¿Sigo siendo después de mí?

Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite

Dr. Henry Jekyll – Robert Louis Stevenson

Estuve charlando con amistades y parientes acerca de cuál fue, en mi experiencia, el momento más difícil de mi vida en recuperación. La mayoría cree que lo peor lo transité estando en el hospital pero se equivocan, lo más oscuro fue salir de ahí. Quizá en un contexto más afable en donde me esperase una familia afuera, una casa y una vida, las circunstancias se hubiesen tornado menos duras. Salir fue terminar de hacer conciencia de la creciente soledad que se aproximaba inclemente desde cualquier costado desde el que mirara. De la vida conocida, sólo memorias lejanas, los pies callosos se sentían lastimar por la gruesa, fría y áspera cuerda de metal sobre la que hacía equilibrio. Abrí los brazos y traté de no mirar abajo, de no retroceder, de sostener la postura. 

Combatir la opacidad no puede hacerse sino desde la más pura luz. Trataba de conectarme con la buena energía, de agradecer, de reconocer a quien quiera que fuese la entidad divina regente seguir en este plano pero por dentro mi espíritu era un completo desastre. La enfermedad no sólo deformó mi físico alarmantemente sino que me restó capacidades para ejecutar tareas. Ya no sabía cocinar e intentarlo me generaba angustia y terror, ya no podía afinar y cantar, mi voz se había roto. Tratar de unir líneas concretas para recrear una imagen dejaba en evidencia el letargo de mi mano derecha y el caminar sola por lugares concurridos o siquiera pensar en tomar el subterráneo desataba picos de ansiedad. 

Mi vida no era mía pero pude llevarla medianamente bien mientras compartí el apartamento con Zendira. El mudarme a un cuarto sola me lanzó nuevamente dentro de aquel espacio sin puertas ni ventanas. Me ensordecía mi propio silencio, los pensamientos circulando y ametrallando las sienes, el asqueroso calor del verano que me daba incluso más ganas de estar postrada, de ser posible, con los ojos cerrados. No veía televisión, no tenía retentiva o atención para leer, de mí se fue la capacidad de redacción y conforme más se escurrían los días, más volvía a cuestionarme si realmente había un después de la vida que había vivido. 

Completé todo: Una carrera, un buen empleo, reconocimiento público, amor pasional, amistades auténticas, viajes, migración, la caída del artista… No tenía porqué cumplir una fase de redención ¿Que pasaría con mi cuerpo una vez que hubiese desaparecido? Al día de hoy sigo sin saberlo ¿Una fosa común? ¿Incineración? ¿Repatriación? Estaba cansada de luchar, del dolor, de levantar la cabeza cada día sin saber hacia dónde mirar. Éste realmente fue el momento cumbre para mi angustia y vacío existencial cimentado en el rechazo expresado por personas que consideraba cercanas y quienes me dejaron saber abiertamente que no estaban dispuestas a seguir formando parte de mi vida, que me estaba inventando una enfermedad para no mejorar, que todo el drama estaba en mi cabeza, que dejara de llorar y llamar la atención para regodearme en mi lástima.

Sigo siendo [Yo] – Ura Urdaneta

Una noche subí a la terraza, un piso catorce cerca del centro y me paré en la cornisa del edificio. Miré hacia abajo y recordé que detestaba las alturas, que sería irónico terminar así literalmente destrozada. De alguna forma mi mounstro escribió a mi madre y a mi hermano, el mismo mounstro que colocó un embarazoso estado en WhatsApp. El mounstro emocional que me salvó de lo racional llevándome de nuevo a tierra firme envuelta en llanto. Ese día perdí algunas personas y me quedé con otras que cambiaron su juicio por comprensión. 

No traté a Gus como se lo merecía en un principio. Fui encantadora y agradable incluso caminando mi propio calvario pero mientras más cerca le sentía más me comprometía con la tarea de hacer que se marchara para siempre aún cuando no dejó de hablarme un sólo día desde que nos conocimos, de tener atenciones especiales, de obsequiarme ropa, comprarme comida o cualquier cosa que le pidiese, de prestar su ayuda para mudarme, de presentarse como mi compañero frente a cualquier persona para que  «Yo supiera y ellos también que había alguien que velaba por mí ahí afuera.» Estando tan al borde, hubo momentos en los que supe ser tan cruel que le vi marcharse de mi lado al límite del llanto. Le insulté, me burlé, lo maldije a él y a todos sus pares porteños por igual… 

Pero él no se fue. 

En algún punto se convenció a sí mismo de que su cariño y entrega me iban a curar. Al presentarse como el personaje caballeresco rayando incluso en la arrogancia, mis médicos le tomaron como una especie de representante, alguien a quien podrían dar instrucciones para sobrellevar medianamente mi locura. Ya no sólo se había convertido en mi pareja sino que simultáneamente era mi madre, mi hermano, mi padre y amigo. Solía repetir que cuando dejara de torturarme con mis pensamientos me daría cuenta de que el presente era incluso más hermoso que todo lo anterior porque estaba viva. 

