Entrada en la veintena, me propuse a mi misma vivir la vida conscientemente tratando de hacer las cosas lo mejor posible. Me enfoqué en mantener mi desempeño por encima de la excelencia en el trabajo y los estudios, incluso en los momentos en los que me encontraba más hundida en la angustia. Mi madre debe recordarlo con más claridad que yo: las noches en las que lloraba a causa de alguna discusión o desencuentro con alguna persona amada mientras le preguntaba «¿Por qué tengo que sentir las cosas así? ¿Por qué los demás no se destrozan o se derrumban como yo?» Ella solo me miraba con ternura y me respondía: «No lo sé. Quizás eres diferente». No imaginan el alivio que significó saber que no era una exagerada dramática, mis emociones siempre fueron así, tan profundas y desbocadas que al sumergirme en cada una no podía recordar cómo se sentía nada más.
Tenía veinticinco años y medio cuando me diagnosticaron trastorno límite, trastorno fronterizo de la personalidad o borderline. Como la mayoría de las personas que lo padecemos, al principio no entendía de que diablos me hablaban e incluso llegué a pensar no era más que un absurdo porque era imposible que yo tuviese algo más allá que la depresión.
Cuando hablamos de esta enfermedad, nos referimos a un cuadro clínico complejo que ha pasado por múltiples etapas dentro del campo de la psiquiatría hasta llegar a establecer parámetros de diagnóstico con un criterio claro que abarcase toda su sintomatologia. Estos se basan en rasgos de carácter emocional, de comportamiento, identidad y relacionales, presentándose de forma caótica interfiriendo en cómo el sujeto establece vínculos con el afuera. Aunque pueden presentarse como personas graciosas, brillantes e ingeniosas, en realidad suelen ser inconstantes y tienen poca tolerancia a la soledad. Una de sus características centrales es la incapacidad de quien lo padece para calibrar y modular sus sentimientos, ademas de que el DSM IV [1] ha establecido un total de nueve criterios de diagnóstico de los cuales, si el sujeto presenta un mínimo de cinco puede catalogarse como borderline.

Winona Ryder interpreta a Susanna Kaysen en la película Inocencia interrumpida, una mujer diagnósticada con este trastorno en los años sesenta. En medio de todo lo que le toca vivir durante su internación psiquiátrica ella, en un momento donde se encuentra agobiada reclama: «¿Como voy a curarme si ni siquiera entiendo que me pasa?». No estoy aquí para parafrasear toda la bibliografía que pueden adquirir por internet desde la comodidad de su hogar, estoy aquí para contarles lo que ha sido para mi vivir con esto aunque solo le hayamos puesto nombre hasta hace poco.
Voy a empezar por el final. Fui diagnosticada gracias a que, producto de abandonar mi país y de un largo arrastre de problemas personales sin resolver, desarrollé una depresión mayor que casi acabó con mi vida. El desbalance químico que presentaron mis neurotransmisores por ese entonces me causo largos episodios disociativos, suicidas y psicóticos, que sólo lograron superarse mediante la ayuda psicológica y psiquiátrica dentro de la internación.
Lamentablemente, es raro que alcances la recuperación total dentro de un hospital. El aislamiento tiene la bondad de devolver a la mente un sentido coherente del mundo, de la percepción que manejas de ti mismo frente a la vida, de reeducar los comportamientos y retomar la capacidad individual para sobrevivir solo pero al salir me advirtieron que el camino para sanarme sería largo y que era mi voluntad la que me otorgaría las herramientas necesarias para plantarme de frente y confrontar la oscuridad. Porque la terapia y las pastillas continuaron y continúan hasta hoy.
Cuando inicié el tratamiento ambulatorio era reacia a hablar de temas lejanos pero conforme mi confianza se transformó, hicimos una revisión detallada de mi vida desde la infancia, mi facilidad para los estudios, las actividades recreativas y las dificultades para ejecutar tareas relacionadas con la interacción social. La ansiedad con la que conviví desde niña y que se manifestaba, por ejemplo, a través del bruxismo. A veces hasta llamar a un familiar, pedir una pizza por teléfono o preguntar una dirección era causante de episodios de estrés cortos pero perturbadores. Mi adolescencia se caracterizó por el silencio con la fortuna de que entonces contaba con una terapeuta que me ayudaba a sobrellevar mis interrogantes, cosa que no evitó que somatizara toda la frustración que me generaba el entorno familiar y escolar. Vivía en cama y evitaba a toda costa tener que hablar con otras personas. No me hallaba, no entendía entonces si me gustaba saberme mujer o su sinceramente quería comportarme como un varón, también presentaba un interés nulo por temas que implicaran sexo o sexualidad.
