Escribir. ¿Me queda otra opción en este mundo en que tanto estará siempre lejos de mi? Pero aun sigo vivo y soy incontenible y no importa que esté condenado a las esquinas, a las gavetas, a la inexistencia.
Eduardo Lalo
No fue fácil acceder a volver a dormir junto a otra persona. Aunque mi parte más vulnerable lo ansiaba con locura, mi sentido común tenía siempre presente que esa ausencia de piel y calor junto a la almohada se sentía como un bloque de hielo en la garganta que no te permitía darte la vuelta y acurrucarte en paz. Tengo una relación complicada con el invierno, el frío me recuerda la época en la que arribé a esta ciudad. Inclemente y húmedo, colándose entre los huesos y el escaso abrigo al mismo tiempo que yo trataba de conseguir empleo, tener dinero y alcanzar algo de estabilidad. Tengo la sensación de que la cuarentena, al invitarme a esclarecer el origen de mis conflictos más lejanos ha colocado experiencias curiosamente similares a las de aquel entonces. Una deuda kármica, una oportunidad de hacer las cosas diferente. Porque los caminos transitados son producto de muestras propias decisiones, independientemente de la naturaleza de las mismas o del estado en el que las hayas tomado.
Esa famosa frase que reza: «No hagas promesas estando feliz ni tomes decisiones estando enfadado». He pensado en ello tal y como en la letra de la canción Tomorrow de Sixx. A. M. «Mañana vas a tener que cruzar los puentes que quemaste hoy». Son el tiempo y la experiencia los que desarrollan la intuición y la madurez, quizá por esto es que cuesta darse cuenta de los momentos en los que hemos actuado siendo cretinos. Seré breve: no hay una fórmula para garantizar la felicidad pero si una programación para ensayar esa caída que interpretarás frente al espectáculo que ha sido tu vida: lenta, corta y tal vez, pusilánime, pero tuya al fin.
El doce de septiembre del año dos mil nueve, poco antes de iniciar el nuevo año escolar, mi abuela materna falleció en su cama una tarde de lluvia y temblor. El silencio y el dolor de esos días traté de sobrellevarlos de la única forma que conocía: callada y hacía adentro. Muy a pesar de lo que aquello implicó, confiaba en que la vida retomaría el color en tonos brillantes, en la promesa del futuro pero la noche del diez de octubre la niña dentro de mi se quebró para siempre. Los últimos tres meses del año estuvieron compuestos por una energía vertiginosa de días interminables y pesados, en menos de un parpadeo me hallé dentro del vacío sin mi abuela, sin mi padre y sin mi prima, que más que eso siempre fue mi hermana. Caí en tal estado de letargo que al día de hoy no comprendo como mantuve las calificaciones en la escuela ni que fue exactamente lo que les dije a mis allegados, o a mis maestros o a cualquier persona que preguntara porque ya no actuaba como antes. Funcionaba en piloto automático experimentando en primera persona la amargura de aquella vieja conocida como soledad. Una vez me preguntaron si quería hablar con un terapeuta a lo que sin inmutarme respondí que no porque definitivamente aquello que pasaba debía de ser mi culpa, mi yo de dieciséis años estaba convencida de eso y prefirió creer en aquello de que el tiempo lo cura todo en lugar de embargar nuevamente a sus padres con un psicólogo. Igualmente sabía que ellos no me obligaría a nada, creo que se habían creído de verdad que por hablar y pensar como una adulta, ya lo era.
Cuando terminé la escuela tuve el consuelo de no tener que seguir viendo a mi hermana de lejos sin poder acercarme. Creí enterrar ese dolor y por voluntad, ignorar su existencia pero las heridas no se curan fingiendo que no existen, si no las combates inevitablemente acabarás desangrándote. Estaba segura de que la universidad me cambiaría y me daría las respuestas precisadas. Y con la convicción de vivir en esos años lo que me quedaba de la adolescencia, me permití cometer errores, sacar malas calificaciones, embriagarme hasta perder la conciencia, hacer tonterías y sentir cosas que desconocía se podían sentir. Disfruté de las mariposas que me produjo un músico durante menos de un mes y gracias a él, una nueva red de personas se sumó a mi historia regalándome una cosmovisión del mundo que yo ignoraba. En esos primeros dos años de la carrera jamás profundice en mí y me negué a hacerme preguntas. De todos los años en los que, ahora sé, estuve deprimida, doy fe de que el dos mil once y doce representan la viva imagen de como sobrevivir a tus traumas a través de mecanismos de evasión.
