No fue tu culpa

Cada pérdida que he experimentado, cada lección de impermanencia personal y emocional que la vida ha sido tan amable de ofrecerme, me ha hecho profundizar en mi capacidad de amar.

Zoketsu Norman Fisher

Siempre me rehago esta pregunta cuando ha pasado mucho tiempo desde la última vez que ejecuté una acción ¿recordaré como se hace? Esto de compartir lo que escribo, lo que pienso. El miedo a ser juzgada reapareció en forma de fantasma.

Estoy sentada en mi nuevo escritorio. Es verde limón, iguana o dinosaurio, va a depender de la experiencia de vida desde la que te hagas la pregunta. El invierno llegó por anticipado y aunque el cielo plomizo sigue augurando narices congeladas y fluidos perpetuos, mi cuerpo vestido pero abufandado no siente realmente frío.

Llegamos al quinto mes del año; hoy es el cumpleaños de un querido amigo, también mitad de semana y además es el segundo día en el que asisto a sesión desde que decidí retomar la terapia. 

Me gusta escuchar a Cami tararear mientras organiza, limpia o cocina, por alguna razón que me excede más allá de lo racional, su acogedora presencia me hace sentir en casa. Llegó para quedarse en febrero y desde entonces los condimentos tienen nombre, la cocina se llenó de macetas y los repasadores se multiplicaron por cinco. 

Admiro con profundidad la capacidad de algunas almas para compartir su sentido del hogar. Yo habito pero siento que no aprendí a construir refugios de disfrute colectivo, es algo que me gustaría modificar.

El fin de semana caí derrotada producto de una supuesta variante de la gripe A. Fueron un par de noches de fiebre alta, malestar, delirios y un Kali velando para que mi alma no escapara de mi cuerpo. En la agonía, fueron justamente Cami y Romi quienes, ignorando mi absurda necesidad de no ser una molestia, irrumpieron en mi pieza con tazas de té, limonada y miel. En la cuasi agonía de dolor febril, cerrar los ojos era estar en la pastora. Olía la montaña, el aire dulce y la luz caribeña me escocía los ojos. 

En un momento juraba estar recostada en la cama de mamá al punto de sentir ese perfume en las sábanas, luego me levantaba y caminaba hasta encontrarla a ella acostada en la mía. Me acurrucaba a su lado y le contaba que tenía mucha fiebre, que me sentía muy mal. Me sugería entonces llevarme a salud Chacao, que ahí siempre me atendían bien:

«No puedo mamá, ya no trabajo en Altamira»

¿Cómo hace el cerebro para fragmentar tus dos vidas y al mismo tiempo converger todo en un solo pensamiento? ¿Cómo es que se vuelve a lo que se odia y se ama con tanto frenesí? 

Ser y negar

Cerca y lejos

Lo propio y lo ajeno

Transparente y opaco

Retrato en el último año de colegio – Año 2010

«Una huella es la presencia de una ausencia» solía decirnos Víctor en los años de universidad. Este que es mi cuerpo es más que carne y unidad, son retazos de momentos, son pinceladas, son cortes, son todos los cabellos que se caen en otoño y las uñas que se quiebran durante la jornada. Mi ser por entero es justamente la presencia de esa ausencia, de eso que fue pero ya no es. 

Estoy trabajando con una arte terapeuta, en ambos encuentros me hizo pintar con acuarela y no dejó de recordarme que sin compasión no existe la conciliación.  

A sabiendas de todo mi trabajo terapéutico anterior, de la internación y del tratamiento psiquiátrico, me ha recordado que los duelos no tienen tiempo ni lugar. El dolor puede mutar e irse transformando con los años pero no deja de ser intangible, no deja de llevarse por dentro. Le he contado muchísimas cosas y a mitad del relato le he dicho:

«Ahora sé que no fue mi culpa, y lo sé con la cabeza pero me gustaría saberlo también con el corazón: No fue tu culpa». Como si le hablara a una tercera persona. 

Me pidió que se lo dijera a esa Urania que en algún lugar del tiempo es una adolescente pensando en como terminar con su vida porque en su teoría eso haría del mundo un lugar mejor. Pero para su futuro descubrimiento y citando la canción de Miyavi “Girando, girando, el mundo está girando y no va a dejar de hacerlo si yo desaparezco de él.1

Es inverosímil sostener que somos responsables de la plenitud de los demás y menos que podemos acaparar el nivel de atención que requería en aquel momento. Quizás por eso nunca llegue a concretar los intentos, tal vez la certeza de lo insignificante que se me hacía mi propia existencia me ayudó a tolerar lo que pasaba de mejor manera.

Que mi vida se apagara en ese contexto hubiese sido la consecuencia de la sobreexposición a la irresponsabilidad ajena, la reafirmación de lo cruel que podemos llegar a ser cuando nos convertimos en adultos.

Aún con toda la soledad que eso trajo, entendí que la verdadera familia es aquella que nos permitimos escoger y no la que nos asigna la sangre. Esa fue la primera vez que mis amistades salvaron mi vida. 

Aquella piba sobrevivió. Quince años después y recordando la lección posterior a la guerra tiende a caer en desear no haberlo conseguido. Dicen que el tiempo sana, que no te recuperas si permaneces en el lugar que te lastimó, que la distancia conforta pero jamás se es lo suficientemente adulto para dejar de sentirse vulnerable. Solía pensar que en esta década las verdades estarían más nítidas pero he descubierto que lo única certeza es que el tiempo que existe es el presente, lo demás es mera nostalgia o ansiedad.

El vacío agota, la falta de pertenencia duele, la ausencia de contención es una idea con la que uno se acostumbra a convivir pero jamás a aceptar del todo y luego luego, encuentras personas que sólo conocen tu yo quebrado y llevado por la vida, que te miran y sonríen porque saben que si te hubieses muerto en el dos mil nueve, tu versión adulta e inconforme no hubiese llegado a sus vidas. Tu versión más «mutante y orgullosa» no estaría escribiendo estas palabras.

¿Estás deprimida? Y tú qué crees…

Pero la depresión no siempre es querer tirarse de un treceavo piso o atragantarse con pastillas para dormir. La depresión en su fase más «benévola» te quita el hambre, baja tus defensas, te llena de rencor, no te permite salir de la cama y en sus momentos más agudos te hace desear desaparecer. 

Yo he querido desvanecerme desde los nueve años, a veces lo consigo cerrando los ojos mientras me hundo en la cama o escuchando música mientras camino. Hay días en los que realmente me convenzo de que soy invisible y eso, aunque sea por poco tiempo, me da paz.

Autorretrato en sketchbook Año 2012

Falta relativamente poco para los treinta y uno, las heridas sangran y todo está doliendo mucho pero he decidido no ignorar de vuelta mi “frágil” condición. Puede que se me vaya la vida entera intentando extinguir esta marca que tanto arde y pesa pero prefiero mil veces seguir aprendiendo de mi propio caos antes que sumergirme en la idea de existir sin realmente estar viviendo.  

Eso me trajo el espejo: dolor y caos, remoción. Una mierda. 

Y al mismo tiempo reafirmar la intención de no ser igual, de no repetir la injusticia, de no justificar la indiferencia porque esa Urania multidimensional de dieciséis años merece compañía, merece que la abrace, merece ser escuchada. Esa que tuvo que experimentar el verdadero momento canónico de nuestras vidas, merece que le recuerde:

«No fue tu culpa».

Mi terapeuta me insta a que reanude la escritura, la pintura y la reflexión. Nuestra intención es conseguir que todas esas pasiones que de alguna manera quedaron ancladas al dolor, retomen su lugar en mi imaginario y vuelvan a generarme la satisfacción, el disfrute y la libertad que desde siempre me brindaron.

Así que mi compromiso será registrar el proceso como se hace cuando estás construyendo una obra. Me parece un bonito ejercicio por donde arrancar. 

  1. https://www.youtube.com/watch?v=CHV_bJ0giis ↩︎

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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