De amistad y redención

A lo que alguna vez fue el “clan zoo”

A quienes decidieron amarme en la turbulencia

A quienes aprendieron a ver a-través-de-mí

A quienes me hicieron creer en el “amor eterno”

A esa familia escogida

Esto va dedicado a ustedes

Los amigos entran y salen de tu vida como ayudantes de camarero en un restaurante, ¿no te has fijado nunca? Pero cuando pienso en aquel sueño, los cadáveres tirando de mí implacablemente bajo el agua, me parece bien que así sea. Algunos se ahogan, eso es todo. No es justo, pero sucede. Algunas personas se ahogan

Stephen King – El cuerpo

Hace algunas semanas atrás, me reuní con mi grupo de compañeros de trabajo de cuando era moza en el bar. Bromeamos y reímos la madrugada entera celebrando que uno de ellos por fin salió de ahí. No faltaron entonces los recuerdos de mis días de extrema torpeza, su memoria burlesca entorno a mi lentitud y simpatía. Volví a odiarme por minutos mientras que la garganta se me cerró. Que horrible debo haberme visto por aquella época, que bajo me hizo caer la enfermedad. 

La realidad es que en ese entonces sí que me había quedado sóla, conseguí alejar de mi cualquier interés sano porque la coronilla desatornillada de mis hombros consentía distanciar cualquier buena intención. Era de esas que proclamaba el amor eterno como absoluta verdad frente al paso del tiempo, atribuyéndoselo a cualquier vínculo emocional y respetuoso con el poder de modificarme internamente. 

Pero el amor, aunque pueda llegar a ser inmutable a veces sí cae víctima del peso del tiempo y se transforma en recuerdos ácidos, incomprensión, y en el mejor de los casos: en olvido. 

Aunque nunca he sido de las personas que piensan que los años curan las heridas a consecuencia de la pérdida en la nitidez de los momentos y las personas, sé de antemano que me codeo de muchos seres que son capaces de soltar relaciones y recuerdos una vez que dejan de registrarlos en su sistema. 

Aquí estoy, sentada y consciente de que el mes pasado pareciera haber tenido el peso de cuatro. Estoy cansada y con algo de malestar pero aquella foto bañada de luz vespertina junto a los cerezos en flor me ha impulsado a escribir algunos pensamientos que he venido reflexionando desde que me di cuenta que el día del amigo no volvió a ser lo mismo luego de romper aquel retrato.

Amigos, la familia que nos permitimos escoger. 

Me considero un ser humano dentro de todos los matices practicados, bastante afortunado. Aún con mis limitaciones y errores vinculares, admito que a lo largo de mi vida he tenido la fortuna de coincidir con gente maravillosa que ha permanecido o abandonado, según su criterio, la diversidad de mis versiones. Que me nutren y que me enseñan a potenciar el complicado carácter que se me adelanta. Quise escribir algo relacionado con la amistad porque sigo encontrándome con quienes aseveran que si un vínculo fracasó, esa persona jamás tuvo el interés genuino de quererte y aceptarte. 

Cierro los ojos lentamente y vuelvo a tener catorce años mal llevados. Estoy caminando por los pasillos de la escuela y siento que todos me miran, que todos cuchichean acerca de mi rareza y mi fealdad. Una luz titila y entonces una chica muy bajita y otra más grandota tratan de iniciar una conversación conmigo. Por experiencias previas quería evitar el miedo al rechazo, quería que me aceptaran aunque fuese sólo por un rato. Les mostré mis dibujos, les compartí mi MP3, les comenté que me gustaba leer y que a veces cantaba. En esa oportunidad no tuve que esforzarme como imaginé al principio porque, aparentemente, era un ser interesante dentro de mi silencio. 

Esas adolescentes de humor por momentos rancios y de autenticidad plena me tomaron de la mano y me dieron por primera vez en años un lugar al cual pertenecer. Me querían por quien era y luego de que las cosas dejaron de funcionar entre nosotras, nos alejamos por la misma razón. Algunas demoraron más tiempo que otras pero nuestras creencias y anhelos terminaron por separarnos. La vida se compone de una serie de momentos vastos que acumulan instantes definitorios: nunca faltó su voz apoyando mi talento, no volví a tener un cumpleaños olvidable desde que se unieron a mi vida. 

Les amaba y a veces me carcome un poco la culpa pues creo que no siempre supe expresarlo como lo esperaban de mí, pero les amé profundamente hasta la última complicidad compartida. Aún hoy, muchas de sus oraciones me acompañan en cada paso, haberme querido en una etapa tan solitaria y complicada como fue mi adolescencia no es un mérito que pueda atribuirse a mucha gente. 

También admito que por momentos acumule mucho odio, odio por las acciones que tomaron y que me afectaron directamente sin previo aviso, por la forma en cómo tomaron distancia de algunas situaciones que tuve que atravesar, porque, al igual que yo muchas veces, se acunaron bajo la excusa de la ignorancia antes de querer caminar con mis zapatos puestos. 

Los verdaderos amigos te apuñalan de frente

Oscar Wilde

No declaro aquel odio como una palabra suelta, es odio auténtico e intenso de ese que te hace subir el frío por la tráquea mientras te revuelve el estómago. Ese odio que emite deseos de destrucción contra la otra persona, el odio que revuelve el mar y acelera los autos, esa percepción letal que nos aleja de nuestra pasividad. No podemos dar lo que no tenemos dentro.  

Tuve que desarrollar una empatía superior a la que practicaba e internalizar que la mayoría de nosotros hacemos en determinados momentos lo que podemos con lo que tenemos. Ellas sobrellevaron mi colapso hasta que no pudieron y no quisieron hacerlo más, hasta que se convencieron a sí mismas de que mi cuadro clínico era la interpretación de un guión teatral o un mal número televisivo. Mi conducta frenética y obsesiva les hicieron concluir que no tenía disposición alguna de cambiar, que estaba loca y que me gustaba estarlo. 

Y así se fueron dejándome a la deriva sin nada, ni nadie. Se fueron  llevando a otros consigo, los que decidieron pensar y creer lo mismo; por ego o por ignorancia. Quizás ninguno deseaba volver a ser herido, tal vez el miedo de perder lo conocido fue superior a la fuerza de su cariño. Por eso pude perdonar y perdonarme todo lo que pasó hace ya tres años. La redención no implica conciliar con el que nos lastimó sino con el daño en sí, somos humanos, tenemos cosas buenas y otras que no lo son tanto.

Tuve que aprender a convivir con el peso de la sombra del cataclismo causado, y a cambio, abandonar el papel de villana y de destructora para darle lugar al mal momento y trascenderlo. Fue horrible y el daño fue perpetrado de lado y lado pero no deseo seguir viviendo en aquella época en donde a todos nos dominó la oscuridad, en mayor o menor grado. Quizás revivirlo textualmente esté mal, pero ahora que puedo describirlo creo que he llegado finalmente a comprenderlo del todo. 

No cuestiono su amistad, ni pongo en duda su afecto mientras fue palpable y armonioso, simplemente no todos nuestros vínculos pueden trascender más allá del apoyo y la camaradería, no todos sobreviven a la falta de intereses en común. Siempre pensé que yo había sido la responsable de aniquilar nuestra amistad, eso era antes de poder posicionarme en un lugar intermedio balanceando las partes. 

Les agradezco los años de bancarme y apoyarme aún sin conocer todas mis oscuridades y hoy también agradezco que todo haya terminado. 

Pero así como hay personas que permanecen diez años antes de marchar, hay otras que se van antes y cuando menos te lo esperas reaparecen demostrando que cuando somos honestos y amamos abiertamente, nos conectamos desde la esencia, y esa es quizás una de las pocas cosas que el tiempo no consigue alterar tan fácilmente. 

El día que Alfonso se fue, no se despidió. Yo estaba enviando un mensaje desde mi celular robándome el WIFI de la universidad cuando en su contestación colocó un texto similar a “Perdóname Ura, estoy en Colombia”. Recuerdo haber corrido al taller de pintura con el aliento entrecortado y desde mi cubículo escribirle a él, que estaba en el piso superior, que no podía respirar. Cuando llegó hasta mi lugar de trabajo luego de correr a mucha velocidad, me abrazó y me dejó llorar sueltamente sobre su remera blanca. Algo se había roto dentro de mí y no sabía cómo repararlo, o eso era lo que sentía. 

Me tomó aproximadamente un mes volver a escribirle a Al sólo para decirle que no le había perdonado irse de esa forma pero que aún así me seguía importando y que quería que tuviese presente que lo seguía apoyando sin importar la distancia, que no había dejado de quererle. Luego de unos meses de comunicación fluida, fotografías y anécdotas, la vida lo trajo hasta la ciudad de Buenos Aires y entonces, por circunstancias ajenas, nuestra comunicación cesó. Entendí por esos días que aquello era lo mejor para ambos y, en lo que consideré un acto valioso, le solté sin volver siquiera a hacer preguntas.

Al y Ura VS Apocalipsis zombie / Dibujo 2012 – Ura Urdaneta

Al fue la primera persona importante de mi vida que se marchó del país antes de que la verdadera crisis migratoria nos alcanzara, también fue uno de los primeros amigos que hice al iniciar la universidad. 

