Admiro a la gente que vive sin problemas, que mira el mundo con despreocupación. A diferencia de ellos, yo sufro más de la cuenta
Kurt Cobain
Que los años hayan pasado no me distancia de dos sensaciones mágicas, aquellas que me producen algunas secuencias melódicas frente al acontecimiento de sentirse enamorado. La primera es la Melodía de la ópera de Orfeo y Eurídice, con el piano transportandome al más dulce de los lugares arbolados y cálidos, con la magía de la ingenuidad juvenil en el espiritu; la segunda es Amor Amarillo de Gustavo Cerati, porque brillar y contagíar la luz que irradias es creo que la forma más hermosa de entregarnos al ser amado, cruzando cielos y surcando mares, el amor verdadero nos hace crecer desde dentro. Ahora que comprendo que yo también soy amarilla, ya no temo destellar cuando voy andando.
Me ha tocado habitar el silencio por más tiempo del que tenía pensado en un inicio. Hay momentos en los que nuestros pilares más inesperados se derrumban desde alturas similares a las de un edificio en una ciudad tan indolente como cualquier metrópolis de esas que vanaglorian el ruido, por ello debemos aprender a parar, por eso nos toca comenzar a asimilar que aunque nuestras preguntas cambien, nuestra esencia prevalece si nos atrevemos a vivir según el dictamen de nuestra convicción. Ya no soy la pequeña nena blanca o la jovencita frágil y venática de principios de la década pasada pero permanezco con el traje de mujer mutable, amable, valiente, necia y curiosa de toda la vida.
La humanidad es un estado frágil.
Tenía veintiuno cuando comencé a compartir mi existencia en pareja. Llevaba varios años estando enamorada pero desconocía las implicaciones que desataría en mi vida convivir y compartir mi mundo junto a otra persona. Durante casi cuatro años atravesé y experimenté emociones que me fueron haciendo crecer y comprender la forma en cómo había aprendido a relacionarme con el mundo, maneras que hoy reconozco como incorrectas al momento de vincularme con los demás.
No siempre me sentí feliz, no siempre me sentí amada de la forma que esperaba, no fuimos el retrato del ideal pero siempre fue el lugar en donde más me sentí comprendida esos años, el espacio habitable y cariñoso que no tenía juicios sin importar la dimensión de mis demonios. Cuando me maquina mucho la cabeza suelo preguntarme si aquello era amor o compasión, pero dejo que las memorias y el corazón me recuerden lo verdaderamente importante: permanecer aún en la adversidad. He estado sonriendo con los ojos cerrados recreando los pasajes de aquella vida, me siento muy afortunada por haber tenido eso, me siento merecedora de esa felicidad.

Hay momentos definitorios dentro de nuestro tránsito por esta realidad y el momento en el que me tocó comenzar a asumirme vulnerable y rota ha sido probablemente uno de los más importantes dentro de esa categoría. Fui criada para ser fuerte, fui “programada” para poder siempre, fui amoldada a un patrón de expectativas del afuera, fui forjada de madera antigua y por tanto, de creencias caducas. No me formaron para amar y menos para dejarme ser amada pero tuve la suerte de aprender eso de quienes la divinidad fue colocando en mi camino. Pude haber sido una mejor versión de la que fui pero sólo conseguí llegar a ello después de superar el límite, mis propios abismos.
El conocimiento habla pero la sabiduría escucha
Jimi Hendrix
Solía ser egoísta y me volví bastante prepotente los últimos años. Mi orgullo era la coraza que colocaba para poder defenderme de lo que no sabía manejar; las emociones más intensas que tenían el de poder acorralarme al borde de un precipicio. Mi familia no es precisamente un entorno que ofrezca contención o responsabilidad afectiva, aprendí a apegarme pero no a amar, tampoco se nos inculcó el valor y cultivo de la amistad con los otros. Por tanto, creía que entendía pero realmente no sabía cómo soltar la ilusión de controlar del entorno en todos los aspectos, entre ellos, el emocional. Saboteé muchas relaciones justamente por eso, por subestimar la capacidad de los demás de comprender la oscuridad y los vacíos que me precedían, por considerar el sufrimiento como algo especial.
A los veinticinco aquella convivencia había terminado y yo había culminado hundida en lo que parecía un pozo de brea en donde las brazadas eran coreografías inútiles que no ayudaban en nada a experimentar siquiera una brisa que me ayudara un poco a respirar. Uní mi vida a otra persona, fue el mecanismo de autodefensa y saboteo más inmediato que encontré; evadirme a través del reflejo de la pareja. Crecí mucho ese año y pude hallar las palabras adecuadas para describir eso que sucedía dentro de mi cabeza: Trastorno, una condición que al día de hoy ya parece ser mayor de edad y que algunos describen como la consecuencia del descuido y el desamor en los primeros años. Mis veintiséis fueron de mucha evolución, crecimiento a través de todo el autocastigo al que me expuse por permitirme pensar que mis tiempos habían culminado y que el único camino a una supuesta felicidad sería dibujar el ideal de una persona que sabía menos que yo que carajos pretendía de la vida.
