El estigma

«¿Quién soy? Sino una multiplicidad de recuerdos que se

 borran como bostezos.

¿Quién soy? Sino una futilidad de todo lo que hay en este 

universo.

¿Quién soy yo? Sino silencio y, su otredad: el ruido de cómo 

se oye pasar el tiempo

¿Quién soy? Me lo pregunto, y pienso: si mi totalidad es la 

suma de las partes de todos mis desencuentros.

Pero…

¿De qué sirve la esperanza sino se usa como incentivo para 

conquistar lo esperado?

Proessa

Este hermoso texto pertenece a un entrañable amigo que conocí en mi momento más oscuro. Fue el primero en hacerme saltar una sonrisa y en prestarme un libro mientras permanecía en la guardia, curiosamente éstas líneas surgieron también en sus momentos de angustia. Son pertinentes para lo que viene. 


Cuando tenía año y medio mis padres me condujeron a la pila de bautismo. No me preguntaron si mi deseo era ser católica pero asumieron que por costumbre y lealtad continuaría una tradición generacional. Por ello y las apabullantes influencias a mi alrededor crecí los primeros años con la convicción de que existía un Dios que te llevaría al cielo si resultabas bueno y que en caso contrario, te castigaría en un lugar olvidado por él en el que tu llanto no lo alcanzaría. Aprendí a orar con velocidad y a asistir a misa sin dormir, repitiendo prefacios sin cuestionar nunca nada.

«Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa» 

Cuanto temor de Dios se puede albergar siendo aún muy pequeño. Quizá por ello cuando mi madre me habló de Padre Pío y de Santa Rita de Casia no supe si clasificarlos en héroes o idiotas. Ella los veneraba y consideraba admirable que «Dios» les hubiese dado la oportunidad de cargar con los estigmas de Cristo, marcas y heridas físicas que provocaban dolor, hedor y desencadenan angustia, pero también les había otorgado el título de santos cosa que los representaba como seres humanos intachables de extrema piedad. No los conocí, no puedo dar fe de nada más de que ellos transformaron una marca en algo sagrado y el dolor en una oportunidad. 


Hace un par de semanas hallé en youtube la película del libro titulado Nación Prozac de Elizabeth Wurtzel. He querido leer el texto desde hace algún tiempo pero no he tenido todavía la fortuna de encontrarlo. Sin embargo considero que cinematográficamente está muy bien hecha, de entrada desde la música y las drogas hasta la identificación que surge con el espiral de descenso de la protagonista. 

«Empiezo a pensar que, en realidad, la depresión no tiene cura, que la felicidad es una batalla constante que tendré que librar mientras siga con vida. Me pregunto si vale la pena» 

Elizabeth Wurtzel

Ella era escritora y alcanzó reconocimiento siendo todavía muy joven. Existe una escena en donde trabaja con ahínco en la redacción de un artículo para la Rolling Stone, el proceso raya en la obsesión por la perfección dejándose a sí misma sin dormir ni comer al punto en que sus compañeros de cuarto la trasladan hasta la guardia de un hospital. Ahí vemos como se burla de la doctora hablando libremente de sus adicciones y le deja saber que no cree en la psicoterapia porque nunca le ha funcionado. Lo que sigue después de esto es cada vez peor. Cuando la depresión pasa de ser un estado con el que convives a hacerse tu vida entera, te conviertes en un ser egoísta que por lo general no es capaz de ver un poco más allá de su nariz. Las rutinas se alteran y todo lo que sucede a tu alrededor gira en torno a un profundo sentimiento de culpa y a la sensación de no estar avanzando, como si trataras de dar brazadas en un mar de brea, tus brazos se cansan y la voluntad te deja. 


Fue doloroso, fue verme en tantas escenas y sentirme por momentos como ese monstruo tiránico y sádico, obsesivo e impulsivo que actúa deliberadamente sin pensar un minuto en los demás. Entonces recordé cómo estaba por dentro: una casa sin cimientos, una nena asustada a mitad del frío, ese lado arrogante que se convencía de tenerlo todo bajo control sobrecargando lugares y personas con problemas y rabia. Todo lo que viví cuando estuve en ese foso llamado depresión: alcohilozándome cada fin de semana, llorando cada noche, presionando a quienes me amaban y minimizando su sentir. Porque cuando estás deprimido te odias, quieres que el mundo se pare y vea que estás mal, sin quererlo te haces adicto a la lástima hasta que llegas al punto en el que, ni obteniendo lo que quieres eres capaz de conformarte. Tú cabeza y tú mente se ha enfermado y a ella no le sirven el mentol en gel o las banditas, que tus procesos químicos se normalicen es tarea de meses e incluso años, pero con tiempo mejora. 

Buenos aires, 22 de Junio de 2019


Una llamada de atención. Hoy E. estuvo en la guardia del hospital porque se cortó a si mismo. Pensó que lo dejarían internado pero por suerte lo enviaron a casa. Lo había visto en la mañana temprano. Me dijo «No clasifiques las enfermedades sólo intenta curarte» parecía estar bien y de repente cayó. V. dijo «Saben como es ésta mierda». Creo que todos lo sabemos pero a veces pienso y siento que solo nosotros lo entendemos. Y eso si es una gran mierda. Que nadie pueda ver a través de nuestros ojos o sentir con nuestro corazón. Por eso nos tenemos los unos a los otros y cada uno pide ayuda a su manera. Yo estoy buscando ayuda en Dios, en el arte, en la música, en mis amigos. 

A mediados de junio del año pasado se me había metido en la cabeza que debía de conocer el nombre de mi diagnóstico. No era un secreto que el motivo de mi internación se debía a una depresión clínica pero yo sabía que había más, lo que me estaba pasando debía de tener un título. El primer intento surgió cuando inicié una investigación basada en el uso de los medicamentos que tenía prescritos, palabras como bipolaridad y esquizofrenia aparecieron haciéndome la búsqueda un poco más terrible pero las cosas llegan cuando tienen que llegar y una mañana mientras visitaba a mi psicóloga pude leer en un papel sobre su escritorio: TLP.


Contrario al primer pensamiento que tuve, saberlo no representó alivio alguno y comprendí porque se niegan a darte un nombre: una condición psiquiátrica puede ser para muchos la escusa perfecta para actuar como seres terribles y justificarse detrás de la enfermedad. Lo que cayó en mi cabeza fue una bomba y el periodo de negación fue realmente determinante. Me dediqué a buscar culpables, a señalar momentos definitorios de mi vida, motivos para haber terminado así, quise morirme muchas veces ante la idea de seguir viviendo con una «enfermedad mental». Me sirvieron las crisis y los arranques descontrolados porque por ellos me mantuve en ese lugar de ayuda y fue así como comprendí que aunque el proceso sea lento y agotador, la recuperación siempre representa una alternativa.


Cuando entré en el hospital ilusamente creía que pasaría unos quince días viviendo en él, días que se hicieron meses. Te desesperas un poco, en semanas pasadas me di a la tarea de ver la última temporada de la aclamada serie Thirteen reasons why y aunque me ha gustado mucho la dirección que tomaron para representar el trastorno que padece el protagonista, no pude comprender como después de los episodios disociativos y de atentar contra otros no lo aislaron en una unidad de salud mental un tiempo, sólo mejoró con terapia rápidamente. Creo que son la televisión, los medios y la desinformación que existe en torno a la salud mental la que nos lleva a desmeritar y a no saber cómo lidiar con ella. Las enfermedades psíquicas son reales y tristemente muy pero muy complicadas de sobrellevar. Tan sólo el tratamiento farmacológico tarda meses en hacer que tú cerebro se equilibre químicamente, luego la psicoterapia asumida con responsabilidad te permite hacerte cargo de los desastres que te componen y es la voluntad individual apoyada en la contención de los seres amados la que impulsa a salir adelante.


Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada cuatro personas sufrirá un trastorno mental a lo largo de su vida. Hablando desde mi lugar, a los dieciséis años un episodio traumático marcó mi juventud de forma violenta y feroz, entonces no recibí apoyo psicológico y mucho menos farmacológico. Los siguientes ocho años fueron un sorteo de de equilibrios entre el orgullo y la soberbia, acumulando rencor personal que terminé proyectando sobre los demás. Todos esos años los atravesé sumergida en una depresión intermitente, pensando cosas terribles, imaginando momentos que me hicieran desaparecer como ir en un auto y desear que se estrellara contra un muro. Decidí dedicarme a los demás, vivir para cuidar de mis padres y alimentar a mis gatos, con ansias de que el amor y un título universitario hicieran desaparecer la tristeza que no me abandonó un sólo día desde finales de octubre de dos mil nueve. Pero yo pensaba en todas estas cosas espantosas y deseaba enfermarme y morir para no tener que cargar con la culpa de haber tomado el mismo camino que quiso hacer mi padre, pero no lo decía. En esencia y para todos yo era poderosa, inteligente, asertiva y resoluta, yo podía con todo. Hoy leía que mientras más duro eres, más fácil eres de romper.

S/T – Ura Urdaneta 2020

 
Cuando comienzas a investigar el trastorno límite de la personalidad o borderline, sus características y patologías te caen como certeras patadas al hígado. Llegué a preguntarme ¿Todo este tiempo he sido una maldita? Porque bueno, la descripción va más o menos así: Inestabilidad emocional, transgresividad, polaridad, ansiedad, impulsividad, irritabilidad, autodestrucción, problemas de auto imagen, vacuidad, irresponsabilidad. Había lidiado con eso toda mi vida, con sus momentos mejor sobrellevados que otros pero siempre pensé que aquello era parte de mi forma de ser. Esos días en los que me paraba frente al espejo y no me sentía mujer pero tampoco hombre, los momentos donde me gustaban más las chicas que los chicos o aquellos instantes en donde pasaba de estar muy feliz a llorar o a molestarme de golpe. Abiertamente pido disculpas a los perjudicados, desconocía totalmente que mis arrebatos se originaban por problemas químicos.  Aún convivo con esos sentimientos y aprendo a aceptarlos y a aceptarme eligiendo ser y sólo ser.


