«Usted no es como los demás. He visto a unos cuantos. Lo sé. Cuando hablo, usted me mira. Anoche, cuando dije algo sobre la luna, usted la miró. Los otros nunca harían eso. Los otros se alejarían, dejándome con la palabra en la boca. O me amenazarían. Nadie tiene ya tiempo para nadie. Usted es uno de pocos que congenian conmigo.»
Farenheit 451 – Ray Bradbury
Emigrar jamás fue una decisión aislada, la tomé en el momento exacto en el que comprendí que quería permanecer a su lado. Entonces cada uno tenía sus sueños, aspiraciones y metas personales que no representaban impedimento alguno para continuar de la mano. Para esta época yo me encontraba estable y proyectada, había aprendido a colocar límites concretos y a confiar mucho más en mi potencial. Aunque le amaba desbocadamente, no lo necesitaba y viceversa, eramos pareja pero más importante que eso: eramos amigos que se comunicaban con total, completa y absoluta franquesa.
No puedo encontrar el momento exacto en el que el amor se transformo en dependencia emocional. Quizá no era otra cosa que el reflejo de la evasión que tenía respecto a mi misma y a la sensación de incapacidad para enfrentar mis demonios y traumas. Así fue como la depresión tocó a mi puerta y no se fue: revestida de culpa por una situación en la que cuando pienso en la actualidad, me parece completamente absurda. Estaba en un loop desgastante e inagotable de volver al mismo lugar y error una, una y otra vez. Ya no importaba cuando habíamos esclarecido el tema, llorado, hecho cosas el uno por el otro, reído… Yo continuaba sintiéndome una piltrafa junto al fantasma de un falso odio sin fundamento alguno.
Para estas fechas, hace dos años atrás, ya me había vuelto loca pero no lo sabía. Aún no aparecía esa voz en mi cabeza pero ya las noches de fines de semana se encontraban destinadas para el alcohol hasta que lo que pensaba no me dolía además de que iniciaron los problemas para dormir por lo que me autorecetaba pastillas de melatonina y té de lavanda para descansar. Necesitaba su aprobación, sentir que él me miraba, que me escuchaba y tomaba en cuenta de una manera ridiculamente absorvente y tóxica. Ya no sabía leer sus silencios, el brillo de sus ojos ni sus frases concisas y directas. Yo quería que, como si se tratase de mágia, su voz dijera que todo iba a estar bien y que así lo fuera. Irrisoriamente aspiraba un salvador cuando no era su responsabilidad ni la de nadie el borde autodestructivo al que había llegado.
Esta no es una forma de justificarnos a ninguno de los dos pero él tenía una cualidad que espero conserve y que en ese momento no supe valorar: la capacidad de mantenerse en el tiempo presente sin importar lo feo y complicado que fuese.
«El pasado ya pasó»
Así nuestros errores se comprendían, se perdonaban y continuabamos sin olvidarlos pero tampoco utilizandolos como excusa. Y esos meses fueron intensos, no sólo por reencontrarnos luego de una discusión en la que dijimos cosas crueles sino porque estabamos desempleados, sin dinero, estabilidad y a la deriva. Aún así, permanecimos cerca obsequiandonos gestos de afecto y detalles cotidianos que nos rectificaban el hecho de saber que no estabamos solos porque nos teníamos el uno al otro.
Hace alrededor de dos meses caí en cuenta de que he estado hablandoles acerca del hecho de morir y de la muerte pero, no abordé la desición de no vivir, el suicidio como escape y recurso ante la desesperación. Revisando lo transcurrido los días previos a éste acontecimiento aterricé hechos que consideraba aislados y ahora que puedo conectar cada uno, entiendo mejor los episodios de violencia e impulsividad ligados a lapsos de disociación, accionando con arrebatos de egoísmo o tristeza para luego no entender lo que había hecho.
«Yo no necesito que me cuiden o que me protejan pero quiero, quiero con todo el corazón y con todo mi espíritu que alguien quiera hacerlo, que alguien me defienda del mundo y de mí misma cuando me encuentro más vulnerable. No me destruyas. Si tú me quiebras no creo poder unir mis partes otra vez»
Cartas Marzo 2018 – Ura Urdaneta
El veinte de julio se celebra en Argentina el día del amigo. Para mis compañeros de habitación y para mi, era una novedad divertida que festejamos cenando comida mexicana con una cerveza, un trago y un par de dulces de confiteria. Basada en esto, creo que no le compré un obsequio no por falta de dinero sino porque siempre me gustó darle regalos hechos por mi. En este caso fue un retrato algo tosco y sin detalle en el que escribí una frase que había leído en internet poco antes de emigrar y que me acompaña hasta el día de hoy
«Eres luz, nadie puede hacerte sombra»
Se encontraba en período de prueba en un nuevo laburo y eran bastante frecuentes sus momentos de ansiedad derrotista en los que se convencía de que no sería capaz de hacerlo bien. Pensé que leer eso le daría fuerza, le recordaría lo valioso que era y sumaría confianza, le incluí una persiana de manzana, un dulce rico sin nada extraordinario pero atractivo a la vista.

Agosto arrancó con la novedad de que le habían contratado y su felicidad de manera inmediata compuso la mía. Fue un lunes cuando me invitó, con su primer pago, a comer pizza. Recuerdo haberlo visto risueño y eso me motivó a vestir mi falda floreada de colores primaverales, ahí sentados a la mesa compartiendo mientras observaba los morrones ahumados sobre el queso con orégano porque ya entonces no era buena conversando y no llevaba un hilo más allá de mis propios pesares. Al culminar fuimos a curiosear un automercado y en el camino, una anciana minúscula de cabello pálido nos pidió ayuda para cruzar la calle. En realidad creo que él la ayudó sólo con percatarse de su existencia pero no puedo dar fe de ello ya que yo solo veía mis pies y flotaba, nada más.
Al volver al lugar en el que residíamos, compramos un par de golosinas y nos quedamos en su cuarto, no recuerdo si con intención de conversar o de ver televisión. De un momento a otro yo quise propasarme y él educadamente me detuvo, entonces algo pasó en mi que jamás había sentido, una especie de vacío seguido de una ola de impulsividad iracunda. Debo haber dicho algo pero no lo alcanzo en mi cabeza, tomé el dibujo que reposaba boca abajo sobre su mesa de luz y consecutivamente lo destroce…
completamente…
en pedazos muy pequeños…
él alzó la voz
me miró
lloró
«Ese era MI dibujo»
Y yo volví en mi.
No entendí que pasó. Me pidió que me fuese de su pieza pero yo me negué. Reuní cada pedacito, busqué cinta y como pude los uní pero ya el daño estaba hecho. En ese momento, ambos llorabamos angustiados por la misma razón: no podíamos reconocer a la persona en la que me estaba convirtiendo y no entendiamos que estaba pasando conmigo. Me tiré a su lado junto a la cama y quise abrazarlo pero no lo hice. Después de esa noche, comencé a hacerle retratos y a dejarlos en el cajón que le correspondía en la mesada de la cocina para que los encontrara al volver de laburar. Aunque él trato de continuar adelante disfrutando de las cosas buenas que comenzaban a pasarle, yo no pude vivir con el hecho de, literalmente, haberlo hecho pedazos.
En menos tiempo del que alcancé a calcular, me hice mejor destruyendo que construyendo. No puedo constatarlo pero creo que fue este uno de los episodios que impulsó la aparición de la voz desesperante que no paraba de ordenarme que desapareciera, que él y todos los demás me destestaban, que estarían mejor sin mi. Ya tenía rato manifestando que no me hallaba en el espejo y darme cuenta que estaba mutando en una criatura capaz de destruir su propia obra, sólo me orilló más a la idea de que no volvería a ser la misma jamás.
No supe apoyar a quienes me necesitaron entonces, estaba absolutamente fuera de mi persona, avasallada por la frontera y hundida en una depresión que me robaba el aire. ¿Para que seguir existiendo si solo generaba dolor y rechazo? Pensaba que me había obsesionado por amor pero viéndolo de lejos creo que sólo trataba de aferrarme a un motivo para vivir, para creer que podría levantarme de la desgracia y poco me importaba destrozar a quien fuera en el proceso con tal de vislumbrar un rayito de luz.
Una vez, en medio de una discusión escribió
«Estar roto es más fácil»
Creo que entonces comprendí esta frase como la descripción simbólica de lo que había pasado con nosotros pero al leerla dos años después me ha surgido la inquietud de cuestionarme ¿No estaría diciéndome a través de ésta imagen que me estaba excusando detrás de mi propia herida? Como si ser cruel e incomprensiva pudiesen justificar el hecho de no hacerme cargo de de repararme yo, como si el conocer la miseria me otorgase autoridad frente al desconocimiento de los sentimientos ajenos, como si mi falta de empatía tuviese alguna valía.

No hay límite temporal para comprender ideas, la vida corre y fluye de manera orgánica acorde a nuestro proceso evolutivo. Quizá no llegue a saber a plenitud que quisieron decir algunas palabras pero permanecen en mi, me hicieron mejor de lo que era porque aún después de tanto continúan transmitiendo sentimientos que ahora soy capaz de entender. Este fue sólo uno de mis escalones en falso, solo el inicio del descenso que me convirtió en la persona que es capaz de contarles esto.
«No me interesa el éxito y el reconocimiento si todo duele tanto como ahora. Debe existir la felicidad sin tanto peso, sin responsabilidades ajenas, sin distancias. En alguna parte supongo que eso es posible.»
Cartas. Marzo 2018 – Ura Urdaneta