«La peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras»
Arthur Fleck, Joker 2019
El día que me senté en la sala de cine a ver Joker, una sensación compleja se apoderó de mi. La frase anterior me impactó tanto que tuve que detenerme y anotarla para poder seguir disfrutando del film. La dirección, el arte y las actuaciones me conectaron inmediatamente con aquel contexto cuasi simbólico del declive de la salud mental de un individuo que se autopercibe invisible en su mundo gris, que siente pena de si y sólo quisiera ser visto, reconocido como persona dentro de una sociedad salvajemente egoísta. No se trata de poner etiquetas sino de ser conscientes de que no todas las personas poseen las mismas habilidades socialmente demandadas para conectarse con el entorno, que cada quien tiene su talento y por sobretodo, que debe ser un derecho el tener acceso a servicios de salud que prioricen la integridad psíquica de cualquier ciudadano.
Google fotos ha decidido recordarme que por estos días hace dos años, creé una cuenta en instagram con el objetivo de subir una serie de fotos capaces de emular una frase disparadora. Esas palabras habían sido dichas producto del caos y la incomprensión, la idea tenía por fin «rematrizar», término psicodramático que se refiere a la revisión del momento que originó un patrón de conducta para modificarlo y así mismo, resignificarlo. No eran buenas fotos pero pensarlas y ejecutarlas me proporcionó algo de paz, una mediación con la rabia que acumulaba contra mí misma. Sin embargo el objetivo sólo se logró en una dirección que no fue precisamente la mía.

Después de emigrar me acostumbré a las sacudidas violentas del universo. No es que no me gusten los cambios ni tampoco que sea poco inteligente, es que de una forma u otra, adaptarme requiere tiempo, atención y aceptación. Ni estando enferma mis arranques venáticos se eximieron de aparecer, eran incluso más violentos e irascibles por lo que, tengo una amplia lista de estupideces cometidas los primeros seis meses del año pasado. Estaba segura que mi juventud había culminado, no tenía propósito ni intención alguna de encontrarlo. Pasé a formar parte de los grupos humanos que operan en el día a día con el único objetivo de adquirir la plata necesaria para comer y pagar arriendo.
Mi cuerpo, alguna vez esbelto, se desplazaba torpemente por pasillos y calles silenciosas sin encontrar placer en absolutamente nada. Visitaba a mi terapeuta dos veces por semana y aunque alquilaba una pieza dentro de un apartamento con derecho al uso de áreas comunes y un smart con Netflix, no salía de la cama, no hablaba con mi casera, no establecía ningún diálogo con el afuera. Estaba encerrada en mi propia celda, aplastada por mi propio peso y atacada por mis temores que incluso llegaron a somatizarse a través de parálisis corporales. Así de extremos eran mis ataques, así de abismal el vacío porque hablando con una de mis hermanas lo he recordado: sabía que YO los había decepcionado, a toda su fe depositada en mi, a sus cartas, a los papelitos pegados alrededor de mi cama, a sus consejos, a las veces que me habían tomado de las muñecas para evitar que me autolesionara, a los besos en la nariz, a las papas fritas con helado. Los traicioné…
O eso pensaba.
No todas las personas consiguen reponerse luego de haber estado sepultadas vivas y lo que es peor, no todas admiten haber estado ahí así que a veces se nos escapan los puntos de referencia pero, me he recordado bajo la lluvia, andando por la calle que bordea el Rosedal caminando detrás de los patos y sus patitos. Ese día actuaba como una niña detrás de algo nuevo y desconocido, fascinada por la pelusita amarilla de los bebés y por su manera de sacar ventaja con aquel clima que modificando el entorno conocido, daba pie para que probaran nadar en aguas menos profundas pero circunstanciales, a disfrutar del momento permitiéndose estar ahí sin interrogaciones. Después de todos estos años no he perdido la capacidad para sorprenderme y es justamente por eso que sigo acá, porque para un comunicador debe existir la emoción y esta no puede manifestarse si no es a través de la percepción que se tiene de la realidad. Fueron las artes las que una vez más me dieron la oportunidad de nadar sobre asfalto, un medio diferente pero siempre con el mismo fin: el establecimiento de un vínculo con mi existencia, por más tortuosa y abrumadora que fuera.
Cuando ubiqué Viva Estampa por las redes, no sabía como operaban ni que requisitos eran necesarios para participar de él. Tampoco me uní de inmediato, hicieron falta semanas de digestión hasta arriesgarme a hacer un cambio. Recordaba entonces a mi maestro quien, un día en el que le había presentado una idea desorganizada y confusa, me retó y me mandó a tender la cama después de levantarme. Y si, tal como suena fue una orden directa «A ver si se le organizan los pensamientos.» En esencia es así de sutil y frontal, está casado con una psicóloga y me comentó que desde que ella le había invitado a establecer esta rutina se le hacía más sencillo ser disciplinado. Así que volví a hacerle caso y nuevamente, su sabiduría me encaminó. No me había pasado nunca ser parte de un colectivo de nada, la verdad es que aunque aprendí con la experiencia a ser simpática, responsable y empática, siempre me manejé mucho desde lo individual. Tuve que aprender de nuevo a creer en mi trabajo y a recuperar el título de «Artista» cuando comprendí que si yo no me lo creía, nadie iba a hacerlo por mi.
Me fue grato encontrarme en ese espacio cuando dejé de sentirme ajena, fueron los mismos argentinos quienes me incluyeron en su totalidad. Creo que saberme parte de un «todo» fomentó mi necesidad de hallar mis propias respuestas sin seguir persiguiendo la necesidad de consultar todo y buscar aprobación en los demás. Comencé a comprender que había mucho que sí sabía y que mi ignorancia era sólo consecuencia del olvido. Fueron las pinturas, los collages, el intercambio de sentires, los hilos, el reconocimiento del otro, los recorridos dentro del museo, el hallazgo de mi voz y el concientizar que aún era capaz de leer las obras expuestas dentro de una sala o sobre un papel lo que restauró mi fe en la poética e increíble capacidad que tiene el arte para comunicar lo indecible. Entonces unos meses después de haberme hecho parte de eso, una compañera me miró y dijo: «¿En serio estuviste internada? Porque no parece». Supe que cuando la locura se apodera de ti, el externo adquiere tal capacidad de reflejar el interno que acaba por desdibujar tú verdadera esencia.
Y no, YO no los traicione. Hice lo que pude con lo que tuve, perdí una batalla pero no la guerra. Quiero confiar y tener la certeza de que si yo hubiese estado entera y en pleno uso de mis facultades mentales, hubiese preferido amputarme las manos antes de lastimar de forma indolente a quienes me cuidaron, velaron por mi sanidad y contribuyeron al hecho de mantenerme con vida. Porque no hay mayor carga que la culpa adoptada después de haber perdido la razón, de recordarte únicamente estando mal asumiendo que no podrás cambiar, que fuiste y eres un ser mentiroso, que tu sentir no es verdadero. Cuando te disocias, en esa realidad absurda lo que sucede es auténtico para ti, quizás los de afuera no sean capaces de comprender como percibes que hay arañas gigantes entrando por la puerta de tu cuarto pero para ti eso esta pasando. Ahora, después de un año de poder recordar ciertas cosas comprendo que aunque no era una realidad palpable, para mi mente enferma eso sucedía y no tengo porque juzgarme por ello.

Cada vez que estos pensamientos me encierran, corro y escribo para darles forma sobre las hojas. Así nacieron los primeros dibujos, así pude volver a enunciar a Boltanski y Bourgeois, así pude conectar con las personas nuevamente, preocuparme por mi bienestar, hacerme responsable de mi y de la persona que quiero ser. Y es que cada uno de los miembros de Viva Estampa le aportó luz a mis temores desde distintos lugares, hablando de su tránsito desde su experiencia de vida significativa, compartiendo una canción que les movilizaba, sus recorridos reconstruyendo paisajes Europeos, regalando una guía porteña para disfrutar de esa Buenos Aires cultural, cómo afrontar el miedo:
«Yo también estuve ahí»
«Yo también subí de peso»
«Yo también me quedé sola»
«Hoy siento que no puedo con nada»
La salud mental es responsabilidad de todos.
Quienes hacemos parte del colectivo lo hemos aprendido, lo hemos hecho consciente. Yo llegué a creer que no había vida después de los veinticinco, después de haber muerto en tantos lugares y de tantas formas distintas, luego de lograr buena parte de los objetivos que me había planteado a corto plazo, de haber tropezado y dicho tantas estupideces estando fuera de mi, de conseguir que aquellos hombres férreos y estoicos lloraran como criaturas, de tragar tantas pastillas deseando desaparecer, de irrespetar mis creencias y valores, de orillar a mi familia a perder la razón. Es esta misma hermana quien me ha recordado aquel día en que le susurré
«¿Por qué siempre tengo que ser yo la fuerte?»
A menudo me pregunto como me perciben los de afuera, por qué algunos de los seres que más me importan han confiado y confían ciegamente en mí incluso después de verme derrotada sobre el suelo, por qué a pesar de nuestros episodios todavía él me manifiesta que me considera la mujer más valiente que ha conocido; por qué mantienen su admiración aún después de saber tantas cosas que todavía no han sido escritas. Creo que estoy bien encaminada, ya me observo en el espejo y encuentro a la muchacha que torpemente manifiesta su cariño hacia sus semejantes, a la que no baja los brazos frente a la tristeza, a la que reconoce la luz en los demás. Después de tanto andar, vuelve a gustarme lo que veo, lo que escucho y lo que pienso.
Hay algo que entendí luego de unirme al grupo que forma parte del programa de inclusión cultural del departamento de salud mental desde el área programática del hospital Moyano [1] y luego de habitar la miseria propia del victimismo: Puedo hacer la diferencia, puedo cambiar mi mundo, puedo ser mejor. Estos días tan duros y confusos en los que comprendo con más inmediatez la esencia del ser y lo que me aporta el entorno, estoy laburando con una sonrisa y aprovecho cualquier espacio disponible para investigar o escribir. Pretendo seguir aprendiendo, dar respuesta a cada pregunta que pueda ser contestada, servir de referencia para el que lo requiera y prestar mi apoyo a quien lo necesite así como esas tantas personas que lo hicieron por mi.
Claro que hay vida después de los veintisiete y no existe mayor manifestación de cambio interno que despertar cada mañana con ganas de emprender un nuevo día, de recorrer caminos inciertos, de hablar con normalidad de mis pecados, de no seguir expiando mis errores castigándome, odiándome. Soy real, soy la suma de todas mis partes, soy mis otoños y también la eterna primavera pastoreña. Tierna y ruda simultáneamente pero transparente, sincera y frágil. Sólo ser y fluir sin control, sin tiempos. Permanecer en la infinitud celeste, sólo eso y nada más.
[1] Hospital neuropsiquiátrico ubicado en Buenos Aires, Argentina y que se dedica a prestar atención médica exclusivamente a mujeres.
Excelente, con cada línea pude entrar aunque sea por unos pocos segundos en lo que fué tu proceso, nada fácil y muy solitario. Lamento que vivieras algo tan difícil, me alegro que puedas reconstruirte de las cenizas. Desde la distancia, un gran abrazo por ti, que luchas cada día por estar bien.
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VAMOS!
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