No podemos cambiar lo que hicimos, no somos dueños del tiempo. Quisiera viajar en la eternidad pero no puedo, lo que somos hoy y quiénes somos es producto de lo que nos pasó. Realmente pensé que no volvería a verte, y eso me destrozó. […] Daría mis ojos que son lo más preciado que tengo para reparar la agonía que te cause y que estando aquí comprendo debió ser lo peor que pasaste desde que llegaste. A veces quisiera que realmente me golpearas, porque siento que me lo merezco, eso y más, que si me hicieras sangrar encontrarías una forma de aliviar tu dolor y yo de aliviar mi culpa.
Cartas. S/F – Ura Urdaneta
Nos conocimos cuando teníamos diecisiete años. No fue una conexión inmediata pero para mi sí hubo una chispa a primera vista. Yo vestía de colores con el cabello alborotado mientras parloteaba por toda la universidad y él se veía ajeno y misterioso a mitad de su silencio y aparente indiferencia. Fue una clase de fotografía la que nos acercó, no era una materia práctica sino de encuentros teóricos en los que nos reuníamos a ver documentales de de grandes referentes y reflexionabamos a través de pequeños ensayos. Un martes al mediodía me escuchó salir del aula emocionada hasta los huesos luego de conocer la obra de James Nachtwey y para la clase siguiente lo tenía sentado frente a mí con su distintiva gorra marrón.
No entendía cómo alguien de mi edad podía parecer estar tan seguro de quien era, de lo que quería, de lo que le gustaba y lo que no. Un día, luego de meses de compartir juntos, me dejó examinar un texto que escribió referente a una muestra fotográfica que habíamos visitado juntos, fue entonces cuando me deslumbre. Probablemente recuerdo todo con mucha más magia de la que hubo producto de las memorias endulzadas con la inmadurez propia de la adolescencia, pero hacernos amigos se dio a través de un camino sólido de pasos y pasitos lleno de lugares luminosos, noches de chats, juegos de preguntas, chistes malos, asociaciones extrañas, dibujitos, escenas vergonzosas y cigarrillos fumados a medias.
Nuestra insensatez y egoísmo nos llevó a fracasar un par de veces antes de querer realmente comprometernos a compartir nuestro tiempo, periodo que se extendió tres años y un poquito más. Con altos y bajos como cualquier relación pero al menos yo era feliz en nuestra simplicidad. A su lado aprendí muchísimas cosas de mi misma: las buenas y las que no lo eran tanto, me inculcó su amor por el cine, la admiración por los dinosaurios, me enseñó a disfrutar leyendo a Bradbury y a Asimov, a amar a The Beatles, Pearl Jam y Queen, a acurrucarme en los apacible del silencio y aún así saber que todo marchaba bien. Me permitió entender lo que significaba tener una familia funcional, me introdujo en ella y en su amor balanceado, lo que me llevó con bastante trabajo a derribar las falsas creencias que me limitaban entonces. Era mi mayor admirador y también mi peor crítico, podía leerme como si mi rostro fuese un libro abierto de par en par.
El año pasado alguien me preguntó qué era lo que tanto me gustaba de él. No supe qué contestar de inmediato porque no tenía las ideas tan claras como ahora. Luego de pensarlo un poco, pude afirmar
«Amaba la forma que tenía de ver el mundo»
Trato de poner en orden los pensamientos, mis ideas. El dolor está ubicado en un lugar extraño dentro del tórax pero se desplaza hacia la cabeza. Es como la náusea. La muñeca izquierda aún está rasguñada y los pequeños rotos en el orificio nasal izquierdo todavía arden.
Siempre la izquierda.
Creo que el corazón está ubicado más cerca de ese lado. Sentir demasiado, eso me dijo la psicóloga una ves así que puede que, en teoría, mi discoduro interno se haya desmoronado al perder el único soporte que consideraba real. Esos brazos que sostenían pero que entendí, hace poco, están cansados.
Estoy escribiendo el adiós.
Adiós al amarillo
[…] Lo importante es que yo estoy aquí, sigo existiendo y puedo brillar. Puedo verlo con más claridad ahora que la ‘medicina’ comienza a hacer efecto. No desaparecen los ataques de ansiedad pero puedo controlarlos mejor.
Diarios. Septiembre 2018 – Ura Urdaneta
No sé en qué momento los ataques de pánico mutaron a brotes psicóticos y con ello, a episodios de autolesiones. Antes de ese momento, nunca antes me había siquiera rasguñado a mi misma con intención pero antes de que culminara mi primer invierno, solía apoderarme de cualquier objeto filoso que pudiese dibujar marcas sobre mi piel y además, lastimaba mi cabeza contra las paredes en ocasiones cada vez más repetidas. Ya los gritos eran más bien aullidos y eran constantes las súplicas de que me quitaran la vida, de que ya no podía más.
El mero hecho de existir representaba una lucha. Cada mañana miraba al techo y le preguntaba a quién sabe quién por qué no me había matado mientras dormía, no sabía lo que estaba pasando a mi alrededor, no era capaz de ver más allá de la línea en la punta de mi cama.