De alguna manera todo peso se vuelve más ligero cuando tomas conciencia de que no es solo tuyo. Eso me llevó a buscar grupos de personas que estuviesen atravesando algo parecido a lo mío y por fortuna, la búsqueda me condujo a un colectivo de arte y salud mental que se reunía una vez a la semana en un museo de la capital y a un grupo en redes de personas borderline. Ambos sitios me permitieron comprender que debía eliminar el miedo al miedo mismo, que aunque había atravesado un pico de la enfermedad en realidad tenía años conviviendo con ella y ahora, a diferencia de antes, tenía las herramientas para manejarla. 


Siempre fui volátil y bastante inclinada a la tristeza pero lo que me pasó seis meses después de llegar a la ciudad de Buenos Aires fue un episodio que les invito a evitar a toda costa. Las personas con TLP siempre son propensas a desarrollar depresión con más facilidad que otras pero mi agujero, ese en el que caí por irresponsable hubiese podido evitarse si hubiese dejado de subestimar a las personas que tenía a mi alrededor y lejos de mi orgullo, hubiese pedido auxilio. No está mal pedir ayuda, se necesita valor para reconocer y enfrentar el sufrimiento pero evadirlo sólo te tirara más y más abajo, llegado probablemente un punto del que no puedas volver porque pensaras que la muerte representa la única posibilidad y tomaras el camino fácil. Me llevó años llegar al límite de creer que la única solución posible era estar tres metros bajo tierra e intentar estar ahí, empastillarme y tener la convicción saltar de un piso catorce. Pero perdí tantas cosas embriagada por el egoísmo de creerme el único ser sintiente sobre el planeta que cuando me detuve a colocarme en el lugar del otro y de los otros, de quienes me habían ayudado, ahí si me di cuenta que ni todas las muertes del mundo iban a poder reparar el dolor que les cause. Entonces dejé de pensar en mi por un momento y comencé a pensar en nosotros. 


Fueron muchos golpes al mismo tiempo. No tuve a mi familia físicamente para brindarme contención y calor para sobrellevar lo mas ácido de la recuperación: el hacerte cargo. La morfología de mi cuerpo se altero de forma drástica causándome episodios de tristeza prolongada por el aumento de peso. Las lagunas en mi memoria provocadas por la medicación de entonces evitaron que recordara elementos valiosos que probablemente, de estar presentes, me hubiesen hecho más llevaderas algunas realidades. 


Las cosas cambiaron cuando supe que podía ponerle cara a mi momento más oscuro y decir con convicción  «Yo sobreviví, sobreviví a mi misma». Ese es el motivo de escribir cada semana. Las sociedades deben saber que la salud mental es responsabilidad de todos, una realidad innegable que guarda muchas enfermedades en su haber, que el tiempo no cura todo, que estar siempre triste no es normal y que ir al psicólogo no significa que estés loco. Y aunque no creo que ninguna enfermedad mental justifique ser una mala persona, si alguien actúa de forma perjudicial contra ti en un episodio de crisis, estando internada o tan dopada que no puede hilar un par de frases coherentemente, te aseguro que no está en un estado de conciencia activa y que no es capaz de medir el alcance de sus acciones. La despersonalización es algo real y complicado, un brote psicótico puede llevarte a lastimar a quienes más amas y a quitarte la propia vida porque un cerebro desbalanceado te impulsa a tomar acciones estúpidas que no puedes detener solo con quererlo. Yo creí que podía reparar años de autosaboteo e irresponsabilidad en un mes, lamento que no haya podido ser así y me disculpo con quienes se sintieron decepcionados por ello. 


Yo me considero cercana al universo y a la divinidad más no a la creencia del sufrir para alcanzar un nuevo estado de conciencia, por ello insisto en derribar el estigma. No soy menos persona ni menos humana por tener una condición mental pero he trabajado meses para poder comprenderlo y considero que si existiese más compresión que juicio, podríamos salvar más vidas afectadas por estas patologías. No me gustan las etiquetas pero si con mis ideas logro derribar prejuicios, me uniré a la linea de Susanna Keysen para que aquellos que se encuentran pasando por lo mismo recuerden que no están solos y siempre hay una opción antes que la muerte. 


Por allá en el dos mil dieciséis yo arranqué el año bastante abajo. Es normal cuando tu cerebro te produce oscilaciones anímicas volátiles e impredecibles, al menos así lo describe la wiki. Una tarde entré acompañada a una librería y me topé con un ejemplar de Tokio Blues de Haruki Murakami, en medio de mi deseo por leerlo y mi falta de dinero entonces, cayó en mis manos como un obsequio. No sabía que mi vida estaba cambiando entonces, cuando leí que abrir el corazón es la única forma de curarte encontré fortaleza para continuar y tres años después halle el valor y pude abrir el pecho y sanar. He dejado la vergüenza para los delincuentes, los religiosos y los políticos, es momento de hablar de lo que está pasando, de visibilizar las realidades que hemos ignorado. Ante el estigma doy la cara, te invito a hacer lo mismo. 


#MasInformacionMenosEstigma 

S/T – Ura Urdaneta

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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