«En unión y libertad», la promesa del sur (Parte I)

Las hojas de los árboles han cambiado de color y dibujan caminos sepia sobre la vereda. El jueves pasado, mientras anteponía los pies en la avenida Warnes, hice énfasis para mi misma de haber visto el hospital en sus cuatro estaciones. Fui a hablar con mi psiquiatra y a recoger la mediación del mes, es un proceso incómodo desde que inició la pandemia pero aún con todo me permite unos minutos para hacer preguntas. Le hablé de los escritos y la meditación, de los ejercicios que han permitido el rescate de memorias y le pregunté si las que permanecen perdidas son consecuencia de la medicación o de un mecanismo de autodefensa de la mente. No pudo darme razón, me pidió que me tenga paciencia y que continúe haciendo lo que me viene bien. La doctora O. es alta y delgada con el cabello castaño avellana, tiene un par de ojos azules que te desarman. No siempre nos llevamos bien, yo estaba un poco reacia a asumir mis acciones en un primer momento, por fortuna los meses me han permitido madurar y por tanto, verla y respetarla de otra forma.


Al principio no me gustaba Argentina, quizá a raíz de la propaganda política de los últimos años o por la cantidad de femicidios que se registraban al año. Quien fuera mi jefa en ese momento contaba historias de su vida en ese territorio, era defensora de los derechos de la mujer y aquella población era descrita como machista y misógina. Para ser honesta, yo no me contemplaba a mi misma fuera del territorio que consideraba mio. En algún punto, quizás Uruguay había llamado mi atención pero fue rápidamente desplazado cuando mi maestro afirmó que si quería ver mi carrera morir emigrara a montevideo. Ni siquiera lo cuestione.


No es cursileria ni sentimentalismo, creo firmemente en que el amor es la fuerza más grande capaz de levantar e impulsar a cualquier ser humano. No supe en que momento pero vivir en Buenos Aires también se volvió mi sueño, una posibilidad auténtica que comenzaba a imaginar sumergida en las fotografías de las novelas y series Argentinas arrulladas por los mejores solos de guitarra del rock en español. La celeste caminando y creciendo en medio de aquella metrópolis salvaje, amando en un pequeño balcón con vista a la calle y pintando debajo de aquel cielo intensamente azul.


Nuestra proyección de la vida puede parecer sencilla, en las anécdotas las personas cuentan lo que les interesa que sepas y a veces, sin saberlo, te ahorran sufrimiento ignorando que quizás te sea necesario para empatizar con ciertas experiencias. Me hubiese gustado leer más crudeza en las narraciones migratorias, comprender la dificultad de la soledad en medio de medio de este puerto violento, los riesgos y el camino a transitar antes de alcanzar esa ligera sensación de estabilidad. Muchos de mis pensamientos se edulcoraron consecuencia de una prematura espiritualidad y falso positivismo, cuyas bases casi se derrumbaron ante el primer contratiempo. Un inmigrante no sabe lo que significa serlo hasta que experimentas en carne propia la sapiencia de no tener seguridad de absolutamente nada.


Al día de hoy no logro comprender como llegué a ahorrar casi quinientos dólares… O más. Mi madre, entregada a lo que yo deseaba alcanzar vendió muchas de sus piezas de oro, mi hermano contribuyó con algunos de sus bonos salariales, una prima mía y de mamá me obsequio una generosa cantidad de dinero, un amigo desde México me transfirió un extra y, a raíz de la confianza excesiva que a veces depositan en mi algunas amistades, logré una ganancia importante al pintar un paisaje para el embajador de un país de América del sur.


