es lo suficientemente adulto para dejar de sentirse vulnerable. Solía pensar que en esta década las verdades estarían más nítidas pero he descubierto que lo única certeza es que el tiempo que existe es el presente, lo demás es mera nostalgia o ansiedad.

El vacío agota, la falta de pertenencia duele, la ausencia de contención es una idea con la que uno se acostumbra a convivir pero jamás a aceptar del todo y luego luego, encuentras personas que sólo conocen tu yo quebrado y llevado por la vida, que te miran y sonríen porque saben que si te hubieses muerto en el dos mil nueve, tu versión adulta e inconforme no hubiese llegado a sus vidas. Tu versión más «mutante y orgullosa» no estaría escribiendo estas palabras.

¿Estás deprimida? Y tú qué crees…

Pero la depresión no siempre es querer tirarse de un treceavo piso o atragantarse con pastillas para dormir. La depresión en su fase más «benévola» te quita el hambre, baja tus defensas, te llena de rencor, no te permite salir de la cama y en sus momentos más agudos te hace desear desaparecer. 

Yo he querido desvanecerme desde los nueve años, a veces lo consigo cerrando los ojos mientras me hundo en la cama o escuchando música mientras camino. Hay días en los que realmente me convenzo de que soy invisible y eso, aunque sea por poco tiempo, me da paz.

Autorretrato en sketchbook Año 2012

Falta relativamente poco para los treinta y uno, las heridas sangran y todo está doliendo mucho pero he decidido no ignorar de vuelta mi “frágil” condición. Puede que se me vaya la vida entera intentando extinguir esta marca que tanto arde y pesa pero prefiero mil veces seguir aprendiendo de mi propio caos antes que sumergirme en la idea de existir sin realmente estar viviendo.  

Eso me trajo el espejo: dolor y caos, remoción. Una mierda. 

Y al mismo tiempo reafirmar la intención de no ser igual, de no repetir la injusticia, de no justificar la indiferencia porque esa Urania multidimensional de dieciséis años merece compañía, merece que la abrace, merece ser escuchada. Esa que tuvo que experimentar el verdadero momento canónico de nuestras vidas, merece que le recuerde:

«No fue tu culpa».

Mi terapeuta me insta a que reanude la escritura, la pintura y la reflexión. Nuestra intención es conseguir que todas esas pasiones que de alguna manera quedaron ancladas al dolor, retomen su lugar en mi imaginario y vuelvan a generarme la satisfacción, el disfrute y la libertad que desde siempre me brindaron.

Así que mi compromiso será registrar el proceso como se hace cuando estás construyendo una obra. Me parece un bonito ejercicio por donde arrancar. 

  1. https://www.youtube.com/watch?v=CHV_bJ0giis ↩︎

Seis meses después [Parte I]

Quiero decirte que creo que he hecho bien en venir aquí, porque, al ver la realidad de los locos y lunáticos de este grupo, estoy perdiendo mi vago temor, mi miedo a la cosa. Poco a poco voy considerando que la locura es una enfermedad como cualquier otra

Cartas a Theo por Vincent Van Gogh

Mientras hacía el camino de regreso a casa venía pensando si mi ausencia podía justificarse como un largo receso voluntario o simplemente un hiato temporal. Han sido meses en donde en lugar de volcar mi sentir en oraciones viscerales inicié la búsqueda de otros lenguajes con los cuales pudiese colmar el vacío que me había poseído. 

Porque nuevamente hablando de duelos: atravesar este fue como tratar de caminar hecha pedazos intentando no desarmarme ni resbalar con la sangre que brotaba de las heridas. 

Fue la esperanza porque por un momento realmente creí en lo mutuo y la conciliación, lo había sentido en aquellos besos al amanecer y en el abrazo que me sujetaba del torso y la cabeza mientras musitaba en mi oído que ya todo estaba bien. 

Repito: la humanidad es frágil, tanto como lo son el rencor, la ira, la culpa y la tristeza. Me llené de odio, repulsión y amargura; volví a encerrarme en mi pasado y en todas las cosas horribles que había hecho olvidándome por completo hasta donde mis pies me habían traído. 

Fue realmente necesario atravesarnos nuevamente enjuiciando nuestro carácter, nuestro innegable parecido para comprender que lo único que podemos hacer con el dolor es aceptarlo para intentar convertirlo en algo más grande que nuestra historia, que nuestras cicatrices. Fueron meses de mucho llanto, preguntas al aire y canciones tristes porque ahora mi dolor sonaba a indie rock veraniego mientras que mis rutinas se alejaban cada vez más de las respiraciones conscientes. 

Y luego esa red que sostiene y apoya: mis amigues que cada noche en vela me escuchaban sin juzgar mientras me recordaban que la única Uri que ellos conocen es esta que soy hoy, y es a la que aman con intensa curiosidad. Y fue así también como Al me convenció de tomar un avión juntos y escaparnos una semana hacía el sur, aventurarnos a conocer Bariloche en auto mientras tomábamos fotos y buena cerveza.  

Tuve mucho miedo al principio, miedo a comprar un nuevo celular, miedo de despedir personas que se fueron lejos, miedo de endeudarme y luego no poder pagar, miedo a sentir demasiado, miedo de seguir con vida. Recordé entonces esa frase que había leído en la costa en aquella escapada definitoria con mi amigue Sofi que me llevó a conocer parte del mar argentino:

“Vergüenza es no animarse. El único fracaso es no intentarlo”

Fue así como compramos los boletos, hicimos las maletas, pedí mis vacaciones y con mis ahorros y sin escatimar en lo que quería volamos a un complejo precioso a las orillas del río Nahuel Huapi. Abrir los ojos con el amanecer viendo como el amarillo pintaba las aguas de color cian me hizo entender que la inmensidad que nos compone no puede medirse por los momentos en los que hemos fallado; aunque haya sido a las personas que más amamos (incluyéndonos a nosotros mismos). 

Cima del cerro Llao Llao, San Carlos de Bariloche – Abril 2022

El río no deja de ser generoso incluso cuando sus cauces pueden inundar y destruir, la nieve sigue siendo magnífica aún en el peligro que supone y los riscos monumentales son tan bellos como letales. Entonces yo, no podía reducirme a lo mínimo por un desprecio: yo sigo siendo entereza aún después de todas las veces que la vida me ha roto. 

Yo que en mi oscuridad he sido monstruosa y despiadada he encontrado el camino de vuelta hacía el equilibro en donde, habitando mi sombra puedo ser humana y convertir cada situación en un aprendizaje, intentando no juzgar, dando lugar al entendimiento que va más allá de la culpa. Y aunque a veces odio y me cuesta convivir con mi pasado, eso ya no me domina. 

Sobre el barco navegando las aguas camino al bosque de los arrayanes, con el viento y la lluvia salpicando mi cara me sentí parte de la tierra y del mundo. Cada que el recorrido me topaba con la presencia de un chimango, sentía que se empeñaba en mostrar que aquella pequeña avecita se mantenía regia frente a las corrientes de aire más violentas: estoica y preciosa, como si supiera que eso también pasaría.

Le canté al río y al agua, le hice una promesa: no me rendiría hasta volver a navegar esa infinidad turquesa y a subir sus montañas olorosas y mágicas. Para eso debía encontrar el camino hacía mi verdadero lugar, al sueño que quería realizar. Con mucha compasión y escucha, priorizando mis necesidades antes que las de los demás. 

Los paisajes de los senderos coloreados por la estación cargaron mis pupilas con imágenes oníricas y luego de llorar y gritar sobre un columpio que se balanceaba al borde de un abismo, determiné darme el permiso de arriesgar a lo desconocido, aún con pánico, aún sin compañía, aún con lo que cuesta sostener el peso propio. 

Cima del cerro Otto, San Carlos de Bariloche – Abril 2022

El sur me enamoró sanando mi dolor con su clima y sus ríos. Por primera vez en mucho tiempo me hizo sentir en casa.  

Al volver a la capital me inscribí en clases de teatro y de biodanza, era el momento de dejar marchar esa parte de mi que siempre dejo ir por momentos, jamás definitivamente. Me convencí de que podría llenar ese espacio vacío con lugares, canciones, formas y retos que no me había dado la oportunidad de incorporar en mi vida. 

Aún desbaratada pero con esperanza arranqué un camino adornado por las hojas caídas del árbol que acompaña mi ventana y luego de visitar la obra inmersiva de Van Gogh (la cual lloré de principio a fin) y un nuevo corte de cabello retomé mi empleo y la rutina.

Todavía pienso mucho en cosas, en ideas que se ven mucho más nítidas ahora que ha transcurrido el tiempo pero procuro no rumiar demasiado. Estos ires y venires en mi vida han sido constantes los últimos diez años con la diferencia de que yo ahora soy más capaz de manejar todo sin que me destruya. 

Los nuevos espacios habitados habilitaron un sentir diferente con perspectivas novedosas,  más amables. Este ha sido un año acontecido, seguiremos informando más adelante. 

Pd: Este texto fue escrito en compañía de Kalimba que decidió que hoy dormiría conmigo y tomando en cuenta su selectividad me siento realmente importante al compartirles esto. Luego les platicare de él.

De la bronca y otros demonios

Por favor déjame ir; por favor se que es difícil pero acéptalo

¿Qué tengo que aceptar? Esa pregunta me la hice mucho rato: tres años aproximadamente. Y ahora que he empezado a explorar esto del hacer las cosas con miedo aunque me aterre quizás la respuesta es más sencilla de lo que imaginaba:

Acepta que no te quiere y que muy probablemente hubo mucho tiempo juntos que tampoco lo hizo. Que quizá te buscó sólo como una forma de engrandecer su ego. Que es deliberadamente una de las personas más egoístas que haz conocido.  Acepta que no es el hombre especial que vos asegurabas, acepta que es un sorete que no se hace responsable ni siquiera de sus propios sentimientos y por último: acepta que fue él quien te falló a ti, no vos.

¿Me hace sentir mejor esto? No, en realidad no, pero si no empiezo a poner las cosas en su lugar probablemente las heridas nunca se van a cerrar. 

Hay personas que pecan de conocernos mucho y por eso saben justamente donde golpear. Yo regresaba de una escapada a la playa en una noche nublada y fría de la costa: estaba completa y absolutamente feliz de lograr reencontrarme con el mar en compañía de afectos. 

Ese fue el lugar que escogió para sumergirme en un escenario donde no sé quién de los dos colgaba del foso, como sino fuese poca cosa su intento de adjudicarme un fracaso que no me pertenecía cada una de sus palabras me arrinconaron en el mismo terreno de siempre: la culpa y las heridas que yo dejé en él. 

Después de muchos intercambios de palabras, música, deseos y hasta fluidos, nuevamente quedé despojada de humanidad en el medio de un enfrentamiento. Era mi culpa y todo el pasado en donde hubo compañía y contención dejó de existir. 

Por mi culpa, por mi culpa y por mi gran culpa, siempre sería yo quién cargaría con el pecado de vulnerar a las personas que me amaban sin derecho alguno a la redención. Un destierro ganado, un espacio para castigarme una vez más. 

Pero no estamos en una película ni escribiendo un nuevo testamento en la biblia. Estamos en los años veinte del siglo veintiuno, una era en donde sanar se está convirtiendo casi en una militancia y en donde ir a terapia es lo más normal del mundo. 

Y aún así pasé un par de meses por el piso preguntándome si podía haber hecho más y claramente la respuesta es no; que el universo termine con la patética necesidad que tengo de querer funcionar como centro de rehabilitación de adolescentes.

No podemos ayudar a quienes no quieren ser ayudados. Ha sido difícil para mi desligarme de la culpa de haberle dejado solo pero esto no fue un sentimiento compartido nunca, del otro lado todavía se justifica plenamente haberme soltado a mi suerte dentro de una institución mental.

