12 de Septiembre de 2018
No sé cuántas páginas vaya a tener ésta carta.
La inicio hoy porque es la primera vez en treinta días en que no he sentido odio contra nadie, ni siquiera contra mi. No siento culpa, ni remordimiento, sólo un poderoso dolor en las costillas.
Me gustaría explicarte cómo ha estado mi yo en una imagen. El mundo dió de repente quinientas vueltas y tú gritaste: «DEVUÉLVEMELA» «LA EXTRAÑO» y yo no entendí.
Hasta la semana pasada.
Lamento haberme ido pero no lo hice a propósito. No encontraba el camino de vuelta y ni siquiera tú voz podía alcanzarme. Aún aquí me siento desorientada y en medio de mucho ruido. Sé que has pasado por mucho estos días y lo lamento pero tienes razón, no es mi culpa. Así fuese aquí o allá, iba a colapsar.
¿Quieres saber la verdad? Si esto hubiese pasado allá, no hubiese evolucionado. Había huido de ello los últimos años ¿Sabes que pienso cuando tengo cansancio? Qué llevo ocho años cargando un peso cómo el Ávila en la espalda. Siendo la adulta responsable que planea y ejecuta, que cuida de todos y que debe solucionar todo.
Así que huí. No sé dónde estaba pero huí.
Pero aquí estoy y quiero escribirte esta carta: Quiero hablarte de mi. Me conoces mejor que ninguna persona en el mundo y aún así estoy segura que no tenías idea que dentro de mí podía haber tanta oscuridad: Yo tampoco.
Hay
Mucho
Que
No
Sé
Sí sé que nunca he sido demasiado feliz. Cuando encontraba algo que amaba o que quería hacer, algo que me gustaba, había demasiados límites (tiempo, dinero, interés) así que empecé a dibujar. La primera vez que expuse tenía once años, fue algo colectivo y tenía varios carboncillo pero mis padres llegaron al final, sin interés, sin emoción… entonces vi como mi prima mayor felicitaba a su hija y le decía a mi hermano que yo me paraba encorvada, que estaba triste. Él siempre fue su luz y su orgullo, el número uno en el cuadro de honor…
Carta no entregada – Ura Urdaneta
Esta carta fue escrita hace justo dos años el día de hoy. La encontré entre papeles sueltos, no la recordaba. Aún podía hilar pensamientos coherentes pero ya para entonces había intentado quitarme la vida, también había buscado ayuda. Ya me estaba desdibujando entre líneas e ideas pero trataba de poner afuera lo que no había querido hacer consciente por dentro.
Comencé a sufrir de depresión desde antes de que supiera lo que significaba esa palabra, debo haber tenido once u doce años. La ansiedad y la tristeza se comportaban como estados naturales en mi cabeza pero mis padres no lo consideraron nada extraordinario, se dedicaron tiempo indefinido a evadir sus propios fantasmas y a detestar su convivencia en silencio. Y es que mis progenitores eran la estampa de dos seres enfermos, pacientes con problemas en la cabeza que por motivos obvios no podían formar a una persona sana.
Tenía dieciséis años y cinco meses cuando mi hermano y yo hallamos a nuestro padre tintado de sangre y a medio morir en el piso del baño. Se había cortado el cuello, tenía los ojos casi grises y la piel pálida por el desangramiento. Recuerdo haberle dicho que no me había escuchado cantar ni tocar la guitarra en la escuela, después de eso en realidad no pude seguir estudiando música, hacerlo siempre me devolvió a ese lugar, al olor metálico de la sangre, entonces pensé que yo no era suficiente razón para continuar en este mundo, mi existencia era algo banal y sustituible. Mi padre intentó arrebatarse la vida pero se quedó, en cambio yo morí por primera vez ese día.
El año dos mil diez tenía apenas dos meses de transcurrido cuando una mañana de febrero me encontré con mis compañeros de curso llorando sin consuelo. Un chico había perdido la vida la noche anterior, un chico que cayó de un lugar muy alto, un chico que era apenas un año menor que yo. No lo conocía, ni siquiera había hablado una sola vez con él pero me hundí en un profundo agujero. Nunca supe ni quise averiguar si había programado su descenso o si aquello había sido accidental. Estaba culminando el colegio cuando comprendí enteramente que la muerte no conoce de edad y que la mera existencia es un instante que debería ser disfrutado, valorado, aprovechado.
Eso no impidió que quisiera quitarme la vida a los dieciséis, y a los veinte, y a los veintidós, y a los veintitrés hasta que a los veinticinco no sólo quise, sino que lo intenté. También a los veintiséis. Entonces pensaba, aún queriendo morir, que los suicidas eran egoístas pero no comprendía que para llegar al límite de considerar arrebatarte la vida hay que transitar un período de profundo dolor crónico del cual nada ni nadie te ayuda a ubicar la forma de salir entonces la desesperación es tanta que optas por una forma de liberarte en donde el vacío desaparezca, no importa si la solución es desvanecerte tú con él. No sabía cómo buscar ayuda y cuando la encontré, al primer momento de sentirme vulnerable huí. Porque ser débil estaba mal, tenía que ser fuerte, poderosa, resoluta. No debía echar para atrás «ni pa coger impulso».
