Instrucciones para caer: suicidio

Wishing i could see the machinations

Understand the toil of expectations in your mind

Hold me like you never lost your patience

Tell me that you love me more than hate me all the time

And you’re still mine

Lost on you – LP

El día que Henry se reunió en mi oficina por primera vez, me prometió que el psicodrama cambiaría drásticamente la forma en la que venía concibiendo el mundo. Meses después de hacer gestiones y organizar espacios, arrancamos el diplomado y mis ojos adquirieron nuevas capacidades para imaginar el universo que se asomaba amorosamente a mis puertas. «El psicodrama es una gran familia en el mundo entero». Mi familia venezolana era fantástica y a su lado me fortalecí como persona cada día. 


Por ello no es de extrañar que buscase ésta herramienta terapeútica cuando empece a dilucidar mi falta de control sobre mis emociones y reacciones físicas. Me anoté en una clase y un jueves de agosto acudí al primer y único encuentro dentro de una hermosa casa. No pude volver después de ese día en el que me sentí increíblemente expuesta delante de todos, aunque no emití palabra alguna que levantara sospechas acerca de mi frágil estado mental, una compañera compartió su propía situación y el retorno de nuestra facilitadora me dio el lugar para hallar dentro de mi una energía de reconocimiento sobre mi propía toxicidad emergente.

Creo que el dolor es capaz de convertirnos en oscuridad sino lo sabemos controlar. Le hablé de mi, del miedo, del no reconocimiento de mí misma. Sino me hallo yo, es como imposible que alguien más lo haga. Ni siquiera él. Necesito ayuda. Siento que sino mejoro, puedo perderlo todo. De hecho, estoy alejando ese todo por no recuperarme rápido. 

Diarios. Agosto 2018 – Ura Urdaneta

Esa noche le llamé a mi pieza y mientras le contaba lo que había aprendido en clases, le dije que lo mejor era alejarnos mientras yo hallaba esa brecha de paz mental que tanto necesitaba. Recalqué que comprendía que lo que a mi me dolía no era su culpa pero tenerle cerca de esa forma más amistosa que romántica me estaba partiendo el cráneo en dos. Lo volví a hacer, por sus mejillas corrían gotas de agua salada mientras me tomaba de los brazos preguntándome que había hecho con su Ura, que ¿Dónde estaba?, la quería de vuelta.

«Desde que llegaste aquí, tus ojos no brillan»

Temía que le dejara sólo, lo deseaba menos que nada. Me prometió que daría un espacio a nuestro trato cotidiano pero que si yo llegaba a encontrar a la persona que tanto estábamos echando de menos los dos, debía llamarlo. Pero eso no pasó.

«Te conozco mejor que nadie y sé que ésta no eres tú»


Muy cerca de casa, un centro de ayuda psicológica abría sus puertas para prestar servicio a un bajo costo para quien lo requiera. Él me acompañó a hacer la entrevista, a puerta cerrada y frente a una mujer de edad mediana, confesé que creía estar deprimida y que en definitiva ya no me sentía yo. Tuve que llenar unos cuantos formularios y marcharme con el credo en la boca de que me aceptarían. Entramos a un lindo lugar por petición mía a tomar el desayuno pero justo cuando comencé a platicar, me derrumbé sobre la mesa tal y como sentía que había pasado con mis sueños y mi vida entonces. Lo sabía con sólo mirarle: sólo estaba causando infelicidad y dolor ¡Me odiaba por ello! No soportaba más esa voz que repetía que era cuestión de tiempo antes de que él y todos los que amaba me abandonaran. 

Donde estoy no hay nada. Ni luz, ni sombra, ni sonido, es todo ambivalente. Estoy muy sola. Él dice que no pero por más que trato me siento completamente sola. Y en este lugar que se asemeja a caminar bajo el agua, siempre tengo sed, estoy mareada y me duele la cabeza… No soy nada, no soy nadie. Vale y soy o no soy un fantasma. 

Diarios. Agosto 2018 – Ura Urdaneta

En una brecha de diez días, ir a trabajar se había convertido en una tortura para mí. Sólo quería quedarme dentro de la cama y no moverme en todo el día. La situación se comenzó a agravar el día en el que cuando llegué a la parada del colectivo para ir a laburar, estando de pie y aguardando, la ansiedad me azotó con tal rudeza que volví a casa sudando frío y recostandome junto a mi amiga, casi le supliqué que me llevara a un hospital. Conocía muy por encima la sensación que te producen los ataques de pánico, lo suficiente como para saber que no quería experimentar ninguno. Me dieron algunas pastillas de clonazepam, instrucciones y la promesa de que con eso mejoraría. Ese día falté a mis labores y me quedé al resguardo de mi compañera que ya empezaba a adoptar un rol más materno que amistoso.


Fue un sábado cuando supe que no podía continuar mirando el ser atropeyada por un auto como una salvación. Hace poco escuché una frase bastante certera: no era que quisiera matarme, solo deseaba morir. No existía entonces ninguna acción pequeña o grande de la cotidianidad que no doliera con la intensidad de una quemadura de tercer grado, mientras más tiempo me miraba, menos me encontraba. Al salir aquella noche del mercado de San Telmo, tomé el colectivo veinticuatro hacia Villa Crespo, en el camino intente llamarle desesperada por el vacío interno pero entonces no contestó. Al bajar del vehículo, tomé una, o dos, o tres pastillas, no sé cuantas, tratando de que el dolor de cabeza y las voces se marcharan. Entré al cuarto y ni siquiera saludé, caí rendida sobre mi cama.

Esta hoja dice

 Vive

Pero yo me quiero morir. 

Lo había deseado pero nunca con tanta fuerza como ahora. Por más que trato, no veo un futuro.

Estoy tomando pastillas para dormir. 

Como porque tengo que comer.

No tengo hambre

Sólo sed

«Hazlo por mi, sé fuerte por mi».

No puedo ni hacerlo por mí misma, no sé cómo hacerlo por nadie más.

Diarios. Agosto 2018 – Ura Urdaneta

Debo haber despertado entrada la madrugada, sumida en la más profunda angustia, llorando y desvariando. Mi amiga se levantó asustada y mientras me hablaba y acariciaba mi espalda, hizo el esfuerzo de hacerme entrar en razón pero mis gritos se hicieron lo suficientemente altos para ser escuchados por los vecinos. Entonces él apareció, me acurrucó y me dijo que todo iba a estar bien pero esta ves no pude creerle. Justo cuando creyó haberme hecho dormir, todo se salió de control. Francamente nunca lo tuve y a ciencia cierta no sé cuánto o que me tomé en el momento en que ambos se descuidaron. Lloraba y gritaba desesperada, pedía que me mataran, que acabaran con el maldito dolor. Hay escenas que recreo desde mis ojos pero la mayoría se me presentan vistas desde afuera, como si esa yo de entonces me hubiese abortado fuera del mounstro en el que se estaba convirtiendo. Me colocaron ropa para salir y al llegar la ambulancia y la policía, me sacaron de la habitación y del revuelo que había causado. 


Para ser alguien en peligro, no paraba de hablar y de lanzar frases hirientes o inconexas, no comprendía la magnitud que estaban alcanzado mis palabras y mucho menos que la policía había incautado mis fármacos e interrogado a mis compañeros buscando que en realidad las cosas fuesen tal cual parecían y no que alguno de ellos hubiese atentado contra mi integridad. Al hospital llegaron todos menos él, contesté preguntas y de un momento al otro, unas mujeres me tomaron de la cabeza e introdujeron una manguera por mi nariz para alcanzar mi estómago. Un líquido negro seguido del «Yo no tomé tantas pastillas», las vi salir succionadas varias veces. Entonces tomé conciencia de la custodia que tenía parada a los pies de la cama, una policía robusta encargada de vigilar que no hiciera nada más estúpido.


Mis amigos estaban saltando la brecha entre la decepción y la incredulidad. No querían que abandonara el hospital sin una explicación lo suficientemente coherente para estar tranquilos pero el comité de evaluación psiquiátrica no vio mi caso como lo que realmente era: Un grito de auxilio. Sólo me enviaron a casa a descansar. Mi cabeza estaba mucho más despejada que en días anteriores, me sentía como una niña a la que debían de cuidar, guiar y resguardar. Al llegar a mi domicilio, directamente me acosté sumiendome en un apacible sueño hasta que la policía apareció de nuevo para llevarme a declarar. Me sentí humillada frente a aquel escritorio: Sí, traté de quitarme la vida. Me emitieron una declaración por escrito con firma y sello, como para no olvidarlo nunca. Créanme, no hacía falta.


Sin embargo, no era eso lo que me atormentaba sino el saber que él estaba allá afuera probablemente detestandome y yo no tenía ninguna excusa lo suficientemente buena que avalara mi intento de suicidio a mitad de un brote psicótico.

Ura’s «La desequilibrada» – Ura Urdaneta


Le esperé, escuche sus pasos en la escalera de entrada y al interceptarlo, en sus ojos pude ver que probablemente estaba mal que quisiera pedirle perdón por lo vivido porque esas solas palabras no podían edificar nuevas estructuras con las ruinas que había dejado, sólo acciones.

«Seguiré buscando ayuda y me voy a curar, lo prometo»

Ya no eramos novios, ni amigos, ni conocidos. Me había convertido en esa pesadilla que tira abajo a los que cuidan de ti. Y ellos, por obvias razones, se habían transformado en un equipo, uno que trataba de mantener mis pies sobre la tierra y mi cabeza en su sitio. 


Al día siguiente, mi compañera de habitación y otra de mis amigas me condujeron a la asistencia de un hospital psiquiátrico en donde confesé mi verdad: «Creo que me estoy volviendo loca» pero la Dra. Fox me contestó con los ojos llorosos «No es eso. Es sólo que estás demasiado triste» Y así sin más, me recetaron las primeras pastillas y me solicitaron asistir a consulta con día de por medio.


Demás está decir que perdí mi empleo y mi creciente estabilidad económica. Entonces no podía hacer mucho más que esforzarme para realizar tareas simples como cepillar mis dientes, ducharme, lavar mi ropa o salir a dar vuelta a la manzana sin descomponerme. Ya no sólo había sido de palabra, violentamente accioné con intención de desaparecer y lamentablemente, esa no sería la primera y última vez. 

Anulada – Ura Urdaneta

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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