Podría explayarme explicando las consecuencias de esto y todas las posibles repercusiones que pudo tener pero, hay gente que me ama y que me ha amado incluso cuando yo no era yo y fueron ellos quienes me sostuvieron hasta que pude andar sola. Gracias a eso los giros dramáticos que pudo tener mi historia fueron menos severos de lo que la crueldad pudo generar.

Drowning [The border] – Ura Urdaneta 2022

Yo no era una villana; era una persona con un cuadro depresivo psicótico. Lo cual lejos de generar empatía separó a las personas que se suponía estaban para acompañarme en un reducido grupo de «amigos» que se unieron más a raíz de mi ¿chantaje? ¿traición? ¿polémica? ¿egoísmo? ¿debilidad? No sé cómo titularlo. 

«Urania, estas escribiendo con bronca» Eso es lo que dicta mi conciencia y si, es momento de dejar salir un poco la rabia en estas letras. Que no se me olvide que yo también soy humana y que neciamente volví a colocar el pecho desnudo para que dispararan. 

Puedo vivir y convivir con el hecho de que haya personas que se tomen la energía de condenarme sólo porque si, lo que no me entra en la cabeza es como puedes seguir tan lleno de porquería luego de tantos años.

Quizás es eso lo que me hace llorar, ver que no queda nada de lo que alguna vez amé del otro lado y como siempre quise reencontrarme con el recuerdo de una persona que no existe; y que quizás nunca existió. A veces tengo la sensación de que los recuerdos son sólo imágenes noveladas, mitos de un pasado feliz que nunca fue. 

Y verme al espejo cada día para reconocer que siempre di todo y que aunque lo que recibía para mi era suficiente, lo más probable es que no fuese lo que merecía. 

He perdido el miedo de decir estas cosas en voz alta porque quiero dejar de sufrir. Aunque el duelo siga y aunque el dolor no se vaya rápido yo estoy aquí y tengo voz, una que puede gritar alto. Estoy aquí rodeada de un presente maravilloso que quise opacar por rescatar un recuerdo oscuro.

Creo que estaba rodeada de las personas equivocadas, y eso lo entiendo ahora que puedo expresarme con absoluta franqueza sin ser tomada como una soñadora pelotuda o una intensa que «siente y se expresa demasiado». No está mal expresarse, decir lo que pensamos y sentimos no tendría porque ser una red flag.

Si tienes a un importante grupo de personas que te dicen «sal de ahí » y vos te empeñas en ver luz al final del túnel, es bastante tu responsabilidad así que hazte cargo de las consecuencias. 

He podido largar todo esto y quizás sea mucho pero lo saben, saben cuantas entradas del blog han tenido que anteceder a este vómito sentido, intenso y real, cuantas mentiras me dije para no aceptar que a veces amamos a personas que no son buenas, y aunque esto no sea un pecado sólo tú puedes rescatarte de la mierda en la que te dejan.

A fin de cuentas siempre fue un ciclo, pero he perdido la disposición a repetir. 

Ensayar la despedida

Reduje la vida de alguien a un momento, un momento horrible y lo castigue por ello. Es lo que hace la policía; en realidad es lo que todos hacen. Es lo que ustedes me harían si me conocieran

Rue – Euphoria

El amor ¿Que es el amor? Es una pregunta que me he hecho toda la vida.

Cuando le dije a Jhura que me había arrollado un auto la caída a pedos fue bestial, pensó que la situación había sido literal y que quizás estaba herida. Yo pensaba entonces que dentro de un panorama como ese podría haber muerto pero en parte ¿No fue así?

Estuve cuestionandome muchas cosas los últimos cuarenta días. Recientemente mientras jugaba una partida de pool y veía un grupo de minas entrando en un baño volví a dibujar las interrogativas sobre el techo ensombrecido por la madrugada: 

Estaban esnifando, me dijeron.

Lo imaginé sin dificultad y me pregunté entonces cuál había sido mi droga hasta el momento de quiebre… ¿El drama quizás? Mi única adicción inconsciente.

No uso drogas, las conozco, las he tenido demasiado cerca y sé que en mi condición, utilizarlas implicaría directamente un contrato de no regreso. No me divierte la idea de irme un rato de paseo, no necesito ayuda de nada para desconectar.

Pero le conté que una noche, estando drogada había alucinado con él. Ahí sentado al borde de la cama recriminandome cosas; sonreía con el pelo lacio sobre los ojos: «Vos sabes que no estoy acá pero querés hablar. Contame, ¿para que haces esto si sabes que no te hace bien?» Esa noche charlé larga y tendidamente con la esquina de mi cama.

Eso pasa a veces cuando creces con un agujero en el pecho: necesitas de alguien más para reconocerte.

Yo lo sabía en aquel momento: sí él era capaz de verme con amor y de reconocer mi valía la vida tenía sentido. Sólo sus ojos, solo su imagen, su sola existencia significaba tener una razón para perpetuar la mía.

Así de inmensa era mi tristeza, y así de profundo era el agujero que había cavado para enterrarme en él.

Los niños son almas vulnerables, los niños también son esponjas, los niños se transforman en el fruto de las experiencias que los preceden.

Y el problema siempre estuvo en que yo no había podido ser una niña. Me obligaron a crecer, me hicieron responsable de una y de muchas cosas, me partieron al medio, me hicieron creer que mi carácter era tan pesado que ninguna persona estaría dispuesta a tolerarlo.

«La malcrias demasiado, así nadie va a querer casarse con ella. Te la van a devolver a la semana»

Pero yo no quería casarme, ni tener hijos. Directamente detestaba la idea de haber nacido mujer y no haber podido tener las mismas oportunidades que mi hermano.

Entonces la universidad me incentivó a amigarme con mi identidad y luego él, cuando se quedó, construyó para mí algo que no conocía hasta entonces: Un hogar. Y fue ahí donde me quedé.

No eran las mariposas, era la seguridad. Me sentía amada y aceptada: me sentía suficiente. No tenía absolutamente nada que probar.

Necesito reconstruir este mapa imaginario con palabras, necesito darle contexto, necesito entender el porqué del apego, una explicación a mi dolor. Comprender porqué separarse se siente como si estuviesen arrancándome la piel de a trozos.

Yo sé que lo que hice no estuvo bien: convertir a una persona en tu mundo, adjudicar la responsabilidad de tu felicidad, exigirle que te proteja del afuera, que te resguarde del mal. En mi defensa: yo no sabía lo que sé ahora.

Luego de aquella separación fatal, me rompí definitivamente. Sobreviví, porque soy fuerte: la vida así me lo ha exigido y lo quiera o no, logro sobreponerme a los panoramas más terribles.

Pero la vida continuó sin su voz, sin su olor, sin su risa, sin su mirada y sin su abrazo. Lo que siguió fue una mezcla de odio e incomprensión, una masa de emociones repulsivas queriendo comprender su egoísmo: su «abandono».

Y un día desperté dejando de ser una víctima luchando contra su victimario, una tarde luego de meses de llanto y negación comprendí que la humanidad es frágil y que las personas hacemos lo que podemos con lo que tenemos.

Se drenaron los odios: contra mis padres, contra mi hermano, contra quienes habían sido mis amigos y por fin, lo alcanzó a él. Supe ese día que todos los involucrados habíamos atravesado una situación, una experiencia de mierda para la que ninguno estaba preparado.

Sino odiaba a mi familia por no tratar de venir en mi auxilio, por asumir mi fortaleza frente a una posible derrota; no podía odiarlo a él, no podía olvidar los retazos de memoria fundidos en mimos y abrazos frente a un monstruo de naturaleza psicótica.

Esa no era yo.

Esa ya no puedo ser yo.

Esa quizás si me habitó.

Ese ente puede haber destruido mi mundo.

Esa enfermedad de mierda casi me arranca la vida.

Pero eso ya pasó, y yo ahora estoy.

Me lees: soy yo. Nadie más.

No puedo seguir llorando, han sido demasiadas derrotas para una vida tan corta y aún así, no tengo palabras definitivas para decir adiós.

Puede que sea porque no quiero, o quizás es un mero instinto de supervivencia o ingenuidad que me impulsa a pensar que tal vez el día de mañana me asomaré a mi puerta y podré verte sentado bajo la luz de la ventana, en paz, aún sin poder sonreír pero al menos mirándome fijamente, sabiendo que detrás de mis ojos hay palabras que no te he dicho.

Me queda ese fantasma que brilla en amarillo, sonriendo bajo el penetrable de Soto mientras me dice que esa felicidad se siente envolvente y plena. Me queda adentro, se hace parte de mí para desligarse del presente.

Vuelve a tomarme de la mano, esa madrugada medio ebrios frente al mar y me pregunta: ¿Confías en mí? Y yo sin dudarlo me arrojo al agua a su lado, siempre a su lado.

Eso es lo que queda de ti en mí, que siempre estará pero ya no en las palabras, ya no en mi discurso, ya no en la cotidianidad.

No puedo seguir perpetuando una esperanza depositada dentro de un espejo roto: somos igual de responsables, somos el reflejo del otro y si yo pude sé que vos podrás, confío amorosamente en eso.

El fin de la eternidad, el comienzo del infinito.

Lo sabré cuando me halle libre del dolor de tú partida, hasta entonces continuaré deconstruyendo pero sobre todo viviendo esta segunda oportunidad.

Tenés razón, es casi un deber ser mejores de lo que fuimos incluso si eso significa que nuestros caminos nunca más se cruzarán.

No lo olvidaré.

No se trata de no llorar sino de aprender a dejar de sufrir, y ese puede que sea el mayor reto de ahora en más.

Retrato 2021 – Fotografía: Daniela Sorgoni

Por y para siempre: Gracias.

Positivo para aislamiento

Dedicado a la memoria de Cazador

[…] Mi plan ahora es aprovechar esta beca, y acercarme un poco más a las fuentes: poesía, plástica, vida humana, esa entrega que los argentinos negamos y retacemos y postergamos siempre. No quiero escribir, no quiero estudiar (aunque lo siga haciendo); quiero, simplemente, ser de verdad; aunque eso me lleve a descubrir que no soy nada. Cuanto mejor saberlo que seguir esta vida por mensualidades en Buenos Aires.

Carta a Fredi Guthmann – Julio 1951 / Julio Cortázar

Este no era mi plan; como casi todos mis proyectos cuando siento que tengo por fin el control de algo, la vida viene y me agita la fluidez en la cara. 

Todo empezó hace una semana cuando decidí salir a merendar con Grey, a reírnos de las dificultades de ese año que dejamos atrás y a brindar por los nuevos proyectos en puerta, por los renovados esfuerzos de alcanzar esa versión mejorada de nosotras mismas. Nos tomamos muchísimas fotografías, bailamos y pronosticamos buenas nuevas muy cercanas, tan cercanas como el par de licuados frutales con leche vegetal que compartimos esa tarde mientras cantábamos aquel set list millenial.  

Por supuesto todo esto fue un día antes de caer víctima de una primera dosis letal de astrazeneca, vacuna que llegó bastante tarde a mi sistema por esto de la alergia y otras cosas que no vale la pena acotar.

Aquel día no pude reportarme en el laburo, me lance un cuasi viaje astral por la fiebre alta y el sudor frío sobre las sábanas. Un día después un poco más repuesta pero con debilidad en la voz retomé las tareas en mi puesto gracias a un fabuloso dopaje patrocinado por el paracetamol. 

Todo venía bien hasta que Grey comenzó con malestares lo que la llevó a hisoparse ese viernes, amanecí el sábado con la bonita notificación en whatsapp de un positivo y un tremendo dolor muscular. De ahí en adelante estos han sido los siete días más largos de mi vida. 

