La libertad no se negocia

Don’t be that way

Fall apart twice a day

I just wish you could feel what you say

Show, never tell

But I know you too well

Kind of mood that you wish you could sell

Idontwannabeyouanymore – Billie Eilish

La parte más difícil del proceso de curación fue aprender a lidiar con las lagunas de amnesia,nadie sabía darme razón del porqué no podía rememorar épocas pasadas con la nitidez deseada. Estuve atrapada mucho tiempo en las memorias de los últimos dos años y, al solo poder recordar la peor parte de mi accionar y sus consecuencias, distorsioné de múltiples formas el concepto que tenía de mí, de mis relaciones con algunas personas y el porqué de mi enfermedad. 

Recordar fue aún más difícil. Una figura diáfana con una voz que se perdía como un sonido rebotando dentro de una húmeda caverna, sin rostro, sin forma. Sabía que había dejado un agujero dentro de mí y aún con todo lo vivido no podía visualizar su rostro o sus palabras, lo que quedaba era dolor, el sufrimiento por no entender lo que pasaba con mi cuerpo y mi cabeza. Yo pensaba en un inicio que si aquello era amarillo en definitiva Gus debía de ser azul, como la bondad e inmensidad del cielo. Más tarde comprendí que en realidad era más semejante al mar, perfecto y cálido en calma y terriblemente irascible cuando los vientos soplan con mucha fuerza y las corrientes se agilizan con los cambios de estación. 

Una vez uno de mis amados amigos me murmuró con absoluta seguridad que sólo podíamos ser felices cuando no nos estábamos preguntando si lo eramos en realidad. El año pasado este pensamiento cruzó trotando en mi cabeza muchas pero muchas veces. 

Creo que nuestra memoria se manifiesta de diversa forma en función de la persona o el momento que buscamos reconstruir. Cuando pienso en Gustavo inmediatamente mi vehículo para rememorar sus formas es el olfato. Puedo sentir el olor de su perfume dulce y envolvente semejante a la madera, de aquella casa, el aroma de sus sábanas, de su ropa y del humo de los cigarrillos con sabor a uva. Siento sus brazos y su pecho refugiándome para dormir, el calor de su piel bronceada. Esas imágenes tienen mucha más fuerza que su rostro, sus pensamientos o su voz. 

Soy perfectamente consciente de que, al menos en un primer momento, no fui una buena pareja. No estaba dentro de mí la capacidad de poder formar equipo con nadie, de ser empática puesto que no comprendía ni siquiera mis propios sentimientos por lo que actúe en muchas oportunidades desde el egoísmo y la deslealtad aspirando al fracaso, a la pérdida de cualquier realidad ensamblada. No me interesaba sostener nada ni  siquiera utilizando la fuerza de un solo brazo. Era un saco de huesos y grasa, desbordada y al mismo tiempo vacía, cuyo actuar devenía casi siempre en puro caos. 

Basada en esto, asumo la responsabilidad completa de haber normalizado y aceptado ciertas acciones y tratos que no debían ser, ni siquiera bajo la premisa de «resguardar mi integridad protegiéndome de mí misma». Por un buen tiempo sólo tuve privacidad en los pensamientos que guardaba dentro de mi cabeza pues el acceso a mi teléfono y cuentas de redes sociales lo había otorgado sin objeción. Era la revisión deliberada de mis conversaciones con amigos, la lectura de mis reflexiones personales escritas en mis libretas, la eliminación de imágenes de mis carpetas, el hurto de mis cartas remitidas desde el correo electrónico. Tuve muchos episodios maníacos a raíz de esta situación pues siempre hallaba algún elemento que le perjudicase y que me motivara a pedir perdón, a prometer que aquello no volvería a suceder. Mi inseguridad me había convencido de no merecer amor de ninguna dirección y por lo tanto, creía que debía de cultivar aquella nueva oportunidad de florecer aún a costa de mi propia autoestima.

Recién ahora puedo admitir en voz alta, aún con mucha vergüenza, que evité hablar con allegados o escribir algunas ideas por temor a que fuesen leídas y que las mismas generaran discordia. La decisión fue mía, yo quise quedarme ahí y asumo enteramente sus consecuencias. Él bien sabía que la culpa era un eje a través del cual podía hacerse dueño de la razón y yo entendía que le había fallado al principio tantas veces, de muchas formas y que quizás bajando la cabeza podría enmendar mis fracasos. Era un juego de manipulación, eran las olimpiadas de la toxicidad. 

Eso no significa que no existía el cariño y cierto grado de respeto en nuestra convivencia. Conocía a toda mi familia y entablaba conversaciones completamente coherentes con mi hermano y mi madre quienes le quisieron mucho desde el principio pues me había cuidado con toda la atención cuando más lo necesité. Me había alimentado, vestido, amado en las tardes más largas de invierno, curado mis autolesiones y apoyado en cada decisión que la enfermedad no me permitía tomar. Era un guardián y a veces también un carcelario, era su bebota hermosa que no sabía cómo andar si no tomaba su mano en el trayecto. 

En la mitad traté muchas veces de romper la relación basada en viejos fantasmas y miedos enclaustrados, entonces él tomó la decisión de hacer algo significativo, muy significativo de lo que espero poder escribir alguna vez, que alimentó mi odio y mi rencor hacia mi propio pasado y hacia las personas que ya no eran parte de mi presente. Esto me mantuvo a su lado largo tiempo más con la idea de que yo sola no iba a poder ni con el mundo ni con el castigo de mi propia enfermedad. 

