Agua corre por mi cara, mate de mi corazón

He pensado tantas veces en el portal de la capilla, en sus preciosas puertas de madera y en nosotros sentados en la oscuridad tratando de hallar motivos fugaces por los cuáles sonreír. He recreado la humedad de la noche mientras decididos caminábamos dando vueltas alrededor del parque para bajar la comida, las rejas imponentes levantándose con carácter para afianzar nuestro aislamiento, el encierro, la prisión adornada con árboles azules y paredes decoradas con los únicos que sentían placer por vivir allí: los horneros y sus casitas de barro. 

Una de las primeras noches en mi nuevo hogar volví a soñar. Significó mucho puesto que las semanas y meses  anteriores no existía ninguna diferencia entre la realidad y lo onírico. En el sueño estaba en un lugar conocido donde visualizaba plantas navideñas adornadas con brillantina rojiza, después un lugar amplio con personas alrededor y al final, un pequeño juguete de madera o barro en forma de conejo posado sobre una escalera. Entonces me arropó la sensación de mi madre meciéndome sobre sus brazos mientras me arrullaba y me pedía que observara al roedor. 

Luego de unas semanas, había engordado algunos gramos consecuencia del retorno del apetito y el uso de las pastillas, había hecho algunos amigos y transitado también situaciones sumamente incómodas. Tuve algunas visitas, recuerdo poco pero dejé por escrito los rostros de preocupación de quienes acudían a verme. Me enfrente a episodios oscuros que no me pertenecían y con los cuales tuve la oportunidad de comprender que mi voz era solo una de las muchas que integraban aquel muro de los lamentos. 

La poca ropa que teníamos la lavabamos a mano en la ducha o el lavabo con jabón en pan. Si querías rasurarte, debías pedir la maquinita en enfermería y eras vigilada estrictamente, las camas se cambiaban una vez a la semana y ese día parecían gritar más fuerte y más temprano que de costumbre. El estruendo del metal de las puertas que se abrían y cerraban podía llegar a ensordecer, en conjunto con el encierro y los compañeros más dementes, algunas tardes parecían no tener final.

Día 10: […] Me sorprende a veces como corre el tiempo aquí adentro. Tenemos ansiedad de que los días pasen y nuestras altas lleguen pronto pero la realidad es que no sabemos qué hacer con tanto tiempo libre. A mi me hastía, me molesta no tener el espacio para ocupar mi tiempo laburando o en otras, pero recuerdo que ya esto me pasaba estando en casa. Quería que el tiempo corriera para que ya fuese la hora de cenar y así. Pienso que cuando eres feliz esas cosas no importan. Dejas de contar sino que disfrutas al máximo cada experiencia.

Diarios – Ura Urdaneta

Una mañana, del laboratorio del hospital enviaron a alguien a tomarnos muestras para unos exámenes. Se trataba de una señora entrada en años, de cabello gris y gafas grandes que con su voz ronca nos interrogaba para luego darnos indicaciones. Se sorprendió luego de escucharme hablar y de darse cuenta de que había algunas palabras y términos que ella utilizaba que me eran completamente ajenos. No era excepcionalmente dulce y tampoco demostrativa pero desde esa ocasión no existió momento alguno en el cual no velara por mi bienestar físico y emocional. Una de sus tareas, además de llevar los laboratorios era administrar un pequeño ropero para los internados. Me proveyó de crema, shampoo, crema enjuague y hasta jabón, con su ayuda me hice de algunas blusas, remeras y calzas e incluso, a mis amigos en condiciones menos favorables les ayudó a conseguir zapatillas. Verónica fue uno de esos rayitos de luz serenos que sin hacer estruendo, iluminaron mi rostro en aquel momento tan particular. 

No contaba entonces con ninguna persona que figurara como mi «representante». Mi prima estaba ocupada con sus clases y mi compañera de habitación estaba esperando el momento indicado para dar de baja su presencia en mi vida. Me torturaba la idea de no poder lograrlo. A ratos me carcomía la angustia en un nivel cuasi carnal, podía sentir mis brazos hormiguear y la espalda encorvarse, el tiempo escurriendose sobre mí tal y como el fresco aire de la primavera desaparecía. Esa era mi contienda con los especialistas: estaba perdiendo el tiempo ahí encerrada sin hablar con nadie ni producir dinero. Cuando el pánico o la ansiedad tocaban la puerta, procuraba contar los números del uno hasta donde aguantase el cuerpo. 

Día 16: […] Me puse mal de nuevo y volvieron a medicarme. Un ataque de pánico después de contemplarme aquí hasta el mes de Febrero. No quiero eso, bancarme un mes es una cosa pero tres meses más… Tengo que poner de mi parte si quiero salir de aquí. NO MÁS ATAQUES DE PÁNICO.

Diarios – Ura Urdaneta

Ahora en perspectiva entiendo que lo que me estaba matando era el miedo que experimentaba frente a la incertidumbre de no tener nada y lo desconocido. Terminas por desadaptar tú persona a la realidad social cuando eres aislado pero eso no te lo dicen, tampoco te cuentan que al principio no podrás enfocar la vista y que la misma ansiedad no te dejará estar quieto, que subirás de peso poco a poco hasta que sin darte cuenta habrás desarrollado un barrigón detestable, que puede que tus mamas produzcan leche y que el ciclo menstrual se alterará. Todas estas cosas y muchas más eran las que me hacían parecer un perro correteando por el jardín aguardando que alguien le visitase, cosa que con suerte, al principio ocurría dos veces por semana. No eran estancias afectivas, eran por compromiso moral. 