Retrato de una obsesión, así se llama una película de Robin Williams y así podrían titular una fotografía de la que yo era entonces. Creo que no estaba obsesionada con él sino con la idea de lo que él representaba: un portal que me llevase hasta la persona que había sido antes de la tragedia. Quería que permaneciera junto a mi todo el día, que me tomase en cuenta para todo y en realidad, me gustaría preguntarme a misma de entonces qué tanto más aspiraba de un hombre que aún con todo el horror que debe haber representado ver a la persona que querías perderse sin retorno, no se movió en ninguno de los momentos en que necesite contención.
Mis compañeros de habitación buscaban establecer diálogos conmigo para saber cómo me sentía y que era lo que me estaba pasando por la cabeza. Me impulsaban y felicitaban cuando lograba hacer pequeños avances, me incentivaban cuando les decía que cada día estaba un poquito menos triste que el anterior. Fue así como llegó Diego de visita a mediados de septiembre de ese año. Amigo de ellos de hacía tiempo, venía a conocer Buenos Aires con toda la disposición de pasar unas vacaciones inolvidables. Le ofrecimos estadía en nuestra habitación para que no tuviese que pagar hospedaje, una hábil estrategia de mi compañera para liberarnos de una de nuestras deudas monetarias. Yo entonces era un cadáver que articulaba afirmaciones y monosílabas, las pastillas me producían dolor de estómago por lo que prácticamente no comía y el encierro me tenía mucho más pálida de lo habitual.
Y el efecto Diego fue tan simple como tratarme como una persona normal. Pude conversar con él de mis ideas, de mis sueños e incluso de mi dolor. Me recomendó el desapego, soltar y enfocarme en mi recuperación porque si le seguía poniendo corazón lo conseguiría de seguro. Me sentí vista, me sentí real y cuando llegó la primavera, él se marchó. No creo que hayan sido sus buenos deseos únicamente, tendría que ver seguramente también con el hecho de que por mi sistema la sentralina tenía ya unos veinte días circulando, lo cierto es que en las fechas posteriores me revestí con la suficiente voluntad de empapelar plaza once con mis curriculums y caminar los museos una vez más.
Aún en medio de mi caos interno, tuve la fortuna de contar con el apoyo de uno de mis amigos con el que tenía tiempo sin compartir. Él no sólo me prestó dinero entonces sino que además me consiguió una entrevista en su lugar de trabajo: un cine. Juntos habíamos atendido salas de teatro por al menos un año e imaginarnos juntos compartiendo nuevamente una jornada me emocionó de sobremanera. Me fue tan bien en la entrevista que volví a casa caminando y saltando convencida de que el trabajo sería mío, imaginándome dueña y señora de entradas gratis por todo un mes, cada mes. Eso eran muchas películas para ver.
En este tiempo también pude ir y escuchar un concierto de uno de mis amigos músicos y reencontrarme con personas del medio cultural. Un fin de semana, me maquillé y salí con dirección a San Telmo con la firme intención de conocer el Museo de Arte Moderno, entonces re-inaugurado hacía muy poco. Caminé sus salas durante horas viendo obras increíbles pero fue la pintura de Francis Bacon la que me susurró que debía llevarlo hasta ese lugar. En el pasado lo había arrastrado hasta el Museo Nacional de Bellas Artes, al Jardín Japonés y al CCK, mi lugar favorito en esta ciudad, pero ese cuadro… quería que experimentara lo mismo que yo o al menos algo parecido. Todas estas cosas ocurrieron en una racha de aproximadamente veinte días, lo que en números aproximadamente se refiere a seis visitas a terapia y sesenta pepas más de fármacos. Mostrarle la obra fue la última cosa que hice por él, también la última vez que salimos de paseo juntos.
And I am feeling so small
It was over my head
I know nothing at all
And I will stumble and fall
I’m still learning to love
Just starting to crawl
Say something – A Great Big World
El catorce de octubre de dos mil dieciocho fue un domingo de calor bastante pesado. Mi hermana necesitaba ayuda con su computadora así que nos invitó a mis amigos y a mi a comer pizza en su casa y a pasar una tarde diferente en compañía de su esposo. Nada raro pasó, salvo que ese día creo no haber tomado la pastilla por la mañana y a la tarde bebí medio vaso de cerveza. Creo que la pasamos bien, que reímos, que pensábamos que construíamos memorias hermosas, que ilusamente confiamos en que yo estaba mejor. Luego retornamos a casa y no sé lo que pasó.
En el hospital me habían explicado que si tenía deseos de lastimarme debía sostener cubos de hielo con ambas manos, la idea era que ese dolor producido por el frío funcionaría como placebo frente a la emergente necesidad de hacerme daño. Sé que esa noche no fue ni la primera ni la última pero es la única que consigo recordar con cierta nitidez. No sé que me hizo perder el control, sólo se que mis dientes se encajaron en mis antebrazos con una fuerza brutal y que las reacciones físicas eran las propias de un ser endemoniado. Entre dos personas no lograban mantenerme estática sobre la cama, un trapo entre los dientes para evitar que me arrancase la lengua y es aquí en donde nace la última imagen que conservo suya: sobre mí, sosteniendo mis brazos en forma de cruz, empapando mi cara con su dolor, su miedo y pidiéndome entre jadeos que parara. Sus pequeños ojos.
