El monstruo que fui

«Si he dejado una herida en tu interior, esta herida no es sólo tuya, también es mía. Así que no me odies por ello.»

Haruki Murakami

La mañana del veinte de septiembre del dos mil diecisiete subí al primer piso del aeropuerto internacional Simón Bolívar, con las piernas temblando me empape la cara con agua fresca, luego de mirarme unos segundos detenidamente en el espejo me dije: el año que viene nos vamos, en mayo, no más.

Los meses posteriores me dediqué en cuerpo, mente y espíritu a la redacción de mi trabajo especial de grado lo que me llevó a la apertura de puertas que conducían a lugares sumamente oscuros y que en ese entonces no supe como cerrar. Para diciembre obtuve mi título de licenciada, participe de una exposición colectiva y fui madrina de un casamiento, ya con el año nuevo en puerta mi único objetivo se centro en buscar la forma y el dinero de llegar a Buenos Aires. 

Suelo ser inconstante para algunas cosas, desinteresada para otras pero no abandono promesas hechas y menos a mi misma. El once de mayo de dos mil dieciocho, mis pies tocaron el sur y me llevaron al lugar que más anhele durante esos meses: a un abrazo que contenía todas mis partes. Es sencillo contarlo de ésta forma, visto así el «monstruo» del que hablo no tenía porque aparecer nunca. Cumplí mis objetivos, salí de un país venido abajo pero mi maleta rota traía más que tierra fronteriza y ropa, había emigrado con todos mis demonios en el equipaje.

Dentro de esa falsa sensación de control sobre la profesional que era, proyectada a surgir en este nuevo lugar, había una niña profundamente triste y con sensación de abandono, que había sido incapaz de perdonarse y de pedir perdón. Considero que en esos meses previos al viaje, me mantuve entera producto del incalculable amor que mis primos (más bien hermanos) depositaron en mi. Me llevaron a muchos lugares divertidos, me hicieron reír, cocinamos juntos cuanta cosa se nos ocurrió, vimos películas, escuchamos música, compartimos el tiempo como si todavía fuésemos chicos. Fue por ésta misma época que tuve la invaluable oportunidad de cursar un diplomado en psicodrama, descubrir ésta técnica y estudiarla ha sido quizás de las mejores cosas que me ha pasado en la vida. Sin embargo ninguna de ellas evitó que de esas puertas antes mencionadas, empezaran a emerger figuras que me provocaban un vacío en el estómago. Tuve no una, sino varias oportunidades de poner sobre ese escenario psicodramático esos miedos a dialogar pero me evadí, sortee el dolor en lugar de mirarlo a los ojos. Dentro una parte de mi quería irse, esa que estaba cansada de una convivencia familiar insostenible, de cargar un peso adjudicado gratuitamente, de no poder vivir mi vida con la libertad deseada. Luego estaba esa parte que miraba a mis niños (Ceniza, Rómulo y Sheik), a mi carrera emergente, a mis amigos, a mis hermanos y a mi madre, entonces dudaba en si irme era o no lo correcto.

Mi propio vacío y el falso anhelo de que desaparecería mágicamente al pisar suelo argentino, sirvió de impulso para tomar determinación pero no se puede huir del karma. Hay angustias que eres incapaz de comprender hasta que te las encuentras de frente. En una conversación que mantuve mes y medio antes de tener certeza de poder salir del país, sentí el mundo venirse abajo quizá por mi propia desconfianza o tal vez porque necesitaba sólo una gota más que derramara el vaso. El caso es que yo quería alcanzar a alguien (o algo) y lo dicho generó más palabras que se convirtieron en oraciones que se hicieron párrafos, una guerra virtual en la que una bandera de paz se asomó al momento de saber que si llegaría a Buenos Aires pero el daño estaba hecho. Eso es lo que pasa cuando infravaloramos la empatia, la capacidad de ponernos en el lugar del otro, cuando no somos sinceros acerca de lo que nos pasa.

Esa persona que veía a través de mi cómo si fuese yo de cristal no tenía la menor noción del cuadro que estaba atravesando ¿Por qué? Nunca se lo dije. Mantuve una pésima relación con mi hermano biológico los últimos dos años de mi estancia en Venezuela, ahora mucho le atribuyo a mi incapacidad de expresarle todo lo que me hacia sentir. Pero a momentos (que por suerte se van multiplicando) me observo sin juzgarme y pienso que esa tristeza se manifestaba desde la ira y la rabia, era la forma que encontraba para no recibir más daño. Entonces yo no sabía lo que sé ahora, no había tomado consciencia de mi propia luz.

