«En unión y libertad», la promesa del sur (Parte II)

Mucho antes de que el viaje iniciara yo ya estaba bastante más baja de peso de lo que debía, cualquier prenda que usara me quedaba colgando de muchas partes. Podría decirse que mi trayecto lo hice en pijama, la ropa más cómoda de mi placar junto a mis siempre confiables botas estilo militar. Salir de Venezuela desde Puerto Ordaz nos tomaría todo un día.


En medio de tanta naturaleza y abandono, todavía se vislumbraban carteles en la vía que señalizaban minúsculos poblados. En uno de los primeros nos detuvimos para ir al baño y quisimos comprar una empanada pero entonces solo aceptaban efectivo, cosa que parecía un chiste tomando en cuenta la situación. Resignados iniciamos una estricta dieta de pan con queso fundido y galletas, entre otros dulces. El playlist era variado y «simpático» por calificarlo de alguna forma, tenía todas las canciones de moda del verano pero yo solo consigo recordar la de Fonsi con Demi Lovato porque a mi amiga le parecía un chiste de mal gusto que en una composición de esa naturaleza se hiciera mención a The Beatles.


Conforme más me alejaba, la tristeza de mirar hacia atrás y el percatarme de lo que dejaba iba en aumento, pero también lo hacían las razones para salir. Llegamos a un pequeño pueblo llamado Las Claritas, estaba medio dormida entonces cuando a lo lejos se escuchó el estruendo de una detonación. Se trataba de un territorio minero cuyos negocios aceptaban efectivo u oro por igual. Testigos de cómo se destruía y contaminaba la flora y la fauna mientras se notaba una clara imposición de poder de naturaleza desconocida, nos sentimos intimidados por la forma en cómo observaban la gasolina sobre el techo de la camioneta, parecían hambrientos de combustible. De ahí en adelante comenzamos a encontrarnos con largas hileras de coches numerados aguardando poder llenar sus tanques, entendimos entonces porque el señor Nilson llevaba el suyo desde Puerto Ordaz.


El momento definitivo que me llevó a entender cuán lejos estaba de lo conocido fue aquel en el que me tocó orinar en medio del bosque. Bajo una roca en donde las personas solían detenerse y que se levantaba poderosa en medio de la nada con un depósito de mierda y orina debajo que opacaba su esplendor. Aún era temprano y por fortuna ninguna alcabala nos había detenido para revisar equipaje ni nada aunque estoy segura de que no se creían el cuento de que íbamos al Salto Ángel con aquel abrigo de invierno. Luego de aquello me sentí capaz de todo. Cuando empezó a caer la tarde, en la lejanía de la sabana vimos levantarse altas colinas de humo blanco, nos comentaron que se trataba de rituales aborígenes y más adelante nos detuvimos en una casa de madera que ellos mismos administraban. Al fondo corría un helado y cristalino río a gran velocidad.


Caminamos para estirar las piernas y observar todo antes de volver a la ruta. Me tomé unos minutos para colocar las manos cerca de las piedras húmedas y tomar algunas fotografías. La majestuosidad de un país se levantaba frente a nosotros que habíamos tomado la decisión de decir adiós, de despedirnos de la tierra que nos proporcionó la vida, que nos vio nacer. 


Gran parte del viaje lo hice dormida, mi compañera de asiento también pero esto sólo llegó a pesarme cuando entendí que por tener los ojos cerrados me había perdido de ver los tepuyes en la lejanía, aún hoy es algo que me pesa. Conforme las horas pasaron y caía una ligera llovizna, comenzamos a dudar si lograríamos ese día cruzar la frontera. Una última parada en una posada nos proporcionó un seguro en caso de tener que volver a dormir para intentarlo al día siguiente. Las ruedas giraron y llegamos hasta una línea que, admito con toda honestidad, no haber visto y como si se tratara de un desafío contra reloj la cruzamos y acto seguido corrimos hasta una pequeña caseta blanca con la inscripción del SAIME, en donde nos sellaron los pasaportes con salida de Venezuela sin preguntar demasiado.


Al cabo de un rato visualizamos la verdadera frontera frente a nosotros. Una infraestructura se hallaba delante de nuestros ojos llena de tumultuosa gente con maletas, mochilas y niños agotados, una reducida minoría vendía Torontos y Pirulines  [1] mientras nosotros, un tanto hastiados, rogábamos al universo que nos dejaran pasar para sellar los documentos. El alma nos volvió al cuerpo cuando tuvimos la certeza de que la vacuna contra la fiebre amarilla no era importante y todavía más cuando acto seguido nos remitieron a una pequeña oficina de migración brasileña: contábamos con tres días para permanecer dentro del territorio, oficialmente eramos inmigrantes.


El señor Nilson nos brindó asesoría hasta el último momento y su amabilidad nos condujo hasta el taxi que nos transportaría desde Pacaraima (Capital del estado Roraima) hasta la ciudad de Boa Vista. Cambiamos una cantidad de dólares por reales y nos ocupamos de llevar nuestras maletas hasta el otro vehículo. No habíamos rodado dentro de el ni veinte minutos cuando tuvimos que pasar la primera inspección, caímos en cuenta entonces que dos de nuestros equipajes (especialmente el mío) eran casi imposibles de transportar porque no rodaban como se esperaba, además pesaban más de veinte kilos. Recuerdo un par de cosas luego de pasar la inspección con éxito y volver al viaje, La primera es la voz de una mujer que viajaba con nosotros y su voz hablaba y cantaba, la segunda es la cantidad de personas que aún en la oscuridad realizaban el camino a pie, sin temor, huyendo del hambre. Pensé en mi dolor de espalda que no representaba nada frente aquello y me quedé dormida. El camino resultó más largo de lo imaginado, al llegar al hostal en Boa Vista nos comunicamos como pudimos con los afectos y luego de pagar una noche, entramos en la habitación, nos bañamos y prácticamente caímos inconscientes sobre los colchones.


Despertamos con mas energía y menos miedo, desayunamos algo de pan con café y leche antes de preguntar por la ubicación de la terminal rodoviaria. En la recepción un niño jugaba con una tablet Canaima idéntica a la que yo había dejado en Venezuela, por supuesto me permití imaginar varias historias de como esa había llegado a sus manos. Nos vestimos y acomodamos las cosas, ´´expropiamos´´ el rollo de papel higiénico y el jabón, cuya etiqueta me sacó una sonrisa, algo del hotel nos teníamos que llevar. 

Boa Vista, Brasil 8 de Mayo de 2018

Un jabón que se llama Oliver. 

Me parece increíble el empeño que tiene la gente de que yo escriba: todo el tiempo me regalan libretas. A pesar de que sé que la bondad no es una cualidad inherente al ser humano, me gusta pensar que si. Hoy atravesamos todo el estado Bolívar y fui testigo de maravillas naturales impresionantes y de basuras como las que ocurren en Las Claritas. Amo mi tierra, hoy veo y pienso en Ceniza,         , mamá, a mi hermano, papá, a mis primos y entiendo que quizá ésta represente la decisión más difícil de mi vida pero tal vez sea el trampolín que la impulse a convertirse en la diferencia, en algo maravilloso. Me duele el estómago, tengo gases, los músculos inflamados y los pies cansados, pero estoy bien. Sé y confío que no llegué hasta aquí ni para rendirme ni mucho menos a tener miedo. 

Soy fuerte 

Soy gentil

Soy valiente 

Soy bondadosa… Y me lo repito hasta que termine de creerlo. 

Ura Urdaneta


Caminamos hasta la oficina de EUCATUR donde por suerte nos encontramos con alguien que hablaba español, retiramos los boletos y verificamos la hora; el omnibus salía a las siete de la noche y debíamos dejar el hostal al mediodía. Volver para buscar las cosas y tener que trasportarlas a la terminal fue una experiencia inolvidable: comencé a odiar mi maleta y también a Gerry, mi mochila. Nos arreglamos con los insumos que guardábamos y nos dimos el gusto de comprar un plato llamado Cus Cus, con el tiempo aprenderíamos que solo se trataba de una polenta con un huevo frito dentro y una sopa instantánea con una lata de gaseosa de guaraná, eso para compartir entre los tres.

Bitácora fotográfica – Ura Urdaneta

Se suponía que en los baños de aquella terminal podías higienizarte pero al entrar y observar el estado de las duchas y el entorno se te espantaban las ganas. Esa tarde hablamos, jugamos stop (o tutti frutti, como le dicen aquí) escuchamos música, pensamos teorías conspirativas, tomé fotos, escribí. Antes de las siete de la noche ya había llegado el micro, tuve la impresión de estar abordando un vehículo de otro mundo, esto fue consecuencia del mal estado de cualquier unidad vehicular en Venezuela en la que me hubiese desplazado los últimos años. Nuestros asientos nos ubicaron en el segundo piso y al fondo descubrimos una heladera con agua, cosa que me emocionó. No todo fue tan especial, el supuesto wifi nos falló y aunque teníamos un televisor en frente, éste nunca se encendió. La noche del miércoles nueve de Mayo de dos mil dieciocho emprendimos el camino a Manaos, en mi caso particular, con una copiloto que roncaba a todo lo que le daba el cráneo y se explayaba a mi lado con toda su confianza. Mi paciencia se sintió infinita mientras mis ojos brillaron en la oscuridad, cada ves faltaba menos. 

 [1] Golosinas venezolanas elaboradas con chocolate.

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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