Al iniciar el año dos mil dieciocho tuve que acostumbrarme a la idea de no tener que asistir a clases, aún así me las arregle para pasarme por los talleres al menos una vez a la semana. Por recomendación de un amigo encontré unas magníficas clases de canto y al tiempo surgió el diplomado en psicodrama. Me entregue a esos proyectos, incluyendo el laburo en cultura, con la idea de que si conseguía emigrar celebraría el éxito y, en caso contrario no me entregaría a la desgracia. Sino me iba al menos tendría un camino que seguir en mi país. Traté por muchos medios de ahorrar para comprar un boleto directo pero mil dólares era una meta irrisoria dentro de un país devastado cuando no eres más que un asalariado que trata de mantenerse a flote. Me entregué a las fuerzas del universo y fue entonces que una de mis amigas cercanas, que también se planteaba el objetivo de irse junto a su pareja, me propuso un plan que incluía un trayecto por tierra y luego por aire, ideado para el ahorro de plata aunque eso implicara mayor desgaste físico. A partir de entonces comenzamos a pasar mucho tiempo juntas, a calcular costos, equipaje, municiones, escondites, proyectos, ideas, y eso permitió que las cosas fluyeran. No tengo méritos referentes al cronograma de viaje y lo que implicó su organización, todo fue ideado por ella producto de su naturaleza controladora lo que permitió que cada paso pensado y por dar se mantuviese dentro de un plan pre establecido.


Ahí estaba yo, la noche antes de salir de Caracas completamente agotada. Creí que mi columna no iba a poder sostenerme mucho tiempo. Esa mañana había dicho adiós a mi grupo de estudio del diplomado y cada uno se tomó el tiempo de obsequiarme una palabra para mi aliento y mi destino, todas fueron hermosas pero hubo una que prevalece con su sonido ronco y claro en mi memoria: «Individuación». A cada uno de ellos los recuerdo con amor y con un sabor a mango maduro en los labios, me inyectaron las vitaminas necesarias para no bajar los brazos. Eran mas de las veinte y mis amigos más cercanos se habían quedado a hacerme compañía: Tratamos de entender como leer las cartas, reímos escuchando música, lloramos juntos. Mientras empacada tuve algunos fallos escogiendo prendas (Al día de hoy sigo extrañando mi ropa) y en el ejercicio de tratar de que todo entrara en aquel enorme bolso militar la maleta se rompió. Eché a llorar medio histérica y desde Buenos Aires gritaron: «Compra otra», pero las madres son mágicas y la mía, con su hilo y agua, reparó mi desastre solo para decir orgullosa: «¿Ves? Yo también soy artista. Intervengo objetos» Siempre lo haz sido ma, sólo que tienes miedo de asumir la responsabilidad a la que conlleva el término.


Medianoche y me asomé al balcón, recuerdo haber sentido hielo en la boca del estómago y el corazón salirse de mi torax: abandonaría todo y a todos sin certeza de regresar. El Ávila, el olor del café recién colado en las mañanas de La Pastora, la nariz de Ceniza en mi nuca. Entonces respiré, me había prometido algo y mi absurda necedad por sentirme dueña del control de mi vida me impulsaban a cumplir la palabra dada. Dormí abrazada a mi mamá con los gatos acostados por toda la cama, cada que veía algún detalle del cuarto o la casa trataba de fijarlo con pegamento en mi memoria. Al despertar el domingo tomé la decisión de pasar la mañana con Ceniza sobre mi pecho. Ella fue, es y será para siempre mi mejor amiga. Quiero tomar un momento para decir que esa gata hizo de mi vida plena durante casi dieciocho años pero eso sería injusto porque ella, en todo su ser, siempre fue más una persona no humana entrada en mi vida para enseñarme acerca del amor verdadero, desinteresado y la lealtad. También estaban Sheik, mi sobrino cacheton, gato de nacimiento pero nene de crianza, y Rómulo Mariselo, mi bebé que no llegaba al año, no entendía nada y compartía todo con Jack, mi hermano adoptivo de cuatro patas de raza siamesa y retardo conductual. Siempre fueron mi felicidad, ahora dos me acompañan desde el espiritu y los que quedan resguardan a mi madre.

Postal de la memoria – Ura Urdaneta 2020


Ese seis de Mayo, reitero, me obligué a creer que volvería a abrazarlos mientras llenando de besos sus cachetes ronronearían de amor, que podría volver a releer mi biblioteca todas las veces que quisiera y que mis materiales y pinceles no quedarían abandonados como un simple recuerdo. Cuando el taxi llegó a buscarnos no había terminado de comer la sopa que me habían preparado. Recuerdo salir viendo el camino en cámara lenta, el aire fresco chocando con mis mejillas mientras abrazaba uno tras otro mis afectos. Dentro del auto todo era distinto y hoy entiendo porque: esas calles con las casas coloniales de vívidos colores siempre pertenecerán a La Pastora, no he visto nada parecido en otra parte. Antes de llegar a la estación de autobús, fui a parar a la casa de papá para darle un último abrazo envuelta en un mar de sensaciones porque mis padres, a diferencia de los de las personas de mi edad, son adultos mayores. Odio pensar en ello porque siento que la vida y el país que tanto amo, hablando soberbiamente, han sido injustos. No me quité las gafas de sol ni un minuto, se transformaron en mi coraza frente a la duda y la tristeza.


Esa tarde, como muchas otras en Caracas, los árboles se pintaron de naranja como una mentira de otoño porque sus hojas no se precipitan contra el viento huyendo de la intensidad del frío. Antes de ese día, quizá yo no era consciente de lo mucho que amaba las calles y aceras angostas, el polvillo molesto de la montaña que te hace estornudar y el olor a miel de los árboles que te transporta inmediatamente al amarillo. Tomé una malta en la estación y a las seis de la tarde a través de mi ventana vi llorar a quienes me vieron crecer, a los que me amaron y sobretodo a mi mamá. Mi hermano viajaría conmigo ese tramo y yo pensaba ¿Quien abraza a mamá ahora? Me consolé con la idea de mis gatos y mis primos a su lado. El corazón pequeño estaba pleno de convicción y pánico: mi futuro estaba allá pasando la frontera.


Nuestros asientos nos ubicaban al final del autobús, sobre las ruedas traseras para sentir plenamente cualquier imperfecto en el camino. Aún así, tomé el abrigo de invierno y acurrucándome sobre mi hermano me dormí, no recuerdo haber soñado nada. El lunes de madrugada amanecimos en Puerto Ordaz donde la familia de la esposa de mi hermano nos estaba esperando. Mis amigos entonces tomaron su propio camino con un familiar suyo y platicando quedamos en vernos aquella noche. 


Las primeras horas del día fueron irrelevantes, mi cerebro parecía encendido sin poder conectar con la calma. Hablaba a Caracas y a Baires, el primer tramo había salido bien. Con el transcurso de las horas empecé a preguntarme porque había perdido tanto rato discutiendo con mi hermano y la razón de su distancia hasta hacía tan poco. Todas y cada una de esas ideas venían mientras nos desplazamos de un lugar a otro, no estaba molesta sólo sentía que el tiempo tenía una deuda que no podía recuperar en doce horas. Lo intenté, en una tarde procuré hacerle ver que lo amaba y que en esos ocho meses tan duros me había hecho inmensa falta. Le entregué los malos entendidos con los que no quería cargar, hicimos las pases y al momento de despedirnos, lloró. Unos seis años antes le había pedido me obsequiara una libreta de cuero olvidada junto a su cama, en ese entonces su respuesta fue que no. Esperé mucho tiempo para tenerla entre mis manos y desde esa noche he derramado sobre ella lo mejor y lo peor de mi. Tranquilo hermano, ya hoy no existen deudas.


Mis compañeros de viaje me esperaban, eramos tres veinteañeros dentro de un cuarto donde no cabían las expectativas, los nervios y el miedo, pero nos teníamos los unos a los otros. Creo que ese día no dormí, cerré los ojos y los abrí al escuchar la alarma, se sintió como un pestañeo. Si mi memoria no me falla, el nombre del conductor era Nilson. Un señor de unos cincuenta y tantos años fue quien recogió nuestras maletas y las subió a un jeep. Sobre el techo se vislumbraban enormes envases cargados con gasolina y nosotros sentados con ropa cómoda y abrigos de invierno dábamos la sensación de recrear, entre las galletas y el dulce, una imagen propia del realismo mágico. No había amanecido cuando comenzamos a rodar por las calles de tierra en aquel clima húmedo y caliente. Las dos chicas en la parte trasera y nuestro hombre de copiloto, condenándolo automáticamente a no poder dormir.


Así inició la travesía y yo no podía dejar de tararear Bohemian Rhapsody y una canción que había escuchado mucho desde que él se había ido: Oh baby, baby it´s a wild world. 

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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