Volvamos al Aeropuerto Internacional de Ezeiza y a Buenos Aires. A mis compañeros de viaje y a mi nos tomó aproximadamente un mes llegar a una cierta estabilidad económica, pasamos por mucho antes de encontrar la habitación a la que llamaríamos «hogar». Convivíamos tres en un mismo cuarto: una cama de dos plazas y una individual, un televisor, una heladera pequeña, dos placares, una mesa y un par de sillas; baño y cocina a compartir. A veces por las noches veíamos películas o comprábamos comida hecha, había conseguido un empleo de seis días a la semana donde disfrutaba de un buen sueldo, personas allegadas nos obsequiaron ropa y calzado, estábamos bien. En la puerta continua, el origen del conflicto bélico.

Se me complica dar forma a ésta parte del relato porque yo misma tengo enormes lagunas con dudas y preguntas pero como nunca dejé de escribir (hoy entiendo que me escribía a mi misma) infiero que desarrolle un sentimiento de culpa tan abismal que fui yo misma quien se llevó a ese lugar oscuro en el que no quería estar. Al principio se presentó como ansiedad y de buenas a primeras terminé casi suplicando que me llevaran hasta la guardia de un hospital porque empezaba a percibir ataques de pánico. Ese día solo me dieron unos pocos comprimidos de clonazepam y me indicaron tomarlos si había malestar. Casi en paralelo, tomé valor y ubiqué un centro donde me admitieron en ayuda psicológica porque no entendía porque lloraba todo el tiempo: «Creo que estoy deprimida»

Mis rommies y el vecino se dieron a la tarea de vigilarme y hacerme sentir bien pero en un momento que creo que jamás seré capaz de ubicar, una voz comenzó a resonar dentro de mi cráneo, no había forma de hacerla callar. Creo que las palabras aún no me alcanzan para describir lo que fue estar en ese lugar, donde el cuerpo se te hace ajeno, no puedes pensar, ni hablar, ni cantar, ni dibujar, sientes que tampoco eres capaz de respirar, todo es llanto y la culpa te consume. No fui capaz de comprender que a veces las relaciones terminan pero eso no significa que no haya amor. Me sentía fracasada en todos los aspectos de mi vida pero terminé por anclarme en la fuente más cercana de dolor: mi desamor.

Un sábado de agosto llegué del trabajo sin decir palabra, quería cortarme la cabeza pero como no sé podía tome un par de comprimidos y me eche a dormir. Debían ser las dos de la mañana cuando experimente lo que sería mi primer brote psicótico y acto seguido mi primera sobredosis. Recuerdo mis gritos y las barbaridades que dije, recuerdo el sonido de la ambulancia, pero todo eso como si lo hubiese visto desde adentro, como si esa no hubiese sido yo. Recuperé la conciencia con una sonda saliendo por mi nariz y la cara de decepción de todos. Esa misma tarde me dieron el alta y en la noche me tocó ir hasta la comisaría y declarar que había tratado de suicidarme, que ninguno de mis compañeros había atentado contra mi vida y que muy probablemente me había vuelto loca.

Mi otro [Yo] – Ura Urdaneta

Esa noche lo supe. Había un monstruo dentro de mi que se había liberado y que no sabía cómo controlar. Fueron mis amigos quienes me llevaron hasta un hospital psiquiátrico y me sirvieron de apoyo al momento de pedir ayuda. Asistí intermitentemente un par de semanas donde me recetaron mas medicamentos y al cabo de un tiempo me derivaron a medicina de estrés posttraumático donde me remitieron a sesiones con un psicólogo de nombre Walter dos días a la semana, tenía los ojos como dos esferas celestes, profundos y llamativos.

Que habrá sido peor ¿errarle al diagnóstico o haberme medicado mal? Fue apenas el año pasado cuando entendí que la píldora equivocada puede desequilibrar aún más tu cerebro, hacerte perder la memoria, volverte agresiva, emerger de tu interior tus instintos mas animales.

Y entonces, pasó. No hay mucho más que decir, he olvidado gran parte de lo que vino después. En resumen, los ataques de pánico se convirtieron en parte de lo cotidiano, aprendí a lastimarme las extremidades con mis propios dientes y aparentemente (dicho por quienes si lo recuerdan) me transforme en una manipuladora que jugaba con las emociones y sentimientos de los demás. Hay varios flash en mi cabeza, uno de ellos me sugiere que trate de hacerme daño con un cuchillo, otro que rasguñe mis muñecas con un instrumento de manicura, otro en el que me escapé de un hospital… Aún no recuerdo como o porque llegue ahí.

Sigo asumiendo que en eso me convertí: un monstruo, uno sin memoria que es lo peor. Puede que no tenga recuerdos nítidos pero si de algo tengo plena seguridad es en el haber hecho mucho daño y puede que eso haya sido lo más difícil de entender la enfermedad, hacerme cargo de mis errores y al mismo tiempo asumir que no lo hice a propósito o como me repite Soledad: «No puedes sentirte culpable por cosas que ni siquiera recuerdas». Pasé largo rato barajando las posibilidades de «si hubiese hecho…» que de nada sirven ahora. Lo que pasó tenía que pasar para que encontrara algunas respuestas. Esas personas me mantuvieron con vida y me internaron en un hospital, no he vuelto a verlos después de eso.

El año pasado lloré muchas y repetidas veces por la misma causa. No saberme frágil y humana me llevó a estar mal y aún después de eso no era capaz de salir de la culpa. Me sumergi en un abismo de autocompasión tóxica. Jamás me corté los brazos estando en el hospital pero lo hice incontables veces al salir y otra importante cantidad volví a sobrevolar la posibilidad de acabar con mi vida. El monstruo que era no merecía existir, me daba tanta relevancia creyendome sumamente importante que pensaba que tenía el poder de lastimarlos a todos, era mi egocentrismo pensando como si del ombligo del mundo se tratase.

Pero esas puertas y esos monstruos dejaron de ser ignorados y en mi condición de extrajera sin familia ni lugar a donde ir, terminé tan abajo que sólo me quedó la opción de empezar a subir y asumirme. Asumir que quizá, si dejaba de ver en blanco y negro, descubriría que detrás de ese monstruo estaba la niñita asustada que llevaba años ignorando, que tenía un problema y que si dejaba de victimizarme y de ver a quienes se habían ido como «los que me abandonaron», lograría perdonar y perdonarme. 

Sanar no es lineal, aceptarse tampoco.  Después de eso me di cuenta de que en realidad siempre he sido fuerte y capaz, recuperé afectos que me tendieron sus brazos y su luz, que me retaron a ser mejor. Me di la oportunidad de conocer un nuevo tipo de amor y su calidez me permitió dejar de tenerle tanto miedo a mi propia sombra. Comprendí las cosas que me hacen bien y aquellas que utilizaba como mecanismo de autodestrucción o evasión. Hice las pases con el universo y volví a creer y a crecer como ser humano.

No puedo devolver el tiempo y evitar que ese mounstro (que también soy) se lleve por delante mi vida pero puedo aprender y transmitir que si acumulas años de sentimientos reprimidos y además se te dificultan los matices, esto es lo que pasará.

Apenas al inicio de mi gravedad, una noche atravesé un ataque de llanto. Dentro de unos brazos cortos llegó la calma y un poco más repuesta, me dio por hablar de lo que mi tránsito por el psicodrama había despertado en mi: «Quiero ayudar a las personas». Me pienso infantil y egoísta entonces, creyéndome capaz de tal cosa en medio de ese caos pero la respuesta recibida entonces ha servido, incluso en el presente, a mantenerme dentro de mi bien lograda cordura y metas: «Quizá tienes que pasar por esto para entender lo que significa estar abajo, para poder ponerte en el lugar del otro. Sólo así podrás ayudar».

Hice las pases con ese monstruo, ahora nos llevamos bien y algunas tardes nos sentamos a tomarnos unos mates, desde entonces no he vuelto a sentirme sola.

Publicado por Ura Urdaneta Echezuria

Artista integral, escritora y sobreviviente. Escribo para tratar de entender lo que me pasa. Egresada como Artista Plástica en la Universidad Experimental Nacional de las Artes; Caracas - Venezuela. Actualmente residiendo en Buenos Aires.. Creo en el arte como posibilidad, como vehículo para la transformación personal y social. Promuevo la información para derribar los estigmas que existen en torno a la salud mental; podemos hacer la diferencia, podemos salvar vidas.

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