Ese último año comprendí que no importa lo lejos que te marches, la sombra siempre se dibujará junto a ti si te irradia la luz. Le solicité a mi familia la oportunidad de irme lejos para pensar lo que quería para mi vida, una de mis soluciones drásticas. Había perdido, si alguna vez la tuve, la confianza en mi talento y vocación luego de un semestre terrible con mi profesor de pintura de aquel entonces. Siendo ya más madura y objetiva, comprendo nuestros choques y sin quitarle lo artista, mantengo que posee una pésima pedagogía para impartir conocimiento. Residí en Ciudad de México durante cuatro meses junto a una prima con quien no compartía ninguna similitud. Estos desencuentros, el cambio de vida y el compartir con otras personas me permitió reafirmar que mi pasión le pertenecía a la cultura, era una fuerza más grande yo y mi voluntad. Quise regresar a culminar mis estudios y esta vez, a tomármelos en serio.
Ese año siguiente se convirtió en lo que denominaría como la primera olla de presión. Contaba entonces con un círculo de amigos amorosos, voluntad, empleo y la disciplina necesaria sacar la licenciatura adelante. Bien establecen tantos pensadores que la ignorancia es la base de una vida feliz. El artista busca soluciones a problemas plásticos y sociales, utilizándolo como medio de comunicación no siempre verbal y precisamente, como un mecanismo para cuestionar y activar el pensamiento crítico. No dejé de sentir presión: por la economía, por la salud, por cualquier conflicto ajeno que hacia mío. No sabía gestionar las cosas que me pasaban: que el techo de la sala de mi casa se estaba cayendo, que mi tía se estaba muriendo o que mi papá quería verme más seguido. No dejé de escribir y dibujar y en ese ejercicio de comenzar a indagar que era exactamente lo que quería decir y solucionar a través del arte, comprendí que estaba rota, que me dolía y que los sentimientos que me embargaban quitándome el aire directamente se debían a la profunda sensación de abandono y descuido en cada parte de mi vida. A los veinte años me había enamorado de alguien que tuvo la bondad de hacerme entender que no podía ni quería cargar con todo mi peso y aunque el despecho lo llevé uniéndome como corista a una banda de soul y funk, cuando se terminaron las tarimas, lo primero que quise fue pegarme un tiro.

Una mañana helada de fin de semana cuando viví en el D.F, la rabia y la impotencia sacaron a flote mi ego. Tomando una cuatrimoto me dispuse a dar vueltas dentro de un circuito cerrado y rústico ubicado en una montaña. He sido franca conmigo mientras escribo esto, me pregunto si hundí el acelerador sumida en el deseo de desaparecer o solo buscaba experimentar la adrenalina que emerge cuando llevas las cosas al límite. Me caí, la cuatrimoto me arrastró y dos años después, una hernia lumbar llegó a mi vida imposibilitando mi caminar con normalidad. La baja espalda dolía de manera insoportable y la desviación de la columna hizo que una de mis cosillas se pronunciará más hacia el frente. El dos mil catorce fue uno de esos años que te llevan por delante sin que te lo esperes. Abandoné nuevamente mis estudios para enfocarme en mi recuperación física, después de reaprender a caminar y trabajar silenciosamente en lo que debía impulsarme, decidí tatuar en mi brazo una idea que me recordara cuál era la razón para continuar: «Life is beautiful», una semana después mi madre despertó al borde de un ACV. La doctora nos aseguró en primer momento que el proceso de deterioro progresivo la llevaría hasta el alzheimer, supe entonces que aunque podía lanzarme desde aquel piso veinte, era injusto que mi hermano se quedara solo frente a ese panorama.
Debía ser fuerte, ser dura porque ahora me tocaba a mi cuidar de mi mamá y mi papá, eso era lo que yo creía. No permití que ningún otro miembro de mi familia interrumpiera la misión y tuve muchos desencuentros en aquella casa que más que un hogar, era un purgatorio en donde por desconocer la felicidad individual, se saboteaba la paz y la plenitud ajena. Quizá haya sido ese el origen de mi lado insensible y cruel, no quería sentir nada más, nada de lo que pasaba a mi alrededor adquiría la magnitud suficiente para inmutarme, no quería sentir aunque eso me convirtiera en un robot. Entonces sucedió lo inesperado, esa persona que se había marchado de mi vida reapareció y me pidió permiso para entrar, para dejarme querer sin juicios.
Y con todo lo terrorífica que fue ésta oportunidad, al bajar mis defensas mi entorno comenzó a modificarse, a darme seguridad, al saberle real, honesto y presente comprendí que, por mucho que me doliera admitirlo, provenía de un entorno absoluta y completamente tóxico. Esto me provocó a lo largo de dos años, un sin número de conflictos internos extremadamente fuertes, la sensación de no sentirme a la altura o con la posibilidad de regalarle algo parecido o similar a lo que él me daba. Lo supe el día que conocí a sus padres y juntos almorzamos sentados alrededor de una mesa redonda, sin jerarquías, sin competencias. No había hecho consciente el aferro que guardaba a mis falsas creencias y al sentirme con derecho a emitir juicios, no había comprendido que lo que yo tenía por familia era un cuadro que debía ser colgado en la pared de un sanatorio.
Paralelo a estos descubrimientos, durante los años dos mil quince y dieciséis fui haciéndome de un lenguaje visual y conceptual basado en la comprensión de mi figura paterna ya no como el viejo idealizado que procuraba rememorar sino como el papá que sentía que me había dejado sin protección frente a éste mundo a veces tan duro y cruel, en como su ausencia había mermado en mi percepción del tiempo y del espacio. Pedí ayuda en repetidas ocasiones a las psicólogas de la universidad y me apoyaron el tiempo que recurrí a ellas pero mi ámbito, de forma imparable, continuaba mutando provocando que cada vez me sintiera más tragada por una realidad para la que desconocía la forma de como modificarla.
Al llegar el dos mil diecisiete ya mi carrera estaba prácticamente completa y debía dedicarme a la redacción del trabajo especial de grado. Cuando el año comenzó, sabía que tenía más responsabilidades laborales, la relación con mi hermano biológico se componía de misivas sin respuesta, seguía librando la lucha interna de amor y odio con papá y ante todo, sabía que él se iría, estaba ya decretado que su vida como inmigrante iba a iniciar. Los primeros meses el estrés generado por el territorio ocupado, alteró significativamente mi bienestar emocional. Protestas, barricadas, concentraciones y mucho gas lacrimógeno, aún con todo le inyecté mucha energía a mi último año de estudios permitiéndome tomar riesgos y confiando más en mi intuición. A mitad de la redacción del proyecto de grado la palabra trauma saltó a la vista e impulsada por ésta energía, más visceral que crítica, me adentré en mi propio dolor. Una vez se me pasó por la cabeza comentarle «¿Y si yo también tengo algo? Quizá debería ver a un psiquiatra». Pero me faltó valor.
Tuvo que irse de mi entorno, estar lejos para dejar de servirme de contención o excusa, no lo se. Es irónico, cómo detrás de alguien tan pequeño podían caber tantos monstruos porque queriéndolo, o sin querer, me protegió de mi misma y por lo tanto, de cada uno de mis demonios. Así que al despegar ese avión utilice lo que me quedaba de combustible para sacar una mención de honor por mi trabajo y al final graduarme. Abiertamente te agradezco que hayas renunciado a salvarme, nadie rescata a nadie, somos responsables de nuestros propios desenlaces y ambos sabíamos que debía aprender a andar sola, a asumir la totalidad de mis dramas y dejar de excusarme con los demás.