Después de que se transportó hasta casa aquella infame noche de marzo y me miró, me prometió que todo iba a estar bien porque él jamás iba a dejarme sola… Y por supuesto que saltar de un edificio sería jodidamente egoísta para con los demás pero utilizó palabras livianas para aclararlo. Al día siguiente me trasladó al hospital y al salir me llevó hasta su casa, llenó la tina con agua tibia, me hizo entrar y me bañó como si se tratase de una niña. Me secó, me vistió, me llevó a su cuarto y cuando me acosté me acurrucó en su pecho. Me quedé ahí esa noche, esa y otras tantas. Hice las pases con la idea de amar de nuevo, de dejarme ser, de permitir que me quisieran así fuese de a poquito. 

The arms, safest

And words, so good

The faith, deepest

In this world, so cold and cruel

Close to the flame – HIM

 

Resulta fácil acostumbrarse a las cosas buenas, más si la empatia es la base de todo. Gus sabía lo que era la ansiedad, el miedo, el pánico, la falta de oxígeno y la incapacidad para poner en palabras las emociones, por ello con paciencia y dedicación descifraba mis silencios, mis canciones, mis arrebatos, mis ataques y mis actitudes. Cuando descubrió que solía escribir, buscó mis textos y los leyó uno por uno, mis viejas novelas publicadas hacía tanto, los esbozos de mis cuentos. Me expresó su admiración y lo orgulloso que se sentía de que yo fuese su novia, que tenía que utilizar mi talento y jamás abandonarlo. Me adentró en su familia sin temor, me regaló dos sobrinos y una hermana, una suegra con carácter especial y una linda casa dentro de un barrio acomodado. 

A mediados del mes de abril, la visita de mi tía cambió algo dentro de mi espiral autodestructivo. Tenerla aquí, poder dormir junto a alguien con mi misma sangre, tener a quien abrazar a mitad del llanto nocturno me dio aliento vital. Estuvo menos de un mes pero fue suficiente para dejar de llorar y comenzar a planificar. Traté de reconectar todos mis cables: mi salud física con mi salud mental y mi paz espiritual. Comencé a ejercitarme, a caminar, el dejar de aislarme de mis afectos tal y como venía haciendo, de comprender lo que me pasaba y el porqué me estaba pasando. 

Recuperar una vida no es tan sencillo como escribir acerca de ello. Me falta nivel y memoria pero si algo es cierto es que el dolor es menos terrible cuando sabes que no lo llevas tú solo. Para Gus yo era su nena pero solía decirme bebota, algunas situaciones las entendía en un nivel distinto del mío quizá por su madurez, experiencia o contexto social pero siempre me dejaba en claro lo ridículo que le parecía muchas veces mi interpretación del tiempo. Que todo pasa y podemos ser felices con las cosas más mínimas, más casuales. Que mis finales fatalistas eran el invento más rebuscado de mi ansiedad, que soltar no tenía porque lastimar tanto. Qué podemos amar muchas veces con la misma intensidad. Parecía haber vivido mil cosas más que yo a otro ritmo, a otra velocidad.

Sigo siendo [Yo] – Ura Urdaneta

Con lo cotidiano me di cuenta de que la edad era lo que menos importaba entre los dos. Me habitué a ir a su casa a compartir el mate, a que me acariciara el cabello hasta quedarme dormida, a escuchar música de cualquier lugar del mundo, a encontrar el desayuno junto a la cama, a utilizar sus remeras de líneas horizontales para dormir, al café caliente antes de ir al trabajo, a tomar una ducha mientras él me esperaba sentado en el suelo con su cigarrillo en la mano. 

We’re so close to the flame

Burning brightly

It won’t fade away and leave us lonely

Close to the flame – HIM

Supo quererme en momentos en los que realmente no merecía ser querida, ni por él ni por nadie. No me salvó como él quería pero me sostuvo la mano todo el tiempo que me tomó salvarme yo a mí misma. Y le amé, le amé y le amo muchísimo por cada detalle, por cada abrazo, por cada realidad inventada de una vida posible entre el caribe y la pampa pero, a veces los amores más sinceros son los más breves. En su momento no pude encontrar la forma de demostrar con acciones cuánto le quería y lo mucho que me importaba. Conforme fui sanando, ese mounstro egoísta se fue quedando atrás y esa yo que él había conocido desapareció. No necesitaba ni quería un guardián, una agenda o un centinela que me contara los pasos, que supiera de mi a cada hora. Entonces nuestros lenguajes se hicieron distintos y la vida nuevamente se transformó. 

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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