Dedicado a la memoria de Cazador
[…] Mi plan ahora es aprovechar esta beca, y acercarme un poco más a las fuentes: poesía, plástica, vida humana, esa entrega que los argentinos negamos y retacemos y postergamos siempre. No quiero escribir, no quiero estudiar (aunque lo siga haciendo); quiero, simplemente, ser de verdad; aunque eso me lleve a descubrir que no soy nada. Cuanto mejor saberlo que seguir esta vida por mensualidades en Buenos Aires.
Carta a Fredi Guthmann – Julio 1951 / Julio Cortázar
Este no era mi plan; como casi todos mis proyectos cuando siento que tengo por fin el control de algo, la vida viene y me agita la fluidez en la cara.
Todo empezó hace una semana cuando decidí salir a merendar con Grey, a reírnos de las dificultades de ese año que dejamos atrás y a brindar por los nuevos proyectos en puerta, por los renovados esfuerzos de alcanzar esa versión mejorada de nosotras mismas. Nos tomamos muchísimas fotografías, bailamos y pronosticamos buenas nuevas muy cercanas, tan cercanas como el par de licuados frutales con leche vegetal que compartimos esa tarde mientras cantábamos aquel set list millenial.
Por supuesto todo esto fue un día antes de caer víctima de una primera dosis letal de astrazeneca, vacuna que llegó bastante tarde a mi sistema por esto de la alergia y otras cosas que no vale la pena acotar.
Aquel día no pude reportarme en el laburo, me lance un cuasi viaje astral por la fiebre alta y el sudor frío sobre las sábanas. Un día después un poco más repuesta pero con debilidad en la voz retomé las tareas en mi puesto gracias a un fabuloso dopaje patrocinado por el paracetamol.
Todo venía bien hasta que Grey comenzó con malestares lo que la llevó a hisoparse ese viernes, amanecí el sábado con la bonita notificación en whatsapp de un positivo y un tremendo dolor muscular. De ahí en adelante estos han sido los siete días más largos de mi vida.
Cuando era más chica me enfermaba bastante seguido, esto era porque solía somatizar todo lo que sucedía a mi alrededor; básicamente me tragaba mis emociones. Ahora no lo hago, soy más llorona pero frontal, ya mis sentimientos no me someten. Por eso estar en cama con temperatura y dolor físico me exaspera, aunque se que soy mi propia verduga se me dificulta hacer pausa y más aún si siento que estoy empezando algo provechoso.
Igual el virus no me dio demasiadas opciones. Me tumbé sobre el colchón de dos plazas y con una temperatura ambiental de más de treinta grados centígrados, me enrollé en el edredón para dormir de corrido casi por completo durante dos días. Positivo para covid la semana más caliente en lo que va del verano en Buenos Aires, todo un sueño.
Así que esa pausa que había negado casi por capricho, me fue dada sin autorización. Días de comer una fruta y tomar dos litros de agua mientras intentaba mantener los ojos abiertos con alguna película o serie, nada demasiado profundo para ese cerebro quemado. Una tarea complicada porque el cuerpo sólo necesitaba desconectar.
La idea para el blog era arrancar cerrando etapas, cambiando discursos y abriendo nuevos textos; más cortos pero igual de reflexivos. Realmente no pensé que me daría covid la misma semana que me vacunaban y muchísimo menos que esta sería la manera de arrancar el año “positivamente”.
La vida es así, irónica. Tan irónica que me llevó a hisopar en el hospital en el que me hicieron aquel lavaje gástrico. Caminar por esas aceras, evaluar la estructura, el dolor de las lesiones corporales y la memoria corrompida. Como puede cambiarte la vida luego de tres años, como puedes convertirte en un ser completamente diferente al que te habitaba.

Recordé entonces al gato que me asistió en tantas oportunidades en la guardía y quise saludarlo. Descubrí que su vida llegó a su fin el año pasado, también me enteré que su nombre era “Cazador” y que todes le querían mucho.
Mis ojos se nublaron sólos al leer su despedida y al mismo tiempo su ausencia reafirmó la verdad: Son muchos años los que han transcurrido desde entonces, los suficientes como para abrazar la idea de la libertad. Esa mañana en que aquella bola de pelos se me subió al regazo para calmar la ansiedad parece casi la escena de una película pasada. Aunque sé que fui yo, no me reconozco a la distancia.
Soy una Urania de veintiocho años, con covid la primera semana de enero, con amigues que se preocupan por ella, que vive en una preciosa casa rodeada de lindas personas,con una familia rota que sigue procurando sanar y que continúa aprendiendo cosas nuevas. Soy una versión con territorios extendidos y con miedos dispuestos a ser afrontados, soy una energía que no permanece estática.
Soy un poco de esa Urania a la que Cazador abrazó una mañana de invierno porque entendió que tenía miedo y frío; gracias a su calorcito a ella no le ganó aquel ataque de pánico. Por eso lloré y le agradecí, por eso les cuento cómo obró en mí.
Somos pedacitos de toda nuestra vida y es así como he construído este blog y espero se mantenga. Hoy hablando de cómo sobreviví al virus, de cómo continúo abriendo cada vez más los ojos y el corazón, pero sobre todo de cómo aprendí a vivir sin que las lecciones pasadas me hicieran sentir inmerecedora de la vida que llevo.
No tengo todas las respuestas pero eso no me impide seguir hacía adelante. No estoy improvisando, sé que cada espacio es una nueva oportunidad para aprender pero ante todo para seguir sanando.
