Agradecimiento especial a Flor, Alfonso y Gaby, que por cierto completa una vuelta al sol el día de hoy. Gracias por estar y creer, siempre.
¿Quién me lo iba a decir? ¿Quién entonces, iba a decirles a todos ustedes que aparecerían juntos frente a mí, en esta foto? ¿Después de tantas fotos, tantas muertes, tantos viajes? Fue mi primer viaje sola. Menos sola, que ahora. Entonces los tenía a ustedes. Esta es la prueba. Los recuerdo más que a mí misma. De mí ni me acuerdo.
Isaac Chocrón
Justo al lado de mi empleo se encuentra un negocio de chinos, es una casa que hace impresiones fotográficas y vende uno que otro aparato de sonido, además de ponerle baterías a los relojes. Ellos son pequeños de estatura con jorobas en sus espaldas, a veces los escucho por la ventana del baño, a través de ese vacío que nos conecta. He impreso algunas fotografías en su local, también hemos intercambiado sonrisas, trato de ser observadora y empaparme de lo que sucede a mi alrededor. Pienso que para la mayoría de los espectadores ellos son sólo otra pareja de chinos trabajadores como tantas otras parejas de chinos que hay en el mundo, así como yo sólo seré una joven más, otra venezolana que se fue de su tierra víctima de una situación política y social. Para los ojos del mundo sólo representamos un número, una cifra pero para mi ellos controlan de alguna manera el tiempo.
La chica del kiosco veinticinco tenía grandes ojeras y cara de cansancio mientras hacía el inventario y me atendía, debe ser de los andes, lo digo por su acento. Le compré tres alfajores de arroz y dos de chocolate con maní a ver si la tarde transcurría más de prisa. En las horas en las que monto guardia en la puerta y espero a que entren nuevos clientes, me percato de escenas que escribo en mi cabeza para no olvidar, como la del chico y la chica que aguardan a que aparezca el bondi y se paran el uno cerquita del otro mientras él le acaricia los cabellos cortos que ella lleva atados en una coleta improvisada. Los observo con frecuencia a través de la vidriera, utilizan uniforme gris. La otra tarde, dos chinos más jóvenes fueron a buscar a mis vecinos y mientras esperaban afuera se reían, se hacían cosquillas y cuándo se descuidaba, él le agarraba las nalgas a ella. Nunca vi asiáticos jugando de esa forma, tampoco les había visto besarse en plena calle, parecían felices y yo me sentí algo voyerista por meter el ojo en donde no me llaman, algo prejuiciosa también.
Y es que no puedo evitar mirar y preguntarme cosas. Todos los días algo me sorprende, cada hora tiene sus porqué y nada de lo que sucede me parece irrelevante, nada. He recordado sus ojos cuándo con ambas manos se tomaba la cabeza y parte de la cara sólo para decir que estaba harto de que aquello no parara, y aquello no era otra cosa que su cerebro. «Es como si no pudiese apagarlo, me agota» Siempre tuvo problemas para conciliar el sueño pero por esos días a mi aquello no me pasaba, no como ahora. Siento como si antes de conocer el abismo jamás hubiese estado sobria, como si mi vida hubiese transcurrido estando yo dormida. Ahora todo va deprisa y la carrera de atajar ideas es abrumadora.
No puedo decirle esto a todo el mundo, no lo entenderían. La otra noche fui a cenar con una de mis hermanas y su esposo y terminé por sentirme un personaje de Sex and the city. Hablamos de la vida, de las relaciones, de su matrimonio y por supuesto debatimos aquella creencia del complemento, de que estamos destinados a un amor y a una relación monógama, que los amigos no nos complementan como una pareja. Yo me reí, tomé vino, les recordé que los amo y fui bien explícita en dejar claro que respeto pero no comparto ninguna de esas ideas. Y así es como por otro mes consecutivo sigo ferviente en la causa de que si esperas que alguien venga a salvarte de ti mismo todo irá absolutamente mal. No tengo urgencia de una relación, cuento con mucho puro y sincero amor de quienes rodean mi vida.
«Sé de sobra que tú no eres mi otra mitad y que yo tampoco soy ni seré la tuya. Es algo más profundo que eso, eres mi pedacito. Mi vida ya funcionaba y estaba andando sin ti pero llegaste y la completaste, sino estás siento que algo me falta.»
Quizá todavía crea en eso, todas las personas que me importan tienen un pedacito de lo que soy, me edifican como ser humano. Es por ello que sigo apostando a la magia tropezandome con seres extraordinarios que siempre tienen algo nuevo para enseñarme. Así fue cómo Gaby se decidió a leerme el tarot porque es algo que ella ama y que desde su sabiduría adquirida con los años le ha funcionado como herramienta para sanar, comprender y seguir adelante. Conectamos de inmediato al conocernos y nos bastaron pocos días para amigarnos, es un rayito de sol con cabellos colorados.
Esa noche compartimos una pizza y un par de cervezas, luego vino a casa y comenzó a platicarme de su vida esperando que yo hablara un poco de la mía. «Gaby yo, yo amaba demasiado mi trabajo», mientras le narraba mi labor, mis aciertos y tropiezos cayó espontáneamente una carta sobre su mantita.
«Te tiraron desde muy alto ¿No es cierto amiga?»
La miré antes de mirar el dibujo. No dije nada. Ella removió todo y despejó las cartas del mazo que yo escogí. De nuevo esa imagen, de nuevo la ascensión y la caída
«Amiga, esta carta es la torre. Es la carta más fuerte y oscura del tarot»
Y yo que no entendía nada lo sentí todo. Fue cómo verme caer al vacío desde mi oficina en piso seis, como perder el norte trazado por mi Ávila, fue volver a sentirme cobijada e inutilizada por la penumbra, fue observarme nuevamente derrotada por la oscuridad. Ella fue versando carta por carta cómo sobreviví estos años a mi peor enemigo: yo.

«Haz hecho todo para alzarte, lo puedo ver, cómo lo das todo cada día por sanar pero es momento de enfocarte en el suspiro de alivio que necesita tu corazón, el descanso que anhela tu cuerpo y el bálsamo de amor que necesita tu alma. Te caíste pero después de todo lo que has vivido ¿creés que te fuiste de cabeza? No, tú caíste de pie»
Y ahí estábamos, con ella pidiéndome que asumiera que sigo guardando un grado de autoexigencia peligroso incluso para mi bienestar. Mi miedo, el temor de comenzar a subir porque caer desde tan alto ha sido lo peor y más violento que me ha tocado transitar en la vida. Basta del autocastigo, ya había estado, ya me había dejado vulnerar, ya había apagado el brillo demasiado rato, tenía que soltar ese qué dirán, dejar de luchar con el tiempo y comenzar a aceptar mis emociones y mis ritmos, por mí y para mí.
«Ura no puedes tapar el sol con un dedo. Estás aquí para iluminar, no temas eso»
Nada es aislado. Esa noche hablamos mucho y revelamos más cosas pero lo principal fue retomar mi camino a sabiendas de que lo peor ya pasó y que las cosas que me aguardan ahora requieren de mi corazón resiliente que sabe que estuve en esa torre pero que ya no habito en ella. Cuando Gaby se fue yo quedé tirada sobre mi cama sin saber cómo dormir luego de tanta información.
Fue también por esas fechas que mi hermosa Flor participó en un concurso de teatro allá en Tierra del Fuego, donde vive ahora, con un monólogo que título «El exilio de Nora» . Hablando de irse lejos de casa, de extrañar el origen, de cómo nos llevamos lo que fuimos a cada nuevo lugar en el que residimos, de cómo podemos sentirnos absolutamente fuera de contexto aunque llevemos años compartiendo una cultura distinta. Ella hablaba del desarraigo mucho antes de partir, se asemejaba a una vidente cuando envolvía el escenario. Su trabajo es una demostración de cómo convertimos el dolor en algo sublime cuando lo aceptamos con amor.
Verla, sentirla y escucharla me transportó a esa habitación en Villa Crespo cuándo creía que había salido de casa por el motivo incorrecto, cuando soñaba con la fantasía de volver a hallar la montaña frente a mí porque sus laderas eran el único rumbo que realmente conocía. Mis noches de llanto, de autocrítica, de odio acumulado contra mí; a todo el daño que me hice a través de los demás.
¿Sabes cuál es el mayor exilio? No es dejar un país o un paisaje, no es dejar un himno o una bandera, no es abandonar un acento o una cultura; es dejar a alguien sosteniendo un saludo como si te reclamara un por qué que nunca vas a poder responder.
Aristides Vargas
Esa fue mi verdadera torre. No sabía cómo abordar el vacío que se acrecentaba en mi interior, amaba con todas mis partes y quería lograr generar algo en las personas que les permitiera hacerse cargo de su dolor aunque yo tuviese años evadiendo el mío. Mi torre la hice yo, fue construida ladrillo por ladrillo bajo la expectativa de tener mi vida bajo absoluto control: me estaba convirtiendo en una profesional, en una figura de respeto, en una mujercita hermosa. Me puse arriba para vigilar ampliamente quiénes podían acercarse y quiénes no, pero no fui atacada desde fuera sino que fue el cemento el que claudicó, así cómo la estúpida idea de dominar todo a mi alrededor. Llegué al suelo e incluso muy por debajo de él, se fue el astro y también el satélite, estuve en un lugar en el que no deseo que nadie nunca esté y al que puedo acceder esporádicamente cuando las cosas se me van de las manos.
Para mí el exilio es un problema de abrazos. Cuando niña abrazaba a mi perro, entonces mis padres se enfadaban y me exiliaban en mi cuarto; en mi adolescencia abracé a un chico y él me exilió en la soledad; luego, de grande, abracé ideas y me exiliaron de ese país, sin contar las veces que fui castigada cuando intenté abrazar la religión, ahora por las dudas yo no abrazo a nadie.
Aristides Vargas
Me cuesta abrazar, esto es real. Paso bastante tiempo a solas y en silencio, lo disfruto y me gusta pero tengo que luchar para no aislarme. Hay abrazos que extraño, a veces imagino que hablo con esos afectos perdidos e invento lo que contestarían, hasta les escucho reír. Fui exiliada de la vida de algunas personas luego de las llamas y el derrumbamiento pero suelen venir a mí tal y como lo hace mi país, como un recuerdo que huele a hierba, de calles empinadas y reuniones espontáneas. Me cuesta abrazar pero ahora en cambio lo hago más intenso, abrazo porque no sé si será esa la última oportunidad de que sepan que me importan, que los amo, que soy afortunada de tenerles en mi vida.
Porque ya la torre cayó y lo que sobrevivió de mí es lo que tengo el día de hoy. Estoy despierta y siento todo, el frío, la noche, la ira y también la bondad de quienes me habitan ahora. Muchos vinieron a quitar esas piedras que tenía encima, perdonaron mi tiranía y confiaron en volver a verme de pie. Pienso en eso por las tardes, cuándo vacío el bidón del aire acondicionado al borde de la acera y veo caminar a los vendedores de comida venezolana o al señor de la florería con sus nardos y claveles, a cada comerciante de la avenida que ve pasar tantas vidas a veces sin realmente detenerse a mirar. Quizás seamos números pero somos cifras valiosas, somos parte de un todo.