Después queda
Poco y nada

Justo en ese momento hace casi ya dos años, yo perdí la batalla. No hablo solo de perder como alguien que pierde un arete, un nivel en un videojuego o una materia en la universidad. Hablo de destruir todo lo conocido, lo amado. Hablo de ausentarte de ti mismo hasta nuevo aviso y sin saber realmente si volverás. Es darte cuenta que casi te arrancaste la carne de los brazos con mordidas voluntarias que tú misma accionaste.
Todo lo que hay después de esta fecha y hasta mi internación permanece en una nebulosa a la que ni toda la terapia del mundo me ha dado acceso, ni siquiera la confianza de que podré recordarlo alguna vez. Tengo flashes de cosas, unas peores que otras: el día en el que ese psiquiatra se extralimitó con su bolsa de caramelos (a quienes atribuyo buena parte de mi amnesia), una noche en la que me obligaron a vomitar, unas chicas orando a mi alrededor, yo escapando de un hospital, palabras sueltas. Black out, no hay nada más.
Ya no me habitaba, quien se desplazaba dentro de mi cuerpo no era yo. Urania estaba en coma y el mounstro había emergido para asumir el control total fe mis partes.
Debo haber hecho cosas terribles, cosas que encierran frases como «Ella le miente a sus médicos» o «Ella finge ataques para manipular», no lo dudo pero tampoco puedo dar fe de ello. No está en mi sistema y el año pasado luego de tantos meses de autocastigo, mi terapeuta me dijo algo que transformó todo
«¿Cómo puedes sentirte tan culpable por cosas que ni siquiera recuerdas?»
Eso es lo que pasa cuando te enfermas de la cabeza y la química de tu cerebro colapsa, son las consecuencias de años de irresponsabilidad afectiva contigo misma y la falta de médicos especialistas que examinen tu caso. Tuve que aprender a vivir con eso, a aceptarlo y dejar de temerle porque aunque fue horrible y doloroso, ya pasó y aquí estoy hoy: sigo viva y ahora tengo los pies sobre la tierra, soy dueña de mis pensamientos y de mis acciones. No soy lo que me pasó, soy lo que he decidido hacer con ello.

Eso fue lo que me llevó a querer narrarles aunque fuese brevemente cómo fui tragada por el hueco conocido con el nombre de depresión y todavía más, poder reivindicar algunas cosas que dije, que pensé y que creí. Esos amigos que tuve entonces, salvaron mi vida y me internaron en un hospital: por mi bien y por el suyo. Luego la relación terminó, mi enfermedad sobrepasó lo que estaban dispuestos a soportar y su decisión fue completamente válida y al día de hoy la agradezco enteramente. Hay lazos que no están hechos para perdurar más allá de ciertas situaciones, eso no significa que no hayan sido auténticos.
¿Y él? Durante muchos meses no pude recordar su cara, o su voz, su olor o memorias lejanas. Existía en mi vagamente esa idea de «lo que era él» y de lo que representaba, no fue sino después de muchos meses que los recuerdos retornaron a mí. Pensé que luego de ser internada me había dado por olvidada porque jamás fue a visitarme, entonces el año pasado en medio de una conversación con una de mis hermanas ella me lo hizo saber: él no debía verme. Desconozco quién se lo habrá indicado y no tengo con quien corroborar nada pero la orden era que no me viese pues lo que sea que hubiese tomado el control de mi mente, guardaba una obsesión enferma hacia su persona. Verle podía significar retroceder incluso si entonces no había avanzado nada. No sé si llegué a despedirme, a decirle siquiera una oración coherente. No pude decirle adiós.
Pero él se fue tal y como llegó, en silencio. Y desde entonces no supe mucho más.
Él hizo justo lo que yo le pedí: Se mantuvo siendo luz y no permitió que mi oscuridad lo volviese sombra. No dejó de sostener mi cadáver mientras tuvo las fuerzas necesarias para hacerlo y eso es algo que mientras viva no dejaré de agradecer y no me permitiré olvidar.
Parece tan lejano y tan ajeno hablar de todo esto. Debo confesar que me gusta mucho más la persona que soy ahora, guardo una increíble distancia con la chica que vivía en Caracas y dormía junto a Ceniza. Me gusta la paz con la que me tomo el tiempo de respirar y la capacidad adquirida de reconocerme siendo una persona de mierda y aún así, no odiarme por ello. Fue mi monstruo quien me trajo hasta aquí, quien me despojo de las envidias y las sobreexigencias, de los juicios. A veces se me olvida pero trato de no dar mi vida por sentado porque casi la pierdo en más de una oportunidad. Tengo los ojos bien abiertos y hacia el cielo con dos brazos largos con los cuales abrazar. Todo esto ya pasó, yo sigo aquí y ahora, para lo que me reste en este mundo ¡Vivamos!
En gratitud: Por siempre y para siempre.
Había llegado el fin de la eternidad… Y el comienzo del infinito.
El fin de la eternidad – Isaac Asimov