A veces les esperaba por minutos que se hacían infinitos y al no verlos llegar, la tristeza me ganaba sometiendome a momentos oscuros, a la agónica consecuencia de arrinconarme pensando que moriría allí, sola y olvidada. Jamás recuperaría mi rostro o mi forma original, mi risa se recordaría como un villancico de antaño y mis letras constituirían el legado de una loca más. Existir, el mero hecho de respirar era un peso cuyo origen desconocía. Ya no existía la paciencia o el sosiego, quería escalar las rejas y escapar. Tres meses de encierro no parecían una oportunidad sino una deliberada forma de castigo para mi maldad, para todos mis pecados. Supe de inmediato que perdería para siempre todo lo conocido, que no habría más lugar al cual volver. 

Día 19: […] Quizá eso es lo que espera mi equipo, que termine de soltar mi pasado para poder vivir el presente. […] Aún tengo muchas ganas de llorar porque extraño mucho. Mi hermano dice que si estuviesen aquí no me dejarían sola un segundo: lo sé pero por alguna razón esta prueba me tocó sola.

Diarios – Ura Urdaneta

Una mañana de las tantas que vagaba por el hospital, me enteré de que mi mejor amiga había abandonado esta mundana existencia. Recuerdo sentir el dolor más profundo, la falta de aire y el hielo bajar por mi esófago seguido de una abrumadora fuerza de empuje. Ella se había convertido en estrella para poder estar más cerca, para iluminar mi oscuridad. Lloré tremendamente y luego recordé agradecerle su infinito amor. Tenía la opción de ir más abajo o confiar que su ausencia representaría un motor para continuar.

Escribí tanto y como pude las ideas que tenía y los sentimientos que me carcomían. No podía tocar el pasado, aún parecían úlceras supurantes y apestosas. Tuve que comprender que a mi alrededor todos tenían cosas que les dolían, que les avergonzaban, que los rompían. Hablar de lo que me había pasado entonces no tenía porque descolocarme de la forma en que lo hacía… Pero no fue fácil soltar la lengua. Estar en un hospital psiquiátrico era el pase de entrada a la convivencia con los monstruos, con el reflejo de tu cara en los rostros de todos los que te rodeaban: Tenías que encontrar la forma de perdonar al espectro, era eso o seguir pensando las miles de formas que existían para arrebatarte la vida. 

Día 20: […] Necesito algo en que creer o voy a derrumbarme, sobretodo porque las ideas de suicidio siguen muy pero muy presentes.

Diarios – Ura Urdaneta

Contemplé la idea de tirarme a las vías del tren, no estaba lejos de ahí. Asentado en varias hojas y repetidas veces: mi mayor deseo era desaparecer para no tener que pelear. 

Día 22: […] Hoy me pidieron que no pensara en la internación sino que es el tiempo que me está tomando recuperarme de toda la mierda que llevo adentro. Así que aunque me cueste millones, voy a tratar de hacer eso.

Diarios – Ura Urdaneta
Permanencia – Ura Urdaneta

La distancia física y temporal me ha arrojado una serie de respuestas no tan obvias entonces. Empezando por las acusaciones referentes a las mentiras que solía decir a mis médicos. El problema igualmente recae en la ignorancia y aún peor, en el no reconocimiento de la misma para al menos subsanar el bache. Una internación psiquiátrica es el capítulo más extenso del libro negro en la vida de una persona. Nada borra el hecho de haber perdido la razón, de que lastimaste personas amadas e intentaste cosas que podían haber tenido un desenlace fatal. Créanme, los que han experimentado todo esto la tienen clara y es bastante difícil convivir con esas memorias. Es por eso que cuando estás librando esa batalla en la que sientes que la enfermedad te derrota en tantas formas distintas, lo que menos necesitas es crueldad, justificada o no, del exterior. 

Día 23: […] Hablé y fue un nudo más en el pecho ¿Cuando se va a terminar la presión? ¿Cuanto más voy a sufrir este dolor? ¿Por qué me hicieron esto? Duele tanto que siento que puedo morirme. 

Diarios – Ura Urdaneta

Eso que dices y repites sin cesar a un especialista puede no ser real para los que te rodean pero para ti, como ente flotante de tú realidad distópica, no hay nada incoherente en tu pensar. Eso esta sucediendo y en tú sentir es absolutamente auténtico. No comprendí esto tan fácilmente como lo explico ahora, tuve que castigarme durante al menos doce meses antes de poder incorporarlo en mí. 

Es por ello que, a mitad del dolor colectivo, un mate sobre el pasto parecía la solución perfecta ante el rechazo que podíamos experimentar frente a la apatía colectiva y a veces, ante nuestro propio reflejo. 

El mate es una infusión de yerbas amargas que se comparte con un pequeño recipiente entre varias personas durante una charla, las nuestras solían tener cumbia villera, a Luciano Pereira o a Karina La Princesita. Los cigarrillos se fumaban siempre a medias, las galletitas las ponía alguno de los que recibía visitas y debajo de la sombra de los árboles, las anécdotas iban y venían sin dirección regular. Así se sobrevive al encierro, así se supera la autocompasión y el egoísmo. Sabíamos que éramos inimputables así que nos dedicamos a reír como podíamos frente a la desgracia que nos cobijaba. 

Día 24: […] No estoy sola, no es justo que piense en matarme cuando hay tanta gente esperando por mi afuera.

Diarios – Ura Urdaneta

Podíamos estar locos pero también éramos reales. Estábamos vivos. 

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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