Los locos del Alvear

Texto elaborado en colaboración con Viviana, Mariana, Gilda, Proessa y D. , quienes hasta el día de hoy trabajan por construir una mejor versión de sí mismos. Esto es para ustedes.

El hospital de emergencias psiquiátricas Marcelo Torcuato de Alvear es un hospital de salud pública ubicado en Buenos Aires, Argentina. Se trata de un dispositivo asistencial que brinda atención a personas con trastornos mentales severos o crisis psiquiátricas agudas que no poseen recursos económicos. 

Tengo la idiosincrasia de poder decir que no soy nada diferente al resto, es decir, ¿por qué tendría que serlo? Estoy internado en un hospital psiquiátrico con personas con alguna que otra característica diferente, pero que carecen de suerte por sus enfermedades mentales. Fue allí, la primera internación: dónde no podía explicar lo que sentía porque, realmente, sentía infiernos que laten por dentro; Un poco tarde tardé en deducir que todos tenemos miedo a la muerte, pero no es el miedo en sí, sino su incertidumbre, por suerte, no era mi momento. Una felicidad que daría fecha de estreno en su profunda perseverancia: y, ahí, estoy yo.

Proessa

Cuando llegue a la internación hospitalaria, al principio tenía miedo de salir del cuarto de observación, sentimiento que se acrecentaba con mi ausencia de voluntad. Un muchachito petizo y de gafas se dedicó a observarme desde lejos entonces, cuando lo consideró pertinente se acercó hasta mi puerta e inició una conversación breve: me contó que escribía y además que podía prestarme un libro. Aquel chico era Proessa, mi primer amigo y mi noviecito de hospital, mis conversaciones existenciales y quien, con extrema paciencia se sentaba y recostabajunto a mí bajo los árboles durante mis picos de angustia. Me compartía sus postres, me llevó a conocer la biblioteca, me trataba como persona a pesar de no serlo entonces. 

Mi nombre es Mariana y tengo treinta y ocho años. Hace dos años sufrí de depresión post parto consecuencia de la llegada de mi bebé agravada por el vínculo que mantenía con su padre. Sólo trataba de dedicarme a ser ama de casa y a cuidar de mis dos hijos entonces. 

Cuando perdí el temor de acercarme a otras personas, traté de generar vínculos a través de la conversación. Fueron un par de ojos negros profundos los que me captaron inmediatamente. Era Mari, la mujer bonita y tatuada con voz aguda que siempre olía a perfume y quien me conecto con la realidad que me tocaba comenzar a vivir. Ella y su bienvenida me hicieron sentir segura dentro de aquel sitio. 

Lo que me llevó a estar dentro del hospital fue una depresión muy grande. Yo necesitaba internarme, para mi era la salvación, yo sabía que ahí me estaban sanando pero era muy duro tener que separarme de mis hijos. 

Viviana

Hay un detalle significativo e importante que quise guardar hasta hoy. La primera vez que fui atada de pies y manos, berreaba como cría vacuna sin consuelo. Clamaba por mi familia, por mi madre y por mi hermano cuando una de mis compañeras se acercó y me abrazó. Me acarició la espalda y me dijo que aquel era un abrazo sanador, que iba a estar bien. Su nombre era Viviana, una mujer diez años y poquito más mayor que yo cuya maternidad me salvó desde ese día del profundo vacío que estaba experimentando. 

Yo llegué ahí porque en algún punto comencé a delirar un poco, no tan fuertemente como en el pasado pero si estaba algo ida. Ura, ¿te acuerdas cuando estabas loca y te mordias? 

D.

Nunca he podido comprender a cabalidad la paz con la que D. sobrellevó su situación ahí dentro. La única oportunidad en la que le vi perder los estribos llegó al extremo de… Patear la pata de su cama y putear. Nada más. Su ser solía fundirse con el paisaje veraniego y bajo la luz, fumando cigarrillos armados y tomando mate al salir y ocultarse el sol. No recuerdo como nos dimos cuenta que compartíamos los mismos códigos de lenguaje, quizás fueron mis intentos por esbozar dibujos o las ideas sueltas pero lo cierto es que una vez que comenzamos a conversar, nadie pudo pararnos. 

