Cable a tierra

Recientemente me estaba costando dormir y descansar, es decir que si conciliaba el sueño terminaba enredada en una especie de universo paralelo con energías que evocaban negligencia y violencia, terminaba entonces creyendo despertar unas cinco veces sobre mi cama cuando en realidad no alcanzaba salir del letargo. Cuando Soledad me llamó el martes al mediodía yo había pensado justo esto, que había creído despertar media docena de veces pero sólo lo conseguí gracias al ruido del móvil y aquello me tenía descolocada y de mal humor. Terapia a distancia con llamadas cada quince días, venimos manejando éste sistema desde que inició el aislamiento social obligatorio. Me gusta hablarle porque más allá de su laburo como psicóloga tiene una forma honesta y específica de hacerle ver a la razón otras perspectivas que trascienden el espejismo emocional que tanto daño causa a veces. Le platiqué de las cartas que he estado escribiendo, de las cosas que he descubierto y de los motivos que me impulsan: «No somos víctimas y mientra más nos hagamos conscientes de ello, más rápido se puede sanar». Y entonces manejamos una serie de frases y palabras con afirmaciones en donde asumí mi responsabilidad absoluta en lo que se refiere a mi salud mental, a la decisión de sanar y al abandono de la culpa. Ésta semana cumplí veintisiete años y hace un tiempo que vengo cuestionando cómo sobreviví a tantos periodos de malestar sin intervención médica, de hecho me he dado a la tarea de hacerme y hacer preguntas incómodas, sobretodo a mi madre. Y este proceso de reconocimiento me arrojó tantas respuestas que ha sido igual de emocionante y también aterrador como lo fue el emigrar. La principal razón de mi equilibrio mental la debo a mis denominados «cables a tierra», esas personas que la vida me obsequió y que han evitado que mis propias descargas eléctricas me sometan.

Esto es para ustedes.


Veinte años después de que el siglo veintiuno llegara a acunarnos, siguen existiendo enfermedades cuyo origen no se explica o no se logra determinar. Algunos trastornos o condiciones tienen su principio en factores hereditarios pero pueden aparecer o agraviarse como consecuencia de patrones de crianza o traumas en la infancia. Mis primeros amigos fueron mis primos y mi hermano, todos teníamos edades distintas pero nos criamos bajo el mismo techo con tejas de barro en una casa con paredes de bahareque. Este hogar colonial con tres plantas y muchas escaleras fue el lugar donde mis abuelos encontraron la forma de mantener «unida» a su familia. Cuando cumplí cuatro años arranque la vida escolar y descubrí lo que se sentía tener amistades que no compartían tú misma sangre. Siempre fui inteligente, me gustaba ir a la escuela y jugar ¿A que niño no? Nunca le dí importancia al hecho de estudiar en un colegio que sólo admitía niñas, aunque esto fomentara un ambiente ridículamente competitivo y discriminatorio. Los padres no suelen recibir manuales de crianza cuando tienen hijos, ensayo y error con una pequeña brecha que separa lo que puede o no alterar el pensamiento de un niño. Me gusta pensar que la mayoría hace lo mejor que puede con lo que tiene, el problema es que el ser humano al crecer parece que olvida el impacto que tienen las afirmaciones sobre la construcción de las ideas en las mentes más inmaduras. Siendo adultos se peca de regodearse dentro de la propia egolatría y la única distancia que se reconoce es la que existe entre la boca y ombligo, por lo que se dice y se hacen cosas sin pensar que probablemente se están fomentando dentro de esas cabezas la toma de juicios sobre los demás e incluso sobre sí mismos. Estoy segura de que la educación católica fue un problema para mi psiquis que ya venía distinta de fabrica, apoyando en Dios y la falsa creencia del castigo, la inexistencia de los puntos medios: bien o mal, blanco o negro, amigo o enemigo, amor o odio. 


Cuando a los doce años inicié la secundaria contaba con tres amigas que se volvieron mis hermanas, eramos inseparables (aún lo somos), teníamos valores y aptitudes similares con un historial académico de buenas notas que no habían sido numeradas en la primaria. Así que cuando empecé a «fallar» en materias como matemáticas por obtener números por debajo de la excelencia, mi mente colapsó. Tener doce años fue sumamente doloroso, nunca sentí que llenaba las expectativas de mis padres por mucho que me esforzaba y cuando se desencadenó una oleada de bullying escolar, todo empeoró. Mi mamá era mi profesora y se les daba por rumorear que mis notas se debían a favores de otros maestros, también se esforzaron en destruir con oraciones bien pensadas mi aspecto físico y así poco a poco se fue debilitando mi autoestima. Ahora como adulta pienso en ello y en lo terrible que resulta para una criatura de esa edad cargar con semejante vacío, porque lo que pasó fue que me aislé en casa y me negué a ir a clases por muchas semanas, días en los que no quise levantarme de la cama ni siquiera para comer. Cuando arrancó el octavo grado mi mentalidad había cambiado para siempre. Me mantuve a la defensiva cada día, sólo dándole espacio y lugar a las personas que me habían querido entonces. Escogí un pupitre en el rincón más oscuro del salón y durante un año les dejé saber a todas ellas que las odiaba profundamente. Me molestaba que esas adolescentes delgadas y «bonitas» sólo pensaran en chicos, en sexo, en ropa, en la música terrible que sonaba en la radio. Me tomó todos estos años comprender que lo que me generaba tanta ira era que yo no podía siquiera aspirar a ser un poco parecida a ellas, debía mantenerme excepcional y brillante, genuina como pocas aunque ello cuarteara en gran medida mi libertad. De este período datan los orígenes y conflictos con mi identidad y auto-imagen, mis primeras visitas al psicólogo y la decisión más amorosa que pudo tomar mi madre: cambiarme de escuela. No perdí a mis amigas entonces, quizá ellas no podían entender lo que me pasaba porque a esa edad algo así es complejo pero se mantuvieron amándome, aun con mis ojos atiborrados de sombra negra, siempre estuvieron cerca.


