I could take your hand, and feel your breath
For feel the someday this will be over
I pull you close, so much to lose
Knowing that, nothing lasts forever
I didn’t care, before you were here
A distant laughter, with the ever after
But, all things change, let this remain
Sirens – Pearl Jam
En el año dos mil diecisiete, la señal de internet en mi casa se esfumó sin dejar rastro. Debido a la situación económica familiar, no podía hacerme de un móvil ni siquiera medianamente inteligente con el cual comunicarme internacionalmente, por esta razón mi único recurso era mi pequeña tablet CANAIMA, otorgada por el estado para facilitar mis estudios universitarios. Con su ayuda, me convertí en una ladrona de señal que trataba de hurtar unas pocas líneas de wifi desde la escalera del apartamento de mis primos y cada noche alcanzaba a intercambiar algunas palabras a través del whatsapp.
Eso no era suficiente, tampoco lo fueron los mensajes enviados a través del chat del facebook y hangouts, con él escribiendo a escondidas desde los pasillos y puntos ciegos en su trabajo mientras yo sacaba tiempo entre las reuniones y quehaceres de la oficina. Por eso empecé a remitir cartas por correo electrónico, era mi manera de mantenerme a su lado, de sentirme y sentirlo cerca. Es gracioso porque aunque le hablaba a veces da más la impresión de ser misivas que han viajado a través del tiempo para comprender la forma en la que me expresaba de mí misma y el hueco en el que estaba mucho antes de emigrar. Fueron demasiadas oraciones, no siempre asertivas pero sí importantes, cosas que han adquirido sentido y significancia que no guardaban entonces.
Durante los días que tuve que aguardar a la admisión en alguno de los departamentos de medicina externa del hospital psiquiátrico, me atendieron de forma interdiaria en la guardia, recetándome ansiolíticos, calmantes y antipsicóticos. Dentro de mi equipo de salvación se turnaban para acompañarme cada mañana de aquel evanescente invierno, el hospital era incluso más frío por ubicarse a mitad de una zona descampada pero por el mismo motivo poseía una tristeza hermosa y poética.
Hubo un día en particular en el que, estando frente a la doctora de turno, tuve la facilidad expresiva para comunicarle muy segura de mí misma que en mi trabajo de grado había abordado la temática del trauma desde una investigación muy personal basada en mi experiencia de vida a partir de un suceso doloroso acaecido en mi adolescencia y que no había podido superar. Yo sentada y él de pie junto a mi, recuerdo haberlo tomado del suéter para poner mi cabeza sobre su abdomen en el momento en el que la especialista se retiró unos minutos.
Ella estaba ahí frente a mi, mirándome con la receta en las manos. Me recomendó que procurara hacer arte con «otra cosa», que dejara de tocar los sucesos del pasado que me hacían daño. Como buena víctima, me sentí altamente ofendida por la sugerencia puesto que un médico no era un artista, no comprendía la verdadera esencia del transmutar el dolor. Camino a la farmacia observe el panorama que comenzaba a pintarse nuevamente de verde y con ello, la hermosa capilla ubicada detrás de los consultorios. Seguí dando pasos cortos mientras pensaba que nadie tenía derecho a pedirme que dejara de hacer eso porque crear desde ese lugar era la única forma que conocía para producir obra: mis piezas eran el reflejo de mi agonía y mi desesperación interna.
No recuerdo porque pero tengo la impresión de que llegamos corriendo hasta la farmacia. Como en todos los centros de salud pública que conozco en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en un lateral del mostrador reposaba un contenedor de profilácticos y lubricante. Tomamos varios y los guardamos en los abrigos pensando en hacer bromas, nos reímos al unísono de la travesura y nos lanzamos empaques mientras yo le pedía
«Prometeme que cuando hagas tú película, pondrás esto»
Sólo sonrió. Listos para abandonar el lugar, caminamos un trecho más y luego sin temor y tampoco exigiendo nada, me miró a los ojos y me dijo
«Yo pienso igual. Creo que tienes que buscar un lugar distinto para crear, uno sin dolor. Deberías dejar de hacerte daño»
Hasta entonces, mi motor para edificar ideas creativas era mi propia desesperación, la ansiedad por poner afuera lo que me estaba matando por dentro. El perpetuo vacío de no hallarme en ningún lugar del mundo que no fuese mi libreta, mis collages o mis rincones ¿Cómo podría cambiar ese sitio si aquello era lo único que conocía? Mi amiga y compañera de habitación me había escrito un par de papelitos en los que rezaba ideas de lo valiosa que era yo para ella y para todos, pero por sobretodo: que mis voces metían. Yo había hecho listas, frases, reproducido dedicatorias y dibujos que había pegado en la pared junto a mi cama. Trataba de construir un bunker imaginario a prueba de locura

Sin dinero pero con voluntad procuraba obligarme a salir a sitios desconocidos gratuitos, lo más naturales y culturales posible. Impulsada por mis compañeros, inicie una serie de publicaciones en instagram en donde narraba mi tránsito por el malestar: las migrañas, la inapetencia, el insomnio, la nula capacidad que tenía para concentrarme, el dolor físico y el desconocimiento de mí misma, todo bajo la etiqueta #TomaTuDolorYConvierteloEnArte. Recobre algo de fe en que mejoraría y que lo que estaba pasando era sólo la parte más fea del camino. Entonces una noche de la que no guardo fecha, espacio temporal, ni recuerdo el motivo que lo desencadenó, el primer ataque de pánico me rompió.
Mi cama se ubicaba en un rincón y fue justo contra la línea de aquella pared que mi cuerpo se acomodó para comenzar a alejarse de la realidad. Primero sólo faltó el aire y luego, ya no sabía como respirar cuando comencé a hiperventilar. Sudor frío y los temblores llegaron, las voces hablando muy alto mientras se manifestaban las patadas y los manotazos involuntarios. Un cuerpo tenso, imágenes veloces y un lugar al que no llegaban las palabras ¿Cuánto habrá durado? Trato de dar forma a memorias que recuerdo como si no fuesen reales. Pero ahí estaban ellos: tomando mis manos, dándome té caliente, abrazándome, su voz leyéndome el principito. Luego el silencio.
No sé que se hace con el dolor cuando no te cabe adentro. Se me sale por todas las partes abiertas del cuerpo y entonces siento que me odio demasiado y quiero destruirme. Me pegue muchas veces contra la pared, aún estoy mareada. Puedo ver todo desde adentro, como en una película, no puedo hacer nada pero lo veo todo.
Todos me preguntan como estoy, si todo va mejor
El domingo pensaba que si
Hoy volví a la desesperanza
[…] No Urania, ellos dicen que no pero si. Viven con miedo por tú culpa. Estan traumatizados y yo sigo aquí. Les hice exactamente lo mismo que me hicieron a mí pero yo estoy buscando ayuda y todos dicen que sólo importo yo. No debería ser así, no puedo ser solo yo.
Diarios. Septiembre 2018 – Ura Urdaneta
Me tomaron en la unidad de medicina de estrés post traumático luego de hacer un test y llegar a la conclusión de que quizás lo que me pasaba estaba relacionado con un trauma de la infancia. Me recetaron un antidepresivo de uso frecuente además de los antipsicóticos y algún otro caramelo cuyo nombre y función ya no recuerdo. Me asignaron al Lic. Walter quien me citó martes y jueves por las mañanas mientras que los lunes a la noche conversaba con la Lic. Emilse del centro de ayuda psicológica ubicado cerca de casa en donde también había sido admitida. Tenía toda la disposición de tratar de comprender el problema para poder solucionarlo y con ello, poder al fin sanar.
Aun con la oposición de mi hermana, tenía la ferviente esperanza de que los caramelos harían algo por mi, como en el pasado lo había hecho el alprazolam pero la línea cruzada me había orillado hacia aquella inhóspita y desconocida frontera. Las primeras reacciones de mi cuerpo fueron excesivas y desagradables, como el estar hablando y al minuto siguiente caer desmayada en alguna posición incómoda golpeandome toda. Perder el enfoque de mi vista por lo que casi no podía leer, dolores de estómago y abdomen, inapetencia. Dolores de cabeza agudos y el insomnio que me dejaba el día entero en cama. Me estaba convirtiendo en un despojo humano con un mechón magenta en medio de la maraña de cabello corto.
En teoría, aquello debía reponerme un tanto más pero los días posteriores se fueron poniendo cada vez peor
«Mientras tu cerebro reacciona»
Estaba paranoica y perdida, mi amiga trataba de darme luces y poner sobre la mesa mi actitud enfermiza referente a él. Me lo decía sin filtros, que me había vuelto emocionalmente dependiente, que estaba obsesionada. Pero caía en negación y volvía a repetir patrones autodestructivos releyendo conversaciones antiguas o culpandome por todo lo malo que pasaba. En ese entonces sufría del mal de creer en todo lo que pensaba. El ataque de pánico dejó de ser singular cuando comenzó a repetirse cada noche, en este punto ya no tengo certeza alguna de lo que pudo generarlos, o si existía alguna forma de provocarlos yo misma. Los días corrían como cataratas de angustia y no quería ejecutar acción alguna, prefería no salir de la cama y era alimentada y mantenida por mis allegados.
En una ocasión, tuve una terapia significativa en la que indagamos acerca de cuál era la verdadera razón por la que consideraba que necesitaba una figura masculina que figurara como guardián y protector. Mis bases se habían derrumbado con la ausencia de mi padre y posteriormente la de mi hermano, sólo quedaba él y al separarnos, ese último pilar de sostén, en mi cabeza, se vino abajo. Volví a la residencia como zombie directo hasta su puerta, la toque un par de veces y tan sólo abrirme significó un golpe certero a su brazo o a su pecho mientras le grité
«Me fallaste»
Su expresión no tenía cabida para una descripción escrita, iracundo musitó entre dientes que quien me había creído que era yo para tocar la puerta de su cuarto y golpearlo. De nuevo una reacción ajena de mi parte, volví aún como zombie hasta mi pieza en donde mi amiga abrió la puerta y me habló, dijo algo sobre mi mirada perdida, luego fue a hablar con él. Creo que repetí la misma frase antes de escucharle levantar la voz para decir
«¿Y tú no me fallaste a mi?»
Entonces volví en mí y de nuevo me quise matar ¿Cuántas veces puedes pedirle perdón a una persona? ¿De cuántas formas? Aún así entró y me miró antes de abrazarme y prometerme que las cosas, como siempre, irían bien.
Quiero desaparecerme
Quiero irme de aquí
El tema es que no sé a donde.
Me iría tan lejos a un lugar en donde no sepan ni como me llamo ni que ha sido de mi vida. Me iría para arrancar de cero.
O podría morirme.
No veo diferencia entre las dos.
Diarios. Septiembre 2018 – Ura Urdaneta
No sé qué hacía entonces, quizá sólo existía mientras trataba de hacer garabatos y algunos dibujos que tristemente ya no poseo. En cada ataque, las voces y las alucinaciones y recuerdos parecían agudizarse cada vez más y más entonces tomaba los papeles pegados a mi alrededor y los rasgaba como si con eso estuviese destruyendo lo poco que quedaba de mí. Ninguno de ellos me falló en esos momentos. Al principio, aquello era solamente llanto y disociación, repetía escenas de episodios dolorosos una y otra vez, las sentía en mi cuerpo arder como una llama destructora. Luego pasaba y al retomar conciencia trataba de hallarme dentro de aquel espacio rectangular en Villa Crespo. Contando esto, me parece bastante lógico que llevando durante un par de meses una vida así, el resultado naturalmente haya sido la locura.

It’s a fragile thing, this life we lead
If I think too much, I can’t get over
When by the grace, by which we live
Our lives with death over our shoulders
Want you to know, that should I go
I always loved you, held you high above too
I studied your face, the fear goes away
Sirens – Pearl Jam