Cuando piensas en psiquiátricos crees que están todos locos, que te van a apuñalar, a matar mientras dormís. Realmente no, somos todos personas normales y realmente cuando uno llega ahí es porque tocó fondo y está en un agujero negro del cual realmente no sabe como salir. Somos personas normales que queremos volver a brillar.

Gilda

Creo recordar que nos encontramos a Gilda una mañana al despertar, le habían traído de madrugada y estaba acomodada sobre su cama con un largo vestido violeta. Desde el principio se presentó como una persona simpática, habladora y extrovertida que no parecía tener razones para estar ahí, el tiempo demostraría que las heridas más profundas no son las que te marcaron los brazos, son las que se llevan en el alma. Ella era quien tenía la situación más parecida a la mía: sin familia a quien acudir ni visitas que recibir. 

De todos, la que entró peor fui yo. Estas personas vieron el monstruo brotar, gritar, arañar, morder y suplicar, vieron en primera persona mi espiral autodestructivo y en lugar de correr, me dieron el espacio para hablar de mi dolor sin vergüenza. Porque todos estábamos, aunque en niveles distintos, destruidos por dentro. No era locura, era una tristeza aberrante que no sabíamos cómo sacar de nosotros.

M. T de Alvear – Ura Urdaneta

Mi depresión comenzó a manifestarse a través de la falta de sueño, los ataques de pánico, la debilidad y con ella los desmayos. El verdadero terror fue darme cuenta que pensaba en formas de cómo lastimar a mi bebé. Mi doctora me medicó y por ello no pude seguir amamantando. Eso me afectó mucho. 

Estar en el hospital, tal y como dice Gilda, era un proceso duro y largo que parecía no tener fin. Se avanzaba muchísimo y a veces, por temor, retrocedías. En su caso, le habían diagnosticado trastorno adaptativo a las emociones pero sin lugar a dudas, era la depresión la que le había encerrado. 

Conforme avanzaron las semanas, fuimos sacados de prisión prácticamente al mismo tiempo y se nos asignó una cama en el área del hospital donde la convivencia era la base de todo. No más puertas con llave, no más permisos para poder salir a caminar, no más aislamiento forzado porque en este lugar si podíamos tener celulares y con ello, conectar con el afuera, escuchar música y ver videos. 

Una noche, tomé la medicación recetada y me acosté con mi bebé. Mi cuerpo comenzó a temblar sin parar y la mente a pensar cosas horribles, a sentir mucho frío. El ataque de llanto inexplicable, mi cuerpo no respondía. El sábado diez de septiembre, fecha que mi mente nunca va a borrar, empezó el después: el después de mi, el después de mi vida y la lucha eterna: la aceptación, la decepción hacia los demás y hacia mi misma. 

No todo era mágico y simple. Puede que haya sido la sala común el lugar donde nos tocó vivir los momentos más amargos. Mi mamá Vivi lo expresa como abandono, recalcando que al principio todos van a verte, te bancan, te llevan cosas. Con el tiempo esas personas se hacen cada vez más lejanas y tú que estás ahí dentro «Te encontrás con que sos vos contra lo que tenés y se hace más difícil». Lo experimente en primera persona el día que mi compañera de habitación fue y se expresó diciendo que me dejaba a mi suerte pues yo no estaba poniendo de mi parte para mejorar. Lo peor de todo fue que me lo creí durante mucho tiempo más no me derrumbé gracias a que en mi camino floreció una amistad que me mantuvo de pie cuando creía no tener motivos para continuar.

M. T de Alvear – Ura Urdaneta

D. que ha vivido más vidas que yo, tenía una manera certera de hacerme tocar el suelo cuando comenzaba a divagar. Esos episodios de llanto cuando le hablaba de lo culpable que me sentía por haber enloquecido, solía calmarme sin mucho tacto recalcando que la culpa era un concepto judeo cristiano para hacernos sentir mal frente a nuestros errores. Que lo desincorporara de mi, que eso ya había pasado. Y Proessa le seguía cuestionandome por qué sufría tanto por personas con esa naturaleza humana, sin la capacidad de comprender lo que nos estaba pasando. 