Con el paso de los meses y mi progresiva aunque lenta recuperación algo empezó a hacerse notar: No deseábamos lo mismo pero yo ya había comenzado a quererle mucho, realmente mucho. Solía cuestionarme si mi afecto era auténtico o solo representaba una conveniencia para mi estadía en la ciudad y aunque quizás fui excesivamente franca, cosa que me reprocharon luego mi psicóloga y mi doctora, opté por aclarar que no volvería a perder la razón en el amor por nadie que no fuese yo misma, ergo, le amaba pero aquello de darlo todo sin esperar nada ya no formaba parte de mi construcción mental. El reproche de que mi amor no era ciego se transformó en una constante y mis demandas para que su actitud fuese más sociable no dejaron de aparecer. 

Me acostumbre a tratar de encontrar el equilibrio entre nuestros pensamientos que siempre parecían contra puestos, yo volando y soñando de aquí hasta allá mientras él no despegaba los pies de la tierra. «Es mejor no perder el tiempo en soñar, así evitas la posibilidad de desilucionarte.» Tanto le escuché decir aquello que llegado el momento justo comencé a creer que quizá podía tener razón. Gané independencia gracias a mi mejoría pero aunque eran muchas las personas que me repetían que no era ese mi lugar, una parte de mi no quería aceptar que tal vez me había equivocado de nuevo. 

Luego de casi un año caminando de su mano evalúe la posibilidad de una vida tranquila en un barrio porteño, de refaccionar la casa y ponerla en alquiler para irnos a vivir juntos a un departamento más moderno y así poder casarnos con más tranquilidad. Yo haría algún curso de arte terapia sencillo para trabajar a domicilio con algunos pacientes, tendríamos hijos que su madre nos ayudaría a criar, iríamos de vacaciones a Mar del Plata a visitar a nuestros sobrinos, mis pinturas y dibujos quedarían como pasatiempo porque el tiempo de calidad lo viviría con la familia que construiríamos. Mi egocentrismo se terminaría cuando naciera nuestro primer bebé, al menos eso era lo él que solía decir. 

Llegué a comprar un par de anillos de acero que intercambiamos la noche de año nuevo y por al menos un mes contemplé aquel plan como una vaga posibilidad de ser feliz en mi adultez temprana pero para mí fortuna, la inseguridad hizo estragos en los pocos cimientos que nos mantenían unidos.

La última vez que experimenté un ataque de pánico fue durante este año a raíz de una discusión telefónica producto de sus celos que tanto daño hicieron siempre. Esa noche doblé la dosis de mi medicación, no dormí y al salir el sol tomé un autobús hasta su casa para tocar su puerta y pedirle perdón. Aquí está la cuestión, fui a trabajar esa tarde agotada física y emocionalmente, era la culpa: la culpa de haber estado enferma, de no ser más cariñosa, de haber dicho cosas incorrectas, de haber preferido ver una película a hablar por teléfono, de haber besado a otra persona en un momento de debilidad, de haberle dicho a una amiga que sus celos me tenían podrida. Entonces pensé en voz alta y al decirlo, con rencor profundo hacia mi misma tuve que admitir lo enfermizo que se había vuelto aquel vínculo entre los dos.

«Debo dejar de arrancarme los dedos» Libro de artista – Ura Urdaneta

Tuvo que pasar lo peor, tuvo que romperse mi corazón de una forma en la que nunca antes se había quebrado para asimilar que no era ahí donde debía estar. Aquello me dolió de una forma distinta, era como discutir en dos idiomas desconocidos sin un traductor de por medio y aunque sentía un horrendo temor a quedarme sola tuve que, por primera vez, anteponer mi bienestar emocional frente a una compañía que estaba haciendo estragos en la forma como me vinculaba con el mundo. Era desesperante pues, aunque ya clinicamente se había dado por sentada mi recuperación casi completa, para él parecía que jamás dejaría de ser la chica enferma que había visto salir de un hospital psiquiátrico, y me lo recordaba cada que podía. 

No dudo que me quisiera pero él tampoco estaba bien consigo mismo y tristemente, el compromiso de mejorar no era bidireccional. Le solté, rompí el lazo y enterré ese anillo como símbolo de mí fortaleza interna: mi libertad no iba a ser negociada y tampoco lo serían mis vínculos, el arte y la capacidad para soñar plenamente dentro de este mundo tan banal. Me di cuenta entonces que no le había amado menos de lo que yo pensaba sino que le había amado de forma diferente, nuestro amor era un amor adulto que dentro de todas las cosas duras que me había enseñado, también me había demostrado que si existía un después. 

Aún hoy, después de siete meses sin verle tengo momentos en los que me reprocho mi propia «estupidez», luego recuerdo que esa persona que me tocó ser el año pasado distaba mucho de lo que realmente me compone. Un querido amigo me dijo una vez que teníamos que aprender a dejar ir a las personas que quizás habían sido buenas en un momento determinante de nuestra vida pero que habían cumplido su ciclo en nuestra construcción individual. Y él realmente fue el mar, fue Azul. Fue todas las cosas buenas y feas que tenía que aprender para ser lo que soy hoy. 

Sus consecuencias en mí me hicieron tener el valor de comenzar este espacio con menos temor, con certeza en las acciones que estaba llevando a cabo. Sin él, me pregunto si hubiese podido sobrevivir al afuera y al mundo inclemente que me aguardaba. Tiene un lugar muy importante en mi historia cómo el primer argentino que amé después de mi gran tempestad y como el beso de verano brillante junto a un mate en Agronomía.

And I suppose you never doubted That we were altogether fine Sometimes I’m a stranger to you Sometimes you’re a stranger to me sometimes, maybe all the time You never really knew my mind I never really knew your mind

You never knew my mind – Johnny Cash

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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