Cuando era más chica me enfermaba bastante seguido, esto era porque solía somatizar todo lo que sucedía a mi alrededor; básicamente me tragaba mis emociones. Ahora no lo hago, soy más llorona pero frontal, ya mis sentimientos no me someten. Por eso estar en cama con temperatura y dolor físico me exaspera, aunque se que soy mi propia verduga se me dificulta hacer pausa y más aún si siento que estoy empezando algo provechoso. 

Igual el virus no me dio demasiadas opciones. Me tumbé sobre el colchón de dos plazas y con una temperatura ambiental de más de treinta grados centígrados, me enrollé en el edredón para dormir de corrido casi por completo durante dos días. Positivo para covid la semana más caliente en lo que va del verano en Buenos Aires, todo un sueño. 

Así que esa pausa que había negado casi por capricho, me fue dada sin autorización. Días de comer una fruta y tomar dos litros de agua mientras intentaba mantener los ojos abiertos con alguna película o serie, nada demasiado profundo para ese cerebro quemado. Una tarea complicada porque el cuerpo sólo necesitaba desconectar. 

La idea para el blog era arrancar cerrando etapas, cambiando discursos y abriendo nuevos textos; más cortos pero igual de reflexivos. Realmente no pensé que me daría covid la misma semana que me vacunaban y muchísimo menos que esta sería la manera de arrancar el año “positivamente”. 

La vida es así, irónica. Tan irónica que me llevó a hisopar en el hospital en el que me hicieron aquel lavaje gástrico. Caminar por esas aceras, evaluar la estructura, el dolor de las lesiones corporales y la memoria corrompida. Como puede cambiarte la vida luego de tres años, como puedes convertirte en un ser completamente diferente al que te habitaba. 

Retrato con Cazador – Agosto 2018

Recordé entonces al gato que me asistió en tantas oportunidades en la guardía y quise saludarlo. Descubrí que su vida llegó a su fin el año pasado, también me enteré que su nombre era  “Cazador” y que todes le querían mucho. 

Mis ojos se nublaron sólos al leer su despedida y al mismo tiempo su ausencia reafirmó la verdad: Son muchos años los que han transcurrido desde entonces, los suficientes como para abrazar la idea de la libertad. Esa mañana en que aquella bola de pelos se me subió al regazo para calmar la ansiedad parece casi la escena de una película pasada. Aunque sé que fui yo, no me reconozco a la distancia. 

Soy una Urania de veintiocho años, con covid la primera semana de enero, con amigues que se preocupan por ella, que vive en una preciosa casa rodeada de lindas personas,con una familia rota que sigue procurando sanar y que continúa aprendiendo cosas nuevas. Soy una versión con territorios extendidos y con miedos dispuestos a ser afrontados, soy una energía que no permanece estática. 

Soy un poco de esa Urania a la que Cazador abrazó una mañana de invierno porque entendió que tenía miedo y frío; gracias a su calorcito a ella no le ganó aquel ataque de pánico. Por eso lloré y le agradecí, por eso les cuento cómo obró en mí. 

Somos pedacitos de toda nuestra vida y es así como he construído este blog y espero se mantenga. Hoy hablando de cómo sobreviví al virus, de cómo continúo abriendo cada vez más los ojos y el corazón, pero sobre todo de cómo aprendí a vivir sin que las lecciones pasadas me hicieran sentir inmerecedora de la vida que llevo. 

No tengo todas las respuestas pero eso no me impide seguir hacía adelante. No estoy improvisando, sé que cada espacio es una nueva oportunidad para aprender pero ante todo para seguir sanando. 

Epitafio para Cazador – Enero 2022

De amistad y redención

A lo que alguna vez fue el “clan zoo”

A quienes decidieron amarme en la turbulencia

A quienes aprendieron a ver a-través-de-mí

A quienes me hicieron creer en el “amor eterno”

A esa familia escogida

Esto va dedicado a ustedes

Los amigos entran y salen de tu vida como ayudantes de camarero en un restaurante, ¿no te has fijado nunca? Pero cuando pienso en aquel sueño, los cadáveres tirando de mí implacablemente bajo el agua, me parece bien que así sea. Algunos se ahogan, eso es todo. No es justo, pero sucede. Algunas personas se ahogan

Stephen King – El cuerpo

Hace algunas semanas atrás, me reuní con mi grupo de compañeros de trabajo de cuando era moza en el bar. Bromeamos y reímos la madrugada entera celebrando que uno de ellos por fin salió de ahí. No faltaron entonces los recuerdos de mis días de extrema torpeza, su memoria burlesca entorno a mi lentitud y simpatía. Volví a odiarme por minutos mientras que la garganta se me cerró. Que horrible debo haberme visto por aquella época, que bajo me hizo caer la enfermedad. 

La realidad es que en ese entonces sí que me había quedado sóla, conseguí alejar de mi cualquier interés sano porque la coronilla desatornillada de mis hombros consentía distanciar cualquier buena intención. Era de esas que proclamaba el amor eterno como absoluta verdad frente al paso del tiempo, atribuyéndoselo a cualquier vínculo emocional y respetuoso con el poder de modificarme internamente. 

Pero el amor, aunque pueda llegar a ser inmutable a veces sí cae víctima del peso del tiempo y se transforma en recuerdos ácidos, incomprensión, y en el mejor de los casos: en olvido. 

Aunque nunca he sido de las personas que piensan que los años curan las heridas a consecuencia de la pérdida en la nitidez de los momentos y las personas, sé de antemano que me codeo de muchos seres que son capaces de soltar relaciones y recuerdos una vez que dejan de registrarlos en su sistema. 

Aquí estoy, sentada y consciente de que el mes pasado pareciera haber tenido el peso de cuatro. Estoy cansada y con algo de malestar pero aquella foto bañada de luz vespertina junto a los cerezos en flor me ha impulsado a escribir algunos pensamientos que he venido reflexionando desde que me di cuenta que el día del amigo no volvió a ser lo mismo luego de romper aquel retrato.

Amigos, la familia que nos permitimos escoger. 

Me considero un ser humano dentro de todos los matices practicados, bastante afortunado. Aún con mis limitaciones y errores vinculares, admito que a lo largo de mi vida he tenido la fortuna de coincidir con gente maravillosa que ha permanecido o abandonado, según su criterio, la diversidad de mis versiones. Que me nutren y que me enseñan a potenciar el complicado carácter que se me adelanta. Quise escribir algo relacionado con la amistad porque sigo encontrándome con quienes aseveran que si un vínculo fracasó, esa persona jamás tuvo el interés genuino de quererte y aceptarte. 

Cierro los ojos lentamente y vuelvo a tener catorce años mal llevados. Estoy caminando por los pasillos de la escuela y siento que todos me miran, que todos cuchichean acerca de mi rareza y mi fealdad. Una luz titila y entonces una chica muy bajita y otra más grandota tratan de iniciar una conversación conmigo. Por experiencias previas quería evitar el miedo al rechazo, quería que me aceptaran aunque fuese sólo por un rato. Les mostré mis dibujos, les compartí mi MP3, les comenté que me gustaba leer y que a veces cantaba. En esa oportunidad no tuve que esforzarme como imaginé al principio porque, aparentemente, era un ser interesante dentro de mi silencio. 

Esas adolescentes de humor por momentos rancios y de autenticidad plena me tomaron de la mano y me dieron por primera vez en años un lugar al cual pertenecer. Me querían por quien era y luego de que las cosas dejaron de funcionar entre nosotras, nos alejamos por la misma razón. Algunas demoraron más tiempo que otras pero nuestras creencias y anhelos terminaron por separarnos. La vida se compone de una serie de momentos vastos que acumulan instantes definitorios: nunca faltó su voz apoyando mi talento, no volví a tener un cumpleaños olvidable desde que se unieron a mi vida. 

Les amaba y a veces me carcome un poco la culpa pues creo que no siempre supe expresarlo como lo esperaban de mí, pero les amé profundamente hasta la última complicidad compartida. Aún hoy, muchas de sus oraciones me acompañan en cada paso, haberme querido en una etapa tan solitaria y complicada como fue mi adolescencia no es un mérito que pueda atribuirse a mucha gente. 

También admito que por momentos acumule mucho odio, odio por las acciones que tomaron y que me afectaron directamente sin previo aviso, por la forma en cómo tomaron distancia de algunas situaciones que tuve que atravesar, porque, al igual que yo muchas veces, se acunaron bajo la excusa de la ignorancia antes de querer caminar con mis zapatos puestos. 

Los verdaderos amigos te apuñalan de frente

Oscar Wilde

No declaro aquel odio como una palabra suelta, es odio auténtico e intenso de ese que te hace subir el frío por la tráquea mientras te revuelve el estómago. Ese odio que emite deseos de destrucción contra la otra persona, el odio que revuelve el mar y acelera los autos, esa percepción letal que nos aleja de nuestra pasividad. No podemos dar lo que no tenemos dentro.  

Tuve que desarrollar una empatía superior a la que practicaba e internalizar que la mayoría de nosotros hacemos en determinados momentos lo que podemos con lo que tenemos. Ellas sobrellevaron mi colapso hasta que no pudieron y no quisieron hacerlo más, hasta que se convencieron a sí mismas de que mi cuadro clínico era la interpretación de un guión teatral o un mal número televisivo. Mi conducta frenética y obsesiva les hicieron concluir que no tenía disposición alguna de cambiar, que estaba loca y que me gustaba estarlo. 

Y así se fueron dejándome a la deriva sin nada, ni nadie. Se fueron  llevando a otros consigo, los que decidieron pensar y creer lo mismo; por ego o por ignorancia. Quizás ninguno deseaba volver a ser herido, tal vez el miedo de perder lo conocido fue superior a la fuerza de su cariño. Por eso pude perdonar y perdonarme todo lo que pasó hace ya tres años. La redención no implica conciliar con el que nos lastimó sino con el daño en sí, somos humanos, tenemos cosas buenas y otras que no lo son tanto.

Tuve que aprender a convivir con el peso de la sombra del cataclismo causado, y a cambio, abandonar el papel de villana y de destructora para darle lugar al mal momento y trascenderlo. Fue horrible y el daño fue perpetrado de lado y lado pero no deseo seguir viviendo en aquella época en donde a todos nos dominó la oscuridad, en mayor o menor grado. Quizás revivirlo textualmente esté mal, pero ahora que puedo describirlo creo que he llegado finalmente a comprenderlo del todo. 

No cuestiono su amistad, ni pongo en duda su afecto mientras fue palpable y armonioso, simplemente no todos nuestros vínculos pueden trascender más allá del apoyo y la camaradería, no todos sobreviven a la falta de intereses en común. Siempre pensé que yo había sido la responsable de aniquilar nuestra amistad, eso era antes de poder posicionarme en un lugar intermedio balanceando las partes. 

Les agradezco los años de bancarme y apoyarme aún sin conocer todas mis oscuridades y hoy también agradezco que todo haya terminado. 

Pero así como hay personas que permanecen diez años antes de marchar, hay otras que se van antes y cuando menos te lo esperas reaparecen demostrando que cuando somos honestos y amamos abiertamente, nos conectamos desde la esencia, y esa es quizás una de las pocas cosas que el tiempo no consigue alterar tan fácilmente. 

El día que Alfonso se fue, no se despidió. Yo estaba enviando un mensaje desde mi celular robándome el WIFI de la universidad cuando en su contestación colocó un texto similar a “Perdóname Ura, estoy en Colombia”. Recuerdo haber corrido al taller de pintura con el aliento entrecortado y desde mi cubículo escribirle a él, que estaba en el piso superior, que no podía respirar. Cuando llegó hasta mi lugar de trabajo luego de correr a mucha velocidad, me abrazó y me dejó llorar sueltamente sobre su remera blanca. Algo se había roto dentro de mí y no sabía cómo repararlo, o eso era lo que sentía. 

Me tomó aproximadamente un mes volver a escribirle a Al sólo para decirle que no le había perdonado irse de esa forma pero que aún así me seguía importando y que quería que tuviese presente que lo seguía apoyando sin importar la distancia, que no había dejado de quererle. Luego de unos meses de comunicación fluida, fotografías y anécdotas, la vida lo trajo hasta la ciudad de Buenos Aires y entonces, por circunstancias ajenas, nuestra comunicación cesó. Entendí por esos días que aquello era lo mejor para ambos y, en lo que consideré un acto valioso, le solté sin volver siquiera a hacer preguntas.

Al y Ura VS Apocalipsis zombie / Dibujo 2012 – Ura Urdaneta

Al fue la primera persona importante de mi vida que se marchó del país antes de que la verdadera crisis migratoria nos alcanzara, también fue uno de los primeros amigos que hice al iniciar la universidad. 

Cuando llegué a Argentina solía desear encontrarlo por casualidad caminando por la calle bajo la escasa luz del sol. Me había prometido mirarlo a los ojos y declamar, cual película improvisada, que era un idiota egoista e inmaduro que se fue sin decir adios y quizás podría añadir pisarle un pie o puñetearle el estómago estoicaménte. Mi escenita barata nunca se desarrolló, yo en cambio caí en mi abismo, sorteé oscuridades y dos años después, en plena pandemia de Covid-19 decidí enviarle un mensaje por su cumpleaños preguntándole si estaba bien, mensaje que nunca leyó. 

Arrancando este año, retomamos la conversación por un comentario azaroso y ahora permanecemos, casi siete meses después, compartiendo como si no hubiésemos estado distanciados todos esos años. 

Nos reímos y burlamos de las circunstancias que nos separaron, conocemos nuevos sitios, sacamos canciones y grabamos nuestras propias versiones, nos bancamos en los momentos de mierda y yo todavía no comprendo como hay personas que no les dicen a sus amigos que los aman. Porque la vida son un montón de circunstancias que transcurren mientras tratamos de entender lo que estamos haciendo acá pero considero que todo fluye de manera más sencilla si mantienes de tu lado a las personas correctas. 

Creo que Al sólo pudo volver a mi vida una vez que yo pude superar todas las travesías destructivas en la que me encontraba sumergida y a su vez, él sólo pudo reencontrarme cuando entendió muchas otras cosas de sí mismo. A veces el camino se bifurca sólo para encontrarnos en el mismo punto tiempo después, tiempo en el que somos versiones potenciadas de nosotros mismos. 

Trato de pensar de esta forma cuando evoco a ese otro: él, mi amigo, de pie frente a los jardines con las flores rosa cayendo a su alrededor y sosteniendo el halo de misterio mientras transita el puente sobre el lago lleno de peces koi, uno de esos días invernales hace tres años, días bastante similares a los de hoy. 

En el dos mil once, cuando la comunicación la establecíamos a través del messenger, nuestros pasatiempos nocturnos se basaban en compartir tazas de té en la distancia mientras conversábamos jugando juegos de preguntas que alternábamos con música y secretos, todo siempre iba a depender del día y de nuestra intensidad. “Estoy asomada en tu ventana con una galleta en la mano”. Otras tantas me gustaba avisarle cuando estaba escribiendo, sólo para sentirme orgullosa de ello. Nunca me leyó en ese tiempo, yo nunca quise que lo hiciera.  

Siempre me gustó hablar, incluso cuando me sentía rechazada o desplazada, me hacía feliz poder compartirle lo que sabía y aprender de él todo lo que podía. Éramos una amistad retroalimentada por informaciones y curiosidades que sólo un par de géminis sobre pensantes podrían comprender. Eran los primeros tropiezos de la carrera y la inconsistencia de nuestro carácter, era cada idea flotante que nos hacía sonreír mientras abandonábamos la adolescencia y nos convertíamos en adultos. 

Los años en los que dejé de ser una niña malcriada para convertirme en una mujer, en una artista convencida de su hacer.  El tiempo comenzó a marchar distinto luego de descubrir el silencio de su calma, y mis ganas de ser francamente buena en mi profesión pero también en mi vida, el deseo de ser siempre mejor me alcanzó por completo. 

Por eso su imagen se mantiene y considero que se mantendrá junto a tantas otras en el jardín de los seres amados y retirados de mi vida, las flores que caen de los arbustos y dejo secar dentro de mis libros como firme recordatorio de que antes hubo vida en su perfume extinto, esencia que aún hoy retorna para recordarme tantas valías necesarias para avanzar aún en terrenos baldíos. 

Quizás consiga olvidar a quienes alguna vez, queriéndolo o sin querer, me lastimaron pero no quisiera dejar marchar las veces que me amaron porque el amor es, a su vez, el recordatorio palpable de una buena estancia en vida.  Espero que ellos conserven también algo de mi cariño, creo que ese es mi deseo más ingenuo y egoísta: habitar incluso después de marchar. Nadie es reemplazable cuando pertenece a un corazón honesto y todos llegamos a los otros por una razón; a veces un ratico y otras por mucho pero mucho más tiempo del que podemos imaginar. El que un vínculo finalice no es el equivalente a que no haya existido, esa es la voz de nuestro rencor susurrando.  

No te confundas no existe el rencor, son espasmos después del adiós

Gustavo Cerati

Al final todos estamos en este mundo tratando de encontrar nuestro propio sendero, que bonito es el día que abriendo los ojos asumes que no es necesario recorrerlo solo y que todo se trata de dar lo mejor que tenemos en cada momento de nuestra existencia. 

Leitmotiv 2017/2018 – Archivo recuperado

Esta es por y para mis amigos: A los que estuvieron y a los que permanecen. Como diría el gran Gustavo Cerati: “Gracias totales”. 

Temporada de autodesprecio

La sensación de vacío es un síntoma fundamental de la depresión y del trastorno límite de la personalidad o borderline. A menudo, quienes padecen trastorno límite de la personalidad no están en condiciones de sentirse a sí mismos. En general, sólo cuando se autolesionan sienten algo. El sujeto que tras verse obligado a aportar rendimientos se vuelve depresivo representa para sí mismo una carga muy pesada. Está cansado de sí mismo.

La expulsión de lo distinto – Byung Chul Han

No hay nada más alrededor, me estoy derritiendo sobre las sábanas como si las lágrimas pudiesen hacer más que deshidratarme. 

No quise subir la cortina de la ventana, estuve desesperada por disfrutar debajo de la colcha del absoluto silencio. Aislarme, si nadie habla no pueden herirme pero, si no lo hacen tampoco pueden ayudarme. 

Para ser honesta, la realidad es que nadie puede hacerlo. No hay romance en el colapso, no tiene porque teñirse de rosa la mezcolanza de nostalgia y culpa que te mantiene en posición fetal. 

Es un momento, es uno de los tantos momentos de mierda pero saberlo no evita que suceda, estar consciente no los desaparece. Cuando la noche aparece y te arropa con la lluvia mientras te arrebata el oxígeno, cuando el calor te afiebra y los sonidos dentro de tú cabeza no se detienen, nada ni nadie puede hacer que se vayan, ni siquiera tú. 

Temporada de autodesprecio, he decidido bautizarla. Me desprecio porque cada que pienso que gané una batalla se apersona la guerra y me tira, me pisa y le escucho reír. Es el recordatorio de una soledad tan justificada como nefasta, es la vida que se supone escogí antes de caer en este plano, el camino que en teoría me hará crecer. 

Pero hoy todo me parece una mierda. 

Quizás si estuviese casada, si hubiese decidido no irme del país, si ya contase con la existencia de un hijo mi tránsito se potenciaría a una escala superior. Ese amor absoluto, la voluntad de estar bien en pro de los demás, la dedicación y la vida para la pareja. «Mi esposo» «Mi marido» y todas esas cosas que tanto repudio me generan y que justamente por ello decidí rechazar: Mi mundo nunca más dependerá de la existencia de alguien más. 

Ese no sólo fue un error absurdo que no me inyectó nada de voluntad para luchar sino que además lo considero el mayor acto de egoísmo jamás perpetrado. Imaginen lo que fue para el otro sentir que la carga de que mi vitalidad dependía de su accionar, una existencia determinada por su amor o en caso contrario, de la falta de él. A eso debemos añadirle el sentido de percepción particular del que goza cada ser humano. 

Temporada de autodesprecio porque cuando visualizo al espejo solo veo al monstruo de ojos inyectados en sangre, con piel palida y los labios secos. Temporada de odios porque no puedo abandonar el cuero que me recubre y correr detrás de un sueño liviano. Temporada de silencio porque hablar es el equivalente a golpear. 

No hay respuestas correctas ni lugares seguros cuando la violencia te mancha dentro de tú propia cabeza. 

Collage 2021 – Ura Urdaneta

¿Quién te quiere? ¿Quién te necesita? ¿Quién te extraña? ¿Quién considera tú existencia una gracia de valor? Recuerdo aquello de que la infancia termina cuando sabes que vas a morir, o que te quieres morir que es peor. 

Silencio y pausa. 

Están las enfermedades que te matan porque te deterioran y están las enfermedades que te hacen desear querer morir. No puedes pedir unos días para «recuperarte» porque explicar que tienes gripe no es lo mismo que tratar de racionalizar el hecho de que la ansiedad y la angustia están haciendo merma nuevamente dentro de la habitación del pánico. 

De vuelta a la soledad y el consuelo de no joder a nadie. Retomando la pregunta ¿Habrá alguna persona capaz de quererme así? Mi vida no es una película, no es una apuesta de netflix para la inclusión. Estaría dispuesta a liberar a cualquiera si de antemano sé que puedo hacerle daño. 

Me cubro hasta la cabeza y vuelvo a ser un bollo. Retomo el llanto y me abrazo, pienso en mis textos, pienso en la música, pienso en el deseo que aprender y tratar de preparar quesofu, me aferro a la idea de observar el río, al sueño de retomar la presencia de un gato en mi vida. 

Vuelvo a suspirar, y lloro. Hago el intento de no maldecir nueva y estrechamente la maldita enfermedad que tan poco compasiva como venenosa, me lanza estos desaires como recordatorio de su tremendo abismo en vida. Y recuerdo la decepción de los que «Me era difícil asumir que estabas en un hospital psiquiátrico», como si mi mayor pecado fuese justamente el que mi cerebro no funcione como el de los demás. 

Temporada de autodesprecio, ¿cuanto dura la hija de puta? Es como el arranque de Forrest Gump y su caja de chocolates: Nunca sabes lo que te va a tocar. 

Hoy, hoy tocó respirar. 

Es el primer día en meses en el que todo lo que hice fue parar y llorar: por mí, por mamá, por mi yo de hace pocos años y por sobretodo, por nada realmente en particular. 

Sé que siempre seremos suficiente para las personas correctas pero, a veces necesito que me recuerden porque estoy acá. 

No es mi decisión arrastrarme contra el piso queriendo desaparecer, sólo pasa. La manera de superarlo es aguantar, no negar y refutar cada pensamiento de mierda que se entrelaza con otro. Puede tomar horas pero a veces esos minutos se convierten en días y me canso, me canso de seguir mirando al monstruo en el espejo del baño. 

Espero algún día poder dejar de pelear, que esto pase menos, que la miseria se apague. Sigo soñando con la fecha en la que la depresión desaparecerá.

Y a veces también fantaseo con la idea de irme a dormir y no volver a despertar. 

Escribir últimamente parece el único camino para plantarme frente a la enfermedad. Es el camino que deseo tomar para poder avanzar. 

No soy víctima ni victimaria ni de nadie ni de nada. Que mis luchas queden claras, aunque me someta y me torture, que un trastorno no me convierta en un ser humano fatal; es ese quizá mi más profundo deseo. 

Y dormir. Cuando duermo el mundo duele mucho menos. Temporada de autodesprecio, temporada para desconectar. Sólo dormir y nada más. 

Totalmente incapaz de liberarse de sí, se obsesiona consigo mismo, lo cual conduce paradójicamente al vaciamiento y a la merma del yo. Encapsulado y atrapado en sí mismo, pierde toda relación con lo distinto. Yo me puedo tocar a mí mismo, pero solo me siento a mí mismo gracias al contacto con el otro. El otro es constitutivo de la formación de un yo estable.

La expulsión de lo distinto – Byung Chul Han

No hay respuesta correcta en el capitulo de ningún libro. La intricada es diferente para cada ser, por eso hay quienes permanecemos y otros muchos que deciden abandonar. Cuando estás acá aprendes el valor de no juzgar porque a veces realmente la única salida pareciera diluirte sobre la cama cuando no puedes parar de llorar.

Tener veintisiete

Admiro a la gente que vive sin problemas, que mira el mundo con despreocupación. A diferencia de ellos, yo sufro más de la cuenta

Kurt Cobain

Que los años hayan pasado no me distancia de dos sensaciones mágicas, aquellas que me producen algunas secuencias melódicas frente al acontecimiento de sentirse enamorado. La primera es la Melodía de la ópera de Orfeo y Eurídice, con el piano transportandome al más dulce de los lugares arbolados y cálidos, con la magía de la ingenuidad juvenil en el espiritu; la segunda es Amor Amarillo de Gustavo Cerati, porque brillar y contagíar la luz que irradias es creo que la forma más hermosa de entregarnos al ser amado, cruzando cielos y surcando mares, el amor verdadero nos hace crecer desde dentro. Ahora que comprendo que yo también soy amarilla, ya no temo destellar cuando voy andando.  

Me ha tocado habitar el silencio por más tiempo del que tenía pensado en un inicio. Hay momentos en los que nuestros pilares más inesperados se derrumban desde alturas similares a las de un edificio en una ciudad tan indolente como cualquier metrópolis de esas que vanaglorian el ruido, por ello debemos aprender a parar, por eso nos toca comenzar a asimilar que aunque nuestras preguntas cambien, nuestra esencia prevalece si nos atrevemos a vivir según el dictamen de nuestra convicción. Ya no soy la pequeña nena blanca o la jovencita frágil y venática de principios de la década pasada pero permanezco con el traje de mujer mutable, amable, valiente, necia y curiosa de toda la vida.  

La humanidad es un estado frágil. 

Tenía veintiuno cuando comencé a compartir mi existencia en pareja. Llevaba varios años estando enamorada pero desconocía las implicaciones que desataría en mi vida convivir y compartir mi mundo junto a otra persona. Durante casi cuatro años atravesé y experimenté emociones que me fueron haciendo crecer y comprender la forma en cómo había aprendido a relacionarme con el mundo, maneras que hoy reconozco como incorrectas al momento de vincularme con los demás. 

No siempre me sentí feliz, no siempre me sentí amada de la forma que esperaba, no fuimos el retrato del ideal pero siempre fue el lugar en donde más me sentí comprendida esos años, el espacio habitable y cariñoso que no tenía juicios sin importar la dimensión de mis demonios. Cuando me maquina mucho la cabeza suelo preguntarme si aquello era amor o compasión, pero dejo que las memorias y el corazón me recuerden lo verdaderamente importante: permanecer aún en la adversidad. He estado sonriendo con los ojos cerrados recreando los pasajes de aquella vida, me siento muy afortunada por haber tenido eso, me siento merecedora de esa felicidad. 

Hogar – Ura Urdaneta

Hay momentos definitorios dentro de nuestro tránsito por esta realidad y el momento en el que me tocó comenzar a asumirme vulnerable y rota ha sido probablemente uno de los más importantes dentro de esa categoría. Fui criada para ser fuerte, fui “programada” para poder siempre, fui amoldada a un patrón de expectativas del afuera, fui forjada de madera antigua y por tanto, de creencias caducas. No me formaron para amar y menos para dejarme ser amada pero tuve la suerte de aprender eso de quienes la divinidad fue colocando en mi camino. Pude haber sido una mejor versión de la que fui pero sólo conseguí llegar a ello después de superar el límite, mis propios abismos.

El conocimiento habla pero la sabiduría escucha

Jimi Hendrix

Solía ser egoísta y me volví bastante prepotente los últimos años. Mi orgullo era la coraza que colocaba para poder defenderme de lo que no sabía manejar; las emociones más intensas que tenían el de poder acorralarme al borde de un precipicio. Mi familia no es precisamente un entorno que ofrezca contención o responsabilidad afectiva, aprendí a apegarme pero no a amar, tampoco se nos inculcó el valor y cultivo de la amistad con los otros. Por tanto, creía que entendía pero realmente no sabía cómo soltar la ilusión de controlar del entorno en todos los aspectos, entre ellos, el emocional. Saboteé muchas relaciones justamente por eso, por subestimar la capacidad de los demás de comprender la oscuridad y los vacíos que me precedían, por considerar el sufrimiento como algo especial.

A los veinticinco aquella convivencia había terminado y yo había culminado hundida en lo que parecía un pozo de brea en donde las brazadas eran coreografías inútiles que no ayudaban en nada a experimentar siquiera una brisa que me ayudara un poco a respirar. Uní mi vida a otra persona, fue el mecanismo de autodefensa y saboteo más inmediato que encontré; evadirme a través del reflejo de la pareja. Crecí mucho ese año y pude hallar las palabras adecuadas para describir eso que sucedía dentro de mi cabeza: Trastorno, una condición que al día de hoy ya parece ser mayor de edad y que algunos describen como la consecuencia del descuido y el desamor en los primeros años. Mis veintiséis fueron de mucha evolución, crecimiento a través de todo el autocastigo al que me expuse por permitirme pensar que mis tiempos habían culminado y que el único camino a una supuesta felicidad sería dibujar el ideal de una persona que sabía menos que yo que carajos pretendía de la vida. 

Me creí detenida y derrotada, me pensé olvidada por mí misma hasta que mis propios pies arrancaron una ruta de la cual no pretendo regresar: encontrarme dentro de este tiempo y conquistar mi libertad frente a mi propio yugo. 

Por eso los veintisiete se hicieron luz.

Los recibí con la aspiración de que si en algún momento perdía la vida, al menos podría pertenecer al listado de un club de gente cool, por primera vez en seis años tendría que tomar con ambas manos mi vida y encaminarla sin tener directamente a nadie a mi lado para sustentar todos mis porque y mis para que, sin un pecho cálido en el cual acurrucarme a la hora de dormir. Nunca me sentí más libre y resuelta que estos pasados doce meses en donde le di la vuelta a todo lo que transité desde que emigre de mi país pero tampoco tuve que confiar tanto en mi misma como hasta ese momento, confiar en que mis decisiones no serían equivocaciones y mis pecados no continuarían haciéndome sangrar. 

El veinte veinte fue el año de la pandemia, fue y siempre será recordado por someternos justamente a la verdadera realidad: El único tiempo que realmente existe es el aquí y el ahora, el control es una ilusión. Tuve que pasar por cuatro empleos en menos de tres meses, quedarme sin alternativas dentro de un entorno que comenzó a tornarse nocivo para poder mirarme al espejo y decir: Ya basta. Así que me mudé al barrio en el que siempre quise vivir, me llené de deudas, atravesé muchos momentos de frustración y angustia, vendí café en termo por las calles en pleno invierno, conviví con drogas muy de cerca y al final pude llegar al objetivo que tenía: Un laburo estable en un lugar bonito en el cual conocí personas que me han marcado para siempre. Ese fue sólo uno de los muchos logros que me he atribuido hasta ahora, el mayor definitivamente fue creerme nuevamente la verdad: Mi capacidad para sobreponerme al caos y continuar con una sonrisa en la cara, con esperanza al mirar al cielo y la certeza de que todo va a pasar: lo bueno pero lo malo también. 

Con el transcurso del tiempo y los ejercicios en terapia, el retorno del yoga y el vegetarianismo, mi salud continuó mejorando y las lagunas amnésicas fueron disminuyendo cada vez más y más. Llegado el momento menos esperado, me di cuenta de que había vuelto a ser la chica de mis fotos y que el temor de vivir se estaba diluyendo junto al peso de la culpa y los “si hubiese hecho esto diferente”. En mi piel con marcas propias del tiempo, con las cicatrices de los cortes, con los nuevos tatuajes, con Ceniza adornando mi brazo izquierdo; sólo quedo yo, entera con mis kilitos demás y mi melena despeinada. No pretendo volver a esconderme ni a avergonzarme: Todo lo que soy es lo que puedes ver y leer.  

De esos veintisiete años, al menos dieciséis fueron una batalla reñida en contra de la depresión. Eso lo he ido y continúo vislumbrando en la terapia, como mi juventud ha transcurrido justamente caminando junto a ese fantasma que tanto daño he permitido que me haga por no darle el lugar que corresponde para ser comprendido y sanado. No es una exageración, tampoco una excusa; es reconocer mi sombra para que no pueda volver a someterme ni frente al mundo ni frente a nadie, ni siquiera frente a mí misma. 

No quiero volver a herir a las personas que amo y que me aman. 

Al ser intelectual se crean un montón de preguntas y ninguna respuesta

Janis Joplin

Soltar no es lo mismo que evadir y aceptar no es el equivalente a justificar. Han sido ocho meses de reconocer y reconocerme, de recordarme cómo fue que aquella chica de veintiún años dijo “Yo puedo”, y colocó toda su energía en un empleo y en una carrera, sacando ambos adelante durante tres años hasta llegar a un diploma y a un cargo importante. Quizás esas experiencias las alcancé muy joven pero son mías, son el recordatorio de que ese “Yo puedo” es porque he sabido exigirme, sólo que de ahora en adelante he decidido hacerlo con mucho más amor y benevolencia, no desde la sobreexigencia de demostrarle a quien sabe quien de lo que soy capaz, no con el empeño de ser “superior a lo bueno” para que me valoren. 

Siempre tuve la sensación de que sin importar el esfuerzo que hiciera mi familia jamás reconocería lo que estaba haciendo. Con el tiempo y aún en diálogo con eso, comprendo que su falta de entendimiento nace de su desconocimiento de lo que soy, de lo que quiero, de lo que sueño. Tengo un corazón complicado pero honesto, eso lo sabe mi otra familia: mis amigos, la verdadera contención de todos estos años de lucha frente a mi oscuridad. 

Repetirme: La que cambia soy yo, como un mantra para que la “normalidad” no me hiera. Soy la distinta, soy la lejana, soy la del nombre raro, soy la que ha decidido no volver a comer animales, soy la que medita, soy la yoguini, soy la que no cree en la iglesia católica, soy la que cree en los derechos de las minorías y los proclama, soy la que defiende el aborto legal,seguro y gratuito, soy la que reconocer la diferencia entre derechos y privilegios, soy la que se tatua, la que se pircea, la que se fue detrás de un sueño sin garantías. Soy la artista que mandó al carajo todas sus creencias limitantes, soy la que internalizó los procesos psicodramáticos, soy la que abre la mente a poder cambiar sus ideas y mutar percepciones. No tiene caso querer que los demás comprendan lo que la vida me ha hecho aceptar a través de sus enseñanzas, cada uno tiene sus tiempos y cada uno decide cuándo cambiar; la que cambia ahora soy yo. 

Soy Urania y he decido dejar de luchar contra eso. Soy lo que soy y siempre seré suficiente para quienes quieran comprender y abrazar mi integridad sin juicios. 

Dieciocho meses de diferencias – Ura Urdaneta

La muerte hace ángeles de todos nosotros y nos da alas donde antes teníamos sólo hombros… suaves como garras de cuervo

Jim Morrison

Nadie quiere ver esas cosas, creo que ninguna persona desea que su terapeuta empiece a “sacar los coroticos”, como dice Jhura, para recordarte que eres una adulta que puede defenderse de los pensamientos intrusivos pero que aún quisiera ese abrazo sanador ante el miedo de la incertidumbre, que anhela enteramente poder conectar en una video llamada de intercambios divertidos lejos de los lugares asumidos de victimismos y fatalismos, que daría todo y más por una conexión con su origen. Pasé muchos años invirtiendo energía en el deseo de construir una verdadera familia junto a mi núcleo pero ese no era mi trabajo, quizá por ello no lo conseguí. Atravesar un par de países, perjudicar un vínculo sanador, estar al borde de la muerte, encarnar mi soledad, asumir mi vulnerabilidad, comenzar a perdonar(me) y conocer mi enfermedad hicieron un antes y un después en la persona que soy. No vengo de una familia feliz pero deseo que en algún momento una familia feliz pueda salir de mí. 

Amar es el primer paso para poder aceptar las diferencias. Límites sanos, honestidad y entendimiento. Siento curiosidad por una verdadera relación sana con mis progenitores, por eso la sigo buscando, por ello no paro.  

Cuando me subí al escalón de los veintiocho y volteé la cabeza para mirar detrás de mí, me sentí orgullosa por primera vez en mucho tiempo de lo que pude alcanzar en un año, de las veces que fui capaz de bajar la cabeza para asumir el error, de cuando pude pedir disculpas luego de equivocarme, de las veces que necesité ayuda y pude buscarla, de cuando comprendí que merezco cosas buenas y bonitas, de reencontrar esos afectos que la divinidad distanció de mí un tiempo para poder crecer. De los límites que construí frente a esas circunstancias y personas que sé, pueden vulnerar mi paz. 

Cuando ví mi mesa de cumpleaños llena de obsequios de personas que la vida trajo cuando menos lo esperaba, sentí toda la calidez y el amor que los niños experimentan cuando sus padres los abrazan luego del feliz cumpleños porque, en ese momento ellos saben que ese instante es suyo, que son amados y aunque no son conscientes, entienden que pertenecen a ese lugar y aquello les produce seguridad. 

Yo comprendí que el lugar al que pertenezco es a mí misma y nunca jamás me sentí más amada y comprendida que ahora que vivo dentro de mi corazón y me abrazo cuando tengo frío. Soy mi hogar y ahora sé que no hay un tiempo correcto para hallarnos dentro de nosotros mismos, el único momento certero es ahora. 

Así que tener veintiocho no es solamente un número, es una nueva oportunidad para seguir descubriendo las capas de mi alma, son los desayunos con mis amigues, son el inicio de nuevas metas por alcanzar, son el aprendizaje de una alimentación y una vida menos especista y más consciente, son un peldaño más de la independencia emocional que tanto deseo, son las vitaminas que requiere mi organismo para funcionar, son las rutas en bicicleta por pedalear, son las fotografías por tomar, son los textos y reflexiones por redactar, son las clases de yoga con la luz del sol colándose por la ventana, son las ganas de seguir avanzando sin permitir que el afuera pueda volver a lastimarme. 

Tener veintiocho es un presente, el regalo más hermoso de mi ahora.

La que era ella

Este es el primer texto que llega a ustedes desde un ordenador, mi propio ordenador. 

Por tanto quiero dedicarlo a todos mis amigues que con tanto cariño y ternura colaboraron de muchas y distintas formas para poder alcanzar este sueño. Desde los impulsos morales hasta los “No te preocupes, yo invito” con tal de no alejarme ni de los placeres de su compañía ni de las birras frías. Han sido lumbres y motivos para continuar. 

Les amo inmensamente. 

Sobrepensado, rumiado, así como soy. He tomado de referencia el título de la novela de Gayle Forman, esa segunda parte que reconstruye la tragedia narrada en su antecesor «If i stay«, esta vez contada desde otro punto de vista, desde otro lugar de impacto. Es una de las pocas historias teenager que aún tienen el poder de conmoverme. 

Estoy parada frente al río con el viento chocando contra mi cara o quizás manejo la bicicleta en la madrugada de vuelta a casa, con la bufanda de cuadros que me regaló mamá hace ya diez años abrigandome el cuello, con el cuerpo comenzando a sentir el otoño en su apogeo, con la oscuridad que la cuarentena impone sobre la ciudad. Hilando frases sueltas en mi cabeza, releyendo mis cartas, accediendo a memorias añejadas por las distancias del tiempo. 

Lo que era ella, esa que ya no soy más. 

Los amigos que me regaló la facultad y mi empleo son, indiscutiblemente, de las amistades más sinceras que conservo. No han temido sacarme de mi zona de confort al momento del debate, así como siempre han sabido orientar mis velas cuando pierdo algo de dirección. Un buen amigo no es el que te aplaude y celebra todas las decisiones que tomas, es aquel que es capaz de señalar aquello en lo que considera estás errando sin recurrir al juicio ni a la crueldad, sobretodo lo último aunque consideremos esto trivial: no es lo que dices sino cómo lo dices. 

«Urania, es que luego de un proceso (porque eso es) como el que has pasado, mínimo debes ser luz desde tu testimonio para aquellas personas que están por una situación similar. Eso te vuelve más comprensiva con la humanidad (digo yo) y te hace más noble […] Eres, ahora, como la mejor parte de una película, cuando la protagonista reaparezca como el fénix»

Entonces ¿Quién era Urania hace tres años? Era una mujercita caprichosa y delgada que había logrado culminar la licenciatura en Artes Plásticas, que se desempeñaba como Especialista en Eventos dentro de la oficina de Promoción Cultural en una importante fundación, estaba realizando un Diplomado en Psicodrama, tomaba clases de canto los días lunes en una escuela de teatro, se había adjudicado las responsabilidades de su casa, iba alternando la frustración con la emoción y mantenía una relación a distancia con una persona a la que amaba profundamente pero a quien ya no podía comprender del todo, situación que funcionaba de la misma forma en viceversa. 

A principios de este año me prometí en voz alta que si alguien hablaría mal de mí sería yo misma así que aquí estoy, reconociendo bien en argentino que por entonces era bastante pelotuda pero que aquello no era meramente porque sí y ya. Me era fácil ser egoísta cuando el dolor me sobrepasaba, cosa que se daba más a menudo de lo que le toca a la mayoría porque en casa todo lo que podía salir mal dinamitaba peor y desde muy pequeña me habían educado justamente para asumir como mío cualquier percance o pecado de los “otros”. Eran pesares colectivos, eran decisiones de mierda que nos perjudicaban a todos. No sufría sola pero a diferencia de los demás, yo tenía tendencia a somatizar todo. Era como convivir con el peso del mundo sobre los hombros tratando de preservar el equilibrio de la especie. 

Tenía el corazón demasiado lleno de odio, de ira, de frustración, hacía muchos años que mi deseo más intenso era marchar de ahí pero el complejo de salvadora ligado a un ego tremendo me llevaban a asumir que sin mí, mis padres no podrían valerse por sí mismos, cuidarse solos. Estaba sobrepasada de responsabilidades que no encontraba con quién compartir para alivianar la carga. 

Buenos Aires, Buenos Aires Argentina era la respuesta a todo. No, no era porque su bandera fuese celeste como mi nombre o porque desde la adolescencia hubiese encontrado identificación en la música de Fito Páez y la arquitectura europea, o porque fuese uno de los mejores lugares en latinoamérica para el desarrollo de la cultura y el arte; era porque él estaba, él a quien una noche irresponsable y cruelmente terminé por facebook. Si, la primera de muchas balas que disparé ahogada en cólera, si, la primera de tantas barbaridades que pude haberle dicho, o hecho. Era el motivo, el único lo suficientemente fuerte como para levantar mis pies del pavimento y arrancar a volar. 

A estas alturas de mi vida, el perdón no es algo que continúe esperando me llegue de fuera, es algo que dentro de mí todavía batalla, todavía se niega. Quizás llegue un día, quizás me tome otra mitad de la vida, quizás necesite morir nuevamente para comprenderlo. No lo sé pero ya no me angustia tanto pensar en eso. 

No me gusta la persona que era entonces pero reconozco que no debo haber sido tan terrible puesto que quienes me acompañaron entonces, en su mayoría me continúan reconociendo y respetando a pesar de las caídas.

“Ura no se te ocurra volver a decir que eres un monstruo porque no lo eres”

A muchos no les gustaba pero no lo dijeron, no fueron esos amigos de los que hablé antes que me han visto en la tiranía y me encuentran ahora más tranquila; estos amigos eran el remanso del cariño de lo que queda después del colegio. Vaya cosa peligrosa, no volvería a ser la minita de la escuela nunca pero nunca más porque ella escogía callar en lugar de accionar. Retomando ideas, hay amistades que prolongamos creo que por temor a perder esa parte de nosotros que llevan con ellos pero, la madurez ha demostrado que es bueno perder cosas, es bueno ser honestos, es mejor dejar ir antes de tener que enfrentarnos a un dolor mayor. Las personas que han estado actuando mal y que has estado justificando durante años continuarán actuando mal (si es que ese es su deseo) y eso te alcanzará porque no eres exactamente la excepción frente a su proceder. Yo también fui esa amiga que perpetuó afinidades fracturadas con tal de no restar camaraderías, yo también tuve actitudes de mierda que pocos cuestionaron pero que luego utilizaron para desmeritar mis virtudes. 

He llegado a pensar que hay quienes me mantenían aún cerca por un tema de compasión o ¿lástima? quizá. Tal vez temían que al alejarme la cosa se tornara inclusive más tóxica. Entonces vuelvo a preguntarme si la imagen que proyectaba parecía tan magnánima que pocos aceptaron que aquella caída era algo humano y no un numerito teatral para desplazar los reflectores sobre mí. Les prometo que enfrentarse con nuestra sombra puede ser cosa de heroísmos pero cuando sucede sin proponérselo, es también una poderosa lucha contra la muerte y la desaparición. A veces pareciera una persecución sin final, un thriller perpetuo desarrollándose día tras día detrás de tu espalda.

Retrato con luz de día – F.B 2017

Repito, no me gustaba la persona que era pero en su defensa tengo que decir que ella no sabía todo lo que yo sé ahora. Empezando por el tema de sus neurotransmisores y la desregulación emocional, terminando en la angustia y la ansiedad que le carcomía desde adentro. Eran tantas pero tantas cosas que esa carajita cargaba encima que vuelvo a preguntarme cómo fue que no se quebró mucho antes. La respuesta llegó más pronto de lo esperado; ni la peor de las depresiones fue capaz de sobreponerse a mi sentido de responsabilidad para con los demás. Mientras tuviese que cuidar de otros podría mantenerme a flote, el colapso vino cuando me tocó cuidar de mí porque fue cuando hice carne lo que era tener que mirar a un vacío extenso que llevaba evadiendo demasiados años, la soledad que trataba de ignorar. 

Creo que fue en el año dos mil diecisiete cuando internalicé que antes de ser prodigiosa en cualquier cosa, quería ser una mejor persona de lo que estaba siendo. Deseaba mucho y con todo el corazón que las personas que amaba se sintieran orgullosas de mí y supiesen que me estaba esforzando de veras, que quizás no era la más bonita ni inteligente de mi familia pero que sabía mucho de lo que yo sabía. Requería la validación de afuera, el amor de afuera, el reconocimiento de afuera porque por dentro estaba completamente hundida y atada a ese horrendo pasado de humillaciones y devaluaciones. 

Ese día hablábamos de muchas cosas, como siempre, y él contestaba mientras miraba la pantalla del computador. Entonces se giró para acotar lo que fuese que había yo pronunciado solo para afirmar: «Quizás hay muchas cosas que todavía no sabemos pero yo sé que soy una mejor persona desde que estoy contigo.» Y sí, verdad o no, mi repetición para con él era: Tú me das ganas de ser mejor de lo que soy. 

Ahora yo me doy ganas de ser mejor de lo que fui entonces. El reflejo en el espejo y esa turbulenta historia que dejó tantos esqueletos a su paso. ¿Asuntos sin resolver? No, no todas las personas son como yo, no todos necesitamos razones o respuestas, no todos aspiramos al diálogo, no todos quieren comprender a los demás. La empatía no es algo muy común por estos días. Me ha tocado y todavía me toca aceptar esos detalles de mi vida: las personas que te quieren en su vida te buscan y quienes no, con o sin razones, encontrarán la manera de alejarte. Y ahí es donde se diluye la culpa porque esas decisiones son ajenas a mi proceder. 

Yo estoy en paz, yo soy feliz. Aún duele pero escribir es mi acto trasgresor que sana las heridas y los latigazos que me proporcioné a mi mísma los últimos dos años.  

Retomando a la mujer de aquellos veinticuatro años, mirándola a los ojos y ubicando mis pies en la soledad que percibía al ver partir a sus afectos, a sus hermanas, a su novio, a muchos pero muchos amigos puedo afirmar que quizás no me guste mucho la persona que era pero la entiendo y la abrazo. Estaba tan comprometida con la idea de ser fuerte y de enfrentarse sola al mundo que olvidó que su corazón no era de titanio y cuando comenzó a sentirse vulnerada atacó, a los demás, a sí misma, a todos los que no comprendían nada… y cayó sola, y estando sola fue que se levantó. Así comprendió que nadie tiene el deber de salvarnos, esa es una tarea individual que debemos asumir desde el respeto y reconocimiento de lo que somos.  

¿Qué hubiese pasado si yo hubiera arribado a Buenos Aires? Si, esta Urania o la Urania del dos mil diecisiete, mucho menos herida que su predecesora. Ese es un universo alternativo al que no creo poder acceder nunca pero probablemente, mis decisiones hubiesen sido otras. Me he prohibido olvidar que las heridas abiertas ocasionalmente nos hacen sangrar sobre personas que tal vez jamás nos han hecho daño. Ahora la mayor parte de mis heridas son cicatrices que me traen paz sin haber formateado mi memoria, ahora trato de utilizar todo este doloroso camino para demostrar que si hay un momento al cual llegar en donde el dolor se convierte en una ocasión distante, en donde el espejo se trasforma en un buen amigo, en donde te suceden cosas lindas y te sientes pleno porque sabes que las mereces. Ese lugar en donde llegas a internalizar que está bien ser quien eres, con tus matices dinámicos y tus cambios metamórficos.   

He sido tachada de blanda por sugerir empatía y también de hippie, de loca pero no por haber tenido que superar una enfermedad sino por hablarle al cielo para pedirle al universo orientación y también guía. Y para qué negar mi conexión con los astros si yo misma soy celeste. Atraemos lo que tenemos dentro, yo ya no quiero rodearme de egos ni culpas, decido crecer, decido perdonar, decido soltar. Ser mejor ser humano implica también dejar partir de las cercanías a quienes no nos suman. 

La que era ella, la jovencita que en cinco meses vio convertirse a su perro en un asesino, que tuvo que cuidar y contener el foso depresivo de su madre, que se blindó de coraje para sobrellevar un departamento de trabajo, la que (por fortuna) por una única vez peleó con su hermano con tal nivel de violencia que no ha podido olvidarlo un sólo día, la que se sintió dejada y traicionada por no asimilar realmente lo que significaba emigrar, la que batalló y buscó y rebuscó la plata para cumplir su promesa. La que era ella, lejos de ser mi mejor versión pero transparente y honesta, ella no mintió ni engañó, ella estaba rota pero nunca paró, cumplió su palabra por encima de todos los percances y momentos oscuros de su entorno. 

La que era ella que por temor transitaba un mundito chiquitito, que había reducido la vista panorámica y la solución de los problemas, la que era ella, que pensaba que quizás otra persona podría salvarla de sí misma, del averno y lo oscuro que traía dentro. La que era ella que aún con todo y eso había descubierto que tal vez podía intentar ayudar a otras personas utilizando el arte como herramienta. Esa que era y que llegó al aeropuerto de Ezeiza y corrió hasta sus brazos, que vendió dulces en las plazas, que aprendió a cortar jamón y queso, que se familiarizó con San Telmo y Villa Crespo, que secó sus lágrimas, que era compañera de habitación, que traía el dinero a casa para saldar las deudas, que se embriagaba los fines de semana tratando de ahogar su dolor, que una tarde comenzó a escuchar voces, que una y varias madrugadas ingirió un par de sobredosis, que un mediodía le golpeó el pecho, que una noche comenzó a masticar su propio brazo, que después del invierno terminó de colapsar; a ella le debo todo porque sólo así alcance al ser humano que soy hoy. 

La que era ella y que aún es, esa soy yo.

Retrato en Otoño – Daniela Sorgoni 2021

La herida

Ura, tú no perteneces aquí. No te pareces en nada a las personas que viven contigo, por eso no eres feliz. Lo que más quiero es que salgas de esta casa pero no por mí, por ti. Mereces mucho más, hay mucho más que esto allá afuera.

A veces salimos de lugares que difícilmente salen de nosotros. Eso lo entendí con el tiempo: llevar un «hogar» a cuestas te pasa factura.

Es mi memoria la mayor herramienta que tengo a mi favor, podría asociarla con una daga, excelente para defender y bastante útil si deseo hacerme daño, cegar mi propia vida. Así lo veo, así lo siento. Reprimiendo recuerdos de mis primeros diez años de vida, negando el descuido, invisibilizando la tristeza y con ella, la pequeña marca que nació en mi pecho siendo aún muy pequeña, cuando aún le temía a mi padre y no podía entender porque no se me permitía correr, gritar, jugar, saltar, usar pantalones, ¿por qué me había sido negada la danza? ¿por qué mi hermano podía estudiar música y yo no? ¿por qué mis primos podían jugar en la calle a la pelota y para mi estaba prohibido? ¿Por qué? ¿Por qué mi hermano tenía «todo lo que pedía» y para mi las promesas se postergaron en el tiempo? Ni siquiera un cuarto bonito y arreglado, tampoco un televisor, un computador, una lámpara. Siempre quedé para después y luego de casi veinte años, cuando me arropa la oscuridad sigo ahí, esperando reconciliar a la niña triste que se proyecta en las fotografías queriendo ser vista, validada, capaz. 

«Yo no nací siendo borderline, mi crianza me enseñó a serlo. Mi herida silenciosa fue ensañando cada parte de mi pequeño y blanco tórax cuando todavía no tenía senos, se dibujó como un vacío por donde hacía frío cuando tenía miedo. El temor de mi existencia: jamás podré ser lo suficientemente buena como para sentirme completa. No hay perfección, no debemos llenar las expectativas de nadie, la vida es un día a la vez y de a poco. Pero hoy me duele, hace ya varios días que el dolor se cola por mi garganta así que hoy no quiero ser empática, quiero ser puramente el manojo de emociones encontradas que se revuelcan dentro de mi estómago. «

Esto lo escribí hace un par de meses, en uno de esos tantos duelos con mi reflejo.

Nací y crecí en La Pastora, un sector ubicado a los pies del cerro el Avila allá en Caracas, de calles empinadas y siestas por la tarde. Siempre estuve rodeada de gente mayor cuyas residencias olían a tierra mojada y a café recién colado, llegué a asumir que todo en el exterior del mundo debía de verse así como un infinito e interminable sendero de casas con tejados rojos y matas de mango en la parte posterior, con gatos caminando por los techos y reuniones comunales para vincularnos más con Dios. Tenía mis esquinas preferidas y mi árbol favorito, hasta cierta época le consideré mi hogar.

Esta es la parte benevolente que me trae una remembranza silenciosa y cálida, una en donde mis abuelos cuales muros se imponían por encima de cualquiera que quisiese vulnerar mi ingenuidad. Los amaba tanto que he descubierto que es justamente esa la razón por la que nunca les nombro, me dieron absolutamente todo lo que necesitaba para mantener mi corazón manso y palpitando del lado correcto, me alejaron de la maldad. 

Soy hija de dos profesionales que me procrearon entrados en años y desde que pude razonar, concluí que mi llegada fue lo único que estúpidamente mantuvo unido el fracaso conyugal previamente roto. Mis padres no eran felices en su individualidad, difícilmente podían serlo estando acompañados. Diez años antes que yo, habían traído al mundo a mi hermano, un muchachito que desde muy chico mostró altas capacidades de aprendizaje y de comprensión, además de un ridículo potencial para la lectura y la interpretación. 

Su infancia no fue exactamente privilegiada, sólo fue normal o al menos más normal que la mía. Esos primeros años en los que se formó junto a nuestros abuelos y a mamá, permitieron la construcción de un carácter honesto, bondadoso e inseguro aunque leal porque mamá era feliz estando junto a él. Nuestra madre no quiso hacer oídos sordos a la presión social, no comprendió que era más auténtica y segura de sí misma lejos de la voz profunda de papá. Se lo he repetido muchas veces, lo haría mil veces más: si no nacer hubiese sido el precio para su libertad, hubiese preferido no existir antes de verla castrar su autonomía.

Siendo tan pequeña alrededor de gente tan grande, me vi en la necesidad de apresurar algunos procesos para poder vincularme. Entendía las cosas muy rápido, empatizaba con facilidad, nunca fui una nena desobediente, me esforcé por encajar en la idea que los adultos tenían de mí. Mi infancia no fue solitaria pues mis primos, hijos de mi prima hermana pero contemporaneos, siempre estuvieron conmigo. Vivíamos todos dentro de una misma casa, un enorme caseron colonial con dos plantas y siete habitaciones que pasaron a convertirse en diez una vez que la platabanda desapareció y se edificó un tercer piso. Eramos toda una comunidad de primos atravesados por las enemistades entre hermanos y matrimonios fracasados. Tuvimos que convivir con la realidad de las disputas y la violencia verbal y física entre esos adultos incapaces de respetarse, de darse cuenta de que su odio repercutía negativamente en nuestra percepción de la «normalidad». 

El peor error de mis abuelos fue pensar que manteniéndoles tan cerca o bajo su cobijo conseguirían derrumbar los prejuicios que se tenían los unos con los otros; por eso construyeron para nosotros, los pequeños, una realidad en donde los regaños y manipulaciones de quienes debían cuidarnos morían en el regazo de sus piernas, se iba el miedo, se terminaba la culpa. Cada noche, cinco tacitas con leche del cartón que el abuelo traía de la panadería, cinco platitos con los fideos con salsa de la abuela, cinco pastillitas con forma de animalitos para incrementar las defensas. Su cama siempre fué gigante, cabíamos todos a cualquier hora del día. 

Pero mis abuelos no se dieron cuenta que no serían eternos, que ya los años se les terminaban. Cuando recién cumplí los once años, mi abuelo se marchó un domingo luego de celebrar junto a nosotros el día del niño, había sido su idea comprar salchichas y golosinas para que tuviésemos una tarde distinta. Cinco años después, mi abuela fue a su encuentro. Junto a esa lluvia de septiembre, Caracas se sacudió bajo un fuerte temblor. 

La herida. Se equivocan, yo no soy especial por estar rota pues la normativa de mi sistema familiar siempre fue golpear hasta quebrar, destrozar y alterar; el abandono, la evasión, la falta de responsabilidad. Crecí pensando que todas las personas que conocería serían tal cual aquellos que en algún momento me lastimaron a mí, o a mis primos. Pensaba y pensé hasta hace dos años que la consecuencia de estar viva era irremediablemente sentir dolor, hasta que entendí que el daño que le generas a una criatura en la primera infancia le acompañará toda la vida y qué no hay nada capaz de compensar el sentirse vulnerado dentro del lugar que se supone debería protegerte. 

Quiero que entiendan que lo que diré a continuación nada tiene que ver con el amor que puedo sentir con relación a mi familia biológica. Amo a mis padres y los honro cada día, adoro a mi hermano pero, esta también es mi verdad, una que comprendí cuando al estar cerca del borde de la muerte ninguno trato de venir en mi auxilio porque sabían y estaban seguros de que yo «Podría sola», como siempre han sabido, como siempre supieron porque nunca caminaron junto a mi, siempre corrieron delante o esperaron detrás para ser alcanzados o arrastrados; entonces tuve que detenerme.

S/T – Ura Urdaneta

Ahora imaginen una nenita que solo quiere verse linda y jugar, que quiere vestirse como las niñas de su edad, que quiere estudiar ballet porque su sueño es ser bailarina y cuyos padres no permiten que practique actividades con otros niños o niñas, solo el colegio. Siempre fue tremendo, la sombra de ese hermano que destellaba con una fotografía en la cartelera de su liceo y con mamá recordandome que él siempre había sido el primero, que siempre sabía dar lo mejor; «Lo mejor es superior a lo bueno», repetían. El asunto acá es que a él siempre le dieron más chances para abarcar sus intereses, sus solicitudes, como la guitarra y el teclado que pidió en navidad pero yo solo podía soñar con la música, no había tiempo ni voluntad para inscribirme a clases. Lo más triste de todo esto es que no me dejaron parecerme en lo que siempre quise ser como él. Mi petición para estudiar guitarra o para que me dejaran tomar lecciones de piano quedó flotando en algún lugar de mi memoria. Por eso aprendí a cantar, cuando cantaba me sentía menos ignorada que cuando hablaba.

Empecé a imaginar cómo sería mi vida si hubiese sido varón y a la larga logré comprender la tremenda ignorancia de quienes me repetían la buena fortuna de la que gozaba por tener a mis padres juntos en mi crianza, cosa que mi hermano no había tenido al crecer. 

Era fácil decir eso porque era sencillo evadir el hecho de mi madre autómata probando miles de actividades que no alcanzaba a terminar, su falta de disciplina, de confianza personal o el cúmulo de compras compulsivas y objetos viejos que coleccionaba en casa tratando de significar lo inmaterial, mientras papá sólo llegaba de trabajar los días de semana y esperaba ser atendido con su comida en bandeja, el noticiero en el televisor y el periódico para leer por las tardes. La rutina se afectaba los viernes, sábados y domingos, los días predilectos porque eran tardes de bebida en compañía de su grupo de amigos en un bar cerca de casa. Pero nada parecía incorrecto porque nunca llegó a casa tan ebrio como para olvidar los helados que traía y mi madre siempre le acompañaba por las noches en sus rondas de whisky y rancheras sin quejarse, sin protestar. Ella me crió bajo la consigna de que los papás sustentan la casa, eso no significa que tengan que llevarte de paseo, lo importante es que no falte nada en la alacena. Los papás van a jugar caballos los fines de semana.

Jamás entendí la frustración adolescente de mi hermano en aquella época o el porqué de su encierro en su habitación; pero yo quedaba del lado fuera de la puerta porque nadie nunca me explicó, nadie supo decir nada coherente aunque mis primas mayores solían calificar a papá con una palabra que me aturdía, le llamaban: borracho.

¿Me siguen? Supe desde muy joven lo qué se sentía no ser feliz. A los diez años solo me importaba mi gata, que me acompañó incansablemente durante dieciocho años; mis amigas y mis cuentos. Me había rendido ante las peticiones de que se me dejara estudiar cualquier cosa, estaba entregada a mi encierro. Aunque no recuerdo cómo sucedió, de un momento a otro una puerta se abrió y fue el universo el que me condujo hasta unas clases de dibujo y pintura que impartían dentro de mi comunidad. Desde entonces nunca pude volver a ser la misma, me enamoré sin remedio de las obras de Michelena y de las destrezas que yo tenía para poner sobre papel lo que flotaba en mi cabeza. Me sentía poderosa y plena, comencé a sentirme viva; como si crear y sostener ideas me alejase del dolor. Recuerdo el día de mi primera exposición como si hubiese sido ayer, y lo recuerdo con nitidez porque él único que llegó a tiempo fue mi hermano. Nuevamente, mis padres me dejaron para después. 

Esas eran mis alegrías, eso y mis libros, y las historias que por entonces comencé a inventarme y a escribir para sobrellevar la soledad de sentirme completamente ajena a mi «hogar» y a mi entorno. Sabía que no era como las demás niñas, entendía que no era tan simpática o llamativa como las otras pero quería encajar, quería sentirme al menos en la escuela, parte de un algo hasta que comencé la secundaria y «fracasé» académica y socialmente. Esto significa que no podía igualar ni en broma el récord que mi hermano había establecido previamente y eso sumado al acoso escolar, a mis inseguridades, a la ausencia de contención y escucha más las exigencias constantes de mis progenitores culminaron hundiéndome en una depresión que a la larga ellos olvidaron, pero yo no. 

¿Has visto a una nena de doce años queriendo morirse? He comprendido que mi deseo de desaparecer me ha acompañado tanto rato que ya es mi pareja de estudios y de vida, a donde quiera que voy es mi sombra: la tremenda sensación de jamás ser suficiente para nadie, mucho menos para mi misma. 

A esa tierna edad ya visitaba a la psicóloga, terapia que me permitió continuar con vida los siguientes tres años, tiempo en el que mi autoimagen sufrió severas alteraciones. Todas las cosas que me habían inculcado hasta entonces estaban mal, toda la angustia en torno a mí, a mi despertar sexual, a mi autorreconocimiento, a ser mujer; no había forma de no llegar a los trece años sin desear no tener tetas, quería ser plana, quería ser un muchachito porque los niños eran libres pensadores y no tenían que lidiar con ser «bonitos» y rellenar el estereotipo, o eso creía. 

Odiaba mi estampa, odiaba mi fotografía, odiaba mi cuerpo, los odiaba a todos. Desarrollé un sentido de pertenencia con la ropa holgada y el color negro, me identificaba con la cultura EMO de aquel momento pero buscaba lucir andrógina, me desvincule completamente de mi femineidad asumiendo que quizas así mis padres me dejarían compartir sanamente con otros, tendría amigos y se terminarian los problemas de las comparaciones.

Porque ese era el pan de cada día en nuestra casa, el gusto de disminuir las destrezas del otro al contraponerlas con un contemporaneo que consideraban más genuino y capacitado. Pero la terapia justamente me permitió aprender a hacer oídos sordos a los comentarios misóginos y crueles de aquellos que no valoraron nuestra inocencia y continuar adelante mandado a todo el mundo al carajo: principalmente a mi papá y a mi mamá, pero también a los otros adultos que no sólo me mantenían a mi bordeando la angustia, sino también a mis primos disminuyendo cada cosa que nos sentíamos empoderados al hacer. 

Mi adolescencia estuvo plagada de ataques de ansiedad, de depresión, de ideas suicidas silentes y de monstruos de los que no podía hablar, no sabía con quién hacerlo. Pero pasados los quince y ahora en una nueva escuela todo parecía mejorar, por primera vez en seis años comenzaba a sentirme una persona de verdad. Esta vez fui yo quien buscó audicionar en la escuela de música y quien se inscribió sin pedirle permiso a nadie. Estaba dispuesta a abrazar a la persona que sabía que era y culminar la secundaria para entrar a la escuela de artes. Iba para adelante confiando en mis capacidades, ya no me importaba el señalamiento ni la comparación con nadie. 

Aquella sensación se fue diluyendo lentamente porque a los pocos meses de cumplir dieciséis años mi abuela se marchó, mi abuela, si, mi abuela. La señora con ricitos de nube de la que nunca hablo, la que me compartia su agua de cascaras de naranja desde mucho antes de que iniciara el preescolar. Mi abuela, si, esa que decía que yo era una consentida pero que conmigo no tuvo juicio, que me pidió un helado de yogurt en los últimos días de su vida, que me guardaba una taza con avena caliente cuando la visitaba en el ancianato. Mi abuela que por una inexplicable razón me pidió mostrarle mis dibujos a sus amigas en las últimas visitas que le hicieron. «Nunca dejes de crear», me dijo y no he podido olvidar sus ojitos apagados de aquella tarde. 

Acepto. – Ura Urdaneta

Pero yo no pude llorar a mi abuela «Tienes que ser fuerte por tu mamá», esa era la orden. Entonces me metí mi dolor bien adentro y la vida continuó sin poder detenerme, ya sin terapia, ya sin apoyo. Cuando eso ocurrió y el mundo se volteo sin pedir permiso y me dio la espalda, todo en lo que había creído terminó y la soledad más abrumadora me consumió, esta vez sin mis primos porque fueron llevados de mi, esta vez sin amigas porque la vergüenza y la culpa fueron tantas que no podía hablar. Una tarde me encerré en el baño a meditar si debía o no atravesarme un cuchillo en el estomago y darles entonces un problema mayor en  el cual enfocarse pero me faltó valor, valor que nunca apareció luego de que mis compañeros de clase fuesen a buscarme a casa para pedirme regresar. 

Volví tratando de rehacer mi vida en clases de a poco, con la cabeza en alto aunque sin sonreír demasiado pero mi padre arrastrado por el miedo y la culpa, tomó una decisión que acabó por determinar lo que serían los siguientes diez años de mi vida: Un intento de suicidio una tarde de octubre, creo. ¿Saben que no han borrado los años? El nauseabundo y metálico olor de la sangre, el ladrido de los perros, la humedad de la casa. Pero mis padres no pudieron ser mis padres ni antes ni después de esto. Me dejaron flotando a mi suerte en un terreno tembloroso colmado de vergüenza y miles de por qué que nunca fueron contestados. 

No puedo responsabilizar a mi hermano por su ausencia, mantengo que al querer alejarse de todo lo que le generaba repudio, se alejó de mi queriéndolo o sin querer. Pero no lo vió, no lo entendió cuando tuve diez, o doce, o quince, o dieciocho o veinticuatro; porque yo era fuerte. 

Confieso que hay cierta satisfacción en haberles mandado mi fortaleza al carajo, al saber que les tocó reconocerme derrotada suplicando por mi vida. Confieso que hay cierto placer en haberles hecho entender que yo no tenía que ser fuerte, yo solo tenía que ser una niña. Confieso que me tomó dos años y medio de terapia poder llegar al lugar en donde reconozco toda la tremenda carga que se me hizo llevar desde muy temprano sin sentir odio por ello. Confieso que daría lo que fuera porque ellos entiendan que el peor daño que hicieron y se hacen es evadir lo que está mal por miedo a enfrentarlo. 

Así nace la oscuridad, así es como quebrantamos la inocencia de un menor a veces sin darnos cuenta. Ellos no entendían que yo era pequeña porque al correr para alcanzarlos pensaron que ya mis procesos estaban completos, que me había convertido en una adulta. Ahora hablo y escribo, ahora sé que desarrollé una enfermedad mental por los descuidos en mi primera infancia pero ya no estoy molesta, ya hice las pases con mi historia. Escribo esto porque necesito decirle a los adultos de ahora, necesito recordarles que si van a tener hijos deben ser sus padres, deben hacerlos sentir amados y pequeños, deben ser los adultos que ustedes necesitaban a esa edad. No los invaliden, no los comparen. El mundo ya es bastante difícil y déspota como para que la familia sea territorio de guerra. Si necesitas ayuda pídela, por ti, por los que te aman. 

Tenemos una sola vida, un solo cuerpo pero no una sola historia. Podemos cambiar, podemos sanar, podemos transmutar el caos en orden y amor. Podemos hacer la diferencia, podemos sanar nuestra vida.

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