Me formé dentro de un entorno con muchas falsas creencias: que ser gorda estaba mal, que te hacía fea, que los adultos no podían ser corregidos por los niños porque por ser mayores era obvio que siempre tendrían la razón, que los problemas se solucionaban pasando la página, que lo «feo» no se exhibe, que las mujeres seguras de sí mismas eran vulgares, que disfrutar de tu sexualidad era de prostitutas, que perder la virginidad antes del matrimonio era faltarte el respeto, que estaba bien tener vicios si contribuías al bienestar económico de tú entorno, que cualquier juicio es válido si lo ampara el señor Jesucristo. Crecí en un entorno abusivo en donde tu propia familia te robaba y nadie era castigado ni sancionado justamente por eso, por ser de la familia, donde los padres se puteaban con los hijos, los hermanos se agredían y lo que considero peor: nadie reaccionaba delante de las injusticias porque el contexto violencia era la normalidad. «Eso ya pasó», así se justifican cuarenta años de violacion a la privacidad y autosaboteo. Así edificas un constructo tóxico en donde la juventud ha desarrollado en diferentes niveles, insania. Ahí estoy yo, formo parte de la generación rota.

Y aún así, cuando me senté por primera vez con el psicólogo que me asignaron dentro del hospital, yo todavía pensaba que mis problemas eran causados por ser débil de mente y espíritu, no por haber soportado un hogar asfixiante durante veinticinco años sin tener la guía o la asistencia de un profesional que me permitiera canalizar mi frustración. Así pasaba la vida al principio, a la mitad y al final de la internación. Siempre que conocías a alguien nuevo con alguna historia cercana a la muerte, había detrás un descuido emocional importante de parte de quienes debían haberles cuidado. Entonces me di cuenta que podía hablar de eso, del origen de mi propia oscuridad y que en realidad nadie me estaba juzgando. Todos éramos la consecuencia de un fortuito desastre.
«Decidí cortarme las muñecas y me corté el tendón. Cómo duele»
«Intenté ahorcarme con un cinto»
«Estuve en coma durante meses. Tomé pastillas con veneno para ratas»
«Bebí lavandina»
«Sólo quería cerrar los ojos y desaparecer»
«Me quedaba observando los cuchillos y quería clavarlos en algo»
«No sé qué siento cuándo lo siento»
«Le prendí fuego a su casa para que ella supiera de lo que yo era capaz»
«Mis hermanos abusaron de mí desde muy pequeña»
«Agarró el arma que le había asignado la policía y en una crisis se la puso en la cabeza»
«Tuvo una recaída y se tiró al tren. Perdió ambas piernas»
No juzgo a mis padres pero reconozco su irresponsabilidad afectiva y emocional para conmigo. Su ambivalencia crió a una nena insegura que sólo pudo ser plena cuando se salió del ala porque aquello no era un hogar sino una colcha oscura cuyo calor calcinaba. La depresión mayor se adhiere tanto a tú persona que en la peor etapa llegas a creer que no es posible la existencia de un tú sin esa maraña de emociones contrapuestas y autodestructivas. Cuando te rindes es porque consideras que no hay nada más que ofrecer que no sea toda la basura que llevas encapsulada por dentro y que, erróneamente, supones que nadie será capaz de comprender.
Actualmente se registran ochocientas mil muertes autoinfligidas al año, eso equivale a una persona por cada cuarenta segundos aproximadamente. En las Américas, el suicidio ocupa el segundo lugar por causa de muerte entre jóvenes desde los quince hasta los treinta años, suelen registrarse más muertes masculinas que femeninas. No todos los suicidas sufren de trastornos mentales, a veces su decisión es impulsada por algún momento de crisis. Por cada persona que muere existen en promedio veinte que lo han intentado y al menos seis personas del entorno quedan sufriendo la decisión del que se fue. La sociedad nos ha condicionado a pensar que utilizar esa palabra está mal, que incluir la idea en una conversación directamente activa algo negativo que llevamos dentro y puede inducir a cualquiera a cometer éste acto. No es así, el silencio del que hemos estado siendo cómplices no es más que el pilar sobre el que se sostiene el pánico colectivo que impide que busquemos ayuda y su consecuencia produce un mayor número de muertes que la misma guerra.
La salud de nuestra mente es vital, debería ser tan tomada en cuenta como lo es la estética bucal o la salud visual. Los jóvenes deberían tener conciencia de que no es normal hundirse en pensamientos destructivos y dolorosos, que tener miedo no te hace débil, que buscar ayuda no significa que estés perdiendo una batalla sino que quizás hay herramientas que aún no conoces. Que nacer en un ambiente dañino no tiene porque condicionar el resto de tú vida. Incluso a veces es la propia soberbia la que orilla nuestros pasos a un lugar del camino, no importa si todo permanece estático, es mejor quedarse que imaginar que otros sepan que tuviste que acudir a un profesional para solventar una situación. Existe mucha ignorancia alrededor de la idea de ir a terapia, de tomar medicación, de hacer un cambio de perspectiva. A veces hay que tener la humildad de bajar la cabeza y aceptar que no siempre se puede con todo, que en realidad nadie puede sólo.
En honor a todas las personas que no consiguieron seguir adelante porque el dolor les llevó a tomar un camino sin retorno, hago eco de ésta problemática y como artista, profesional y sobreviviente les invito a incluir la palabra en su vocabulario: suicidio, como un acto que puede ser evitado si nos damos el espacio para demostrar alternativas en donde abandonemos el juicio y pongamos más en práctica la empatia, donde comprendamos que la salud mental es tan válida e importante como cualquier otra. Podemos hacer la diferencia, podemos cambiar y salvar vidas.