Me creí detenida y derrotada, me pensé olvidada por mí misma hasta que mis propios pies arrancaron una ruta de la cual no pretendo regresar: encontrarme dentro de este tiempo y conquistar mi libertad frente a mi propio yugo.
Por eso los veintisiete se hicieron luz.
Los recibí con la aspiración de que si en algún momento perdía la vida, al menos podría pertenecer al listado de un club de gente cool, por primera vez en seis años tendría que tomar con ambas manos mi vida y encaminarla sin tener directamente a nadie a mi lado para sustentar todos mis porque y mis para que, sin un pecho cálido en el cual acurrucarme a la hora de dormir. Nunca me sentí más libre y resuelta que estos pasados doce meses en donde le di la vuelta a todo lo que transité desde que emigre de mi país pero tampoco tuve que confiar tanto en mi misma como hasta ese momento, confiar en que mis decisiones no serían equivocaciones y mis pecados no continuarían haciéndome sangrar.
El veinte veinte fue el año de la pandemia, fue y siempre será recordado por someternos justamente a la verdadera realidad: El único tiempo que realmente existe es el aquí y el ahora, el control es una ilusión. Tuve que pasar por cuatro empleos en menos de tres meses, quedarme sin alternativas dentro de un entorno que comenzó a tornarse nocivo para poder mirarme al espejo y decir: Ya basta. Así que me mudé al barrio en el que siempre quise vivir, me llené de deudas, atravesé muchos momentos de frustración y angustia, vendí café en termo por las calles en pleno invierno, conviví con drogas muy de cerca y al final pude llegar al objetivo que tenía: Un laburo estable en un lugar bonito en el cual conocí personas que me han marcado para siempre. Ese fue sólo uno de los muchos logros que me he atribuido hasta ahora, el mayor definitivamente fue creerme nuevamente la verdad: Mi capacidad para sobreponerme al caos y continuar con una sonrisa en la cara, con esperanza al mirar al cielo y la certeza de que todo va a pasar: lo bueno pero lo malo también.
Con el transcurso del tiempo y los ejercicios en terapia, el retorno del yoga y el vegetarianismo, mi salud continuó mejorando y las lagunas amnésicas fueron disminuyendo cada vez más y más. Llegado el momento menos esperado, me di cuenta de que había vuelto a ser la chica de mis fotos y que el temor de vivir se estaba diluyendo junto al peso de la culpa y los “si hubiese hecho esto diferente”. En mi piel con marcas propias del tiempo, con las cicatrices de los cortes, con los nuevos tatuajes, con Ceniza adornando mi brazo izquierdo; sólo quedo yo, entera con mis kilitos demás y mi melena despeinada. No pretendo volver a esconderme ni a avergonzarme: Todo lo que soy es lo que puedes ver y leer.
De esos veintisiete años, al menos dieciséis fueron una batalla reñida en contra de la depresión. Eso lo he ido y continúo vislumbrando en la terapia, como mi juventud ha transcurrido justamente caminando junto a ese fantasma que tanto daño he permitido que me haga por no darle el lugar que corresponde para ser comprendido y sanado. No es una exageración, tampoco una excusa; es reconocer mi sombra para que no pueda volver a someterme ni frente al mundo ni frente a nadie, ni siquiera frente a mí misma.
No quiero volver a herir a las personas que amo y que me aman.
Al ser intelectual se crean un montón de preguntas y ninguna respuesta
Janis Joplin
Soltar no es lo mismo que evadir y aceptar no es el equivalente a justificar. Han sido ocho meses de reconocer y reconocerme, de recordarme cómo fue que aquella chica de veintiún años dijo “Yo puedo”, y colocó toda su energía en un empleo y en una carrera, sacando ambos adelante durante tres años hasta llegar a un diploma y a un cargo importante. Quizás esas experiencias las alcancé muy joven pero son mías, son el recordatorio de que ese “Yo puedo” es porque he sabido exigirme, sólo que de ahora en adelante he decidido hacerlo con mucho más amor y benevolencia, no desde la sobreexigencia de demostrarle a quien sabe quien de lo que soy capaz, no con el empeño de ser “superior a lo bueno” para que me valoren.
Siempre tuve la sensación de que sin importar el esfuerzo que hiciera mi familia jamás reconocería lo que estaba haciendo. Con el tiempo y aún en diálogo con eso, comprendo que su falta de entendimiento nace de su desconocimiento de lo que soy, de lo que quiero, de lo que sueño. Tengo un corazón complicado pero honesto, eso lo sabe mi otra familia: mis amigos, la verdadera contención de todos estos años de lucha frente a mi oscuridad.
Repetirme: La que cambia soy yo, como un mantra para que la “normalidad” no me hiera. Soy la distinta, soy la lejana, soy la del nombre raro, soy la que ha decidido no volver a comer animales, soy la que medita, soy la yoguini, soy la que no cree en la iglesia católica, soy la que cree en los derechos de las minorías y los proclama, soy la que defiende el aborto legal,seguro y gratuito, soy la que reconocer la diferencia entre derechos y privilegios, soy la que se tatua, la que se pircea, la que se fue detrás de un sueño sin garantías. Soy la artista que mandó al carajo todas sus creencias limitantes, soy la que internalizó los procesos psicodramáticos, soy la que abre la mente a poder cambiar sus ideas y mutar percepciones. No tiene caso querer que los demás comprendan lo que la vida me ha hecho aceptar a través de sus enseñanzas, cada uno tiene sus tiempos y cada uno decide cuándo cambiar; la que cambia ahora soy yo.
Soy Urania y he decido dejar de luchar contra eso. Soy lo que soy y siempre seré suficiente para quienes quieran comprender y abrazar mi integridad sin juicios.

La muerte hace ángeles de todos nosotros y nos da alas donde antes teníamos sólo hombros… suaves como garras de cuervo
Jim Morrison
Nadie quiere ver esas cosas, creo que ninguna persona desea que su terapeuta empiece a “sacar los coroticos”, como dice Jhura, para recordarte que eres una adulta que puede defenderse de los pensamientos intrusivos pero que aún quisiera ese abrazo sanador ante el miedo de la incertidumbre, que anhela enteramente poder conectar en una video llamada de intercambios divertidos lejos de los lugares asumidos de victimismos y fatalismos, que daría todo y más por una conexión con su origen. Pasé muchos años invirtiendo energía en el deseo de construir una verdadera familia junto a mi núcleo pero ese no era mi trabajo, quizá por ello no lo conseguí. Atravesar un par de países, perjudicar un vínculo sanador, estar al borde de la muerte, encarnar mi soledad, asumir mi vulnerabilidad, comenzar a perdonar(me) y conocer mi enfermedad hicieron un antes y un después en la persona que soy. No vengo de una familia feliz pero deseo que en algún momento una familia feliz pueda salir de mí.
Amar es el primer paso para poder aceptar las diferencias. Límites sanos, honestidad y entendimiento. Siento curiosidad por una verdadera relación sana con mis progenitores, por eso la sigo buscando, por ello no paro.
Cuando me subí al escalón de los veintiocho y volteé la cabeza para mirar detrás de mí, me sentí orgullosa por primera vez en mucho tiempo de lo que pude alcanzar en un año, de las veces que fui capaz de bajar la cabeza para asumir el error, de cuando pude pedir disculpas luego de equivocarme, de las veces que necesité ayuda y pude buscarla, de cuando comprendí que merezco cosas buenas y bonitas, de reencontrar esos afectos que la divinidad distanció de mí un tiempo para poder crecer. De los límites que construí frente a esas circunstancias y personas que sé, pueden vulnerar mi paz.
Cuando ví mi mesa de cumpleaños llena de obsequios de personas que la vida trajo cuando menos lo esperaba, sentí toda la calidez y el amor que los niños experimentan cuando sus padres los abrazan luego del feliz cumpleños porque, en ese momento ellos saben que ese instante es suyo, que son amados y aunque no son conscientes, entienden que pertenecen a ese lugar y aquello les produce seguridad.
Yo comprendí que el lugar al que pertenezco es a mí misma y nunca jamás me sentí más amada y comprendida que ahora que vivo dentro de mi corazón y me abrazo cuando tengo frío. Soy mi hogar y ahora sé que no hay un tiempo correcto para hallarnos dentro de nosotros mismos, el único momento certero es ahora.
Así que tener veintiocho no es solamente un número, es una nueva oportunidad para seguir descubriendo las capas de mi alma, son los desayunos con mis amigues, son el inicio de nuevas metas por alcanzar, son el aprendizaje de una alimentación y una vida menos especista y más consciente, son un peldaño más de la independencia emocional que tanto deseo, son las vitaminas que requiere mi organismo para funcionar, son las rutas en bicicleta por pedalear, son las fotografías por tomar, son los textos y reflexiones por redactar, son las clases de yoga con la luz del sol colándose por la ventana, son las ganas de seguir avanzando sin permitir que el afuera pueda volver a lastimarme.
Tener veintiocho es un presente, el regalo más hermoso de mi ahora.