A decir verdad, aún con todas las dificultades que me generó esta condición, me fue bastante bien creando vínculos sólidos con otras personas incluso cuando me sentía mas abstraída. Después de los quince años, la comunicación con los demás mejoró considerablemente cuando me hallé dentro de una escuela en la que no me sentía segregada ni señalada.
Si tuviese que marcar un antes y un después de la depresión como un estado constante en mi vida, sería el intento de suicidio de mi padre y todas las circunstancias en torno a éste hecho. A los dieciséis abandoné la esperanza porque comprendí que después de casi tres años de terapia, nada de lo aprendido me había preparado para eso. Sentía vergüenza y le huía a la lástima, me mantuve en una postura de fuerza sin permitir que los sentimientos me derrumbaran.
Cuando a los 45 años me informaron que iba a ser madre por segunda vez, mi corazón se lleno se asombro y gozo y no lo podía creer, resultado de esa noticia fue una niña larga y hermosa que creció pronto y asumió el desarrollo de una personalidad propia y llena de independencia , hoy sé que padece de una condición psicológica que se fue manifestando a lo largo de su vida, solo que yo no lo sabia y lo atribuía a que era diferente por ser hija de un par de viejos con un hermano diez años mayor, ahora me doy cuenta que mucha de sus actitudes en el colegio eran realmente situaciones de ansiedad y pánico que se traducían en no querer ir, trancarse de la respiración o querer dormir todo el dia.
De niña le gusto ser siempre independiente y responsable, le gustaba que le leyera en las noches «Memorias de Mama Blanca», en una versión especial para niños, era poco aficionada a la televisión salvo las series japonesas que captaban toda su atención y al juego con sus primos contemporáneos, nunca fue niña de berrinches o lloradera, le gustaba ayudarme en las labores de la casa. Cuando llegó a sexto grado le hacia ilusión estar con una maestra que ella consideraba ideal y después no la podía soportar. En la adolescencia se aficionó al color negro y a las imágenes de calaveras y representaciones de muerte, no me agradaba pero lo acepté pensando que era lo moda de la época, pienso ahora que no era otra cosa que la sublimación de hacerse daño físicamente, cosa que nunca hizo. Cuando comenzó a trabajar y asistir a la universidad veía con preocupación que cuando bebía no paraba hasta volverse «mierda» como ella misma lo decía, hoy me doy cuenta que era parte de su condición de auto destrucción, algunas veces se ponía muy agresiva para enfrentar situaciones de injusticia social, también participaba de las manifestaciones en contra del gobierno y se vio afectada por los gases lacrimógenos. Eso me mortificaba mucho pero ella haciendo uso de su adultez e independencia participó en esos eventos cada vez que quiso, pienso que estaba presente una conviccion además de hacerlo para alcanzar a consolidar su propia imagen»
Mi madre
Entre los dieciocho y los veintidós años, sentía la impulsividad arrastrarme a cambiar mi cabello cada que podía, como si se tratase de una fórmula mágica con la cual encontrarme. En ésta época comprendí que lo que me atraía de otras personas era su esencia y no su sexo, siempre fui particularmente sensible a las críticas y cuando culminaba alguna relación independientemente de su naturaleza, mis sentimientos no podían mantenerse neutrales sino completamente polarizados. Mi forma favorita de autodestruirme siempre fue beber: sin límite, sin control, sin medir consecuencias. No era alcohólica pero bebía como una y aunque jamás manifesté algún trastorno alimenticio, tengo una relación complicada con la comida: a veces la ansiedad me impulsa a atragantarme como si con ello pudiese acabar con un vacío, luego subo de peso y caigo en la culpa. Y así sucesivamente.

Quizá por ello el arte mermó tanto mis inseguridades. Trabajar en un teatro me soltó la lengua y me obligo a desarrollar habilidades sociales que por fortuna mantengo hasta hoy, tener que defender mi trabajo plástico, también. Probablemente la tormenta de emociones me inundó después de saberme enamorada y pasar justamente por esa característica alternancia entre el amor y el odio. Además de mis arranques de ira injustificada y extensos periodos de melancolía y tristeza. Tener una relación me ayudó a manejar estos síntomas porque me obligo a incorporar en mí los matices, ese complejo ejercicio de caminar por el centro dejando los extremos a parte. Ciertamente mis compañeros y amigos han sido fundamentales para esto.
Esta dicotomia del bien y el mal se manifestaba en tonterías como el amar u odiar a un famoso. No me daba permiso de disfrutar una canción si consideraba que su género era mediocre y por lo mismo no bailaba o me abstraía de divertirme. Limitaba mis gustos a un reducido número de películas, bandas, series. Le temía a la novedad, a lo desconocido, a lo diferente. Creo que me daba terror perder la imagen que había logrado hacerme de mi y a la idea de que por vez primera tenía el control de mi vida, aunque fuese desde el lugar incorrecto.
Vivir con Ura siempre fue una experiencia hermosa. En ella hay un pozo creativo, de razonamiento y de ingenio fenomenal. Nos complementábamos en muchas cosas pero en algún punto de nuestro crecimiento algo en la comunicación nos falló, no sé si es normal, pero duele que ese click haya cambiado por tanto tiempo.
En medio de refuerzos negativos y tensiones de vida, pude ver como emergió un mal humor constante, ausencias, lejanías y era incomprensible para mí cuando notaba una desmesurada forma de tratar de complacer algunas amistades pero yo no intervine porque pensaba que en mi forma de ser tan solitario, era yo el que estaba mal pero lo asumía como mi forma de ser.
Creo que si algo me extrañaba demasiado fue, ya en los años previos al viaje, reacciones de rabia y molestia exacerbadas que no se correspondían al contexto. Una vez más, lo atribuí a factores como la toxicidad del entorno pero con el conocimiento que tengo ahora creo que es importante identificar que ese ambiente negativo sólo sirvió para detonar una condición que se había manifestado en pequeños oleajes.
El TLP estaba y muchas veces nos tocó el timbre. En ese pensamiento constante de abandono o de no protección, en esa tristeza y mal humor que, a pesar de tener su razón de ser, se acentuaron de una forma mucho más dura con el paso del tiempo.
Lo más difícil para mí fue tratar de conectar a veces con ella, sentía un puente levadizo cerrado y podía percibir esas ganas de alejarse del entorno que le hacía daño a ese reactor interno que ya estaba en alerta amarilla pero que seguía en efervescencia.
Una de las cosas que más disfruté de nuestra convivencia es el arte, porque en sus silencios, la conocía en el arte, disfrutaba cada uno de sus dibujitos (de los cuales aún guardo varios) y siempre me extrañó que no se daba crédito a tanto talento maravilloso para poder plasmar el entorno. Sus manos dibujaban amistades, personajes que me encantaban como “Blackie” y también sus terrores que ahora entiendo, estaban en tinta azul y roja.
El TLP puede pasar a cualquiera, a veces creo que ese veneno que nos rodeó también me infectó, pero gracias a Ura puedo estar más alerta.
Si leen esto y ven que alguien querido tiene cambios de humor extremos, sensación de soledad, abandono, impulsividad y tendencias destructivas apoyen, presten atención con serenidad, cabeza fría y lo más importante, con comunicación, con un abrazo y con la disposición a escuchar.»
Mi hermano
Como han podido leer, he pedido a mi mamá y a mi hermano que participen de esta entrada contándome desde su perspectiva y con la información que manejan ahora, que se sintió crecer conmigo. Es un poco irónico, mis primos no han escrito nada pero hemos participado de una tertulia hace unos días concluyendo que fuimos potencialmente maltratados al punto de que pudiésemos ser terribles personas, pero hemos decidido trabajar en pro de transformar la generación sucesora de manera de que no padezcan lo mismo que nos tocó. Ellos también han asistido a terapia, también estuvieron a punto de perder personas por no afrontar sus demonios y creo que por ser más contemporáneos conmigo y haberme sostenido cuando más lo necesité, comprenden mejor lo que me pasa.
Con veinticuatro años era licenciada, especialista en eventos dentro de una institución cultural reconocida en latinoamerica, artista emergente y psicodramatista en formación. Tenía algo parecido a un hogar, una persona que me amaba, amigos incondicionales y yo, estaba vacía. Se me terminó la perspectiva, no me veía siquiera en un futuro cercano porque cuando algo muy pequeño se me salió de control, creí que lo que imaginaba se había caído a pedazos sólo porque no era tal cual lo había querido. Y traté de levantarme del vacío y el hoyo que cada día me consumía más física y mentalmente. Ahora pienso que cortar mi cabello fue el equivalente a repetir la historia de Sanson.