Doce horas, mediodía y mi cuerpo aún no respondía, mi mente perdió el rumbo, la realidad. Entonces los desconocí a todos, intenté suicidarme tirándome del balcón, tomándome toda la medicación junta, quería abrir la puerta del departamento y escapar, correr, huir de mi. Me encerré en el cuarto de mi hija, mi bebe lloraba y me causaba odio y dolor al mismo tiempo. Me convencí de que mi pareja era mi padre fallecido, mi hija su mujer y bebe el hijo de ambos. 

Encontré el apoyo que necesitaba en mi amiga Sara, ser humano extraordinario que reencontré en esta gran ciudad. Recuerdo que fue a verme por pedido de una de mis hermanas y ese día entre mi llanto sofocado le pedí ayuda, le suplique que no me abandonara. Y no lo hizo. Quizá era más sencillo para ella porque aunque nos teníamos afecto, no nos conocíamos mucho en realidad así que no tenía nada con que comparar mi antes y después. Ella y Carlos, su novio, se hicieron responsables de mi desde la primera vez que tuve permiso para salir unas horas al afuera. Esto ocurrió mes y medio después de estar internada. 

Mi familia decidió llevarme a la guardia del hospital Alvear. Mi ex se quedó conmigo, en la guardia me sentía asustada y aliviada a la vez con la inocencia de no saber dónde estaba y lo que ocurriría adentro. Me asistieron dos psiquiatras, hablamos mucho, me dieron de comer hasta que llegó el momento de mi ingreso. Me sacaron mis pertenencias: celular, llaves, documentos. Yo creía que él podría quedarse y pasar la noche conmigo como en cualquier hospital cuando uno es internado. Un poco por la fuerza me soltaron de su mano y me ingresaron. 

Me resistí a quedarme sola… A la soledad.

M. T de Alvear – Ura Urdaneta

A mamá Vivi, por ejemplo, le costaban mucho las salidas del hospital porque tener a sus hijos un rato y tener que despedirse nuevamente era una tarea devastadora. Estuvimos a su lado, cuando la angustia no bajaba ni siquiera caminando por el parque, dándole una mano y conteniendo su dolor porque eso hacíamos, apoyarnos entre nosotros en medio del difícil proceso de sanar. 

«Nos conocimos tanto porque ahí dentro se demuestra lo que realmente son. Te dan herramientas para conocerte a ti mismo, a tomar decisiones, volver a reír, a cantar, a gritar. Hay personas que se enamoran, personas que aprenden a aceptarse, personas que luchan por lo que querían y otras que logran recordar que era lo que querían». Gilda vivió casi un año en ese lugar, realmente el tiempo se prolongó porque no tenía a donde ir y no porque no hubiese mejorado. «Estábamos rotos. Allá dentro volvés a nacer», quien mejor que ella para asegurarlo. 

Me convencieron de que era exceso de cansancio y me ingresaron en una sala de mujeres dormidas. Escuché cerrarse aquella puerta carcelaria y me vi en aquel escenario del que desconocía su existir. Estuve sentada en esa cama durante dos horas temblando y llorando hasta que llegó la enfermera. Sus ojos trajeron alivio en mí, confíe en ella, necesitaba confiar en alguien. Me tapó, me habló y me dio la medicación. Asustada le pregunté si me iba a morir, sus palabras fueron: ‘te juro por mi madre fallecida que no te vas a morir, yo te voy a cuidar. Ahora tenés que dormir’. 

Y también a mitad del dolor estaban las tardes de risa como el día que jugamos a los condones rellenos de agua. O la vez que tratamos de andar sobre los patines de Gi y caímos varias veces tratando de no lastimarnos, también el día que se nos ocurrió vestir de payasas y animar el cumpleaños de una de las hijas de Vivi. Porque aunque había sangre, drogas, miedo, imprudencia, egoísmo y terror, lo más grande que teníamos era la bondad. Sentimiento extendido hasta con personas que no nombraré por respeto a su identidad pero con quienes cantábamos junto a una guitarra, bongos y un buen tereré. A veces bromeábamos con la idea de estar veraneando a mitad de la paternal, en ese extenso parque con vacaciones pagas en donde no teníamos deberes concretos que cumplir. Habíamos creado un espacio en el que por fin no nos sentíamos solos.

Los meses nos llevaron a comprender nuestra existencia de forma diferente. No volvimos a dar por sentado ningún paso fuera de aquellas rejas, ansiábamos el momento en que nuestra libertad no tuviese que ser negociada: tanto la física como la mental y emocional, donde nuestra autonomía no dependiera de alguien más. 

La primera persona que vi al despertar fue mi compañera de al lado, una amiga quien con su voz dulce y sus manos suaves me asistió, me abrazó y contó un poco donde estaba, como era el lugar, que tenía que hacer y que no. Como debía aprender a cuidar de mí, a ser fuerte y a ser valiente. 

Nuestro grupo se mantuvo junto durante las fiestas navideñas y las posteriores salidas que se fueron dando de a poco. Luego las altas y los «hasta pronto», sin perder la perspectiva de ser mejores, de guardar el abrazo de cada uno. 

Hablando con D. me dejó muy en claro que este episodio ha quedado en su pasado, está contenta de vivir ahora su realidad. Siempre buscando nuevas perspectivas y objetivos pero manteniendo sus rutinas. Sonará aburrido para muchos pero para nosotros los sobrevivientes, las rutinas son la base esencial de nuestra mejoría. 

Cada uno fue recobrando de a poco el control de sus partes, de sus ideas aunque muchos todavía tienen al monstruo detrás de la puerta, procuran no abrirla ni jugando a menos que sea con la ayuda de su terapeuta. 

Eramos muchas, si, pero de una enorme humanidad. Tenía amigas con quien compartir mi problema, amigas que hoy siguen, que fueron mi sostén , que abrazaban mi dolor y que secaron mis lágrimas. Reímos mucho también. Las tardes eran de sol, de calma, de sanación, de compañía. Fuimos completamente unidos hasta el último día de mi internación. 

«Lo que tiene de malo el hospital es que causa dependencia. Ahí estabas cuidada, cómoda, sin estresarte. Eso es contradictorio» Expresa Vivi ahora que trata de llevar su vida lo mejor posible al tener a su cargo a cuatro criaturas. Ese sentimiento de amor y odio hacia la estancia en el hospital, esa que te hace olvidar que el mundo vive acelerado y es inclemente porque afuera no existe el tiempo extendido e infinito para procrastinar los temores. Si no los miras a los ojos y los enfrentas, la sociedad te come, mastica, traga y escupe, te etiqueta de inútil, lento e inservible. En el nuevo siglo no hay espacio para las limitaciones porque hay por ahí la falsa creencia de que las enfermedades mentales representan sólo un invento de la modernidad. Luego está el otro extremo, ese en el que te das cuenta que las poblaciones están tan orilladas a la locura que consideran raro que no tengas fármacos pre escritos. 

Pero hoy, dos años después, estamos todos afuera de aquellas frías paredes qué nos juntaron. Nos hemos visto pocas veces pero no dejamos de estar pendientes del otro nunca. Fuimos los locos cuerdos del Alvear, los que perdieron el rumbo un ratito y que por su causa crearon una familia diversa en donde no había máscaras ni excusas, sólo amor. Recuerdo en un momento hablar con Mariana cuando ella mostrándome su costilla me dijo que solo tenía que recordar respirar… 

Just breathe

Había escuchado a Eddie en vivo, se había despechado con Black y también me había hecho recordar que mientras tuviese aire a mi alrededor podía y debía sólo respirar. 

Hoy continúo mi tratamiento: superé dos crisis terribles, dos mudanzas, la pandemia, seis meses sin ver a mi bebé y mi hija alejada porque no entiende mi patología. Sigo luchando, sigo sanando, sigo porque estoy viva y sobreviví a mi propio mounstro. No sientan vergüenza, busquen ayuda, nadie merece vivir sufriendo.

Somos reales, somos humanos, somos auténticos y logramos mantenernos vivos. No necesitamos nada más, aquí y ahora seguimos hacia delante empoderando nuestra condición: no somos enfermos mentales, simplemente nuestra cabeza funciona distinto.

M. T de Alvear – Ura Urdaneta

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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