Jhura y yo nos hemos estado riendo de comedias terribles y thrillers de contenido cuestionable, del romanticismo tóxico. Antes de eso, hablabamos del día de la cornisa del edificio, me dijo que la llamé y le dije que iba a saltar, incluso que me mandó a aventarme mientras trataba de remediar por otro lado. Me narró aquello como me ha rememorado tantas otras cosas antes, cosas que han sido borradas de mi memoria y que no he podido recuperar. Y así también me recordó el día que medio histérica y medio decepcionada me llamó para contarme de «aquel incidente». Ella sabía que no lo recordaría después pues mis ojos se iban y mi cara estaba torcida: «Él estaba ahí contigo, también escuchó mi show».
Tengo un par de cicatrices en la mano izquierda, en los dedos. Son pequeñas pero significan mucho: una me la hice cuando previo a su viaje, decidí fabricarle un par de libretas artesanales en las que pudiese anotar pensamientos, cuadernos que evitasen que me olvidara. Esa está sobre uno de los huesitos del dedo pulgar, fue la cuchilla quien me rasgó y al derramar sangre sobre las hojas y sintiéndome torpe hasta más no poder, decidí dejar un mensaje con una carita sonriente como si aquello no me hubiese producido dolor. La otra reposa sobre la segunda falange de mi índice consecuencia de haber dejado el dedo entre la puerta y el marco un día que cerrábamos el negocio en San Telmo, mi primer empleo como inmigrante. Me ayudó a curar la herida y a medida que fue evolucionando sólo quedó esa huella blancuzca casi imperceptible.
Quiero dejarlo por escrito, quiero hacer una declaración libertaria el día de hoy. Quiero revocarle el poder de pensar o de creerse con la potestad de asegurar que me volví loca por su causa, por su amor, por su rechazo. Nunca me sentí con tanta necesidad de aclararlo frente al mundo como ahora: yo no me perdí por él, no fue el motivo que me internó en un psiquiátrico ni tampoco el que me hizo querer saltar del edificio. Se equivoca, no fue él. No, no y no, era el infierno que llevaba por dentro y en el que permanecí sumida durante tantos años hecha trizas y pedazos lo que me arrastró hasta el fondo. Basta de regodearse sobre la falsa idea de ser el centro de mi vida. Fue todo y le quise como a nadie, pero ni siquiera eso fue suficiente para darme ganas de vivir y esa es la prueba de que no le debo mi locura, ella siempre estuvo dentro de mi.
Te revoco ese poder asumido y el valor agregado. No fue por ti, yo siempre fui y sigo siendo intensa y puedo llegar a ser verdaderamente insensata cuando me pondera la reactividad.

Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo
Y eso en verdad no es nada extraordinario
Vos lo sabés tan objetivamente como yo
Sin embargo hay algo que quisiera aclararte
He cruzado varias ideas flotantes dentro de las diez horas de laburo diario y las he dejado reposar sobre hojas de papel imaginario, o quizás sean hojitas de aquel verde opaco, de la cantidad de eucalipto plantado en la montaña que puede visualizarse a plenitud desde Galipán, desde cualquier lugar del Ávila. No, no hay un koala trepando con ganas de comérlo pero suena como una buena imagen onírica, algo que podría haber dibujado cuando cursaba la universidad.
El pasado ha irrumpido sin permiso cual visita familiar, ha estado tocando a mi puerta con demasiada insistencia. Siete años, como el salto de la nueva temporada de Riverdale. He tomado mi cápsula para aventurarme en el tiempo y visualizar a la carajita de aquel entonces: reaprendiendo a mover las piernas para desplazarse, gritando por Alemania en el mundial de fútbol en Sudáfrica, sentada con su madre a mitad del living de una clínica Caraqueña mientras escucha a un pianista dibujando acordes en el viento que convirtieron el aire en materia colorida. Lo he recordado: aunque fueron días de mucha amargura, estar tan cerca de mamá me hizo sentir una niña dichosa. Pienso que quizá fue la primera vez que la sentí tan parte de mi vida, que aunque tuve que cuidarle, fue su misma vulnerabilidad la que le permitió conocerme realmente con amor y menos juicio, desde otro lugar, desde otro entendimiento. Por vez primera me sentí parte de algo dentro de mi pequeña familia.
Y así como me sumerjo en esa historia ancestral tan complicada, me encuentro cantando para no divagar, evitando la escuela de arte por temor a fallar, negada a trasmitir a mi círculo cercano el temor de que mi juventud me fuese arrebatada de las manos y la vida conocida terminara para siempre. Tuve que aprender a ser responsable de otra forma, a ser una adulta con seriedad. Fue como crecer de un jalón y congelar una parte de mi corazón resguardado lejos de los afectos. Y así como eso vuelve, también lo hacen algunas personas que quise, que amé y que mis acciones distanciaron.