En una de esas muchas vueltas, luego de haber pasado casi ocho años sin poder establecer un vínculo con mi hermana, ni físico ni de palabra, un incidente nos acercó nuevamente. Y cuando nos vi cocinando juntas, hablando de hombres y malas decisiones, riéndonos al unísono de recuerdos bochornosos, una culpa abismal se apoderó por completo de mi. Permití que los adultos nos separarán y mi ego me imposibilitó hacer contacto de manera espontánea. Años perdidos, «Pude haber estado ahí».
El último año que permanecí en Venezuela inició con un acontecimiento traumático para la familia que trajo como consecuencia un foso de depresión en el que mi madre se hundió mientras yo desarrollaba un profundo desprecio por mi hermano. No podía confiar en mi familia, eso creía, me estaba convirtiendo en una granada, una mina, un misil que quería explotar y mandar todo a la mierda. Estaba agotada y cada vez más delgada, sólo quería salir de ahí y volver a verle, estar lejos de todo el ruido. Entonces un malentendido me orillo a lastimarle de forma irreversible y a resguardarme dentro de mi propia soberbia, que como toda ilusión, tenía fecha de caducidad. No pude sanar mi relación con papá ni reconstruir la complicidad con mi hermano antes de irme, prácticamente salí huyendo. Ahí estuvo el error porque el que huye se siente perseguido porque existe un perpetrador así que sin importar el lugar que ocupe, siempre será la víctima.
En Buenos Aires solo alcance estabilidad psíquica durante tres meses, básicamente porque no pude dejar de pedir perdón por haber sido incapaz de ponerme en sus zapatos. Pero esa culpa que arrastraba venía desde hacía tantos años que probablemente sólo buscaba el mejor lugar para proyectarse y hacerme perder la valía de mis propios pensamientos. No eran los de afuera quienes me guardaban rencor, era yo quien se sentía incapaz de perdonarse. La idea de morir dejó de ser sólo eso cuando la convertí en realidad. Se me terminó el tiempo para surfear los traumas instaurados en mi sistema, las cosas dichas y hechas, las mentiras y la ilimitada capacidad personal para hacerme cargo de de todo el mundo menos de mí misma.
Hubo noches en donde las imágenes y recuerdos más dolorosos se repetían con tanta velocidad y sonido que el único consuelo inmediato era dar la cabeza fuertemente contra la pared. Olvidé mi camino, mis sueños, la luz y mi rostro. Fue como si ese virus, mi propia toxicidad me hubiese envenenado plenamente y yo quería que el universo me consumiera por considerarme incapaz de continuar transitando una veintena de vicisitudes que jamás sabría por donde iban a atacar. No era dueña de mi vida y mi tiempo, había olvidado lo que significaba darme unos minutos para hacer silencio y sentirme, aceptarme con todos mis matices en aquella paleta de colores acromáticos.
No me gustaría que pensaran que durante estos años no hubo cosas buenas, siempre conté con amigos leales y maravillosos dispuestos a aconsejar y apoyar pero nadie tiene porque hacerse cargo de tus propias limitaciones. Esos años me parecía poco y nada, cargar con mi vida y la de mis padres, sintiéndome dejada por mi hermano sin comprender que la actitud sana era la suya, aunque haya llegado a extralimitarse. Mi cotidianidad era en ocasiones tan pesada que muchas veces olvidé como respirar y amar tierna, generosa y apaciblemente a quienes me querían. Viví en mucho silencio y para mi, sin contar a nadie aquello que me hacía «débil», mi vulnerabilidad: mi humanidad. Pasé demasiado tiempo negando mi propio reflejo.
Me tomé ocho años para leer y memorizar el libreto de mi propia comedia hasta llegar a la caída, eso si que fue como seguir las instrucciones en un manual.