Caminamos para estirar las piernas y observar todo antes de volver a la ruta. Me tomé unos minutos para colocar las manos cerca de las piedras húmedas y tomar algunas fotografías. La majestuosidad de un país se levantaba frente a nosotros que habíamos tomado la decisión de decir adiós, de despedirnos de la tierra que nos proporcionó la vida, que nos vio nacer.
Archivo del autor: Ura Urdaneta Echezuria
«En unión y libertad», la promesa del sur (Parte I)
Esa tarde, como muchas otras en Caracas, los árboles se pintaron de naranja como una mentira de otoño porque sus hojas no se precipitan contra el viento huyendo de la intensidad del frío. Antes de ese día, quizá yo no era consciente de lo mucho que amaba las calles y aceras angostas, el polvillo molesto de la montaña que te hace estornudar y el olor a miel de los árboles que te transporta inmediatamente al amarillo. Tomé una malta en la estación y a las seis de la tarde a través de mi ventana vi llorar a quienes me vieron crecer, a los que me amaron y sobretodo a mi mamá.
Los límites de la frontera
Mi cuerpo dejó de pertenecerme, estaba desligada del tacto, de las caricias o los maltratos, tenía ese vacío interno que me daba plena seguridad de que en cualquier momento los edificios a mi alrededor se derrumbarían. Pasé largas noches con los ojos pesados de cansancio sin poder dormir, desesperada hiperventilando angustiada y sin saber a quién acudir. Sabía que estaban cansados de mi y de todo, yo estaba cansada de no disfrutar nada, de olvidar cosas, de no ser divertida, de no saber sonreír. Quería desaparecer.
El monstruo que fui
Es sencillo contarlo de ésta forma, visto así el «monstruo» del que hablo no tenía porque aparecer nunca. Cumplí mis objetivos, salí de un país venido abajo pero mi maleta rota traía más que tierra fronteriza y ropa, había emigrado con todos mis demonios en el equipaje.
«Sin sombra no hay luz»: Yo, la artista.
Solía pensar que sentir tristeza por todas estas cosas era exagerado y una muestra de debilidad, que el dolor que generaba lo que se sentía como la ruptura de la inocencia, de la benevolencia del mundo, del amor, debía ser superado y dejado atrás, como todo. Y la realidad es que no sobreviví a eso, si algo me rompió fue entender que a veces el mundo te patea, te vomita y te voltea aunque tú no seas responsable de nada.
Muerte, tiempo y el no lugar
Poseo una cualidad particularmente molesta y es la insistente búsqueda de la causa que generó el efecto; todo tiene un por qué. Eso significa que pasé el último año y un poco más buscando las respuestas a todos mis «males».
Y tú, ¿Por qué estás aquí?
¿Cómo sigues viviendo después de haber hecho tanto daño?