Cuando digo todas las parcelas
No me refiero solo a esto de ahora
A esto de esperarte y aleluya encontrarte
Y carajo perderte
Y volverte a encontrar
Y ojalá nada más
Un koala trepando cerca de las ramas del eucalipto me había mirado fijamente y yo continuaba pensando que mi corazón no podría amar a nadie más. Siete años después viendo las cosas desde otra perspectiva, me río de esa nena infantil que creía entender demasiadas cosas dentro de aquella cabecita multicolor. Estaba ahí sentada en un teatro coqueteando queriendo y sin querer, comiendo pizza en Altamira o hablando mientras entraba al cine a ver volar un dragón, compartiendo las frases de un libro y sonriendo plenamente por las calles de Las Mercedes. Era feliz y estaba amando sin saberlo porque le tomó muchos años comprender que el amor no se tinta de un sólo pigmento, por ello fue egoísta y terminó tomando decisiones definitivas que lastimaron, que hirieron. Y esas memorias estaban archivadas en uno de esos recovecos lastimados de mi mente. No quería traerlo hasta aquí, pero hacerlo me devolvió una paz que ignoraba necesitar. Lastimé grandes amores por perseguir la creencia de que mi orgullo me protegería del afuera, afortunadamente la vida se encargó de demostrarme que no.
He pasado bastante tiempo frente al espejo estos días, como buscando alguna similitud entre la muchacha de entonces y la mujer de ahora. Me burlo de mi misma, les digo que llevo el cabello largo y natural porque me rehabilité, que no me hace falta tanta chachara para adornar. Me veo en fotos y pienso lo mal que aproveché esa época en la que me veía tan bonita simplemente por no sentirlo, para entonces la imagen reflejada era bastante ambigua. Y hoy que ya es febrero del año dos mil veintiuno y que mis contemporáneos están formando familias y tomando decisiones trascendentales, me observo y pienso en todas las marcas que me surcan, en el sobrepeso, las varices y las arrugas, en los anteojos fijos porque no distingo a la distancia; y realmente siento que me quiero aunque ya no sea tan joven y potencialmente linda, me respeto porque la mayor parte del tiempo creo saber quien soy y la dirección en la que voy, lo que quiero y lo que no.

Como ves es más grave
Muchísimo más grave
Porque con estas y con otras palabras
Quiero decir que no sos tan solo
La querida muchacha que sos
Sino también las espléndidas o cautelosas mujeres
Que quise o quiero
Y he terminado por comprender algo sumamente valioso. Estos chicos, ahora hombres, que he amado de tantas formas distintas en los últimos diez años y que han permanecido o retornado a mi vida de una u otra forma me han dado la oportunidad de poder bajar la cabeza y con humildad aceptar que, puedo dañar a otros cuando huyo en lugar de asumir la responsabilidad afectiva y lo valioso que es poder disculparse tanto para el que hiere como para el que es herido sin importar el tiempo; que aunque esas versiones de mí misma me causen jaqueca y lleguen a producirme cierto desdén, ellos desde su valoración transformaron mi ser en una mejor versión. Y si, se atrevieron a querer mi desastre y sostenerlo entre sus brazos desde la hermandad, la amistad o el romance, me enseñaron que si podía aspirar a ser esa persona especial en el corazón de otra. Me amaron y algunos todavía me aman, no sé porque hasta ahora no me había dado cuenta de ello.
Ahora sí que el koala se ha sentado a morfar sus delicias, quizás es ahí a donde pertenecen mis textos, al estómago de un marsupial que trepado en las alturas de un árbol consigue tener una visión más amplia y panorámica del ancho mundo. Quizá pueda ver mejor de lejos y comprenderlo todo o tal vez está mirándome a mí hace un par de años admirando el mar desde la montaña y sosteniendo mi vida entre mis manos.
Porque gracias a vos he descubierto
(Dirás que ya era hora y con razón)
Que el amor es una bahía linda y generosa
Que se ilumina y se oscurece
Según venga la vida
Una bahía donde los barcos llegan y se van
Llegan con pájaros y augurios
Y se van con sirenas y nubarrones
Una bahía linda y generosa
Donde los barcos llegan y se van
Y es que el amor es un ejercicio que nunca me arrepentiré de practicar. Aún cuando hoy mis creencias se hayan modificado y esté bastante negada a la idea del romance, el amor es la fuerza que transforma el espíritu y fortalece el alma. He amado, mucho y muy profundamente, seguiré amando y agradeciendo estos sentimientos lejanos que vienen hasta mi ventana para recordarme que soy mucho más que las fallas que pude tener, también soy esa versión de mí que te abraza, te besa y te obsequia un libro, te cocina un pastel, te sonríe de madrugada, te canta bajito, te hace libretas, te regala dibujos, te dice que te ama y a mitad de su torpeza toma tú mano con cariño. Soy esa que procura cumplir sus promesas y que está aprendiendo a ser flexible frente a su autoexigencia. Soy una mujer con el corazón de una niña que ama enteramente, que ama amarillo. Así soy yo.
Pero vos
Por favor
No te vayas
Mucho más grave – Mario Benedetti