Cuando llegué a Argentina solía desear encontrarlo por casualidad caminando por la calle bajo la escasa luz del sol. Me había prometido mirarlo a los ojos y declamar, cual película improvisada, que era un idiota egoista e inmaduro que se fue sin decir adios y quizás podría añadir pisarle un pie o puñetearle el estómago estoicaménte. Mi escenita barata nunca se desarrolló, yo en cambio caí en mi abismo, sorteé oscuridades y dos años después, en plena pandemia de Covid-19 decidí enviarle un mensaje por su cumpleaños preguntándole si estaba bien, mensaje que nunca leyó. 

Arrancando este año, retomamos la conversación por un comentario azaroso y ahora permanecemos, casi siete meses después, compartiendo como si no hubiésemos estado distanciados todos esos años. 

Nos reímos y burlamos de las circunstancias que nos separaron, conocemos nuevos sitios, sacamos canciones y grabamos nuestras propias versiones, nos bancamos en los momentos de mierda y yo todavía no comprendo como hay personas que no les dicen a sus amigos que los aman. Porque la vida son un montón de circunstancias que transcurren mientras tratamos de entender lo que estamos haciendo acá pero considero que todo fluye de manera más sencilla si mantienes de tu lado a las personas correctas. 

Creo que Al sólo pudo volver a mi vida una vez que yo pude superar todas las travesías destructivas en la que me encontraba sumergida y a su vez, él sólo pudo reencontrarme cuando entendió muchas otras cosas de sí mismo. A veces el camino se bifurca sólo para encontrarnos en el mismo punto tiempo después, tiempo en el que somos versiones potenciadas de nosotros mismos. 

Trato de pensar de esta forma cuando evoco a ese otro: él, mi amigo, de pie frente a los jardines con las flores rosa cayendo a su alrededor y sosteniendo el halo de misterio mientras transita el puente sobre el lago lleno de peces koi, uno de esos días invernales hace tres años, días bastante similares a los de hoy. 

En el dos mil once, cuando la comunicación la establecíamos a través del messenger, nuestros pasatiempos nocturnos se basaban en compartir tazas de té en la distancia mientras conversábamos jugando juegos de preguntas que alternábamos con música y secretos, todo siempre iba a depender del día y de nuestra intensidad. “Estoy asomada en tu ventana con una galleta en la mano”. Otras tantas me gustaba avisarle cuando estaba escribiendo, sólo para sentirme orgullosa de ello. Nunca me leyó en ese tiempo, yo nunca quise que lo hiciera.  

Siempre me gustó hablar, incluso cuando me sentía rechazada o desplazada, me hacía feliz poder compartirle lo que sabía y aprender de él todo lo que podía. Éramos una amistad retroalimentada por informaciones y curiosidades que sólo un par de géminis sobre pensantes podrían comprender. Eran los primeros tropiezos de la carrera y la inconsistencia de nuestro carácter, era cada idea flotante que nos hacía sonreír mientras abandonábamos la adolescencia y nos convertíamos en adultos. 

Los años en los que dejé de ser una niña malcriada para convertirme en una mujer, en una artista convencida de su hacer.  El tiempo comenzó a marchar distinto luego de descubrir el silencio de su calma, y mis ganas de ser francamente buena en mi profesión pero también en mi vida, el deseo de ser siempre mejor me alcanzó por completo. 

Por eso su imagen se mantiene y considero que se mantendrá junto a tantas otras en el jardín de los seres amados y retirados de mi vida, las flores que caen de los arbustos y dejo secar dentro de mis libros como firme recordatorio de que antes hubo vida en su perfume extinto, esencia que aún hoy retorna para recordarme tantas valías necesarias para avanzar aún en terrenos baldíos. 

Quizás consiga olvidar a quienes alguna vez, queriéndolo o sin querer, me lastimaron pero no quisiera dejar marchar las veces que me amaron porque el amor es, a su vez, el recordatorio palpable de una buena estancia en vida.  Espero que ellos conserven también algo de mi cariño, creo que ese es mi deseo más ingenuo y egoísta: habitar incluso después de marchar. Nadie es reemplazable cuando pertenece a un corazón honesto y todos llegamos a los otros por una razón; a veces un ratico y otras por mucho pero mucho más tiempo del que podemos imaginar. El que un vínculo finalice no es el equivalente a que no haya existido, esa es la voz de nuestro rencor susurrando.  

No te confundas no existe el rencor, son espasmos después del adiós

Gustavo Cerati

Al final todos estamos en este mundo tratando de encontrar nuestro propio sendero, que bonito es el día que abriendo los ojos asumes que no es necesario recorrerlo solo y que todo se trata de dar lo mejor que tenemos en cada momento de nuestra existencia. 

Leitmotiv 2017/2018 – Archivo recuperado

Esta es por y para mis amigos: A los que estuvieron y a los que permanecen. Como diría el gran Gustavo Cerati: “Gracias totales”. 

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar