Por donde entra la luz

En uno de los últimos semestres de la carrera, opté por cursar una materia electiva denominada: «El arte como mediación del espíritu». Cada encuentro afloraba en mi una nueva pregunta referente a mi tránsito por el hacer del arte, por establecer el diálogo con el otro. Nunca olvidaré el ahínco de nuestro maestro, escultor y artista sonoro, de mantenernos presentes en el aquí y ahora: la no evasión, la aceptación de incluso las realidades más escabrosas de nuestro cotidiano porque esa era la única forma de dignificarlas y así mismo, poder transformarlas. Y para ello sirve el arte, para conectar de la forma mas pura con el espíritu del otro.

El plan para mi cumpleaños número veinticuatro era disfrutar de un musical con entrada gratuita y luego desplegarnos por la tarde en la anchura de algún parque. Lo primero no fluyó y por ello decidimos aventurarnos por las calles queriendo contar con la fortuna de un milagro. Nuestros pasos nos condujeron a una nueva librería en donde Armando Rojas Guardia se encontraba sentado frente a una pequeña multitud. Tenía la voz queda y dulce, ninguna palabra parecía escogida al azar, las sonrisas ladinas a mi alrededor me permitieron comprender la magnitud de su alcance aún cuando yo lo veía y le escuchaba desde una primera planta. Mi corazón latió con mucha fuerza. El pasado nueve de julio, ese señor de semblante sereno se despidió de este plano y no pude evitar querer llorar un poco, en silencio y sin pena. No todos dejan una huella tan nítida en tus recuerdos, quizá fue porque ese día me sentí como una niña cumpliendo sueños aunque tomando vino porque en ese encuentro nos tropezamos con algunos profesores de la facultad que nos dieron a conocer a otras figuras del arte contemporáneo venezolano. Se convirtió en mi lugar feliz junto a personas amadas, en un cumpleaños inolvidable.

Aunque en su momento lo haya vivido como un cataclismo poco menos que devastador, luego, al interiorizar la lección espiritual que me aprontaron y aportaron sus imágenes, al hacerlas material psíquico iluminado por la conciencia, he terminado por percibir que ellas -esas imágenes- constituyeron un trayecto en mi caso insustituible de plenificación interior. Me parece constatar que he emergido de aquel cataclismo un poco más sabio y más denso, con un conocimiento mejor aquilatado del mundo y de mí mismo.

Armando Rojas Guardia

Diego se marchó cuando inició la primavera. Él era un amigo de mis compañeros de cuarto y se había tomado vacaciones para conocer Buenos Aires directo en autobús desde Santiago de Chile. Aunque no guardo certeza de la veracidad de mis recuerdos, tenerle aquí y poder conectar en la liviana simpleza de una conversación, me hizo sentir real dentro de mi mundo incoherente. Le comenté que mi sueño era poder salir de aquello y ayudar a otras personas, a lo que contestó «Conmigo ya lo haz hecho».

En aquellos días tan borrosos, por entonces soñaba con una Urania sana y vestida de colores que pedaleaba una bicicleta por las verdes calles de Villa Crespo, lo irónico de esta fotografía es que jamás había montado en una. Fue hasta el año pasado que finalizando el invierno, Gus se revistió de ternura y paciencia sosteniendo el manubrio y la rueda trasera mientras yo movía las piernas torpemente con temor de caer, de lastimarme físicamente. Él no lo lo permitió, a través de su confianza yo encontré la mía y en menos tiempo del esperado, iba y venía por las avenidas cada que me entraba en gana sentir el aire chocar contra mis prominentes mejillas o cuando necesitaba callar algunos pensamientos tormentosos. Si algo tengo que agradecerle infinitamente fue enseñarme a experimentar esa sensación de libertad suprema que tienes sobre dos ruedas, como aprendes a observar el entorno desde una perspectiva casi surrealista.

Y ese fue otro de mis medidores para comprender lo ajeno que me era mi cuerpo aquella primavera de dos mil dieciocho porque no pude entender como no caí rendida ante la magnificencia del precioso jacarandá florecido. Bicicleteando por Recoleta y Chacarita, observando sus flores teñir el césped de violeta coloreando lo que quedaba del fantasma invernal, el olor a primavera te llenaba el estómago de mariposas, la brisa fresca te despeinaba y clavar los ojos en el cielo me permitió conectar con la felicidad brotando de mis extremidades al saberme viva y por fin, sana.

Aunque tengamos cicatrices y grietas en nuestros cimientos, el sol se cola con más facilidad por ellos, en un íntimo y silencioso ejercicio que tiñe de dorado el interior. Creo que empecé a sentirme persona nuevamente después del último invierno, entonces hacía dibujitos zonzos mientras laburaba, desayunaba con crema de maní y frutas, me ejercitaba dos o tres veces por semana y por la tarde tomaba una bicicleta y rodaba desde Villa Urquiza hasta Colegiales, a su casa, para compartir unos mates, la cena y a veces medio kilo de helado. Ya los colores de aquella ciudad tan gris en principio, me guiaban a mi destino y solía retarme estableciendo nuevos alcances de velocidad de un lugar a otro sin desvanecer en el proceso. Nunca le tuve miedo a los autos, manejar se convirtió en parte de mi terapia reconstructiva.

Comencé a tratar de disciplinarme poniendo en palabras concretas algunos pensamientos. También quise bailar por mi cuenta y cuando estuve más segura, volví a nadar. Empezar algo nuevo significaba una sensación terrible de sangre fría corriendo por mis dedos y garganta pero conforme fui recordando como respirar, pude hacer frente al temor. Todos mis miedos hacían fila para aparecer uno tras otro y probar si había aprendido la lección o continuaría repitiendo de patrones. El verdadero peso de la recuperación siempre recayó en el no poder alcanzar pensamientos o momentos demasiado lejanos, mi realidad se limitaba a la persona que había sido la última mitad de ese año fatídico y por ende, mi auto percepción no podía ser otra que considerarme un ser humano espantoso. Le dediqué mucho tiempo a autoinflingirme dolor, sabotearme, golpearme, maltratarme, mentirme y huir, entre otras cosas. En mi salón de los espejos no había ninguna persona capaz de cambiar mi pensamiento, la barca que navegaba seguía el ritmo que yo le imponía aunque tuviese las velas extendidas en sentido contrario.

Estuve perdida. La reinserción social de una persona que ha sufrido un episodio de gran impacto que modificó su salud mental es una tarea ardua y lenta. El algoritmo de instagram hizo su trabajo ese día que me lanzó el post de un colectivo de arte llamado «Viva estampa» pero en su momento no fue el que trabajaran la salud mental lo que me atrapó, sino que le daban valor a las modificaciones físicas de los objetos y con ellos y su intervención, contaban historias. El día que mis piernas me adentraron en el Museo Sivori un jueves por la mañana, automáticamente asumí un compromiso conmigo misma: debía levantarme temprano, salir de casa, hacer uso del transporte público y conversar con otras personas. Y aunque para el común de la población pueda parecerle ridículo y simple el vago retrato de la cotidianidad de cualquiera, quien les escribe es una persona que no se cepillaba los dientes por la noche porque no tenía ganas, que dormía doce horas o más con tal de evadirse, que no establecía diálogo presencial con prácticamente nadie y que no podía ver demasiada televisión porque le generaba ansiedad. Alguien que sobrevivió cinco meses gracias a que su pareja le proporcionaba alimentos, llegado incluso a alimentarla directamente en la boca. Tan embarazoso como suena, podía pasar tres días sin tocar la ducha porque no quería salir de una posición estática, ni siquiera puedo recordar que hacía estando tan quieta. Solo existía entonces pero no vivía.

Y aunque ahora esto me parezca ajeno y distante, en realidad no quiero enterrarlo porque estoy orgullosa de mi misma. Mi proceso compone el de muchos que no siempre consiguen alcanzar la tranquilidad y aceptación que yo encontré

¿Cómo lograrlo?

Obra colectiva – Participantes del colectivo VIVA ESTAMPA / Julio 2019

No soy terapeuta, soy artista, sobreviví al agujero y sobrellevo mi problema con responsabilidad. Entender que el control se nos salió de las manos debería ser el motivo perfecto para buscar ayuda profesional, si, profesional. Ni tu madre, ni tu hermano, ni tu pareja pueden o deben jugarle al rol de psicólogos. Utilizarlos como depósito de miedos y angustias sólo va a proporcionarles frustración por no manejar ni conocer las herramientas para tratarte y a la larga, esto perjudicará su relación. Siempre debemos tener presente que existen lugares de atención a bajo costo e incluso gratuitos, la salud mental debe ser tan prioritaria como la física y no tiene porque ser un tabú hablar de ella, todos tenemos problemas pero está en cada uno buscar solucionarlos, y no está mal necesitar de otro para ello: nadie puede solo.

Establecer rutinas creativas beneficia el proceso de recuperación. Tener horas para desarrollar tareas que nos aporten beneficios físicos y emocionales como las actividades manuales, bailar o practicar yoga, caminar, escuchar música, evitar el ensimismamiento que sólo acrecienta la brecha con el presente. El secreto recae en tratar de vivir en el aquí y el ahora cada día, sin excusas, sin ubicar culpables, recordar que cuando respiras ocupas segundos de un momento que transcurre y al que perteneces. Cuando asumes tus propios límites llegas a comprender que ocho horas de sueño, comer sano, evitar bebidas alcohólicas, la conexión con tu cuerpo físico, mental y el tiempo de calidad con los afectos, sana. Quizá mi mayor enfrentamiento lo ejercí frente a la toma de la medicación. No fue sencillo asumir que la necesitaba y menos ser organizada al momento de tomarla sin cometer desastres. Hay que entender, por mucho que nos afecte, que a veces es necesaria para aliviarle la carga a nuestro cerebro teniendo siempre presente que si estas iniciando un tratamiento puede tardar un tiempo en que su efecto se haga evidente. Dile a tu ansiedad que deje de mirar el reloj, no estas perdiendo tiempo, estas aprendiendo a conocerte y a aceptarte en todas tus formas.

Les confieso que esta semana me ha costado trabajo hallar el lugar correcto desde el cual escribir. Estoy atravesando una ola de cambios que me resuenan siempre desde la resiliencia, recuperar y mantener nuestra forma original a pesar de las modificaciones que hayan podido ocasionar el entorno. He recordado el libro Amor en minúsculas de Francesc Miralles, una hermosa historia que describe este amor compuesto de acciones pequeñas que al acumularse causan la modificación del presente. Y así es, no te creas estancado sino mejoras a velocidad vertiginosa, sino recuperas tu felicidad en semanas, si hay noches en las que solo quieres llorar. Si cada día consigues ejecutar aunque sea una pequeña acción que te modifique de forma positiva, ese día hiciste tu parte. El equilibrio entre ser amables con nosotros mismos sin rayar en la autocompasión tóxica orillada a interpretar el papel de la víctima. Somos responsables de lo que nos pasa, por ello, hay que hacerse cargo. Nadie salva, tú mismo eres quien se rescatará del caos y para ello debes aceptarte y amarte tal cual eres: valioso e irremplazable.

No entiendo como antes me molestaba el silencio, ahora es uno de los estados que más me gustaría perpetuar. Me sonrío al pensar que yo no me consideraba impulsiva y ansiosa, quizá porque no entendía en realidad lo que significaba serlo. Me pienso ahí andando por los bosques de Palermo sin temor de la inmensidad del cielo, con ganas de verlo todo y al mismo tiempo con la permanente angustia de no saber si el tiempo se está invirtiendo de forma correcta, si me alcanzará. Porque tengo una percepción medio jodida del afuera y de lo que creo que yo debería ser: útil, transformadora, amable, perceptiva, tenaz, valiente, y son todas estas imágenes del ego las que me alejan de la libertad. Ese es el trabajo que hago ahora: permitirme ser, con la totalidad de todas mis partes sin juicios de valor, sin juzgarme.

Creo que la luz que se ha colado a mi interior es la propia del sol sobre mi coronilla, esa que solo permitía pasar a través de mis ventanas negando por completo mis líneas tangenciales. También creo que el abandono del trauma como lugar de enunciación ha sido la decisión más amorosa hecha por mi para mi. Pensando en esto me trasporté hasta hace unos doce años, en unas vacaciones familiares con mis padres y mi tía. Una de esas noches me senté en la mesa con papá mientras él bebía una cerveza y no recuerdo la razón, pero en ese momento el quiso hablarme de la energía que nos compone, la conexión con el universo, el desencarnar, el reencarnar y como nuestros espíritus se fortalecen cada que tenemos la oportunidad de resarcir las deudas de otras vidas. Entonces yo no entendía mucho pero él me dijo que mi espíritu era viejo y que en varias ocasiones le había mostrado, desde mi percepción, cosas que él ignoraba. Mi papá no fue como la mayoría de los papás que conozco, él consideraba mi genialidad algo tan palpable que me lo terminé creyendo sin remedio. A pesar de todo ahora sé que no pudo ser otro que él, el mejor progenitor para mi aprendizaje y evolución en ésta vida que llevo. Creo que si soy tan vieja, aún soy bastante torpe y debo aprender una basta variedad que asuntos que desconozco pero tal y como decía el querido poeta Rojas Guardia:

Algo muy hondo relativo a la condición humana, a sus glorias morales y a su incontestable experiencia de la culpa; algo definitivo acerca de la noción de Dios, del advenimiento liberador de la gracia y de la sombra siniestra, puntual, que esconde, debajo de sí misma, toda conciencia; algo crucial referido a mis propias realizaciones existenciales y a mis metas y desventuras éticas: todo eso lo he aprendido, con dolor y exaltación anímicos, del delirio psicótico.

Armando Rojas Guardia

Hasta siempre. Gracias, gracias, gracias.

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar