Reduje la vida de alguien a un momento, un momento horrible y lo castigue por ello. Es lo que hace la policía; en realidad es lo que todos hacen. Es lo que ustedes me harían si me conocieran
Rue – Euphoria
El amor ¿Que es el amor? Es una pregunta que me he hecho toda la vida.
Cuando le dije a Jhura que me había arrollado un auto la caída a pedos fue bestial, pensó que la situación había sido literal y que quizás estaba herida. Yo pensaba entonces que dentro de un panorama como ese podría haber muerto pero en parte ¿No fue así?
Estuve cuestionandome muchas cosas los últimos cuarenta días. Recientemente mientras jugaba una partida de pool y veía un grupo de minas entrando en un baño volví a dibujar las interrogativas sobre el techo ensombrecido por la madrugada:
Estaban esnifando, me dijeron.
Lo imaginé sin dificultad y me pregunté entonces cuál había sido mi droga hasta el momento de quiebre… ¿El drama quizás? Mi única adicción inconsciente.
No uso drogas, las conozco, las he tenido demasiado cerca y sé que en mi condición, utilizarlas implicaría directamente un contrato de no regreso. No me divierte la idea de irme un rato de paseo, no necesito ayuda de nada para desconectar.
Pero le conté que una noche, estando drogada había alucinado con él. Ahí sentado al borde de la cama recriminandome cosas; sonreía con el pelo lacio sobre los ojos: «Vos sabes que no estoy acá pero querés hablar. Contame, ¿para que haces esto si sabes que no te hace bien?» Esa noche charlé larga y tendidamente con la esquina de mi cama.
Eso pasa a veces cuando creces con un agujero en el pecho: necesitas de alguien más para reconocerte.
Yo lo sabía en aquel momento: sí él era capaz de verme con amor y de reconocer mi valía la vida tenía sentido. Sólo sus ojos, solo su imagen, su sola existencia significaba tener una razón para perpetuar la mía.
Así de inmensa era mi tristeza, y así de profundo era el agujero que había cavado para enterrarme en él.
Los niños son almas vulnerables, los niños también son esponjas, los niños se transforman en el fruto de las experiencias que los preceden.
Y el problema siempre estuvo en que yo no había podido ser una niña. Me obligaron a crecer, me hicieron responsable de una y de muchas cosas, me partieron al medio, me hicieron creer que mi carácter era tan pesado que ninguna persona estaría dispuesta a tolerarlo.
«La malcrias demasiado, así nadie va a querer casarse con ella. Te la van a devolver a la semana»
Pero yo no quería casarme, ni tener hijos. Directamente detestaba la idea de haber nacido mujer y no haber podido tener las mismas oportunidades que mi hermano.
Entonces la universidad me incentivó a amigarme con mi identidad y luego él, cuando se quedó, construyó para mí algo que no conocía hasta entonces: Un hogar. Y fue ahí donde me quedé.
No eran las mariposas, era la seguridad. Me sentía amada y aceptada: me sentía suficiente. No tenía absolutamente nada que probar.
Necesito reconstruir este mapa imaginario con palabras, necesito darle contexto, necesito entender el porqué del apego, una explicación a mi dolor. Comprender porqué separarse se siente como si estuviesen arrancándome la piel de a trozos.
Yo sé que lo que hice no estuvo bien: convertir a una persona en tu mundo, adjudicar la responsabilidad de tu felicidad, exigirle que te proteja del afuera, que te resguarde del mal. En mi defensa: yo no sabía lo que sé ahora.
Luego de aquella separación fatal, me rompí definitivamente. Sobreviví, porque soy fuerte: la vida así me lo ha exigido y lo quiera o no, logro sobreponerme a los panoramas más terribles.
Pero la vida continuó sin su voz, sin su olor, sin su risa, sin su mirada y sin su abrazo. Lo que siguió fue una mezcla de odio e incomprensión, una masa de emociones repulsivas queriendo comprender su egoísmo: su «abandono».
Y un día desperté dejando de ser una víctima luchando contra su victimario, una tarde luego de meses de llanto y negación comprendí que la humanidad es frágil y que las personas hacemos lo que podemos con lo que tenemos.
Se drenaron los odios: contra mis padres, contra mi hermano, contra quienes habían sido mis amigos y por fin, lo alcanzó a él. Supe ese día que todos los involucrados habíamos atravesado una situación, una experiencia de mierda para la que ninguno estaba preparado.
Sino odiaba a mi familia por no tratar de venir en mi auxilio, por asumir mi fortaleza frente a una posible derrota; no podía odiarlo a él, no podía olvidar los retazos de memoria fundidos en mimos y abrazos frente a un monstruo de naturaleza psicótica.
Esa no era yo.
Esa ya no puedo ser yo.
Esa quizás si me habitó.
Ese ente puede haber destruido mi mundo.
Esa enfermedad de mierda casi me arranca la vida.
Pero eso ya pasó, y yo ahora estoy.
Me lees: soy yo. Nadie más.
No puedo seguir llorando, han sido demasiadas derrotas para una vida tan corta y aún así, no tengo palabras definitivas para decir adiós.
Puede que sea porque no quiero, o quizás es un mero instinto de supervivencia o ingenuidad que me impulsa a pensar que tal vez el día de mañana me asomaré a mi puerta y podré verte sentado bajo la luz de la ventana, en paz, aún sin poder sonreír pero al menos mirándome fijamente, sabiendo que detrás de mis ojos hay palabras que no te he dicho.
Me queda ese fantasma que brilla en amarillo, sonriendo bajo el penetrable de Soto mientras me dice que esa felicidad se siente envolvente y plena. Me queda adentro, se hace parte de mí para desligarse del presente.
Vuelve a tomarme de la mano, esa madrugada medio ebrios frente al mar y me pregunta: ¿Confías en mí? Y yo sin dudarlo me arrojo al agua a su lado, siempre a su lado.
Eso es lo que queda de ti en mí, que siempre estará pero ya no en las palabras, ya no en mi discurso, ya no en la cotidianidad.
No puedo seguir perpetuando una esperanza depositada dentro de un espejo roto: somos igual de responsables, somos el reflejo del otro y si yo pude sé que vos podrás, confío amorosamente en eso.
El fin de la eternidad, el comienzo del infinito.
Lo sabré cuando me halle libre del dolor de tú partida, hasta entonces continuaré deconstruyendo pero sobre todo viviendo esta segunda oportunidad.
Tenés razón, es casi un deber ser mejores de lo que fuimos incluso si eso significa que nuestros caminos nunca más se cruzarán.
No lo olvidaré.
No se trata de no llorar sino de aprender a dejar de sufrir, y ese puede que sea el mayor reto de ahora en más.

Por y para siempre: Gracias.