No supe limitar a las personas que me utilizaron como maleta de carga para sus responsabilidades así que somatice la rabia y la impotencia en bronquitis, gripe, dolor de estómago. Aunque tengo dos hernias lumbares éstas no han causado ni la cuarta parte del dolor que si me ha generado el traspaso de las preocupaciones ajenas. Yo super poderosa, yo haciendome cargo de todos menos de mí misma, yo desarrollando un trastorno por precisamente no haber aprendido a poner límites.
De los nueve criterios de diagnóstico, puedo reconocer cinco claramente presentes a lo largo de mi vida pero cuando la depresión ganó, los otro cuatro se manifestaron como los jinetes del apocalipsis, destruyendo todo a mi alrededor y alejándome de mi verdadera esencia. En uno de los textos estudiados recientemente, específicamente el del Dr. Daniel Serrani de dos mil uno, se lee que cerca de la mitad de los pacientes diagnosticados dejan de presentar estas características después de transcurridos dos años de tratamiento. El mismo generalmente consiste principalmente en reeducar los patrones de comportamiento de manera que los sujetos aprendan a regular las emociones, desarrollen empatia, practiquen la atención plena y la tolerancia al estrés, de forma que puedan recobrar su bienestar y las riendas de su vida mediante la inteligencia emocional.
La parte bonita de todo esto es que funciona. Requiere tiempo, disposición, constancia, disciplina y mucho pero mucho amor propio. Aceptar quien eres para poder avanzar sin buscar culpables.
Es la primera vez que me pasa de estar escribiendo y terminar tan triste frente a un texto. Me lo temía cuando quise hablar de esto, que retomaría memorias que aún lastiman porque la realidad es que aunque extraño mi país y mi casa, estar fuera de ella y lejos de mi núcleo ha sido la única manera de crecer, de sanar. ¿Se han sentido invisibles? ¿Ignorados? ¿Poco importantes? Durante años de convivencia quise que mi hermano y mi mamá me ayudaran a construir un hogar como el que veía en mis amigos, en mi novio pero no hubo forma. Cuando un tercer agente se involucró y arribó a mi casa y demandó un hogar, ellos cambiaron. Los meses previos al viaje permanecía junto a mis primos, y antes de ello aguardaba lo más tarde que me permitía la oficina para no tener que llegar. Mi malhumor brotó a raíz de que comprendí que hablar desde mis anhelos era una completa estupidez, no entendían sino ejercía violencia. Hubo en mi tantas señales de alerta, tantos pedidos de auxilio pero quienes lo vieron fueron justo las personas que no vivían conmigo.
Quizá el dolor más grande es comprender que hay quienes no son capaces de transformar sus palabras en acciones, acciones que modifiquen su entorno, su vida, la miseria con la que les tocó crecer, acciones que tú harías por ellos. Y no estoy diciendo esto como un paciente de salud mental sino como una mujer humana y completa, que rememora a la persona que más quizo diciéndole «No quiero que emigres por mi, quiero que lo hagas para que salgas de ese lugar que tanto daño te hace». Y eso hice, lo más difícil que me ha tocado transitar, una decisión que me costó literalmente la vida y que me permitió entender que siempre me he tenido a mi: En Caracas, Ciudad de México y Buenos Aires, siempre fui yo y seguiré siendo yo con mi luz y mi oscuridad.
Empatia es dejar de ver sólo tú dolor y ponerte en el lugar de los demás. Es accionar, asumir que quizá ese movimiento chiquitito va a transformar la vida de otra persona, familiar o no. Aún así creo que si es alguien a quien amas, no tendrías ni que pensarlo. Es muy amargo repasar la negligencia emocional pero aceptar esto y poner límites en lo que acepto y lo que no es exactamente lo que me ha permitido continuar.
Tu vida es tuya, no eres lo que te pasó sino lo que decides hacer con ello. Mi nombre es Urania, soy una paciente borderline y sigo aquí, entera y amada. Me acepto, me respeto y escojo continuar lejos del juicio, dolor u odio. Soy la artista de mi propio destino, la que cambia soy yo.
[1] Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales