«En unión y libertad», la promesa del sur (Parte III)

Brasil, vía a Manaos 9 de Mayo de 2018

Ya dentro del EUCATUR. Tengo un par de cosas que resaltar: la primera es que esto parece una nave espacial, la segunda que una sonrisa representa un lenguaje universal. Por la tarde estuvimos jugando stop. Es impresionante la cantidad de venezolanos que han llegado hasta aquí buscando la manera de emigrar. Seguimos en el tercer mundo pero éste parece aún más otro mundo. No veo esa miseria que deje en Santa Elena, no digo que no exista pero al menos aquí no es tan evidente.

Ura Urdaneta

La policía brasileña me demostró que probablemente la única cosa que había llegado a indignarme durante el proceso era que ellos entendieran lo que yo decía pero que yo no pudiese entenderlos a ellos. Esa madrugada abordaron el micro, revisaron nuestros pasaportes e hicieron preguntas cortas y puntuales. Al amanecer el reflejo del sol me bañó la cara, abriendo los ojos me encontré con un pavimento tintado de rosa, rodeado de luces y edificios, pude entonces observar un poco de aquella ciudad antes de llegar al destino. 


La rodoviaria era pequeña y bastante precaria. Cuando nos colocamos de pie para tomar las mochilas y bajar del autobús un sujeto me abordó. Estaba sentado un par de asientos delante mío y probablemente me había escuchado hablar la noche anterior, se ofreció a compartir el auto hasta el aeropuerto ya que tenía un contacto venezolano que lo trasladaría. Nos miramos unos segundos y con gratitud le comunique que venía en combo con dos personas más, esto no fue problema y luego de retirar el equipaje anduvimos unos metros hasta un auto fuera de la estación, al parecer era un problema para los taxistas locales que un venezolano hiciera viajes a sus paisanos. No debieron ser más de quince minutos, el aire estaba húmedo y nosotros cansados, compartir ese recorrido nos había permitido ahorrar unos reales para el almuerzo y la cena de ese día. Frente a la inmensidad de aquella edificación, descendimos y entramos a tempranas horas de la mañana en el Aeropuerto Internacional de Manaos, un lugar de paso que hospedaba sangre y voluntad venezolana aguardando poder seguir el viaje. 


Ya era jueves, llevábamos tres días viajando y nos faltaban unas veinte horas para poder abordar el primer avión. Tomamos un carrito con ruedas funcionales y automáticamente dejamos las maletas encima para comenzar a andar a través de los largos pasillos.  El lugar era inmenso y luminoso. Escribí entonces que lo que más me impactaba era como entraba la luz a través de las ventanas, la amplitud de sus espacios y la circulación del aire. Perdí la cuenta de las veces que camine por aquí y por allá tratando de mermar la emoción y la ansiedad entre las tiendas, las aerolíneas y los transeúntes. Los baños eran, para nuestra suerte, limpios, cómodos y agradables. Terminamos ocupando los de niños y los de discapacitados para de alguna forma tratar de ducharnos antes de continuar el trayecto. 


En contra de la voluntad de alguien, como grupo buscamos empatizar con otros venezolanos varados, habían jóvenes y adultos, todos lucían aburridos y delgados, dimos entonces con un chico de nombre Richard que debía tomar nuestro mismo vuelo aquella madrugada y que traía consigo un historial de mala suerte: había perdido su primer vuelo, entre otras cosas. Hablar y escuchar me permitió sentirme en casa, también nos proporcionó la valiosa información acerca de unas brasileras que preparaban viandas de comida con un vasito de jugo envasado en una bolsa plástica por un módico precio de diez reales. Resultó la salvación, habíamos estado hurtando mayonesa y ketchup de las mesitas de un local del aeropuerto para untarlas en el pan que todavía nos quedaba. Almorzamos una extraña combinación de arroz, fideos, granos, carne y ensalada con una sopa instantánea. 

Bitácora fotográfica – Ura Urdaneta


Conforme pasaban las horas ubicábamos más grupos de venezolanos a la deriva, algunos extendían mantas sobre el suelo helado y se acomodaban para dormir mientras esperaban. Estuvimos un buen rato conectados mediante la laptop y el único celular inteligente al wifi del aeropuerto que cambiaba la contraseña cada media hora, pudimos avisar que estábamos bien, cansados, con hambre, pero bien. Caminé sola con mi cámara un rato, en el sótano se encontraba un pequeño santuario de tortugas que me entretuvo y me despejó. Entre los comercios abiertos se destacaban los de alquileres de autos y los sitios pagos para dormir y descansar. No para nosotros, por supuesto. Examinando las lineas de concreto, las ventanas, las nubes y el cielo me pregunté si él había tenido miedo estando ahí, si acaso caminamos por los mismos pasillos en tiempos diferentes. 

Aeropuerto Internacional de Manaos, Brasil 10 de Mayo de 2018


¿Realmente cabe la sorpresa cuando veo gente de mi misma edad en tal estado de flacura? Yo misma llego a desconocer mi reflejo. No porque no me guste estar delgada sino porque no me veo saludable. El almuerzo fueron diez reales, una señora prepara viandas poderosas, comimos bien y por fin dejó de dolerme el estómago. Cada ves falta menos, he recorrido el aeropuerto de pies a cabeza y debo admitir que lo que más me sorprende es la luz. Si bien como metáfora, en realidad me refiero a la parte física: todo está iluminado. Cuidan sus cosas, eso no pasa en ningún lugar de Caracas. Me parece tan fácil echarle la culpa a otro en lugar de asumir la cuota de responsabilidad que nos compete a cada uno. Un país no se construye sin una buena sociedad y así como en todo el mundo: hay venezolanos buenos y venezolanos malos […]

Entrada la noche fuimos parte de la despedida de un chico brasilero. Su familia lo acompañaba antes de pasar la puerta de abordaje, vestidos de blanco entre sonrisas, fotografías y lágrimas. Mi compañero y yo comenzamos a cuestionarnos la tranquilidad que debía significar saber que puedes tomar un avión y volver con los tuyos en cualquier momento porque ese no era nuestro caso, no teníamos garantías de nada. Aún con eso no nos permitimos el espacio de ponernos nostálgicos, era momento de mirar hacia el frente y avanzar. 

Bitácora fotográfica – Ura Urdaneta


Creo que pesamos nuestras maletas unas tres veces cada una, la mía parecía un petardo a punto de explotar lo cual era bastante irónico considerando su tela de camuflaje militar, la cremayera tenía problemas para cerrar así que reacomodé lo que pude y coloque mi candado antes de mandarla dentro del avión. Mi compañero sugirió que probablemente se rompería a lo que yo sólo contesté ignorándolo mientras mi amiga entre risas recalcaba que tenía una boca perspicaz. Nos despedimos que los amigos fugaces que pasarían varios días más a la espera y luego nos dispusimos a tomar el avión de madrugada, estábamos bastante hastiados entonces y, por supuesto, con apetito. Una vez arriba del primer avión acomodé la mochila sobre mi asiento y no, no me tocó la ventana. Hacía mucho que no tomaba un vuelo, sentía mariposas en el estómago y al mismo tiempo un pánico indescriptible, ya en el aire devoramos ¿la cena?, un sandwich de jamón y queso con jugo, cada uno colocó algo que ver en su respectivo televisor pero yo, rendida de cansancio, me dormí. 


Amanecimos en Sao Paulo, dentro del aeropuerto más grande de latinoamérica. Debimos caminar desde la puerta de la terminal nacional hasta la que nos correspondía en la parte internacional con destino a Buenos Aires. Creo que andamos, sin exagerar, unos cuarenta minutos a pie incluyendo las cintas mecánicas. Teníamos la compañía de Richard a quien la desgracia no había abandonado, cuando llegamos al cheking de abordaje internacional, revisaron el equipaje de mano y a él le fueron decomisadas dos latas de Diablitos underwood [1] y cuatro tubos plásticos de Rikesa [2] , casi lloramos cuando los tiraron en la basura. No lo habíamos comido en el aeropuerto con la esperanza de que él pudiese entregarlas a la amiga que lo estaba esperando, en fin, fue el momento tragicómico del día. 

Pensé que me partiría a la mitad, ya mi espalda no soportaba el peso de la mochila y el abrigo de invierno. Cuando por fin alcanzamos el destino, vimos la ciudad a través de los enormes ventanales ubicados junto a las puertas de abordaje, Sao Paulo era de colores brillantes bajo el impacto de un hermoso sol. Decidimos gastar lo que nos quedaba de reales por lo alto y compramos un plato de comida en Pizza hut y una bolsita de M&Ms para tener algo en el estómago antes de tomar el último avión. De nuevo en los baños y yo trataba de verme linda después de tanto andar. Me ubiqué frente al espejo y volví a respirar, sentía que en cualquier momento escupiría el corazón por la boca. Era el último paso, esa tarde habríamos llegado a Argentina. 

Bitácora fotográfica – Ura Urdaneta


Dormí prácticamente todo el vuelo, la altura me causaba malestar en la cabeza. Cuando desperté lo primero que quise fue orinar y fue entonces que la vi, a esa hermosa ciudad debajo de nosotros, faltaba muy poco para aterrizar. Llegar significó tomar el equipaje de mano y andar por largos pasillos hasta tropezarnos con las filas de migración, separadas para extranjeros y residentes. Tuvimos que esperar un poco para sellar los pasaportes, cuando nos preguntaron que hacíamos en el país contestamos con la verdad: Venimos a probar suerte. ¡Muy poco prudente muchachos atrevidos!, eso dice mi yo de hoy a la yo de hace dos años, ¡Pudieron haberlos dejado detenidos!, pero no, no nos retuvieron. Aunque internamente estaba eufórica, caminé junto a mis amigos en calma hasta la cinta del equipaje y cual fue mi sorpresa cuando visualice mi propia ropa interior girando de un lugar a otro en pleno espacio público. En un rincón, mi pobre maleta abierta como quien está agotada y respira con la boca abierta, me había dejado en ridículo delante de un país. Levanté unas cuantas prendas más suprimiendo mis ganas de llorar entre la risa, la vergüenza y compasión de mis compañeros. Como por arte de magia un hombre prácticamente voló por encima de la gente y acercándose mientras no paraba de pedir disculpas, se identificó como alguien de la aerolínea prometiendo compensar mi «accidente» con algo de dinero. 


El universo obra de maneras misteriosas, mis cinco minutos de miseria significaron cien dólares a depositar prontamente en mi cuenta. «Las pantaletas de la suerte» así llamamos a las desgastadas bombachas magenta que ahora todos me conocían. Cerré el equipaje como pude y luego de percatarme de mis perdidas (no sólo de algo de dignidad), pasamos a la última revisión mientras visualizaba la puerta de salida. Sudaba frío, el estómago se me retorcía y sentía que me hacía pis encima, como pude rodé el equipaje mientras vi el acceso abrirse lentamente y al salir, ahí entre el montón de personas, lo vi. Deben haber sido segundos pero les prometo que todo sucedió en cámara lenta, no lo pensé y casi por inercia corrí a toda velocidad para arrojarme entre sus brazos. Comencé a jadear y no recuerdo si él dijo alguna cosa pero si tengo presente lo que yo dije. Había llegado a donde quería estar, a pesar de la humedad y del verdadero otoño en puerta, no había nada comparable a la plenitud de saber cumplida mi palabra. ¿Se mueren por saber que le dije verdad?


«SE ME ROMPIÓ LA MALETAAAA» y me eche a llorar. 


[…] Lo qué más me gusta de Brasil es el cielo. Es despejado y hermoso, sin montañas. Es diferente. Me pregunto que sentiré cuando llegue a Buenos Aires, cuando éste largo viaje llegue a su fin. Por ahora sólo puedo seguir reflexionando acerca de lo que sucede a nuestro alrededor. Convivencia es aceptación y tolerancia. Debo ser fuerte.

Ura Urdaneta

[1] Alimento a base de cerdo que se unta con pan o galletas.

[2]Queso fundido procesado tipo cheedar para untar.

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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