Nunca había estudiado con varones y mucho menos tenido la oportunidad de conocer a personas que vieran lo mismo, leyeran lo mismo, escucharán lo mismo que yo y aún así fuesen completamente distintos a mi, eran felices. No fue fácil bajar mi muro y las defensas, temía que ser yo sólo provocara huidas y rechazo, en cambio el panorama frente a mi fue completamente distinto porque me dieron la oportunidad de integrarme y fue así como aprendí a comunicarme verbalmente. Esos cables a tierra de mi adolescencia me abrieron los ojos a un mundo que yo no conocía. Comencé a sentirme menos mal, menos rara, menos fea e incluso aprendí a aceptar las diferencias en los demás y a reconocer la belleza en otras personas. Nunca me abandonó el vacío pero aprendí a estar acompañada, me rebelé en muchos sentidos frente a mi crianza dejando en claro que me importaba poco o nada dejar en alto mi nombre y que podía pasarme la vida dibujando, por eso estudiaría la carrera de artes y no permitiría que la religión influenciara la concepción de mis pensamientos.


En el momento en que la vida decidió que mi mamá se separara de mi papá, ella se permitió a si misma abandonar muchos puntos de su lista de prejuicios y me dio la oportunidad de saberme mujer a través de ropa y accesorios que tuve prohibidos hasta entonces. Me encontré en el espejo con una niña que se había creído fea esos últimos cinco años y que apenas empezaba a florecer, que no sabía explicar muchas emociones pero se sentía afortunada de los amigos que le habían dado tanta luz en medio del dolor. Esos tres años me hicieron descubrir el inmenso amor y respeto que siento por la música, la literatura y el arte como medio expresivo porque este siempre fue mi forma de establecer vínculos con mi entorno.

Fotos de algunos obsequios de mis cables a tierra.


Ya yo a los dieciocho andaba cojeando con una herida abierta del techo al pecho pero me habían admitido en la universidad y trabajaba en un centro cultural que tenía salas de teatro. Este momento fue la cúspide de lo conocido y lo desconocido también, de repente mi vida dio un giro y comencé a crear lazos estrechos y maravillosos con otros seres que compartían conmigo una energía mucho más grande que la de leer un mismo libro: un espíritu al servicio de la transformación de la realidad y un profundo y ciego amor por el arte como expresión universal. Entonces me tope con la verdadera felicidad, con realidades que me eran ajenas e incorporé a mi vida, enseñanzas valiosas, nuevos criterios, pensares distintos. Por primera vez en mi vida estaba aprendiendo a llenar el vacío.


Hace casi un año que me diagnosticaron y el martes le comentaba a Soledad como tengo momentos en los que no consigo entender como una sintomatología acaeció de golpe en seis meses como si fuese Pandora y hubiese abierto la caja. Hago énfasis en esto porque en quince años he convivido con muchas personas a quienes he amado más de lo que he podido expresar y aunque muchos de ellos fueron transitorios en mi vida, hoy me siento capaz de reconocer con gratitud su legado en la persona que soy. Le he preguntando a mi mamá una de éstas noches «¿Y es qué tú nunca te diste cuenta que yo no era cómo los otros niños?» y ella me contestó que siempre supo que yo era distinta pero lo atribuyó a otros factores y también reconoció que en su propia infelicidad no supo darse cuenta ni siquiera de cosas propias, así que estos diálogos nos han dado cabida para hacer conexiones y sanar. No, no he vivido la vida envuelta en relaciones tormentosas que terminan mal y en tragedia, afortunadamente mi condición no tiene su punto débil en ésta característica de la frontera. No digo que no me haya pasado pero siendo franca, cualquier persona puede terminar mal una relación humana, no tienes que estar enferma para ello.


La escuela de arte me abrió el pecho en todos los sentidos y me habitó, comenzaron a vivir en mi personas talentosas y valientes que me mostraron caminos que yo no conocía, nuevas formas de hacer las cosas, nuevas posibilidades y entonces, sin darme cuenta conocí ese otro tipo de amor, ese al que tanto se aspira. Nos quisimos mucho durante mucho tiempo y creo que todo fue gracias a la oportunidad que me di de abrir mi corazón sin temor del otro, a tener la libertad de ser todo el desastre que me compone y aún así encontrar la voluntad de levantarme cada día con ganas de ser mejor. Le debo mucho a esos momentos porque me quitaron el miedo a arriesgar y me enseñaron a confiar, a que en este mundo nadie puede sólo. Y es que los amigos no están para decirte las cosas que quieres escuchar, al contrario, creo que quienes te aman encontrarán la forma y el espacio para hacerte entender que en ese momento no estás aportando nada. He tenido largos periodos en los que he me creído infinitamente superior a mis propias fuerzas, la sobre-exigencia siempre fue mi forma de autodestrucción predilecta, me extralimitaba emocional y físicamente hasta que prácticamente no quedaba nada de mi voluntad. He querido a muchas personas sin ningún tipo de límite y me han querido mucho sin que yo sea capaz de verlo sino hasta después de perderlos o lastimarlos. Esto pasa a menudo en la vida de cualquier persona, no me siento especial por ello. ¿Saben que me hace sentir especial? Saber que hace casi diez años un amigo de la universidad me llevó a trabajar junto a él y que un día haciendo un chiste nos etiquetamos a nosotros mismos como Los Cuervos, entonces éramos seis muchachitos que iniciaban la vida universitaria con grandes aspiraciones para el futuro cercano, con un supervisor apenas cinco años mayor que nos mandaba a comprarle café y que con los días y la confianza te brindaba uno. Resulta que tanto tiempo pasó y tanto volamos que la parvada se fue haciendo cada vez más grande y de ser yo una simple ave renegada, pasé a convertirme en la supervisora y ese jefecito del café marrón-tibio se convirtió en un entrañable amigo y mi compañero de oficina vespertino. Recibí chicos, entrené grupos y después de siete años fui testigo de cómo esas generaciones cosecharon los frutos de su dedicación y entrega. Donde haya un cuervo, otro no estará sólo. Creo que siempre estuve segura de ello pero vivirlo y sentirlo ha sido una de las bendiciones más bonitas de mi vida.

Detalle de un obsequio de uno de mis cables a tierra


El año pasado cuando cumplía veintiséis años, alguien de mi familia aprovechó su felicitación para pedirme que dejara de inventar enfermedades como excusa para no estar bien. En algo tuvo razón, no quiero limitarme. Jung decía: «Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma». Ese día yo tenía el rostro maquillado, con una sonrisa, un vestido y rasguños en los brazos. La depresión es un territorio incómodo y poco confortable, me alegra estar viva, estoy feliz de no haber muerto. Lo digo en serio, de no ser así no podría haber llegado pensar lo que pienso ahora, tampoco a sentirme de esta forma después de haber librado tantas luchas y batallas innecesarias. Estoy tan agradecida con este último año porque me permitió transmutar hasta encontrar mi verdadera fortaleza que nada tiene que ver con el control. Cuando dejé de ser persona y me convertí en un despojo de humanidad, esas niñas de la primaria, esos artistas de la universidad y esos cuervos de la vida se hicieron presentes, su amor me permitió caminar y seguir adelante encontrando más personas en el camino que me fortalecieron, que se convirtieron en mis guías de luz. Quisiera destacar que el verano pasado atravesé un periodo en el que estaba segura de no necesitar más mi medicación, la culpa es pésima consejera y su influencia me hizo empezar a espaciar las tomas e incluso, ignorar muchas de ellas. Entonces tenía un compañero atento y amoroso que se percató de todo y me enfrentó, yo se lo negué muchas veces hasta que los desvaríos no me permitieron sostener la mentira. Le confesé que estaba cansada de vivir bajo el estigma social que generaba la psiquiatría y la medicación, que estaba harta de tomar algo que ni siquiera entendía como funcionaba. Su respuesta fue simple pero concreta «¿Acaso un hipertenso o un diabético piden disculpas o siente vergüenza cada vez que toma una pastilla o se inyecta? ¿Por qué tu si? Ésto no será para siempre pero ahora, justo ahora lo necesitas y auto-saboteandote no vas a mejorar.» Quizá eso era muy evidente para todos, no para mi. Me ayudó y mucho. 


Ese amor que me llega desde tantos lugares y me edifica representó uno de los pilares fundamentales para conseguir entender que pasé por un mal momento y que ello no me convierte en una mala persona. Viví mucho tiempo enojada por cosas que no puedo cambiar, por asuntos que ni siquiera eran mi problema, por ello quiero concentrarme en el ahora y en lo que puedo lograr con todo lo que antes ignoraba y que ahora me permite llevar una vida ¿Normal? Ni siquiera sé lo que significa eso pero hay algo de lo que si estoy segura: Que hay muchas cosas que no quiero ser y que la única persona responsable de tú felicidad eres tú mismo, cuando aceptas eso y te quieres puedes ser dichoso con los demás. Somos seres completos, quizás rotos pero enteros. Aún en las cicatrices hay belleza, sólo hay que saber observar y agradecer.

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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